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Utopodcast - Anarquismo social o Anarquismo personal, un abismo insuperable - Murray Bookchin

viernes, 15 de noviembre de 2013
Excelente audio que nos plantea dos perspectivas diferentes del anarquismo: Una nihilista, egoista, sensualoide y pos-modernista, y otra con un llamado social, solidario, con visión y revolucionario.
Si bien para mí el anarquismo es sin adjetivos, es bueno plantearse que tanto de razón tiene el autor de este texto en su llamado al anarquismo social y su crítica profunda al llamdo anarquismo personal o individualista. 

Koan







 Links de descarga al texto:

Anarquismo social o Anarquismo personal - Murray Bookchin.pdf (1022 KB)
https://mega.co.nz/#!EsY2CSDA!NZ_HuBHj9QCcEaOd_VWhcjN1rrUJtdSw6dpy8Ob54-U


Anarquismo social o Anarquismo personal 


LA SOCIEDAD ENFERMA: EL TRIUNFO DE LOS PSICÓPATAS

lunes, 17 de diciembre de 2012
No hace falta ser muy observador para darse cuenta de que el sistema capitalista ha implantado un modelo de vida, en el sentido amplio de la expresión, que conduce irremediablemente a la aniquilación de cualquier tipo de vida. Este modelo se fundamenta entre otras cosas en la constante explotación de todos los recursos y seres disponibles en pos de una constante acumulación de riqueza y poder.
Esta necesidad imperiosa de anclar todos los aspectos de nuestra vida a la obtención de dinero, ha llevado a tener que relegar toda forma de vida con visos colectivos para dejar paso a la atomización absoluta. De ahí a la legitimación de cualquier estrategia y recurso para imponernos al “otro” hay un paso (y lo hemos dado sin dudar ni un instante).
Toda esta deriva social se ve constantemente alentada por un sistema que se encarga de oprimir cualquier intento de resistencia y de construcción alternativa que pueda surgir (gracias al excelente trabajo realizado por su maquinaria propagandística y de adiestramiento).
Así pues, tenemos asentadas las bases de una sociedad enferma o, más bien, deberíamos decir deliberadamente enfermada.
¿Por qué hablamos de deliberadamente enfermada?
En el plano físico parece más que evidente que el modelo capitalista en su constante explotación de los seres vivos y los entornos naturales donde viven, nos conduce sin remedio a la enfermedad. A estas alturas es imposible negar la degradación ambiental del planeta: amplias zonas del planeta esquilmadas, desertizadas, arrasadas en nombre del beneficio (por supuesto del económico, porque es el único tipo de beneficio que importa en este sistema) inmediato; obviando la condena a muerte que supone para millones de seres vivos (entre los que nos encontramos, por si alguien piensa que sólo hablo de “bichitos y plantitas”). La sobreproducción del modelo capitalista conduce, inevitablemente, a la sobreexplotación y con ello a la muerte. Por otro lado, ese afán de producir y acumular beneficio ha propiciado unos éxodos masivos de seres humanos, facilitando el desarraigo y la total desconexión entre personas y entre las personas y la naturaleza catalizando, de esta forma, la propagación de la enfermedad social.
El constante desprecio que el modelo capitalista muestra por el bien común, se demuestra nuevamente en la mercantilización absoluta de todo lo imprescindible para la vida humana (agua, tierra, alimentación, salud… incluso el aire que respiramos a través de ese nauseabundo engendro del mercado de emisiones) Por supuesto, como todo lo que toca el capitalismo, todos estos elementos han sido condenados a muerte y, por ende, nosotros con ellos: aguas contaminadas y esquilmadas, tierras roturadas hasta la saciedad exprimidas de todo nutriente y envenenadas con todo tipo de productos químicos, alimentados desnaturalizados fruto de su producción artificial, la salud como objeto de negocio a base de grandes farmacéuticas que nos enferman y nos convierten en sujetos dependientes de sus drogas, aire irrespirable…
Desde el punto de vista humano, todo esto se traduce en cientos de millones de víctimas mortales y miles de millones de esclavos al borde de la deshumanización.
Este sistema tiene incalculables efectos negativos como hemos visto. Sin embargo, como integrante de eso que se ha dado en llamar “sociedad occidental” (rica y poderosa según los cánones capitalistas) me interesa, también, profundizar en los efectos que tiene el capitalismo en el plano psicológico.
Como hemos dicho, la atomización social es evidente y esto ha ido de la mano de la creación de un individualismo exacerbado. La estrategia capitalista es evidente, el aislamiento de los individuos relegan al olvido las soluciones colectivas. De tal forma se sustituyen los valores de cooperación y solidaridad por los de competitividad y egoísmo. Fruto de esta evolución se impone un nuevo modelo psicológico triunfante: se encumbra la personalidad psicopática. No deja de ser curioso que el modelo psicológico que el capitalismo alimenta como deseable socialmente se diagnostique oficialmente como un trastorno antisocial de la personalidad.
La característica principal de los psicópatas es que tienen anestesia selectiva afectiva, es decir, no sienten culpa pero sí emociones como la ira o la tristeza. Sólo les mueve su propio interés y para llegar a ello, que es obtener dominio y poder sobre su ambiente, pueden llegar a simular amor, compasión… sólo hasta conseguir sus objetivos. Cualquier estrategia es válida para conseguir sus fines que son anular la voluntad del otro para explotarlo, atacarlo y demostrar su superioridad y su desprecio. Algo muy importante es que el psicópata tiene la capacidad de juicio conservada, es decir, sabe la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal pero no le importa.

