
El
podio en la Embajada de los EEUU, donde hablaría el Secretario de
Estado John Kerry este 14 de agosto en La Habana. Foto: Ramón Espinosa/
AP
Para los estadounidenses ha sido de una forma y para los
cubanos de otra completamente diferente. Y es que no podemos obviar que
en los procesos de construcción de la realidad hay mediaciones que en el
caso de la historia compartida entre Cuba y los Estados Unidos pasa no
sólo por la raíz histórica del conflicto sino por elementos
geopolíticos, ideológicos, culturales; en esencia, por la propia cultura
política de los estadounidenses que, sin lugar a dudas, está marcada
por el Destino Manifiesto y el papel de liderazgo que a nivel
internacional los Estados Unidos consideran que deben tener.
Por
otro lado, tampoco debe obviarse el hecho de que, por lo general, cuando
de política exterior se trata, es el ejecutivo quien impone la agenda.
En el caso de Cuba, en particular, tal y como apunta Saul Landau aunque
discutible, los medios toman su lead, sin sentido crítico alguno, de la
Casa Blanca.
De ahí la importancia de prestarle atención a la
manera en que los medios le están explicando al mundo la relevancia del
17 de diciembre de 2014. Cuando repasamos lo que se ha
publicado sobre el proceso de restablecimiento de relaciones
diplomáticas entre los Estados Unidos y Cuba y el futuro y complejo
proceso de normalización de relaciones que debe seguirle, nos damos
cuenta de que, posiblemente, lo dicho por McNamara puede repetirse.
Mucho
se ha hablado y se ha escrito sobre el papel de los medios de
comunicación en el mundo. Mucho también sobre el papel que han
desempeñado estos en los Estados Unidos en función de los intereses de
las élites estadounidenses en la consecución de sus objetivos de
política exterior. Sin embargo, lo que nadie niega es que si en algo han
sido inteligentes y han demostrado tener pensamiento estratégico y
éxito, es en contarles a sus ciudadanos y al mundo lo que les interesa y
de la manera en que les interesa. En esto, el paradigma ha sido Samuel
Adams (propagandista de la causa de la independencia) quien, junto a
James Rivington (líder de los conservadores) y John Dickinson (líder de
los liberales), fue el artífice de una intensa campaña de propaganda
inter-colonial que pasó a la historia como el esfuerzo más sostenido de
difusión de ideas hecho en esos años (1763-1783).[1]
Según Adams,
para ganar el conflicto había que cumplir con cinco requisitos básicos:
justificar las razones de la lucha, dar a conocer las ventajas de la
victoria, levantar a las masas al alimentarle el odio hacia el enemigo,
neutralizar cualquier argumento lógico y razonable propuesto por la
oposición y presentar todos los temas en blanco y negro de forma tal que
hasta el más simple obrero pudiera entenderlos.[2]
Y aunque han
pasado 232 años desde 1783 hasta la fecha, los cierto es que las
recomendaciones de Adams pueden aplicarse a la manera en que las élites
estadounidenses les han contado a su pueblo –y a buena parte del mundo
también– la historia del conflicto entre los Estados Unidos y Cuba,
especialmente después del triunfo de la Revolución cubana.[3] Como diría
el propio Robert McNamara en la primera sesión de la Conferencia
Tripartita sobre la Crisis de Octubre celebrada en La Habana en enero de
1992:
-
Se ha enseñado a los estadounidenses que fueron los
Estados Unidos los que liberaron a Cuba de España, mientras que los
cubanos aprendieron que esta liberación fue resultado de su larga lucha
por la independencia.
-
Los estadounidenses se consideran
idealistas y desinteresados por no haberse anexado a Cuba a raíz de la
Guerra Hispano-Norteamericana; los cubanos, en cambio, piensan que los
Estados Unidos han tratado de valerse de todas las oportunidades para
dominar su nación.
-
Los estadounidenses creen que
utilizaron la Enmienda Platt para mediar en los litigios internos de
Cuba y resolverlos, los cubanos tienden a pensar que la enmienda se
diseñó para permitir a Estados Unidos intervenir en el país con fines
egoístas.
