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Sobre la conversión del voluntario en funcionario del Estado

viernes, 29 de marzo de 2013
Por Acratosaurio Rex

Así pues, amigos y amigas anarquistas, hablando del carisma, imaginemos la situación: Él está hablando a cien mil seguidores; una joven madre con su hijo de ocho años rompe el cordón de seguridad; Él ordena imperioso a sus hombres que no la golpeen más, le pide que avance; va la madre —temblorosa, suplicante— y le enseña al niño hiperactivo —que el cabrón no para ni un segundo¬—; Él le pone la mano en la frente murmura qué sé yo; el niño se paraliza, corre a sentarse y se pone a estudiar el Imperio Bizantino; la madre se desmaya; la multitud exclama «¡Milagro!»; el líder se mira con ojos de besugo la mano y grita… «¡La hostia puta!, ¡es verdad!, ¡tengo poderes!». Adulación, gritos, prodigios… Conclusión: pues que Él se vuelve majareta.

Claro, uno puede pensar que lo del liderazgo carismático no tiene por qué ser malo. Una multitud de millones siguiendo a un majara puede cambiar el mundo, el desorden, el caos y todo eso. ¿No? No. Ni por casualidad es posible la llegada del Reino mediante un Mesías. De impedir el cambio se encargan los subalternos, que quieren paz, orden y progreso.

Téngase en cuenta que en toda revuelta carismática, junto con los entusiastas voluntarios, más o menos interesados, más o menos ingenuos, se va creando una organización formal, jerárquica y autoritaria, en la que el poder reside en el Él, y Él lo va delegando hacia abajo. Es decir, Él da poder al subalterno inmediato, ése al de más abajo, y así sucesivamente van trasmitiéndose las consignas hasta ti, que eres el paleto que curra para esos mamandurrias. Y como ser líder es muy fatigoso, bajo la sombra de Él hay unos pocos de Hombres Vientre, con muy poco carisma pero con mucha organización, que lo mismo hasta consideran por lo bajini al Gran Hombre Providencia, como un payaso.

Esos Mandos altos e intermedios —gente práctica— se dedican con todas sus fuerzas a reforzar un Estado en el que repartir empleos burocráticos de manera ordenada: es la revolución del cargo. La milicia se transforma en ejército, el voluntariado transmuta en funcionario, la aportación voluntaria deviene en tributo. Él aparece en la foto, rodeado de los oficiales de la burocracia escalonada. Rostros que se arrugan más y más a medida que pasan los años y sus titulares engordan y los sastres se afanan con los uniformes de fantasía.

Esta tragedia ha sido descrita una y otra vez. Una vez muere el líder carismático, sustituirlo es algo muy complejo. No suele haber nadie a la altura. Y la soñada revolución muere con Él. Él muere —de hecho— mucho antes de que lo embalsamen y guarden la momia en el sarcófago. Luego hablaremos del problema de la trasmisión del carisma para los supervivientes.

Moraleja: no confundas servir a la Revolución, con convertirte en funcionario del Estado. Lo que es de uno es de todos, lo que es de todos es de nadie, lo que es de nadie es de uno.

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