A continuación, se enuncian algunas características que definen la personalidad psicopática:
1)      Locuacidad y encanto superficial

2)      Autovaloración exagerada – Arrogancia

3)      Ausencia total de remordimiento o culpa

4)      Manipulación ajena y utilización de la mentira y el engaño como recurso

5)      Ausencia de empatía en las relaciones interpersonales

6)      Impulsividad

7)      Ausencia de autocontrol

8)      Irresponsabilidad

9)      Estilo de vida parásito
No hace falta ser muy observador para ver que ésta es la personalidad que impera en todas las esferas donde hay poder en juego. Así, vemos cómo estos rasgos descritos coinciden con lo que se observa en el mundo de la política profesional, de la empresa, de los cuerpos policiales y el ejército. Es decir, en lo que constituye los pilares del sistema. Sin embargo, el verdadero triunfo del capitalismo en este sentido es que ha conseguido expandir este modelo psicológico, no sólo a los centros de control y poder (lo cual le permite dirigir con mano de hierro la sociedad global) sino a todos y cada uno de los rincones de la sociedad. Así se ha conformado una sociedad psicológicamente enferma donde todo vale con tal de ser el primero.
Estos son los mimbres con los que se enfrenta cualquier alternativa que intenta construirse partiendo de la recuperación de lo colectivo.
Si bien la personalidad psicopática como tal se supone que es innata, no es menos cierto que a lo que este artículo se refiere es al aprendizaje cultural que hacemos las personas, ya que al observar cuál es el modelo de persona triunfadora tendemos a imitarlo, con todas las consecuencias negativas que ello supone. Por eso es necesaria una urgente desprogramación cultural y un reaprendizaje de aquellos valores que ensalzan lo común frente a lo individual, la cooperación frente a la dominación. En definitiva aquellos valores que propicien una sociedad donde las relaciones de poder no tengan cabida. Este proceso sólo es posible desde el inicial reconocimiento por parte de cada uno de nosotros. De lo erróneo de este sistema dominado por psicópatas que, como ya hemos dicho, sólo buscan su satisfacción personal, representada en la obtención de poder y dominio sobre los demás, sea como sea. 

Fuente: Quebrantando el Silencio

Sea quien sea o Cultura revolucionaria indetenible

miércoles, 19 de septiembre de 2012
Por Luis Toledo Sande*

 

En el Sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba, que aprobó los Lineamientos para encauzar reajustes vitales en el país, el presidente Raúl Castro planteó la necesidad de limitar la duración de la permanencia de los cuadros en los más altos cargos nacionales, y anunció que él mismo daría el ejemplo en el cumplimiento de esa norma. Además, en aquel y en otros foros relevantes arremetió contra la corrupción, que el Comandante en Jefe Fidel Castro había señalado, por encima incluso de la hostilidad imperialista, como un mal capaz de derrocar al proceso que dio a Cuba independencia nacional y justicia.