-
Por último, los estadounidenses se inclinan a
pensar que sus inversiones en Cuba contribuyeron al desarrollo del país,
y el gobierno cubano ha sabido interpretar esas relaciones económicas
como una explotación.[4]
Esta frase demuestra cuán importante
es la manera en que se cuenta una historia. Para los estadounidenses ha
sido de una forma y para los cubanos de otra completamente diferente. Y
es que no podemos obviar que en los procesos de construcción de la
realidad hay mediaciones que en el caso de la historia compartida entre
Cuba y los Estados Unidos pasa no sólo por la raíz histórica del
conflicto sino por elementos geopolíticos, ideológicos, culturales; en
esencia, por la propia cultura política de los estadounidenses que, sin
lugar a dudas, está marcada por el Destino Manifiesto y el papel de
liderazgo que a nivel internacional los Estados Unidos consideran que
deben tener. Por otro lado, tampoco debe obviarse el hecho de que, por
lo general, cuando de política exterior se trata, es el ejecutivo quien
impone la agenda. En el caso de Cuba, en particular, tal y como apunta
Saul Landau aunque discutible,
los medios toman su lead, sin sentido crítico alguno, de la Casa Blanca.[5]
De
ahí la importancia de prestarle atención a la manera en que los medios
le están explicando al mundo la relevancia del 17 de diciembre de 2014.
Cuando repasamos lo que se ha publicado sobre el proceso de
restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y
Cuba y el futuro y complejo proceso de normalización de relaciones que
debe seguirle, nos damos cuenta de que, posiblemente, lo dicho por
McNamara puede repetirse.
Si fuéramos a hacer una ‘división
histórica’ en torno a la manera en que la prensa estadounidense ha
presentado Cuba hasta el 17 de diciembre de 2014 pudiéramos hablar de
tres etapas o fases:
1.- Cuba como un apéndice natural de los
Estados Unidos, un vecino al que hay que ayudar, una mujer a rescatar,
una fruta madura a recoger, un niño o bebé al que hay que enseñar,
guiar;
2.- un paraíso a disfrutar luego de que con la ayuda
estadounidense los cubanos dejaran de ser ignorantes, bárbaros, brutos,
supersticiosos, oprimidos, viciosos y, finalmente, abrazaran la
civilización;
3.- una dictadura en la que se violan todos los
derechos que debe eliminarse para implantar una democracia al estilo
estadounidense.
En la primera etapa estamos hablando del siglo XIX
en el que no sólo se justifican los intereses expansionistas de los
Estados Unidos a partir de la Ley de Gravitación Política, la Doctrina
Monroe y el Destino Manifiesto, sino de su intervención en la Guerra
Hispano-Cubano-Americana que frustra la independencia de Cuba, dejando
de ser colonia para ser un protectorado estadounidense. Sin embargo, no
es hasta finales del siglo que Cuba aparece como noticia y elemento de
interés para el público estadounidense. Con la ayuda de los principales
periódicos del país en un momento en que se desarrolla el
sensacionalismo en el periodismo como parte de la rivalidad entre Hearst
y Pulitzer, se orquestó una excelente campaña propagandística[6] que,
en esencia, mostraba a Cuba como una pequeña isla ubicada en el Caribe,
colonizada por una potencia europea que había cometido atrocidades y de
la cual no se podía liberar por su debilidad y hasta incapacidad. Se
hizo toda una historia en la que se enfatizaba en la necesidad de que
Estados Unidos interviniera para liberar y salvar a los cubanos del yugo
español.[7] De esta manera, se vendió la imagen de los estadounidenses
como héroes y la de los cubanos como aquellos que nada o bien poco
hicieron para alcanzar su libertad. Así, la Guerra
Hispano-Cubano-Americana pasó a la historia estadounidense como la
Guerra Hispano-Americana (Hispanic-American War), obviando la
participación de los cubanos en el conflicto y la historia de sus luchas
por la independencia de la nación.
Si algo ejemplifica el
sentimiento de los Estados Unidos como salvadores y garantes de que
Cuba, finalmente, alcanzaría la civilización, fue la Proclama del
General John Brook en la toma de posesión del gobierno de Cuba en enero
de 1899:
Al Pueblo de Cuba: habiendo venido como representante
del presidente para continuar el propósito humanitario por el cual mi
país intervino para poner término a la condición deplorable de esta Isla
(…) el gobierno actual se propone dar protección al pueblo para que
vuelva a sus ocupaciones de paz, fomentando el cultivo de los campos
abandonados y el tráfico comercial (…) Para ello se valdrá de la
administración civil aunque esté bajo un poder militar para el interés y
el bien del pueblo de Cuba y de todos los que en ella tengan derechos y
propiedades».[8]
Una vez ocupado el territorio cubano, el
gobierno de Estados Unidos consolidó el control de la isla con la
imposición de la Enmienda Platt en la Constitución de 1901, el Tratado
Permanente, el Tratado de Reciprocidad Comercial y el Tratado Naval.
