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Indiferencia en Cuba: ¿un fallo ideológico?

jueves, 6 de febrero de 2014

Toda generalización entraña el riesgo de lo injusto... pero es innegable que este trabajo del joven italiano Vincenzo Basile, gran amigo de Cuba, pone el dedo en algunas llagas de las que adolece nuestro ¿método? para concientizar a las futuras generaciones. Los dejo con este trabajo que promoverá, estoy segura, criterios encontrados pero necesarios para avanzar en nuestro camino de victorias:

Indiferencia en Cuba: ¿un fallo ideológico?

 
Cartel en una calle de La Habana (FOTO: Vincenzo Basile)
En los últimos tiempos, el debate sobre la pérdida de valores, activismo y participación -la indiferencia- entre las generaciones más jóvenes de cubanas y cubanos se está convirtiendo en uno de los grandes temas de discusión. Un debate por cierto muy problemático, sobre todo cuando se trata de buscar causas y encontrar soluciones a un fenómeno que, aunque tenga difusión prácticamente mundial, se presenta profundamente antitético a la hipotética idea de conciencia social y democracia participativa que cinco décadas de Revolución deberían -o hubieran debido- implantar en Cuba.
 
Entre las explicaciones más aceptadas y apreciadas para este fenómeno, la mayoría espacian desde lo económico hasta lo ideológico; y todas identifican, con razón, un evento desencadenante, es decir, lo que pasó en el mundo a finales de los años ochenta.
 Crisis de campo socialista. El emblema de la guerra fría, el muro de la vergüenza, esa horrible blasfemia elevada en nombre de un proyecto humano superior, se vino abajo y marcó el futuro de Europa y del mundo. En dos o tres años, uno tras otro, los regímenes de Europa Oriental manifestaron -más o menos espontáneamente- la ausencia de una mínima estructura social o base política, y se cayeron al suelo como castillos de arena. Luego, por razones distintas, le tocó al imperio soviético.
 
En este sentido -según dicen los que sostienen estas teorías- de repente Cuba se encontró sin socios económicos y sobre todo sin referentes políticos e ideológicos. Lo que desató consecuentemente una gravísima crisis económica y una quizás más grave crisis ideológica. Las generaciones que nacieron en los años noventa se encontraron entonces en la incertidumbre material, en la escasez, en un entorno donde se iban difundiendo egoísmo y corrupción, y al mismo tiempo sin un válido sistema de valores en que creer, ya que lo que la Revolución trataba de profesar, en el mundo estaba enseñando toda su debilidad.
 
Sin embargo, por muy correctas que estén todas estas argumentaciones, hay que hacer una consideración fundamental.
 
Merece ser remarcado que no existe ninguna correlación automática entre crisis económica y pérdida de valores, ideales, activismo y participación. Al contrario, en primer lugar, a nivel empírico está largamente demostrado que son los mismos países que se consideran actualmente entre los más ricos de mundo los que más sufren el problema de la enajenación y de la apatía y, claro está, esto tiene sus puntuales razones. Y en segundo lugar, la pobreza, hasta la miseria extrema, la exclusión o la corrupción que derive, no pueden considerarse frenos para el activismo o elementos que generan automáticamente indiferencia. En este caso también, a nivel empírico, los ejemplos son numerosos. Solo hace falta pensar en grandes eventos traumáticos que han condicionado la historia mundial, desde la revolución francesa hasta la vietnamita y pasando por la rusa, es decir, actos de pura y poderosa participación -social y política- que se desataron precisamente en contextos caracterizados por hambre, miseria, exclusión, corrupción, profundas desigualdades y, en muchos casos, hasta miedo a represión y represalias.
 
Si se considera todo esto, lo que se concluye es que las razones económicas para explicar la pérdida de activismo juvenil de hoy día, aunque tengan cierta influencia en el desarrollo de estos fenómenos, no pueden asumirse como su principal causa.
La misma Revolución cubana se desarrolló precisamente sobre estas bases. En la Cuba de los cincuenta había hambre, miseria, analfabetismo, corrupción, egoísmo y represión; y a pesar de todo eso un grupo de jóvenes no se dejó vencer por la indiferencia, ni por la apatía, y supo convertirse en movimiento y luego ese movimiento se hizo pueblo y triunfó en Revolución, en otras palabras, este pueblo se hizo nación.
 