Con respecto a ese tema el general Raúl Castro no se quedó en desaprobar cierta corrupción “menor” más o menos generalizada, sino que arremetió contra los bandidos de cuello blanco aspirantes a adueñarse del país. Un hecho de tanta gravedad tendrá lugar central en las preocupaciones por las cuales, de modo tajante, planteó que las leyes deben castigar con la correspondiente severidad a quien se corrompa, sea quien sea. Queda claro, pues, el llamamiento a aplicar tan necesaria vara de medir a quienes se desempeñen en todos los niveles de dirección del país, con independencia de su biografía y del aval que tengan, aunque una y otro se valoren como proceda en un juicio legal y moralmente equilibrado.

En Cuba parecía impensable que se limitara el tiempo de permanencia en altos cargos, dada la costumbre de ver a la nación bajo la guía de una dirección histórica, en la cual se daban por resumidas las mejores intenciones y la mayor entrega a las necesidades de la patria heredada y de la sociedad en construcción. Y aunque no estuviera escrito, en el espíritu de una Revolución legítima que triunfó por la vía armada parecía arraigarse el concepto según el cual dicha limitación era propia de la llamada democracia burguesa.

Pero desde los primeros momentos la Revolución reconoció como su autor intelectual a José Martí, quien, lejos de ignorar la democracia conocida en su tiempo, señaladamente en las entrañas del monstruo, repudió sus manquedades sinceramente, y no solo en teoría. Obra suya, las Bases del Partido Revolucionario Cubano, fundado por él, fijaron normas que bajo su dirección se cumplieron: elecciones anuales y dirigentes sometidos al control de los electores, ante los cuales debían rendir cuenta periódica.

En general, la permanencia ilimitada en un cargo -sobre todo si es de alta jerarquía- puede favorecer nociones y prácticas que el propio Martí condenó en “Nuestra América”, ensayo cardinal que desbordó el tema de la independencia política. En ese texto sostuvo que, para defender de veras a los humildes, se requería afianzar un “sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”: no solo rechazar los intereses de estos, sino también la herencia de sus hábitos en el ejercicio del poder. Además, la permanencia ilimitada en los cargos, no solo en los de mayor nivel, puede generar una inercia paralizante por el exceso de confianza en la autoridad de la cual se está investido, y por la pérdida de acertados reflejos creativos frente a los movimientos de la realidad, siempre cambiante.

Añádase que la autoridad administrativa, y dentro de ella la gubernamental, incluye facultades en el manejo de recursos, y en ese camino se puede llegar a la pérdida de barreras entre el buen uso del mando y su distorsión, tanto como -salvo tal vez en casos de honradez y voluntad misional proverbiales- entre el buen empleo de los recursos y su utilización caprichosa, para no hablar de posibles inmoralidades. Hasta la “legitimación por méritos”, o de manera especial ella, puede generar torcimientos fatídicos, si la autoridad desemboca en desafueros que quien los comete llega a considerar expresiones naturales de sus prerrogativas, y la población los acepta como atributos propios del mando.

¿Qué decir si la autoridad se enreda con el sentido de casta -tendencia que parece universal en la especie humana- y la contamina el germen de la corrupción? A las deformaciones posibles en quien dirige se unirá entonces la complicidad de los dirigidos u ocupantes de puestos intermedios que aspiren a recibir beneficios, o pretendan llegar ellos mismos a posiciones que les faciliten obtenerlos. Agréguense pizcas de otros ingredientes parecidos, o concomitantes, y estarán servidas la impunidad y el nepotismo, y rejuegos con sesgo mafioso, para solo mencionar algunas de las aberraciones contrarias a un proyecto que se proponga cultivar la justicia social, aspiración entorpecida o impedida por el individualismo y la herencia de siglos de desigualdad en el mundo.

La actualización que se plantea para el modelo económico cubano está abocada a lo que, dado el afán de rectificar hipertrofias centralistas implantadas en especial desde 1968, pudiera considerarse una especie de nueva ofensiva revolucionaria en otra dirección. La plausible voluntad de no subrayar el peso de la propiedad privada, independientemente de su tamaño, puede mover a preferir términos como cuentapropismo y cuentapropista; pero la verbalización no basta para impedir los efectos prácticos de la realidad, más terca que el lenguaje, y a la larga, si no a la corta, más influyente que él. Ni siquiera de las cooperativas hay que esperar un sentido de colectivismo comparable con el buscado a base de la socialización que se intentó a partir de aquel año, y sobre cuya relativa, real o supuesta inoperancia, así como sobre las causas de esta, habría mucho que decir, e indagar.