Durante todo este tiempo, y hasta el triunfo de la Revolución en 1959,
Cuba fue una verdadera neocolonia. La economía cubana estaba en manos
estadounidenses y, supuestamente, todo marchaba bien. La política de
Buen Vecino de Roosevelt fue para «ayudar a Cuba y a los
latinoamericanos» mientras
dormían su siesta. De ahí que esa
segunda etapa de representación de Cuba en los medios estadounidenses
sirviera para que periodistas de la talla de Matthews que cubrieron las
acciones del movimiento revolucionario cubano en la Sierra Maestra no
entendieran la esencia de la revolución cubana como parte de un proceso
histórico que no solo se centraba en la lucha por la independencia
nacional sino que tenía un marcado carácter anticolonialista y
antiimperialista.
Es por ello que cuando triunfa la Revolución y
el gobierno cubano revolucionario comienza a aplicar medidas de carácter
nacionalista que no necesariamente se ajustaban a lo que los Estados
Unidos esperaban de una revolución tercermundista (adopción de los
estándares democráticos estadounidenses),
la misma prensa que había
minimizado o ignorado por completo la represión de Batista y que le
había prestado escasa atención al control ejercido por la mafia sobre
los clubes y hoteles de La Habana, ahora se convertía en un categórico
defensor de la «democracia cubana» y en un crítico de Fidel por no
celebrar elecciones al estilo estadounidense.[9]
Así se
produce la ruptura total de las relaciones entre los dos países, pero a
la opinión pública de los Estados Unidos, y a la del mundo
también,[10] se le dice que es el nuevo gobierno de La Habana el que
pone punto final a casi dos siglos de «buenas relaciones» con
Washington. Surgen, entonces, los cuatro grandes pretextos sobre los que
se comenzaría a perfilar la política de los Estados contra Cuba y que, a
su vez, se convierten en los macro temas sobre los que se construye la
«realidad» cubana en el país norteño. Estos son: la expropiación de
propiedades a compañías estadounidenses, Cuba como país comunista, Cuba
como país que apoya el terrorismo internacional (desde 1982 y hasta
2015) y, por último, la violación de derechos y la necesidad de la
llamada transición hacia la democracia.
De ahí que por más de 50
años, los líderes revolucionarios hayan sido satanizados por los medios
estadounidenses y la imagen que se ha dado sobre los cubanos es la de un
pueblo que vivió bajo la «represión» de un «dictador» que no respetaba
los más mínimos derechos humanos, que no permitía elecciones libres y
democráticas y que no pretendía abandonar el poder bajo ningún
concepto;[11] los «exiliados» en Miami son las víctimas que han logrado
escapar de la «tiranía» y los contrarrevolucionarios que viven en la
isla son los «disidentes» que abogan pacíficamente por una Cuba libre y
democrática.[12]
Es por ello que las noticias de tipo humano y las
historias de vida debían destacarse para que se viera que a Cuba no la
habían abandonado sólo los ricos sino la gente de pueblo que también se
oponía a las medidas que se estaban tomando. La invasión de Playa Girón
debía darse a conocer –y así se hizo- como un conflicto entre cubanos
sin que mediara la intervención de los Estados Unidos.[13] La idea de
una Revolución que comenzó con «fusilamientos masivos» a criminales de
guerra luego de juicios sumarísimos y que después se convirtió en una
amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos (Crisis de Octubre)
estuvo presente tanto en el discurso político como en el informativo
hasta terminada la Guerra Fría. La presencia militar de Cuba en algunos
países africanos también fue muy bien utilizada en los planes
propagandísticos que comenzaron a mostrar a Cuba como un «satélite» de
la URSS, socavando así cualquier posibilidad de que se viera el proceso
revolucionario como algo exitoso, sino más bien como un sistema
parasitario incapaz de articular estrategias de desarrollo político,
económico y social independientes a las de la antigua Unión Soviética.