La cuestión es precisamente esta: la nación. La nación no es el país, no es un territorio físico ni unas fronteras administrativas, la nación no es la República de Cuba; nación es sentido de pertenencia, es una comunidad formada por individuos que reconocen pertenecer a la misma por las más diversas razones, que sean étnicas, históricas o culturales.
 
El individuo que nace en un determinado lugar del mundo se encuentra automáticamente colocado en un preciso contexto cultural.
Pero, y esto es lo más importante, su voluntad de ser parte de este proyecto, su sentido de pertenencia, es algo que no se le presenta naturalmente, sino que se le trasmite durante un largo proceso de socialización, a través del cual al individuo se les enseñan los valores de la cultura de la comunidad. Y este proceso se desarrolla fundamentalmente en dos momentos: en la educación familiar y en las instituciones. En otras palabras, familia e instituciones enseñan la nación.
 
Y si por el lado de las familias los aspectos ideológicos se funden con los económicos para justificar la pérdida de los valores y en un momento de profunda crisis económica -como la que atravesó y sigue atravesando Cuba- los padres, los primeros educadores de las nuevas generaciones, no saben -o hasta no quieren- trasmitir determinados valores a sus hijos, profesando el credo del “sálvese quien pueda”; por el lado de las instituciones la justificación económica no se sostiene y lo único que queda es reconocer que existe un problema ideológico de base, que ha habido un defecto en las instituciones en su fundamental tarea de trasmitir determinados valores, en su esencial misión de enseñar la nación a los futuros ciudadanos.

A raíz de todo esto, cuando se afirma que en Cuba algo no está funcionando porque las nuevas generaciones están creciendo apáticas, indiferentes o hasta desconectadas con la realidad que viven, se debe concluir necesariamente que en la Isla, más allá que un problema de naturaleza económica, ante todo existe un problema de tipo ideológico que ha provocado un fallo en la enseñanza de la nación.
El problema surgió cuando se perdieron los referentes ideológicos internacionales, por las causas citadas al principio; cuando por el mundo empezaron a venirse abajo los valores profesados por la Revolución.
 
Entonces lo que pasó fue que el temor por no resistir frente a lo que estaba ocurriendo y encontrarse aspirados por el efecto dominó que se había desatado, y una burocratización al estilo soviético de la cultura en general se ajuntaron para convertir la enseñanza de la nación en una serie de dogmas desde el pasado y consignas que no se sabían explicar y solo se debían inculcar mecánicamente para garantizar y legitimar el mantenimiento del status quo.
 
Ese fue el error más grande y casi incomprensible. Cuba tiene un capital humano, histórico y cultural único en su género. Como cualquier país postcolonial es una cuña de héroes, emblemas humanos cuyos valores van mucho más allá de cualquier estrecha ideología relacionada con un determinado momento histórico. Los héroes de la independencia, de la república, de la lucha clandestina, de la Revolución, los Cinco héroes de la contemporaneidad. Héroes distintos, de etapas y luchas distintas, guiados por objetivos distintos -lucha anticolonial, clandestina, antiimperialista, internacionalista, antiterrorista- pero fundamentalmente unidos en el mismo valor -se le llame patria, república, independencia, revolución- que sencillamente se traduce siempre en la unidad de la nación. Y esta unidad nacional hay que explicarla, fomentarla, trasmitirla en su esencia más pura y profunda.
 
Mientras que las instituciones cubanas -escuelas y sobre todo organizaciones juveniles- continúen desperdiciando este poderoso capital, “trasmitiendo” valores a través de un decreto supremo que dicte un “Patria o Muerte” o continúen educando a golpes de consignas -sea un “Venceremos”, un “Pioneros por el comunismo: ¡Seremos como el Che!” o un “Liberen a los Cinco héroes”-, que no estén acompañadas por una auténtica y profunda convicción en cada palabra que se afirma, el riesgo es que la indiferencia seguirá difundiéndose siempre más y la cultura nacional, la que debería enseñar a los jóvenes como convertirse en ciudadanos, se irá plasmando en una opaca fotografía del pasado que solo enseña inmovilismo y apatía, no dejando ningún espacio para la imaginación.
 
