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¿No existe una política exterior hacia América Latina por parte de los Estados Unidos de América?

miércoles, 20 de febrero de 2013
Por Orlando Cruz Capote*


I

La pregunta -en sentido negativo- que encabeza este artículo, que a la vez constituye una seria crítica y advertencia política, tendría una mejor formulación si expresáramos: ¿Poseen las autoridades de Washington, en nuestros días, una mirada estratégica, particular y valorativa de cercano, mediato y largo alcance hacia los procesos de cambios que están sucediéndose en la América Latina y el Caribe?

¿Acaso al poderoso establishment estadounidense no les importa los pasos en materia de integración latinoamericana con la creación de la Alianza para los Pueblos de Nuestra América-ALBA, la Unión de Naciones Suramericanas-UNASUR, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños-CELAC, así como el fortalecimiento del renovado Mercado Común del Sur-MERCOSUR, gracias a la entrada de Venezuela, todos con sus propios matices ideopolíticos, socioeconómicos y comerciales, pero que constituyen procesos integrativos a fin de cuentas del Sur geopolítico más próximo y, algunos de ellos, fuera del marco de la Organización de Estados Americanos-OEA y del que quedan excluidos, en algunos de ellos, los mismísimos EE.UU.?

Sí. Sí tienen esa política exterior, y bien delineada, aunque algunos se llamen al engaño y a la miopía política por el aparente silencio y el fariseísmo típico de la forma de actuar del gobierno estadounidense. Como también les preocupa los espacios ganados en materia de integración y articulación Nuestroamericana sobre la base de agendas mínimas, otras de mayor profundidad, de unión regional. El silencio no es sinónimo de aceptación a ciegas y muchas veces oculta intenciones no solo contradictorias sino concepciones diferentes que conllevan a antagonismos irreconciliables.

Sin embargo, la réplica a tal afirmación, que se cuestiona con ingenuidad si los EE.UU. han obviado e ignorado a la región latinoamericana-caribeña, tiene varias causales “justificadas” dadas por una cierta ambivalencia en el discurso político público de Washington, más retórico, con un evidente bajo perfil y singularizado únicamente hacia algunos gobiernos y procesos populares.

Un discurso “distanciado”, que la élite de poder estadounidense ha utilizado hacia Nuestra América, en específico, luego de la llegada a la Casa Blanca del mal premiado nobel de la paz, Barack Obama, y el uso por parte de su administración del lenguaje de lo “políticamente correcto”, del “poder inteligente” y “blando”, los cuales han sido sobredimensionados sin ocultarse, no obstante, los deseos de intervenir militar y directamente si falla el control de su hegemonía en el subcontinente, hoy indudablemente menguada pero no derrotada.

Los casos de agresiones de toda índole: sicológica, mediática, militar y subversiva contra Cuba y Venezuela, Bolivia y Ecuador; el cruento golpe de estado al presidente Manuel Zelaya, en Honduras, hasta el golpe parlamentario al presidente Fernando Lugo, en Paraguay, entre otros, vienen a verificar cuando se transita de la retórica hacia elocuencias y acciones abiertas y encubiertas tan visibles como sorprendentes.

Ante esa realidad discursiva, falsa y manipuladora, algunos analistas políticos de izquierda del subcontinente, han aseverado que ante el involucramiento-ocupación militar de los EE.UU. en las guerras de Irak y Afganistán; su participación bélica directa e indirecta en Libia, Siria e Irán; más la fuerte y renovada presencia geopolítica norteamericana en Asia, con el objetivo de contrarrestar los desafíos emergentes de China Popular y Rusia, han obligado al Departamento de Estado a posponer los asuntos álgidos de los procesos desarrollados en su “patio trasero” o la comúnmente denominada “cuarta frontera” natural de ese país.

Tal interpretación del “extraño” comportamiento norteamericano podría comprobarse además con la aguda crisis estructural y plural que está padeciendo el sistema de dominación múltiple del capital a nivel planetario y, en primer lugar, por la situación económica, comercial, financiera y la deuda fiscal de la primera superpotencia potencia imperialista, en fase decadente, declinante y parasitaria, la cual precisa de una atención mayor por parte de sus dirigentes hacia los numerosos problemas domésticos que aquejan su sociedad, con una economía en fase recesiva, la pérdida relativa de su competitividad productiva y científico-tecnológica, así como un desempleo galopante y preocupante.

El último discurso del presidente Obama ante el Estado de la Unión, en este febrero de 2013, remarca las insolubles problemáticas que debe enfrentar en el orden de la reformas educacional, migratoria, de salud, en el sector inmobiliario, la urgencia de grandes inversiones al interior del país, sin descartar una posible reducción de sus gastos militares, cuestión esta que se mantendrá entre paréntesis por lo complejo que resulta restringir el multimillonario desembolso de dinero para los grandes contratistas del Departamento de Defensa y de Seguridad Nacional. Y según noticias, habló de las amenazas contra Irán y Corea del Norte, de la retirada de las tropas de Afganistán, pero no mencionó a América Latina y el Caribe en esa intervención. ¿Olvido, simulación o hipocresía de la peor especie? Lo segundo, sin lugar a dudas.

