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Cuando un pueblo enérgico y viril llora

domingo, 6 de octubre de 2013
Por Percy Francisco Alvarado Godoy
Mucho sufrió el pueblo norteamericano aquel nefasto 11 de septiembre de 2001, es cierto, y con él el mundo entero. Sólo entonces se tomó plena conciencia del dañino y tenebroso flagelo del terrorismo, monstruo capaz de desarraigar de nosotros, al menos físicamente, a nuestros seres más queridos. Tenía que ocurrir ese ingrato holocausto, herir el corazón mismo de la gran metrópoli, para que dentro de ella se conociera el verdadero daño de la violencia irracional. El impacto recibido por las muertes del humilde hombre laborioso, por los oficinistas tempraneros y por quienes trataron de enfrentar el daño in crescendo con un hacha y una manguera hizo que el norteamericano simple comprendiera la necesidad de acabar con aquellos que hacen del terror un modus vivendi. Fue sin lugar a dudas un paso inicial, aunque todavía no se haya tomado plena conciencia de sus verdaderas causas y de quiénes son realmente sus verdaderos promotores.
 
A fuer de ser sincero, y respetando el luto legítimo de estas gentes, hay que reconocer que el terrorismo no sólo ha dañado al norteamericano sencillo, ni a los hogares de Washington y Nueva York.
 
Cuba lo ha sufrido permanentemente en un martirologio indeseado y lacerante, y han sido pocos los que han levantado un dedo para condenarlo. Unas veces ha sido porque la desinformación mediática ha discriminado el dolor de nosotros y no ha habido un lamento general que reconozca nuestro sufrimiento. Otras veces porque se trata de escamotear la verdad de los acontecimientos haciendo que el sufrimiento se vea lejano e intrascendente. Es por ello que da mucha pena que sólo se lamente el mundo por unas víctimas y discrimine a las otras, que se reclame venganza y justicia para unos muertos y se soslaye la pena de tantas familias cubanas que han sufrido de forma cotidiana permanente. Tal parece que la exclusividad del dolor le pertenece a unos pocos y el de los otros, los marginados por estrechos raseros ideológicos del poder mediático, es ignorado.
 
Para los cubanos no solamente ha habido un solo 11 de septiembre, muchos han sido los nefastos  acontecimientos que los han hecho crispar los puños con rabia e indignación, sacando a flote su energía y virilidad. Los miles de muertos y heridos ocasionados por el terrorismo en la Isla, paradójicamente financiado o permitido por los Estados Unidos, han sido las víctimas en cada año, en cada mes, en cada día. Por eso es difícil para mí no dejar de solidarizarme con aquellos a los que septiembre les arrebató los sueños y la esperanza.
 
Cuando se recuerda, pues, a nuestros muertos, en el obligado entretiempo del que continúa viviendo a pesar del dolor, los vacíos crecen, las caricias se marchitan con el peso de la ausencia permanente y el tierno beso se disuelve en el recuerdo eterno de sus presencias. Nos duele en lo más hondo este presente de ausencias, de flores y sueños desgarrados, de ilusiones y promesas arrancadas, de suspiros y emociones que se marcharon con ellos. Sólo nos queda, entonces, continuar viviendo con el justo reclamo de la justicia que algún día llegará.
 
Quien se imagine que aquel 6 de octubre de 1976 solamente se dañó, cuando se hizo explotar un avión DC- 8 en pleno vuelo, a sus 73 ocupantes, 57 de ellos cubanos, 11 guyaneses y cinco norcoreanos, se equivoca. El daño afectó a centenares de cubanos, norcoreanos y guyaneses cuyos familiares sufrieron con impotencia las irreparables pérdidas. Muchas fueron las víctimas de este crimen y algunos viven hoy con las heridas sin restañar.
 
Nunca se supo que el crimen se planificó tres meses antes, en una reunión celebrada por Posada Carriles y sus cómplices de fechorías en una casa del pequeño pueblo de Bonao, en República Dominicana. De la misma manera no conoció que varios de los terroristas ya habían decidido de antemano el objetivo y el lugar de la acción violenta en las oficinas de la agencia de detectives de Luis Posada Carriles.
 