De
ahí que cuando en los años 80 se estudia como parte de la Guerra Fría
la construcción de las imágenes que sobre Cuba hacen el
Christian Science Monitor, el
Journal of Commerce,
Los Angeles Times, el
Miami Herald, el
New York Times, el
San Francisco Chronicle Examiner, el
Washington Post, el
Wall Street Journal,así como
Business Week,
Forbes,
Fortune,
Harpers,
Newsweek,
New York Review of Books,
Time y
U.S. News and World Report,
los principales temas publicados en una muestra de 396
artículos[14] son: derechos humanos (19.4%), cubano-americanos (11.6%),
política exterior de Cuba (11.1%), la política de los Estados Unidos
hacia Cuba (10.9%), Fidel Castro y el sistema de partido único (9.6%) y
la economía cubana (8.1%). Estos fueron tratados de una
manera
selectiva, generalmente negativa y occidentalizada. Los temas cubiertos
reflejaron típicamente los intereses de la política exterior oficial de
los Estados Unidos, ignoraron los intereses de Cuba y desatendieron
temas de posible interés para el público estadounidense como la
asistencia médica, seguridad laboral, educación y calidad de vida.[15]
Asimismo,
al analizar la manera en que ABC, CBS y NBC cubrieron Cuba entre 1988 y
1992, Soderlund et. all, apuntan que para finales de la Guerra Fría los
principales temas sobre Cuba fueron:
(1) tráfico de drogas y la
relación de Castro con Manuel Noriega de Panamá; (2) retirada de Cuba de
Angola; (3) visita de Mijail Gorvachov a Cuba y relaciones
Cuba-URSS/Rusia; (4) juicio y ejecución del General Arnaldo Ochoa; (5)
crisis de la economía cubana; (6) abusos de derechos humanos en Cuba;
(7) Juegos Panamericanos; (8) Fidel Castro como gobernante y
personalidad; y (9) nuevos elementos en torno a la Crisis de los Misiles
a partir de una serie de encuentros entre participantes cubanos,
soviéticos y estadounidenses.[16] De manera general, estos autores concluyen que
Castro
y los sistemas económico y político cubanos fueron presentados de
manera muy negativa, viéndolos todavía dentro de los marcos de la Guerra
Fría.[17]
Con el llamado fin de la Guerra Fría y con la
tranquilidad de que ya la isla no constituía una amenaza para los
Estados Unidos, la «realidad» de Cuba comienza a perfilarse a partir de
la dinámica interna de lo que ocurre en el país y se deja a un lado el
activismo internacional de Cuba. Así, surge lo que Prieto González
calificó como la tríada mercado-pluripartidismo-elecciones
libres.[18] El énfasis en que la economía cubana había caído en crisis
fue uno de los platos fuertes en el orden del día. Fundamentalmente, se
hizo hincapié en los pobres resultados que se estaban alcanzando en la
industria azucarera y en la reducción de las importaciones provenientes,
en su gran mayoría, de los países socialistas y de la URSS. De esta
manera, se destacaba la dependencia de Cuba de la antigua Unión
Soviética y se demostraba la incapacidad del sistema económico cubano de
satisfacer las necesidades básicas de la población. El tema del bloqueo
no fue de los prioritarios y tampoco lo fueron las reformas económicas
adoptadas por la dirección del país, aunque sí fueron criticadas por no
corresponderse con las recetas neoliberales dictadas por el Fondo
Monetario Internacional. Por otro lado, comienza a cubrirse sin mucha
relevancia la relación entre Cuba y Canadá, además del turismo.
