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NO SOMOS CULPABLES

jueves, 24 de octubre de 2013
Largos debates, conversaciones con cierto sabor a resentimiento y desesperanza giran en torno a la falta de reacción social ante la ofensiva desatada por los grandes capitales y los centros de poder político siempre ansiosos por ampliar sus beneficios económicos en primer término, y como objetivo de fondo aumentar la capacidad de dominio sobre el resto de seres que habitan el planeta.
Durante mucho tiempo el sistema social se ha encargado de ir destruyendo el tejido social en el que las personas se apoyaban siempre para tratar de vivir una vida lo más acorde posible a su modo de sentir. Precisamente ahí, en el modo de sentir, es donde ha centrado gran parte de sus esfuerzos el poder.
Muy pronto se dieron cuenta de la importancia de modificar esa manera de sentir que incluía una visión colectiva de la vida, una forma de sentir que incluía al otro, al entorno natural que se consideraba parte inseparable de la propia vida, y que provocaba que la vida fuera vivida en común.
Obviamente, para que un sistema basado en la avaricia, en la imperiosa necesidad de poseer más y más funcione se necesita romper esa idea de lo común. Se necesita atomizar al ser humano y romper los lazos que le conectan con el resto para convertirlo en un autómata perfectamente dispuesto a cumplir con el papel asignado en la función capitalista. Sólo con la desconexión entre iguales es posible desentenderse de los problemas ajenos y desligar los propios de los globales, y de ahí  a no tener ningún problema a pasar por encima de quien sea para seguir adelante (sin saber muy bien hacia donde) hay un paso bien pequeño.
Y así lo ha hecho, como siempre usando esas poderosas maquinarias que utiliza a su antojo como son el sistema educativo, los medios de información y la industria del entretenimiento (el sólo hecho de que exista algo llamado industria del entretenimiento da la medida del éxito obtenido por el sistema en su proceso de desconexión del individuo con su entorno)
Se ha potenciado tanto lo individual que se ha traspasado la línea que separa el necesario desarrollo de la persona con esa zona oscura donde el egoísmo lo puede todo.
Durante muchos años se ha ido potenciando una sibilina manera de modelar la personalidad humana basada en la suprema importancia de la satisfacción de las necesidades personales. En esto, tiene mucho que ver la infiltración de las ciencias psi, especialmente la psicología, en todos los ámbitos del control social mejorándolos y perfeccionándolos hasta límites insospechados. (Este tema da para mucho más y trataré de ampliarlo en otra ocasión).
Junto a la importancia de esa satisfacción, se induce la creencia del mérito personal y, por tanto, la falsa ilusión de que todo lo que nos ocurre en la vida es consecuencia única y exclusivamente de nuestros actos. Es decir, queda eximido de toda responsabilidad el sistema político, económico y social. Todo es fruto del hacer individual independientemente de cualquier condicionante.
Esta excelente estrategia de control social ha desactivado casi cualquier posibilidad (es obvio que el casi no incluye a todas esas personas que si reaccionan y se esfuerzan en construir otra forma de vivir, cada uno a su manera) de reacción social y al pasar de los años ha conseguido dejar una ingente cantidad de personas que no salen de su asombro y estupor ante la actual situación. Una gran masa de gente que no llega a comprender qué salió mal. Siguieron las instrucciones al pie de la letra, se dedicaron en cuerpo y alma a cumplir con lo que el sistema esperaba de ellos y ahora se encuentran en una situación de indefensión absoluta. Y lo qué es peor, absolutamente convencidos de qué ha sido culpa suya.
Personas que han cumplido con su labor de asalariados durante años y ahora se ven como seres inservibles sin saber por qué, jubilados que tras entregar hasta la última gota de sudor han visto como todo lo que con esfuerzo consiguieron juntar para pasar sus últimos años se ha evaporado, varias generaciones convencidas de que estudiar era lo que debían hacer para alcanzar la vida que el sistema les ofrecía y se encuentran con la cruda realidad de ser mano de obra sobrante, y así un largo etcétera de personas y situaciones diversas. Todas ellas con algo en común, un sentimiento de culpa inoculado por el sistema y con una nula capacidad de reacción fuera de los cauces que el propio sistema ofrece.
Es necesario tratar esta cuestión con lógica. Si hemos seguido las normas que nos debían guiar al buen vivir según el sistema y esto no se ha producido sólo hay una posible conclusión lógica: no somos culpables, entonces ¿quién es el culpable? Todos los dedos deben apuntar en la misma dirección: el sistema capitalista. Por tanto, sólo puede haber una salida posible, acabar con él.
 

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