Hoy reconoce que fue Hernán Ricardo Lozano, quien laboraba en ese entonces en la agencia de Posada como fotógrafo, quien lo reclutó para cometer el crimen. Sabe que para ellos, independientemente de los 16.000 dólares con los que se premió a Ricardo y los 8.000 que él recibió, no hubo favorecimientos adicionales, mientras que Posada y Bosch fueron excarcelados por distintas componendas, a él le tocó purgar una larga condena. Días antes del sabotaje contra el avión en Barbados y luego del asesinato de Orlando Letelier el 21 de septiembre de 1976, mientras se regodeaban entre ellos por el éxito inicial de sus propósitos, varias personas escucharon de boca de Luis Posada Carriles y de Orlando Bosch sus planes de atentado contra una aeronave cubana en pleno vuelo. En una cena llevada a cabo en Caracas por esos días, celebrada en la casa del contrarrevolucionario cubano Hildo Folgar, donde se encontraban además de Posada y Bosch, Orlando Garcia, Ricardo Morales Navarrete y otras personas, entre tragos y carcajadas, hicieron el anuncio de su próximo crimen. Ni uno solo de los asistentes se sonrojó. Alguno de los presentes, vinculado a la CIA, informó a sus oficiales, pero la Agencia se cruzó de brazos en una cómplice aceptación de los hechos por desarrollarse.
 
Hoy se conoce con lujo de detalles la sucia componenda para asesinar a 73 personas en uno de los crímenes más repudiables cometidos contra los cubanos:
 
El día anterior, la nave de Cubana de Aviación que arribó al aeropuerto de Timehri, en Guyana, y luego de varias horas partió hacia Trinidad y Tobago, no sin antes esperar unos minutos para recoger a una delegación gubernamental de la República Popular Democrática de Corea, llegó en horas de la mañana del día 6 de octubre de 1976 al aeropuerto de Piarco, en Puerto España. En Trinidad y Tobago ascendieron a la nave los más de veinte integrantes de la delegación deportiva cubana, ganadores de todas las medallas de oro en el recientemente finalizado Campeonato Centroamericano y del Caribe de Esgrima, que tuvo lugar en Venezuela.
 
Luego de arribar a Trinidad y Tobago, procedentes de Caracas, el puñado de jóvenes deportistas ascendió al avión, deseoso de retornar a la patria y reencontrarse con sus familiares y amigos. Posada y Bosch lo sabían de antemano: en el aeropuerto de Piarco se tomarían algunas medidas de seguridad, pero la carencia de aparatos para detectar explosivos propiciaría el ingreso a la nave de los explosivos que introducirían Hernán Ricardo y Freddy Lugo. Sobre las 3:50 de la tarde, el vuelo CU–455 emprendió su destino hacia el aeropuerto de Seawell, en Barbados, sin suponer que sus horas estaban contadas.
 
Varios pasajeros descendieron del avión, luego que éste aterrizara en Seawell sobre las 4:20 de la tarde. Entre ellos, nerviosos y tensos, lo hicieron los terroristas de origen venezolano. Hernán Ricardo lo hacía con una identidad falsa a nombre de José Vázquez García. Apenas casi tres horas después, sobre la 5:15 de la tarde, el avión despegó con destino a Jamaica. Ni los deportistas cubanos y sus entrenadores, ni los jóvenes guyaneses que venían a estudiar y cumplir
 
Luis Posada Carriles : Un engendro incondicional de la CIA sus anhelados sueños de ser médicos, ni los funcionarios coreanos y tampoco los diez miembros de la tripulación podrían suponer que terminarían sus vidas en el límpido y azuloso cielo caribeño. La conmoción afectó a todos cuando una poderosa explosión sacudió a la aeronave sobre las 5:23 de la tarde. De estos tristes hechos sólo quedó la voz angustiada del capitán Wilfredo Pérez, avisando sobre la contingencia. Luego vendría una segunda explosión y, después, hubo un largo silencio.
 
Horas después serían rescatados algunos cuerpos destrozados y varios pedazos del fuselaje del avión. El mar tragó todo lo demás. Dos días después se tuvo la certeza de que no había sobrevivientes. Toda Cuba se enlutó de repente y cada hogar sintió como propia la muerte dolorosa de estos hombres y mujeres.
 
Las pesquisas policíacas lograron la detención de Ricardo Lugo en Trinidad y Tobago, el día siguiente. Ese mismo día 7 de agosto, la Disip venezolana anunció la detención en Caracas de Orlando Bosch y Luis Posada Carriles. También allana la oficina de Investigaciones Comerciales e Industriales C.A. (ICICA), propiedad de Posada Carriles, donde se encuentran pruebas y equipos relacionados con el acto terrorista.
 