Ya
para finales de la década del 90 tiene lugar la crisis de Elián
González Brotóns y en un estudio hecho sobre la manera en que
The Washington Post, The New York Times y de
The Wall Street Journal presentan
el caso se concluye que la imagen dada sobre Cuba fue negativa, aún y
cuando los dos primeros periódicos tuvieron una postura mucho más
objetiva que el último.[19]
En 2003, Soderlund analizó la
cobertura que la televisión estadounidense hizo sobre la visita del ex
presidente Carter a Cuba y concluyó que, de manera general, y en
contraste con resultados obtenidos de estudios hechos sobre la cobertura
que
The New York Times había realizado sobre Cuba entre 1959 y
1996, los medios estadounidenses habían presentado a Fidel Castro en
términos menos negativos.[20]
Por su parte, en su estudio realizado en Cuba sobre la manera en que
The New York Times cubrió
el tema Cuba entre febrero y marzo de 2003, Garcés demostró que las
fuentes oficiales constituyeron el 88,4% de las 162 informaciones que se
examinaron (133 noticias y más 29 notas interpretativas), mientras que
las fuentes alternativas, definidas por el autor del estudio como
organizaciones no gubernamentales y otros grupos miembros de la sociedad
civil, fueron solo el 11,6%.[21]
En esta última década también se
han hecho investigaciones en torno a la cobertura que sobre Cuba ha
realizado la gran prensa estadounidense y se obtuvieron los siguientes
resultados: tanto
The Washington Post como
The New York Times y
The Wall Street Journal continúan
enfocando la realidad cubana a partir de la llamada tríada
mercado-pluripartidismo-elecciones libres, donde los ‘disidentes’ son
‘reprimidos’ pues viven bajo la ‘represión absoluta de un tirano que no
permite a los cubanos hablar libremente y mucho menos pensar’, porque
siempre están bajo la mirada vigilante del ‘régimen
opresor’.[22] Asimismo,
CNN, por ejemplo, le dedicó 24
productos comunicativos al tema de la muerte del contrarrevolucionario
Orlando Zapata y el 46.7% de ellos versó sobre la contrarrevolución, el
19.23% sobre la relación Cuba-Estados Unidos y el 15.38% sobre la
situación interna.[23]
Cuando se produce la enfermedad del
Comandante en julio de 2006 y hasta el momento en que se hace la
elección del Consejo de Estado en febrero de 2008,
The Washington Post –si bien mantuvo los temas mencionados anteriormente- presentó
puntos de ruptura con
posiciones anteriores y que reflejaron el disenso entre las élites de
poder, a partir de la enfermedad de Fidel Castro. La principal ruptura
identificable fue la que invocó al pragmatismo para pedir un cambio de
táctica en la política que produjera resultados más efectivos al lidiar
con el problema cubano. El alejamiento de la línea dura, puesta en
práctica no solo por la Administración de George W. Bush, pasaba por
levantar las prohibiciones de viajes de los cubano-americanos y, más
adelante, de los ciudadanos estadounidenses; una segunda idea implicaba
la concesión de mayores facilidades en el comercio, aunque esto no
significaba el levantamiento absoluto del embargo (bloqueo), pero sí, al
menos, un paso hacia una posible normalización.[24]
Esta ruptura, no obstante, se corresponde con el debate entre las élites políticas en torno a Cuba.[25] Por otro lado, tanto
The New York Times como
The Washington Post le
han dado al tema del bloqueo en la última década un perfil tan bajo
que, a pesar del encuadre desfavorable que se le dio al bloqueo entre el
2006 y el 2010, careció de la magnitud y la resonancia necesaria para
activar la opinión pública estadounidense a favor de una normalización
de la relaciones entre Cuba y los EE.UU.[26]
Si bien puede
considerarse que, de manera general, la cobertura negativa en torno a
Cuba en los Estados Unidos ha estado marcada, entre otros elementos,
como dijimos al principio, por la propia cultura política estadounidense
que no les permitió a sus periodistas comprender el proceso
revolucionario en toda su magnitud, tampoco puede obviarse el hecho de
la inaccesibilidad de la mayoría de los líderes de Cuba[27] y
de los funcionarios públicos de la isla a los medios estadounidenses. Y
esto es importante porque aquí radica la necesidad de prestarle
atención a la manera en que los medios le están explicando al mundo la
relevancia del 17 de diciembre de 2014.
Hasta ahora, y de manera
muy preliminar, pues el proceso de restablecimiento de relaciones
diplomáticas anunciado por Obama y Raúl Castro en diciembre de 2014 aún
está en curso y un análisis más preciso de la cobertura de la gran
prensa estadounidense y de los medios en general al respecto lleva mucho
más tiempo,[28] elaboraría en calidad de premisa, quizás, que la agenda
en torno al proceso de restablecimiento de relaciones diplomáticas, así
como aquella en torno al futuro proceso de normalización de relaciones,
ha seguido imponiéndose por los Estados Unidos y por fuentes
estadounidenses, aunque se destaca la habilidad de Josefina Vidal,
directora general de Estados Unidos del Ministerio de Relaciones
Exteriores, en las conferencias de prensa ofrecidas a los medios luego
de las rondas de negociaciones, que han marcado los pasos que han
conducido al proceso de restablecimiento de relaciones diplomáticas.
