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La unión de símbolo y carisma, da siempre malos resultados.

viernes, 29 de marzo de 2013
Por Acratosaurio Rex


Estábamos hablando de lo del símbolo convertido en carisma personal. Pues pasa lo siguiente: hay un individuo que en virtud de sus cualidades extraordinarias, gran oratoria, gran heroísmo, gran futbolista y gran todo en general, se va convirtiendo en símbolo de unión, asumiendo todas las cualidades positivas del grupo. Quien contempla al Jefe en medio de la multitud, entre cánticos, banderas y música militar, se siente parte de algo importante, enorme…, siente crecer su carajo. Es ilusorio, por supuesto. Es completamente sustituible para quienes están en la tribuna. Por si fuera poco, él se siente dispuesto para la muerte.

A su vez el Líder recibe de todos, porque él sí es el imprescindible. Cada vez que se da un baño de masas, como Cristo en la Montaña, el líder revalida su título, y se hace más y más acaparador. Entonces llega un momento, en el que el Comandante asegura que «¡el Reino está llegando!, ¡está aquí!, ¡ya ha llegado!». Y la gente que sufre, gime y llora, la que no levanta cabeza, la que siente gazuza, la que enferma y paga la hipoteca, la que no duerme porque la hija no vuelve a casa a la hora, la gente necesitada de esperanza, suspira y piensa…, «claro que sí, ¿por qué no?».

En ese momento, pasa el acólito con la cesta para recibir el donativo, y el público echa hasta el último céntimo, amigos y amigas. Grita Boxer «¡Trabajaré más fuerte!». Sale el minero cubierto de hollín al finalizar su jornada, y pasa el Gran Jefe, le palmea la mugre y le dice «muy bien muchacho, sigue así». Y el proletario —emocionado—, se mea en las bragas, vuelve al túnel, y la mujer se prepara para la fecundación.

Llegado a ese punto, ay, la cosa degenera a gran velocidad. No importa ya que el masca sea un aprovechado, un caco, un rico como cualquier otro, o que se folle a setecientos niños. Precisamente por ser más rico, o más criminal que el cabrón de al lado, lo admiras más. Los defectos, siempre se achacan a la envidia de sus enemigos, o a que es un portento, y ya está.

Porque un líder carismático es al prestigio lo que un empresario a la plusvalía. El líder carismático se vuelve un agujero negro que atrapa a todo lo que le rodea, lo devora, se traga hasta las estrellas, chupa los esfuerzos de millones de personas, los centraliza en él. Sube a la tribuna, grita «¡Somos el Poder!», sana a siete paralíticos, elimina una posesión de demonios, la multitud cae en trance, y luego él baja, pasa entre guardias armados con pistolas, uniformes e insignias, entra en la tienda de campaña y establece cuánto vale ese burro.

Lo malo que tienen las revoluciones, —me dijo Marlowe un día tomando copas—, es que acaban siempre en las peores manos. Lo que es de uno es de todos, lo que es de todos es de nadie, lo que es de nadie es de uno.

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