Una voluminosa carpeta de problemáticas que brindaría motivos como para “desatenderse de la América Latina y el Caribe”, envuelta como nunca antes en procesos que retan en extensión y profundidad la hegemonía norteamericana.


II

Una pista diferente sugiere, si precisamos una correcta visión crítica, que la proyección internacional de Washington no sólo y únicamente se halla en las oficinas de la Casa Blanca y en su cancillería, sino que, desde hace algún tiempo, esta se elabora y despliega por las agencias de espionaje y especiales, sin descontar al Pentágono, en cuyas dependencias se trazan, fraguan y se llevan a cabo cientos y miles de planes desestabilizadores hacia todo el planeta, en específico, con respecto a su vecinos del sur. Hace algunos años, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) elaboró un abultado volumen que proyectaba las posibles acciones de esa nación mesiánica ante los desafíos mundiales, hasta casi el medio siglo de la presente centuria.

Paralelamente, si se prosiguiera con un análisis pormenorizado de la realidad real -excusando un exceso de contenido y gramatical- se podrá percibir que la estrategia, tácticas y métodos del plan magistral de las doctrinas de política exterior norteñas no necesariamente tiene que ser determinada por una presidencia en particular, pues existen numerosos antecedentes históricos que demuestran que los procedimientos matrices de largo alcance, que tienen plazos delimitados, han estado diseñados desde el propio surgimiento y desarrollo de esa nación y que, luego del triunfo de la Revolución Cubana y la victoria vietnamita contra sus tropas, han ido conformando un entramado de políticas, que varían tácticamente, y que siempre han estado dirigidas al apoderamiento de los recursos naturales y humanos de América Latina-Caribe -una nueva re-neocolonización-, a los que se suman hoy la rica biodiversidad de la región, incluyendo sus inagotables fuentes de recursos hidráulicos, hidrocarburos, minerales estratégicos, incluidos los de nueva generación, la floresta, la fauna y hasta el mismísimo sol y el aire que se respira.

Tal percepción imperial, en constante alerta, se profundiza con habilidad, aunque también con dureza y cinismo, luego de las victorias de la Revolución Bolivariana de la Venezuela del presidente Hugo Rafael Chávez Frías, la Revolución Ciudadana del mandatario Rafael Correa y de la Revolución del Estado Multinacional de la Bolivia del presidente, indígena por más señas, Evo Morales, entre otros gobiernos de un matizado espectro ideopolítico de las izquierdas continentales, que están en el ejercicio del poder, siempre mediados por las fortalezas que posean sus administraciones y su más o menos estrecho consenso y articulación con las masas populares representadas por los heterogéneos movimientos sociales, políticos, más los partidos tradicionales progresistas y democráticos. No hay una acción desestabilizadora al interior de esos países, desarrollada por la oligarquía derechista criolla, hoy también transnacionalizada, que no haya contado con la iniciativa y el apoyo de las embajadas y las agencias especiales de los EE.UU.

Sirvan algunos ejemplos, siempre incompletos, de esas políticas estratégicas imperialistas para demostrar lo anteriormente enunciado: el Destino Manifiesto, la Doctrina Monroe, el New Deal o Política del Buen Vecino, el Plan Clayton, el eterno panamericanismo coronado con la creación de la Organización de Estados Americanos (OEA), en 1948, instrumento de su dominio y hegemonía; la Alianza para el Progreso; los innumerables esfuerzos, logrados o no, de afianzar los asimétricos ejes asociativos económico-comerciales y financieros con el subcontinente (Tratados de Reciprocidad, el NAFTA, los Tratados de Libre Comercio (TLC), el ALCA, etc.), así como las permanentes cumbres de la OEA y de las Américas. Tal conglomerado de políticas sirven para ilustrar esa política de larga mira, que no obvia el escenario inmediato, que coadyuvan a solidificar el dominio imperial de los EE.UU. al sur del Rió Bravo.

Sin olvidar tampoco, los múltiples informes sobre América Latina y el Caribe elaborados por instituciones y comisiones designadas, los denominados tanques de pensamientos o Thins Tanks, que asesoran y confeccionan las doctrinas que después se implementan con algunas modificaciones o completamente en la realidad, según las coyunturas. Todo un dossier inagotable de políticas injerencistas, como aquellas elaboradas en los documentos programáticos Santa Fe I y II (1980 y 1988), que mantienen plena vigencia en cuanto a propósitos a lograr.