Sin
embargo, más allá de las figuras de Raúl Castro como Presidente de los
Consejos de Estado y de Ministros y de Josefina Vidal,
es casi
nula la presencia de los funcionarios públicos cubanos explicándole al
mundo las implicaciones que para Cuba, sus respectivos ministerios, y su
sistema social en general tendría este proceso. En una muestra
de sólo veinte artículos[29] seleccionada entre el 17 de diciembre de
2014 y junio de 2015 se constata que las fuentes predominantes fueron
las estadounidenses, específicamente las siguientes: el presidente
Obama, Roberta Jacobson, Subsecretaria de Estado y jefa de la delegación
estadounidense que condujo las rondas de negociaciones con Cuba; los
senadores Marco Rubio, Robert Menéndez, Jeff Flake de Arizona, así como
los representantes Barbara Lee’s (D-Calif.), Mark Sanford (R-S.C.); Rep.
Mario Díaz-Balart (R-Fla.);Nancy Pelosi, Líder de la Minoría de la
Cámara; Jeb Bush, antiguo gobernador de la Florida y aspirante a la
presidencia; Rick Scott, gobernador de la Florida; Sarah Stephens,
directora del Center for Democracy in the Americas; Robert Muse, abogado
estadounidense especializado en la legislación estadounidense en torno a
Cuba; Michael Shifter de Diálogo Inter-Americano; James Williams,
director de Engage Cuba; Rob Rowe, vicepresidente y consejero asociado
de la Asociación de Bankeros Estadounidenses (American Bankers
Association), Josh Earnest, secretario de prensa de la Casa Blanca; Ron
Christaldi, presidente a la Gran Cámara de Comercio de Tampa (Greater
Tampa Chamber of Commerce); entre otros.
Desde la academia cubana
ha habido mayor participación en los debates que antes, destacándose en
la muestra Rafael Hernández de la Revista Temas; Omar Everleny del
Centro de Estudios de la Economía Cubana de la Universidad de La Habana;
Jesús Arboleya, del Centro de Investigaciones de Política
Internacional, además de otros profesores de la Universidad de La
Habana. En los artículos estudiados también se citaron a los llamados
disidentes Yoani Sánchez, Guillermo Fariñas, Berta Soler, etc. Sin
embargo,
no aparece declaración alguna emitida por un ministro o un ministerio, de un parlamentario cubano. Nada.
Es como si no tuvieran nada que decir en torno al acontecimiento más
importante del conflicto entre Cuba y los Estados Unidos después del
triunfo de la Revolución, por solo reducirlo a su estado bilateral,
aunque estamos claros de que se trata de un conflicto con una notable
dimensión multilateral.
De ahí que abogue no sólo por la necesidad
de que se defina desde las instituciones cubanas cómo se va a dialogar
con los Estados Unidos, cómo les van a explicar tanto a sus públicos
internos como externos la manera en que se relacionarán con ese país. Si
bien es cierto que la mayor parte de las medidas anunciadas por el
Presidente Obama están encaminadas a fortalecer el sector privado en
Cuba, lo cierto es que eso tendrá que hacerse dentro del marco legal
existente en el país. Por lo tanto, las instituciones cubanas tendrán
que mediar en estos procesos.
Mas, esto no debe dejarse a la buena
voluntad, pues se ha demostrado que todavía prima el concepto de
«fortaleza sitiada» en Cuba. Por lo tanto, se impone la necesidad de una
ley de comunicación en Cuba –no sólo ley de medios- que regule el
ejercicio de la comunicación en todos sus niveles para que el sistema de
comunicación pública cubano pueda, entre otras cosas, funcionar como
debe ser.
Notas
[1]Para más detalles ver: Michael Emery and Edwin Emery:
The Press and America: An Interpretative History of the Mass Media, 7th edition, Englewood Cliffs, N.J.: Prentice Hall, ©1992.
[2] Ibídem, pp. 46-47.
[3] Para más detalles ver Jon Elliston:
Psywar on Cuba. The declassified history of US anti-Castro Propaganda, Ocean Press, Australia, 1999.