Publicado en su blog Capítulo Cubano

Para encontrar el buen camino

domingo, 3 de junio de 2012
Por Alvaro Montero Mejía


La situación por la que atraviesa Costa Rica, debe ser objeto de una reflexión sustantiva por parte de los ciudadanos. Sin esa reflexión y sin las conclusiones acertadas, difícilmente saldremos adelante.

Los sentimientos colectivos se componen de una compleja mezcla, que van desde la frustración y el desencanto por la política en general, hasta la cólera y el deseo de que las cosas se resuelvan por vías no convencionales ¡Peligrosos sentimientos! Sobre todo, si tomamos en cuenta que las vías democráticas no están cerradas, aún con la poca o nula confianza que le merecen a los ciudadanos las autoridades encargadas de velar por la limpieza del sufragio y la no injerencia de fuerzas extrañas en los procesos electorales.

En efecto, pocas veces en la historia se han puesto de manifiesto el empleo de los poderes públicos junto a las influencias políticas y económicas, en el mal uso o la malversación pura y simple de los recursos estatales, literalmente asaltados por contratistas inescrupulosos o por la coima como mecanismo idóneo para obtener ventajas económicas.

La relación entre poder político o institucional  y poder económico; la relación entre poder político y clientelismo electoral y la relación entre ese tipo de poder político y la entrega de Costa Rica a las fuerzas financieras y corporativas trasnacionales, es ahora más evidente que antes. Es necesario reconocer que algunos importantes medios de prensa, han contribuido a alertar, parcialmente, a la ciudadanía. Por eso hablamos de “relaciones evidentes”, porque desde la vieja y oscura historia del bipartidismo, esas prácticas estuvieron a la orden del día aunque por lo general ocultas a los ojos de las personas.

Por otro lado, el actual gobierno ha llevado a límites insospechados la dispersión del poder estatal y la toma de decisiones, lo que estaría muy bien si en última instancia alguien dijera la última palabra y asumiera a plenitud la responsabilidad sobre esas decisiones. Pero no es así. Cada ministerio o institución es parte de un archipiélago donde el jerarca hace y deshace sin rendirle cuentas a nadie. Esto ha creado un estado general de impunidad, donde las culpas y responsabilidades sobre los hechos delictivos cometidos al amparo del poder se diluyen y por ende no se personalizan en los funcionarios encargados de la vigilancia o el adecuado funcionamiento de las instituciones.

Es así como un jerarca irresponsable nombra a cerca de 8000 nuevos funcionarios en la CCSS, en una de las mayores maniobras clientelistas de las últimas décadas, por la que nadie le pidió cuentas pero a renglón seguido, fue nombrado en el bienamado ICE, donde las irregularidades cunden. Del mismo modo, un Ministro de Hacienda comprometió a la ARESEP con un pago multimillonario de alquileres y nadie le pidió cuentas. A su vez, una Contralora contraviene, con la mayor frescura, la indicación del superior jerárquico, la Asamblea Legislativa, que le hacía saber que sería ese órgano, el primer poder de la República, quien asumiría la tarea señalada expresamente por la Constitución, de estudiar y resolver sobre el contrato sobre la terminal portuaria de Moin. Pensamos que la Señora Contralora es una persona honrada, pero semejante decisión ¿no servirá para encubrir algunas de las comisiones, primas, mordidas y contratos más jugosos de la historia reciente y de paso, el empleo sórdido de una terminal portuaria, privatizada e incontrolada, en la ruta de la droga?

Podemos agregar lo que todos conocemos del robo de las armas en el Ministerio de Obras Públicas para terminar echándole la culpa al guardián de los portones y en estos mismos días, se pusieron en las manos de unos vivillos, sin planos ni planes, el manejo de decenas de millones de colones para ésa obra que Alfonso Chase llamara con humor “la trocha mocha”, en la que probablemente no aparecerán jamás los que le dieron el garrotazo a la piñata.