Para hacer frente al crecimiento del individualismo -que puede prosperar asimismo con el uso ineficiente o corrupto de la propiedad social- se necesita fomentar una plena cultura revolucionaria, que no solo concierne a lo gremial o ministerialmente llamado cultura, sino a los más profundos conceptos y a las prácticas sustanciales de la existencia y la conducta diarias. Aunque el bolchevique Lenin no esté de moda, conviene recordar su concepto de moral socialista, que él no veía como cuestión de moralina o mojigatería, herencia de tabúes medievales, sino como la actitud y el pensamiento de respeto a la propiedad social.

Tratándose de un proyecto justiciero como el que debe seguir identificando al experimento cubano, quien dice propiedad social dirá también utilidad colectiva de los bienes. El desiderátum atañe también a los recursos que sean patrimonio privado y deban dar a la nación no únicamente el beneficio trazado por la política tributaria, sino el de la honradez, norma que el país necesita que florezca en todos los órdenes, y que en el ejercicio de la autoridad estatal únicamente se puede ignorar so peligro de desastre. La propia contribución al fisco se desangra si los encargados de controlarla e inspeccionarla subordinan su responsabilidad a la obtención de ganancias personales, egoístas, basadas en el soborno y la connivencia, males que están lejos de ser fantasmagorías imaginadas.

Cuidar los recursos sociales, entre ellos los derivados de la práctica tributaria, es una responsabilidad de las instituciones y autoridades gubernamentales y estatales, que no producen los bienes y los servicios, sino dirigen su producción y los administran. En cambio, tienen especiales responsabilidades con la nación, con el pueblo, y en particular con la masa de trabajadores, que son quienes en realidad producen, crean.

En todos los niveles, la responsabilidad de esas instituciones y autoridades debe estar sujeta a control, a fiscalización, tareas, también vitales, cuyo cumplimiento resulta inviable sin la consagración de quienes asumen la misión de dirigir y administrar. En ese terreno compete a la participación popular un papel fundamental, decisivo, que los hábitos burocráticos y los interesados en mantenerlos pueden entorpecer o impedir, con las costosas consecuencias que de ello cabe esperar para el país, o que están a la vista.

La mera existencia de los mecanismos y los funcionarios encargados de luchar contra la corrupción -por muy bien estructurados que estén los primeros, y muy bien preparados los segundos- no basta para que esa lucha se libre como lo necesita el país. Urge asegurar y desarrollar, con educación, vigilancia y leyes, y castigo cuando sea menester, una moral colectiva que los desequilibrios económicos y los malos manejos administrativos pueden quebrantar gravemente, minándola hasta diluirla en la resignación y la complicidad, cuando no en la comisión directa y consciente de prácticas corruptas.

Si el concepto no fuera algo así como un espacio ocupado, y viciado por orígenes e interpretaciones de diversa índole, cabría decir que se requiere una cultura de revolución permanente. Para evitar confusiones, dígase que en un proyecto como el cubano, máxime en las actuales circunstancias, es cuestión de vida o muerte sembrar y fomentar cada vez más una cultura revolucionaria de la honradez y la eficiencia, virtudes que deben marchar juntas. Sin ellas, ¿adónde iría a parar el país, a qué manos?

No hay que pretender la honradez de ángeles etéreos, a los que en la tierra acabarían robándoles las alas, ni la eficiencia en el sentido que a esa meta vital pudieran imprimirle tecnócratas y pragmáticos, desentendidos de la médula social de un proyecto justiciero que también debe atender los requerimientos de la economía. Pudiera parecer cosa sencilla, pero es sumamente compleja. Contra su logro actúan intereses y rutina, picardía e inercia, en una trama que abarca el conjunto de resortes que la sociedad necesita para funcionar y generar la actitud, los bienes y los servicios indispensables para la buena marcha nacional.