[4] Robert
McNamara en “El Mundo al Borde de la Guerra Nuclear, Conferencia
Tripartita, 1992”, Primera Sesión, 9 de enero de 1991, Editora Política,
2013, p.7.
[5] Saul Landau: “U.S. Media Images of Postrevolutionary Cuba Shaped by Government Policy and Commercial Grammar”,
Latin America Perspectives, Issue 150, Vol. 33, No. 5, September 2006, p. 125.
[6] Sin
embargo, historiadores como Ian Mugridge consideran que aunque Hearst
exageró un considerable número de noticias sobre Cuba, había suficiente
información sobre los horrores que realmente tenían lugar en Cuba a
partir de las informaciones de fuentes oficiales estadounidenses que
eran suficientes como para despertar la indignación en contra de las
acciones españolas. Para más detalles, ver Thomas G. Paterson:
U.S. Intervention in Cuba, 1898: Interpreting the Spanish-American-Cuban-Filipino War, ponencia
presentada en evento sobre la Guerra de 1898 en el Instituto de
Historia de Cuba entre el 29 de junio y el 1 de julio de 1994.
[7] Miralys Sánchez Pupo: “La prensa norteamericana llama a la guerra, 1898”, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1998.
[8] Proclama
del General John Brooke en la toma de posesión del gobierno de Cuba,
Cuartel General de la División de Cuba, Enero 1ro, 1899.
[9] Saul
Landau: “U.S. Media Images of Postrevolutionary Cuba Shaped by
Government Policy and Commercial Grammar”, Ob, cit., 122.
[10] Interesante
resulta el siguiente documento: Arthur Schlesinger, Memorandum to the
Political Warfare Subcommittee of the Cuban Task Force, May 8, 1961, en
Jon Elliston:
Psywar on Cuba. The declassified history of US anti-Castro Propaganda, Ob. cit., pp. 68-71.
[11] Para
ampliar sobre el tema de la imagen de Cuba en Estados Unidos ver, entre
otros, los artículos del investigador cubano Alfredo Prieto González:
“La prensa y la opinión pública norteamericana hacia América Latina”,
Cuadernos de Nuestra América, Vol. VI, No. 12, enero-junio, 1989; “Cuba en la prensa norteamericana: la conexión cubana”,
Cuadernos de Nuestra América, Vol. VII, No. 15, julio-diciembre, 1990; “Cuba en los Medios de Difusión Norteamericanos”,
Revista Temas,
No. 2, abril-junio, 1995; Olga Fernández: “La Gran Prensa
Norteamericana Editorializa a Cuba: Años 90”, ponencia presentada en la
XXII Conferencia de la Latin American Studies Association (LASA), Marzo
16-18, 2000, Hyatt Regency, Miami, Florida; William H. Flanigan y Nancy
H. Zingale: “Forty Years of United States Public Opinión toward Cuba”,
ponencia presentada en evento sobre elecciones presidenciales del año
2000 en Estados Unidos, Centro de Estudios sobre Estados Unidos de la
Universidad de La Habana, Cuba; Bill Solomon: “Cubriendo Cuba: la crisis
de los balseros. Agosto-septiembre de 1994”,
Revista Temas,
No. 20-21, enero-junio, 2000; del mismo autor: “Self Reflections: U.S.
Press Coverage of Cuba”, ponencia presentada en la American Sociological
Association Conference, 2000.
[12] Para profundizar en el tema
ver, entre otros, Jesús Arboleya Cervera: “La Contrarrevolución Cubana”,
Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2000; Hernando Calvo Ospina y
Katlijn Declercq, “¿Disidentes o Mercenarios?”, Casa Editora Abril,
2003; Rosa Miriam Elizalde y Luis Baez: “Los Disidentes”, Editora
Política, 2003.
[13] Interesantes en este sentido resultan los
siguientes documentos: Arthur Schlesinger, Memorandum for the President
“Cuba: Political, Diplomatic and Economic Problems”, April 10, 1961, en
Jon Elliston:
Psywar on Cuba. The declassified history of US anti-Castro Propaganda,Ob.
cit., pp. 40-44; Memorandum from C. Tracy Barnes of the Central
Intelligence Agency to the President’s Special Assistant (Schlesinger),
April 11, 1961, en Ibídem, pp. 45-46.
