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El Libertador

viernes, 26 de julio de 2013
Por Freddy J. Melo
Arriba el Libertador al año 230° de una existencia destinada a la infinitud. No puede morir porque es un hombre-pueblo, residente en corazones y conciencias y presente en cada acción colectiva en pro de la libertad y la justicia.

Su nombre está “en la tierra, en el agua, en el aire”, en la voz femenil o masculina del oprimido y explotado, del combatiente contra muros imperiales y epígonos sin patria, del que oye los rumores de los caídos y está dispuesto a caer si la victoria lo demanda.

Un problema: ¿Qué es lo que no se ha dicho sobre él? Los grandes cultores de la palabra, los inmensos poetas, los creadores que manejan la piedra, el color o el sonido y las personas sencillas que con limitados medios construyen, nada menos, la vida cotidiana, todos y todas han expresado hasta el casi agotamiento de los modos, su amor, devoción, admiración y gratitud. Cómo decir algo nuevo, serio problema para un simple mortal.

Amo a Bolívar desde la escuela. Lo aprendí tal vez como el culto en marcha hacia la petrificación de las estatuas, pero esa escuela nos acercaba a él, nos metía en el orgullo de la historia de la cual era semidiós y nos hacía sentir venezolanos, cosa que posteriormente intentaron quitarnos. Como casi todos he perpetrado versos y los primeros, en 5° grado, fueron para “Bolívar sin parangón con los libertadores”. No podía faltar la palabra de pompa. Después nuevos versos y muchas referencias, y un discurso en su bicentenario.

A la sazón ya había anidado en mí una nueva concepción del mundo y adquirido la visión del problema antedicho. De tripas, corazón. Me referí a lo que presuntamente sabemos todos. El político, el guerrero, el legislador, el estadista, el sociólogo, el escritor, el clarividente, el hombre generoso que nacido en cuna rica murió vestido con camisa ajena. Me pregunté, no obstante, si teníamos completo a nuestro Bolívar, si no se nos habría escapado algo quizás importante de quien había condensado tan colosal realización en apenas cuarenta y siete años de existencia. Permítanme un par de autocitas prolongadas.

“Hay quienes piensan que sí, y yo modestamente a ellos me sumo. No es que esa parte sea desconocida de veras. El propio héroe la señaló al hacer el balance de su vida y tras él muchas generaciones de bolivarianos la tuvieron presente. Pero es que bajo los resplandores de su gloria, bajo los homenajes estatuarios, bajo la apoteosis y la balumba de palabras y trompetas, queda arrinconada, ensordecida y se pretende sepultarla para siempre. Discípulos egregios la tremolan y defienden, porque realmente en ella y sólo en ella vive el Libertador; mas los legatarios… digamos ‘oficiales’ de su obra, tienen la capacidad de hacer el ruido, de ocultarla y apartarla de la conciencia de su pueblo. ‘Legatarios’ que por paradoja profunda de la historia se han transmutado en la negación de la esencia de Bolívar, pero con el poder de administrar su imagen para inmovilizarla en los panteones y las plazas”.

Señalé luego la parte faltante como la del combatiente frustrado, el realizador no realizado, el sembrador qué aró en el mar. Y pregunté:

“¿Dónde están los gobiernos que han instaurado la mayor suma de felicidad y seguridad para sus pueblos? ¿Dónde la nación de repúblicas que en el gran día del continente asegura, por su libertad y gloria, la intangibilidad soberana frente a quienes, pareciera que destinados por la Providencia, plagan la América de miserias en nombre de la libertad? Moral y luces siguen siendo nuestras primeras necesidades. La independencia, el único bien ganado a costa de todos los demás, se halla mediatizada por la coyunda de codiciosos e implacables intereses extranjeros clavados sobre el cuerpo de nuestras patrias. Ni felicidad, ni igualdad, ni unidad, ni independencia, ni libertad, ni gloria a la altura de las demandas de Bolívar. Sólo Cuba está hoy levantando su estandarte”.

Para gloria bolivariana de Venezuela, Cuba ya no está sola y nuestra Patria asume de nuevo el papel que jugó en las primeras décadas del siglo XIX. A Bolívar le nació un hijo amasado en carne de pueblo, y ese hijo tomó la idea maestra y la espada del padre y las puso a caminar por nuestra América y el mundo. El huracán de la revolución otra vez sopla y estremece “nuestra extensa latitud” ya no silenciosa, sino vibrante de cantos libertarios. Hacia la victoria definitiva.

¡Viva el Libertador! ¡Viva su hijo, líder de la Revolución Bolivariana!

*Poeta y escritor bolivariano



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