De ahí la importancia de castigar legalmente -según corresponda- a quien incurra en la corrupción, sea quien sea. Igualmente, sea quien sea debe responder por las consecuencias de las decisiones que tome en el ejercicio de la autoridad de la cual esté investido, y más aún si las toma explayando sus prerrogativas personales en detrimento de la estructura institucional que, empezando por la Constitución, el país debe cuidar a todos los niveles. Así como incluso en los más altos cargos la permanencia de un cuadro, sea quien sea, debe estar sujeta a límites -sin creer que ello basta para lograr lo que la nación necesita-, el dirigente o funcionario ha de responder por los resultados de sus decisiones, sea quien sea.

No basta valorar las intenciones y el esfuerzo personal, pues las circunstancias, por lo general mutantes y ariscas, pueden entorpecer en gran medida el éxito de una decisión dada. Pero se debe hacer la valoración justa que cada caso requiera o merezca, y determinar en qué medida han causado estragos el voluntarismo, la tozudez, el desconocimiento de los factores con que se ha de contar, tanto como la falta de previsión o la insuficiente vigilancia que cada quien debe mantener en las funciones a su cargo. Tras más de medio siglo potenciando, con grandes esfuerzos e inversiones, los niveles de instrucción de la ciudadanía, hay motivos y derecho para valorar también con rigor el peso de la ignorancia, o la falta de preparación, en el incumplimiento de las tareas.

No es cuestión de promover persecuciones asfixiantes, ni tampoco de menospreciar los daños que por error, acomodo a las prerrogativas, autoritarismo o desidia alguien cause al país en su desarrollo y su destino a largo plazo, o en la cotidianidad. Ello puede ocurrir en el terreno de la conducción política, o en frentes más específicos, dígase por ejemplo una industria o servicios vitales, para no hablar de los valores imprescindibles si se busca cimentar la civilidad y la ética en el funcionamiento social. Se habla de elementos fundamentales -o que se relacionan directamente con ella- en la cultura de un país, si se quiere que de veras esta sea revolucionaria, aún más si se pretende que alcance el grado requerido para cultivar desde las raíces la justicia social y la felicidad del pueblo.

También en ello se requiere el debido cambio de mentalidad, el cual no se conseguirá sin incluir la adecuada proporción en el cambio de mentes. Por muy brillante y creativo que sea, y muchos méritos que tenga, nadie se libra de los designios de la biología y de lo permitido por el cuerpo, único soporte para la instalación del cerebro y sus ramificaciones. Pretender otra cosa puede convertir los propósitos emancipadores en consignas, candor estéril o trivialidad repetitiva, mientras apremia que cada ciudadano, sea quien sea, cumpla plenamente las responsabilidades propias de su cometido individual, de su papel como parte de una colectividad dada y del país todo, así como sus derechos y deberes de reclamar el mejor funcionamiento de instituciones y autoridades, y velar por él.

Sin la generalización de esa actitud -que es profundamente un hecho cultural y no puede confiarse a la espontaneidad ni a las meras convocatorias verbales, aunque sean sabias? no podrán cumplirse satisfactoriamente los llamamientos hechos por el Comandante en Jefe de la Revolución y por el actual presidente de los Consejos de Estado y de Ministros y primer secretario del Partido. Es necesario pensar con intensidad, con sentido de urgencia, no solo considerando el presente, sino, todavía más, con vistas al futuro, que está en juego.

(Detalles en el órgano, XIII)
Publicado en CUBARTE, el 2012-09-14
Imagen agregada Foto Ismael Francisco CUBADEBATE

Enviado por su autor:

*Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del Legado Martiano en los planes de enseñanza de Cuba; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país.  Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia.
Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.
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LA TRIBU FRENTE AL INDIVIDUO

viernes, 5 de agosto de 2011
De nuevo en ruta, un paso más en el largo camino hacia la dignidad. De la decisión de cada persona surge el colectivo, emerge la necesidad de volver a nuestros orígenes, la tribu. Esta vez, sin cometer el error de formar miles, sólo una, la tribu humana.


En un sistema cuya mejor arma de desactivación es el individualismo llevado al extremo, la respuesta natural debe ser lo colectivo. El uso de nuestras capacidades para recuperar lo que por derecho es nuestro, el espacio público donde hablar, debatir y decidir por nosotros mismos es un primer paso, un buen primer paso, pero sólo eso.