[14] Flora Biancalana, June Kress, Janis Lewin, Ed McCaughan and Cecilia Platt:
Tropical Gulag. The Construction of Cold War Images of Cuba in the United States, Draft Document, Global Options, Research and Advocacy on World Affairs, 1986, p. 58.
[15] Ibídem, p. 56.
[16]Walter C. Soderlund, Ronald H. Wagenberg and Stuart H. Surlin:
The Impact of the End of the Cold War on Canadian and American TV News Coverage of Cuba: Image Consistency or Image Change? Canadian Journal of Communication, Vol. 23, No. 2, 1998.
[17]Ibídem.
[18] “Cuba en los medios de difusión norteamericanos,
Revista Temas, No. 2, abril-junio, 1995.
[19] Para
más detalles ver Olga Rosa González Martín: “Gran prensa y opinión
pública estadounidense: Elián González”, Colección Foro, Editora
Política, La Habana, 2005, ISBN: 959-01-0652-8.
[20]Soderlund, Walter C.: “U.S. Television Network News Coverage of the Carter Visit to Cuba, May 2002.”
Paper prepared for presentation at the “Annual Meeting of the Canadian Political Science Association”, Halifax, Nova Scotia, Canada, 2003.
[21] Garcés Gorra, Raúl:
La construcción simbólica de la opinión pública. Escenarios teóricos y prácticas mediáticas contemporáneas, Tesis Presentada en Opción al Grado de Doctor en Ciencias de la Comunicación, 2007, p. 108.
[22] Para más detalles ver Olga Rosa González Martín:
Gran prensa y opinión pública estadounidense: Elián González, Colección Foro, Editora Política, La Habana, 2005; «Cuba, África y el Medio Oriente: ¿iguales y diferentes?»,
Tricontinental, No.
174/2012, Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y
América Latina (OSPAAAL), Cuba, pp. 13-18; «La opinión pública de
Estados Unidos y Canadá hacia Cuba: un estudio comparativo», En Montero
Contreras, Delia y Raúl Rodríguez Rodríguez (Comp.):
Políticas públicas, relaciones bilaterales e identidad en Canadá. Una nueva connotación en el inicio del siglo XXI, Editorial Félix Galván, Universidad de La Habana, Cuba, 2007, ISBN: 978-959-16-0534-4, pp. 111-133.
[23] Olga Rosa González Martín: Cuba, África y el Medio Oriente: ¿iguales y diferentes?”, Ob. cit., p. 17.
[24] Miguel Ernesto Gómez Masjuán: «Cuba en el
The Washington Post: ¿tiempo
de cambio? Un análisis del discurso periodístico desde la proclama del
Comandante en Jefe hasta la elecciones del nuevo Consejo de Estado»,
Tesis en Opción al Grado de Master en Ciencias de la Comunicación,
Marzo, 2009, p. 172.
[25] Todas las visiones negativas que la gran
prensa presenta en torno a Cuba sirven como justificación al gobierno
estadounidense para mantener tanto a Radio y a TV Martí como parte de su
sistema de transmisiones civiles para el exterior. Para un estudio en
torno al mismo ver Olga Rosa González Martín: «El sistema de
transmisiones de los Estados Unidos hacia el exterior: cambios y
tendencias actuales» en Colectivo de Autores:
Los EE.UU a la luz del siglo XXI, Ob, cit., pp. 326-350.
[26] Matthew
Edward SWEENEY: «Framing the Cuban Embargo: US Media Coverage, Public
Opinion and Foreign Policy Responsiveness on the Cuban Embargo from 1990
to 2010», Tesis presentada en Opción al Título de Master en Relaciones
Internacionales, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad del
Salvador, Buenos Aires, Junio 2011, pp. 54-55.
[27] Saul Landau:
“U.S. Media Images of Postrevolutionary Cuba Shaped by Government Policy
and Commercial Grammar”, Ob. cit., 119.
[28] Habría que esperar a
la inauguración de las embajadas en La Habana y en Washington, además
de que habría que considerar los rasgos que tipifican la comunicación en
red (hipertextualidad, multimedialidad e interactividad) pues estamos
trabajando con las versiones online.
[29] Michael D. Shear: “For Obama, More Audacity and Fulfillment of Languishing Promises”,
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(Fuente Pensar en Cuba)
Tomado de Cubadebate
*Investigadora del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU), de la Universidad de La Habana