Mientras la CORU se atribuía con aire triunfalista y sin mostrar menor remordimiento el criminal sabotaje, llegaban a la Cuba, consternada, los pocos restos de sus hijos que pudieron ser rescatados de la voracidad del mar. Expuestos en la base del Monumento al Apóstol, José Martí, fueron velados por millares de sus compatriotas. Al día siguiente, se efectuó el entierro y despedida de las víctimas. Nunca antes se había visto a Fidel tan consternado y dolido cuando exclamó, el 15 de octubre de 1976, aquella frase que recogía el sentir de cada cubano: “Cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla”.
 
El dilatado y confuso proceso penal contra los terroristas comenzó casi tres meses después con el rechazo del juez noveno penal de Venezuela, Alberto Martínez Moncada, de la solicitud de habeas corpus a favor de Luis Posada Carriles. Al día siguiente, 22 de octubre de 1976, los principales encartados prestaron sus declaraciones. Días después, el 2 de noviembre de 1976, la jueza Delia Estava Moreno reconoció la autoría intelectual en el sabotaje de Orlando Bosch y Posada Carriles y dictó autos de detención por homicidio calificado contra estos y contra Freddy Lugo y Hernán Ricardo.
 
Luego de complejos y amañados recursos de la defensa por lograr su exculpación, que obligan el traslado del proceso a la justicia militar, donde los terroristas son acusados el 23 de agosto de 1977 de la siguiente manera: Posada Carriles, Freddy Lugo y Hernán Ricardo, por traición a la patria, así como Orlando Bosch por los delitos de rebelión militar y homicidio.
 
Las maniobras realizadas por los cómplices de los terroristas, de gran influencia dentro de las esferas gobernantes de Venezuela, así como ocultos manejos de la CIA y otras instituciones del Gobierno norteamericano, empezaron a manifestarse abiertamente cuando se llegó al colmo de que el propio fiscal militar solicitara la absolución de los detenidos en el Cuartel San Carlos.
 
La dilatación del juicio a Luis Posada Carriles y a Orlando Bosch tenía el claro objetivo de no dar un veredicto final que los arrojara por largo tiempo a la cárcel, mientras se tejían diversos planes para su liberación.
 
Durante tres largos años, la periodista venezolana Alicia Herrera visitó a los implicados en su centro de detención temporal y en ese período se ganó la confianza de los mismos. Sin temor a las  consecuencias, esta valiente periodista venezolana dio a conocer las confesiones de Orlando Bosch y Freddy Lugo sobre su participación en el sabotaje de Barbados.
 
Una vez que la Corte Marcial anuló procedimientos anteriores realizados contra Posada Carriles, el Juzgado superior decimocuarto del Distrito Federal del estado Miranda, un tribunal civil de Venezuela, retomó el caso en 1984. El 8 de agosto de 1985, cuando Posada Carriles se encontraba en espera de su condena, se fugó de la Penitenciaría General de Venezuela, en San Juan de los Morros. Dolorosamente, la oscura trama de la CIA, del Gobierno norteamericano y de la mafia contrarrevolucionaria de Miami ya se había echado a andar: Luis Posada Carriles estaba fuera de la prisión  en 1985 y Orlando Bosch fue excarcelado en 1988. Hoy. ,uego de fallecido Bosh y Posada Libre,  ambos han vivido  tranquilamente en los Estados Unidos.
 
Al conocer estos hechos y la presencia en territorio norteamericano de estos dos criminales, causan estupor y rechazo las palabras pronunciadas por el entonces presidente George W. Bush, en un discurso pronunciado el 21 de septiembre de 2004, durante la apertura de la 59na Asamblea General de las Naciones Unidas, cuando dijo con su habitual desvergüenza: “Estamos decididos a destruir las redes terroristas dondequiera que operen”. Previamente había sorprendido al auditorio mundial allí presente con otra cínica frase: “Sabemos que los Gobiernos opresivos respaldan el terrorismo, mientras que los Gobiernos libres combaten a los terroristas entre ellos”.
 
Sobran los comentarios.
Pasaje de su libro "Luis Posada Carriles: Un engendro incondicional de la CIA", publicado por Ediciones MinCI, Octubre, 2009.
Tomado de su blog "Descubriendo verdades"

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