El gran paso consiste en llevar adelante esas decisiones. Por ello, romper el egoísmo inducido en el que vivimos es imprescindible. Sin el compromiso y el sacrificio, sin la capacidad de creer y pensar en el otro, sin el esfuerzo que supone la formación personal para poder actuar con conciencia, es imposible siquiera hacerle un rasguño al sistema, y estoy convencido de que para llevar adelante nuestras decisiones habrá que hacerle mucho más que un simple rasguño.


Indudablemente, esto es ampliamente conocido por los valedores del funcionamiento actual del mundo. De hecho, lo saben tan bien que sus mayores esfuerzos van dedicados a fabricar individuos y no personas.

La enajenación a la que se somete a cualquier ser humano (especialmente si desarrolla su existencia en los mal llamados países democráticos) desde la infancia es constante. Sistemas educativos diseñados para crear autómatas sin capacidad de raciocinio; perfectamente dispuestos a acatar todo aquello que le está reservado en la vida; modelos sociales vacíos de contenido moral a los que admirar con la secreta esperanza de convertirse en uno de ellos; referentes culturales prefabricados con el único propósito de hacer olvidar la verdadera cultura: la cultura popular; un inmenso sector dedicado exclusivamente a entretener al personal cumpliendo de manera tan eficaz su objetivo que ha acabado por convertirse en el analgésico más potente jamás utilizado por el ser humano.

El fomento de la diferencia es otra de las grandes armas del sistema. A lo largo de la historia, las religiones, las características personales, los determinantes culturales, la lengua, el territorio,... Todo ha sido utilizado siempre por los poderosos para mantenernos ocupados en guerras estériles que no nos dejan siquiera atisbar las verdaderas causas de la situación de opresión bajo la cual llevamos muchísimos años.

El retorno a lo tribal, a las raíces de nuestro mundo nos conduce inevitablemente a lo colectivo y es desde ahí, desde donde debemos iniciar la necesaria revolución.


El individualismo mexicano y la amenaza estadounidense (1/2)