Si no fuera aun suficiente ese rosario de prácticas, abiertas o más sutiles, de la estrategia geopolítica estadounidense pudieran mencionarse, entre otros, los planes militares de intromisión e intervención -la reactivación de la IV Flota sería un buen ejemplo-; la expansión y consolidación de la macabra “política de seguridad nacional” que abarcó, y continua siéndolo, los golpes de estado, el manejo de los gobiernos a través de las cañoneras, la diplomacia del dólar -la eterna política de la zanahoria y el garrote- hasta la implantación de incontables bases militares, algunas bajo el manto de instalaciones civiles, pero muy operativas ante cualquier circunstancia; las plataformas terrestres, aéreas y marítimas para “enfrentar” el narcotráfico, el movimiento ilegal de personas y combatir la “criminalidad” y el “terrorismo”; la penetración de agencias encubiertas de espionaje, como la propia CIA, los Cuerpos de Paz, la Agencia para el Desarrollo (NED), la agencia antidrogas (DEA), la aberrada y vieja USIA, ahora con nueva denominación, y las más actuales y eficaces Organizaciones No Gubernamentales (ONGs) bajo su égida hegemónica, las que despliegan numerosas actividades especiales y operativos de subversión contra los procesos democráticos y progresistas. Nada más habría que preguntarles a los gobiernos de Evo Morales y Rafael Correa, para conocer y comprender el accionar malintencionado de tales ONGs dentro de algunos movimientos sociales.

Continuemos. O la reciente base militar concedida por el gobierno chileno a EE.UU, las otras abiertas en Costa Rica, Panamá y Colombia (sin olvidarnos del Plan Mérida-Colombia y las controvertidas siete sedes ofrecidas por el exmandatario colombiano Álvaro Uribe, a las cuales el actual presidente Juan Manuel Santos a dado “marcha atrás”, según sus declaraciones oficiales), las cuales complementan esa presencia castrense inmediata. Aunque realmente, las grandes unidades intervencionistas estadounidenses, como las 82 y 101 divisiones, no necesitan de una especial basificación para su despliegue rápido y efectivo.

A esta lista, que posee subalternidades imposibles de contabilizar, se integra el enorme dominio y hegemonía de los medios masivos de comunicación, los mass media o mediáticos, hoy transnacionalizados y convertidos en un primer poder, cuyas casas matrices radican fundamentalmente en los EE.UU. y también en Europa, así como las novedosas guerras culturales, informático-comunicacionales y cibernéticas contemporáneas (la posibilidad de una agresión militar con drones, o de otra índole, ante una amenaza o ataque cibernético a los EE.UU. ya fue declarado por el presidente Obama), que abarcan el imaginario posible, todo aquello que pueda convertirse en mercancía, en un mecanismo de control de la mente de las personas, al que no escapa la propaganda subliminal, negra, gris y del más plural mosaico de técnicas “inteligentes” o “blandas” que constituyen un esfuerzo permanente de individualizar egoístamente -excusando la redundancia- al hombre latinoamericano a través de ese eurocentrismo norteamericanizador colonial del poder y el saber, de fortificar el mercado y la privatización salvajes, vendiéndolas como panaceas para todos los males subyacentes en las sociedades ya consumistas de la región, bajo el engañoso “gran sueño americano”.

III

La activación ipso facto de tales planes agresivos es una realidad que no podemos ignorar.

¿Hay que esperar que el gobierno de los EE.UU. nos envíe a sus marines, invada e intervenga para estar alertas y tomar medidas?

¿Es necesario escuchar palabras, casi siempre hipócritas y cínicas, para descuidar nuestra soberanía e independencia nacionales?

¿No conocemos que las últimas guerras de los EE.UU. no han sido declaradas y que buscan su legitimación en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas luego de su iniciación?

¿No es capaz ese imperialismo rapaz y sus aliados de montar una campaña de propaganda eficaz, en pocas horas y días, en los mediáticos transnacionalizados en contra de una nación, una región y una localidad, “en cualquier oscuro rincón del mundo”, para infundir temores, zozobras y demonizar a la futura víctima?

Una vez, en un artículo también digital, advertía este autor sobre la necesidad de activar el “sospechómetro” revolucionario y popular en máxima alerta, porque sería tristemente recordado el que fuéramos agredidos militarmente por confiar en que el gobierno de los Estados Unidos no ha hablado públicamente de que América Latina y el Caribe se encuentra en sus radares militares y políticos de los cuales, repetimos, nunca saldremos del punto rojo de su colimador.

Todos los procesos revolucionarios deben saber defenderse de los enemigos y adversarios, internos y externos, siendo esa una máxima que siempre será la mejor manera de demostrar la autenticidad de una revolución, ya sea encaminada por reformas o por vías más radicales.

La óptima forma de evitar la guerra es preparándose conscientemente para ella desde los tiempos de paz, esa paz tan relativa en el mundo de hoy inmerso en polifacéticos conflictos y tensiones, con un sistema de dominación capitalista-imperialista que no cesa en su carrera armamentística con el fin consabido de reconfigurar su geopolítica agresiva en los nuevos tiempos que se viven.

Negar la experiencia histórica sería entregar las banderas y las conquistas con una ceguera política demasiado costosa para los pueblos de Nuestra América.

La Habana, 16 de febrero de 2013.

*Dr. Orlando Cruz Capote, Investigador Auxiliar, Instituto de Filosofía, CITMA. Cuba


Imagen agregada RCBáez

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