¿Provoca o no todo esto un estado real de abatimiento, desconcierto e indignación por parte de la ciudadanía? ¡Qué bueno! Dirán los aprovechados y los que tienen la desfachatez de pedir a gritos el regreso del “bipartidismo”, concebido ahora como la tabla de salvación de la gobernabilidad ¡Qué bueno! continuarán diciendo ¡Porque entre más decepcionada y frustrada esté la gente pensante, menos tentados estarán de ingresar a la política y así nos dejarán el terreno despejado!

Por cierto, esos que como Don Rolando Laclé y Don Luis Fishman profitaron por años del bipartidismo y ahora redescubren sus “virtudes”, nos recuerdan el cuento de los partícipes de una despampanante orgía quienes no atinando a ponerse de acuerdo en medio de la trifulca gritaban ¡Organicémonos compañeros! ¡Por favor organicemonos!

Pero no todo está perdido. En todas partes surgen grupos de ciudadanos que se reúnen a reflexionar e impulsar propuestas honorables y constructivas, llenas de fe y confianza en las posibilidades de que la honradez y el patriotismo prevalezcan y logren la recuperación del dominio irrestricto de los valores materiales y humanos que posee Costa Rica, recuperación de todas las cosas buenas construidas por el pueblo, impulsadas y expuestas por iluminados conductores y convertidas en instituciones señeras hoy a punto de zozobrar.

¡Pura nostalgia! Dirán algunos ¡Puro idealismo! Dirán otros ¿Pero qué serían capaces de hacer los pueblos sin una buena dosis de memoria, sin la plena conciencia de lo que han sido capaces de hacer y de construir? ¿No es acaso uno de los principales propósitos de los enemigos de Costa Rica convencernos de que nos servimos para nada, que todo se resuelve con la Inversión Extranjera Directa y que incluso hemos perdido la capacidad para alimentarnos a nosotros mismos? Prefieren a Wallmart y comprarle al monopolio el cerdo, las papas y las verduras que tenemos capacidad para producir en abundancia ¿No ha sido acaso una de sus principales consignas pregonar la radical privatización de los servicios públicos porque ya no somos capaces de administrar un puerto, un aeropuerto, una simple carretera interprovincial o de construir con la maquinaria del MOPT o de las municipalidades, vías de penetración, puentes o escuelas?

¿Idealismo? Claro que sí. ¿Qué hacen los pueblos cuando pierden la fe en sí mismos, cuando se invalidan mentalmente, cuando no se sienten capaces de realizar grandes obras, de derrotar a los filibusteros, de construir el mejor sistema hospitalario de Mesoamérica, de dar pasos decisivos hacia la soberanía energética y de comunicaciones, de construir universidades públicas del más alto nivel o de haber sido, en su momento, el segundo país alfabetizado del continente después de la Argentina?

Por eso hablamos de recuperar lo que nos arrebatan. Pero sobre todo, por eso hablamos de unidad. Puede ser una unidad donde intervengan partidos, pero no son indispensables. Lo importante es comprender que sin unidad, ningún pueblo tiene capacidad para empeñarse en realizar grandes tareas. Que conste expresamente que no estamos hablando de unidad ideológica sino de los principios básicos que hicieron posibles todas las grandes obras de la historia nacional junto a las grandes movilizaciones ciudadanas que pusieron a temblar los poderosos de adentro y de afuera.

Que cada uno conserve sus valores originarios: que los socialdemócratas profundicen sus convicciones socialdemocráticas; que lo social cristianos defiendan el conocimiento y el compromiso social derivados del pensamiento de la Iglesia Católica y de Monseñor Sanabria; que los liberales se mantengan adheridos a los principios de libertad y tolerancia  que enarbolaron Juan Rafael Mora, Mauro Fernández o Ricardo Jiménez  y que los socialistas, comunistas o trotskistas, continúen la tarea de difundir, anclados en la realidad nacional,  las ideas y la organización en defensa de los trabajadores y el valor social del trabajo humano. Y que todos juntos, volvamos los ojos hacia la amistad y la colaboración con Patria Grande, la misma que Martí llamó Nuestra América.

Curridabat, 2 de junio de 2012
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