jueves, 10 de febrero de 2011
En la edición de febrero del 2011, la revista Nexos comparte los resultados de un estudio nacional sobre las aspiraciones de las y los mexicanos que le da nombre a su portada “El mexicano ahorita: retrato de un liberal salvaje”  (http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=2047019) donde exponen, entre otras características, un marcado individualismo en dos terceras partes de la población. Ante las actuales circunstancias de crisis institucional y vulnerabilidad de la soberanía nacional, vale la pena analizar este aspecto de la identidad mexicana y su influencia contextual sobre todo ante el creciente discurso intervencionista de Washington hacia México.
El estudio ofrece una panorámica amplia por edad, sexo, clase, estrato y región que permiten la representatividad nacional utilizando metodología mixta (cuantitativa y cualitativa) a la cual se le construye una categorización en cinco identidades detectadas y agrupadas para dicho fin. Independientemente de sus conclusiones, el rasgo más sobresaliente, es decir, el rasgo más pronunciado de la identidad mexicana en general, es un profundo individualismo caracterizado por una confianza en el esfuerzo personal y una desconfianza abrumadora hacia el Estado y sus instituciones. El futuro individual no ve más allá de la familia y se desconecta del futuro del país: no corren paralelos. Este hallazgo en sí mismo es importante porque permite entender cuestiones relacionadas con la unidad nacional, si existe una visión más o menos homogénea del país o la disponibilidad hacia lo social que dicen mucho de una construcción fallida de ciudadanía mexicana insatisfecha con su destino y poco solidaria entre sí.
Sumado al estudio de Nexos, Pedro Miguel realiza otro análisis basado en documentos  sobre la diplomacia estadounidense en México filtrados por Wikileaks donde expone una preocupante disponibilidad de la clase política (políticos, legisladores y funcionarios) para “informar extensamente” a sus contrapartes estadounidenses. Sin duda este referente fortalece la idea anterior de un individualismo mexicano, pero en este caso además entreguista y sumiso; también es un ejemplo que explica la desconfianza de la ciudadanía al gobierno y no menos importante, el desarraigo con la nación de quienes representan los intereses de México. Este individualismo egoísta es predominante de una sociedad mexicana que no alcanza ni quiere traducirse en una unidad nacional; la desconfianza es mutua. Para ver el artículo de Miguel: http://www.jornada.unam.mx/2011/02/10/index.php?section=opinion&article=004a1pol)  
En la historia de México tenemos varios ejemplos trágicos de la falta de unidad: cuando en 1846 las tropas estadounidenses llegaron a Chihuahua, el estado prácticamente los enfrentó sólo, pese a que en Sonora había fuerzas armadas disponibles y en alerta, sólo que los gringos no pasaron por Sonora y por eso no consideraron necesario intervenir; todavía no había una idea de nación. Durante el siglo XIX tanto liberales como conservadores idealizaban un México progresista e individualista al estilo de las potencias europeas de la época y de Estados Unidos: distinto al México rural, indio y comunitario. Mientras los liberales admiraban la cultura de los países protestantes, los conservadores importaban a un emperador austriaco. Todavía a finales del siglo XX y hasta la fecha el neoliberalismo instaurado en México avanza sobre la fragmentación del país, la desmantelación de paraestatales y la explotación irracional de sus riquezas, como bien nos puede decir el Tratado de Libre Comercio con Canadá y sobre todo Estados Unidos. El resultado de esta formación de México da como consecuencia una conformación de visiones que apuntan hacia afuera en detrimento del país, al cual se le ve desde siempre despectivamente en comparación.            
El individualismo no es algo malo; la modernidad a partir de la Revolución Francesa nos hereda los derechos universales e inalienables del hombre y el ciudadano con los cuales procuramos regirnos, dando paso a una conciencia individual, a un posicionamiento de la persona dentro de la sociedad que antes no existía. Pero cuando esa individualidad degenera y es alienada su condición resulta peligrosa, porque permite la aparición del egoísmo, el egocentrismo o la egolatría, con efectos directos negativos en la supervivencia colectiva, el interés por las cuestiones públicas, la apatía y abandono de lo político, lo comunitario, resumido en el fenómeno alentado desde el Estado llamado despolitización social con un alto grado de analfabetismo político, partiendo desde la formación escolar e ingresado luego en otra cultura alienante: la del consumismo económico y la búsqueda del placer inmediato,  a la vez muy ligada a la superestructura del capitalismo neoliberal. Con la despolitización se ha gobernado a México a partir del movimiento estudiantil de 1968 y con el consumismo económico a partir de 1982 con la llegada al poder del PRI neoliberal.
 Anteriormente se creía en el imaginario colectivo que la “perdida” de la identidad nacional se daba principalmente en los estados y ciudades fronterizas del norte de México, por obvias razones de influencia diaria con el vecino país, pero todo parece indicar que es sólo un mito, dado el resultado del estudio de Nexos. El individualismo mexicano está férreamente enraizado en esta sociedad incapaz de verse más allá de la familia, lo cual sugiere de inmediato la influencia del cristianismo, sobre todo católico, en ese posicionamiento. La familia “cristiana”, tanto como el neoliberalismo capitalista promueven la despolitización y la fragmentación social en detrimento de la identidad nacional y la seguridad del territorio y los intereses colectivos. La relación del poder político-religioso en este país es un aspecto a estudiar para comprender las formas de control social que permiten la existencia y prevalencia de una sociedad tan individualizada y su relación con la gobernabilidad e intereses de las élites gobernantes y grupos de interés, como las transnacionales y las religiones.    
A diferencia de las y los estadounidenses, una sociedad profundamente individualista y egocentrista, el orgullo nacionalista está ausente en México. Mientras los gringos mantienen un constante bombardeo a su sociedad de corte nacional-imperialista para mantener el espíritu alto en un ambiente sumamente competitivo y desigual basado en el esfuerzo individual, la gobernabilidad se da por la satisfacción consumista, manteniendo un interés individual y aislacionista como consecuencia de su política exterior que le permite, todavía, consumir el 40% de los recursos naturales del mundo para satisfacción de su sociedad. Por el contrario en México no existe ese sentido de pertenencia y orgullo nacional, debido, además de lo anteriormente expresado, por la vecindad con el imperio, el cual no permitiría de ninguna manera su desarrollo de manera que le resultase en competencia y ha actuado en consecuencia incluso, construyendo y divulgando un estereotipo del mexicano flojo, sin iniciativa y corrupto para su conveniencia, pues eso explicaría el subdesarrollo mexicano y no las decisiones políticas o su intervencionismo.
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