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Cuba y el marxismo

domingo, 1 de abril de 2012
Por Salvador Capote*

A la pregunta de una periodista en el avión donde viajaba hacia México, el Papa Benedicto XVI respondió: “Hoy es evidente que la ideología marxista, tal como fue concebida, ya no responde a la realidad. De esta forma ya no puede responder a la construcción de una nueva sociedad”.

Lo primero es observar que la respuesta del Papa está bien matizada: “tal como fue concebida…”, “de esta forma…”, porque ni toda la teoría marxista es condenada por la Iglesia ni todas sus aplicaciones prácticas a través de la historia son comparables.

En “Octogesima Adveniens” (no. 33) Pablo VI considera cuatro niveles del marxismo. En el cuarto nivel, la teoría marxista se entiende como “un riguroso método de examen de la realidad social y política.” No debemos olvidar tampoco que los papas siempre han sido más críticos con el capitalismo que con el socialismo. Pio XII dejó bien claro que la defensa por la Iglesia de la propiedad privada no es en modo alguno una defensa de las relaciones de propiedad capitalistas.

En realidad, el principal elemento de contradicción entre la Iglesia y el marxismo es la filosofía ateísta, pero en el caso concreto del socialismo cubano hace ya exactamente veinte años que derribamos ese muro con la reforma que eliminó el carácter ateo de la Constitución y creó la república laica. Tenemos además que tener en cuenta que las raíces primarias de nuestra revolución son autóctonas, profundamente martianas; que fue un sacerdote, el Padre Félix Varela, el que creó el pensamiento fundacional de nuestra nacionalidad, que dos hombres de profundas convicciones religiosas, Frank País  en Santiago y José Antonio Echeverría en La Habana, son figuras cimeras en la gesta revolucionaria, y que varias generaciones de cubanos fueron formados en el pensamiento humanista de Fidel. Del marxismo utilizamos lo mejor, decantado de extremismos estalinistas, en un proceso de purificación que no ha terminado todavía.

Otros elementos de antagonismo no son aplicables a Cuba. En nuestro país no hubo colectivización, ni purgas, ni genocidios de minorías étnicas o nacionales; tampoco hubo desaparecidos, ni torturados, ni asesinatos políticos; no se promueve la violencia entre clases porque la burguesía cubana, dependiente y plattista, emigró en su totalidad a Estados Unidos hace más de cincuenta años.

En el sistema socialista cubano se admite la coexistencia con la estatal de otras formas de propiedad. El tema de la propiedad es extenso y complejo y en él existen numerosos  mitos. Tomemos como ejemplo la propiedad de la vivienda.

En Estados Unidos, el país capitalista por excelencia, son muy pocos los que pueden considerarse propietarios de la casa en que viven. Son los bancos los verdaderos dueños pues casi siempre la compra se realiza mediante hipotecas a pagar en veinte, treinta o más años y con intereses usureros. Los que terminan de pagar el préstamo, generalmente ya en la vejez, han pagado varias veces el valor real de la casa y tampoco entonces pasan a ser ellos los verdaderos propietarios ya que, cuando por alguna circunstancia (pérdida del empleo, desgracia  familiar, etc.) dejan de pagar los seguros o los impuestos del Estado, cada vez más altos, pierden la propiedad de su casa. Es lo que ha sucedido y sigue sucediendo a millones de personas en Estados Unidos y, en particular, a decenas de miles de cubanos que emigraron a este país en busca del llamado “sueño americano” y han tenido que entregar sus casas a los bancos después de trabajar toda una vida.

En contraste, la abrumadora mayoría de los cubanos de la Isla son verdaderos propietarios de su vivienda, no pagan impuestos y no están obligados a pagar seguros. Por ley, bajo ninguna circunstancia pueden ser desalojados del lugar donde viven, excepto en el caso de ocupaciones ilegales. En general, a ningún nuevo propietario el Estado le exige más de un 10 % del ingreso familiar para la amortización de su deuda.

Cierto es que existe un déficit de viviendas y que una parte de las existentes está en mal o pésimo estado, a lo cual no es ajeno el bloqueo impuesto a Cuba durante tantos años pero, ¿cuánto vale –en términos de respeto a la dignidad humana- el hecho de que las familias cubanas tengan su techo asegurado cualesquiera que sean las situaciones adversas o trágicas que se presenten?.

El principio fundamental del socialismo es evitar la explotación del hombre por el hombre. Esto se traduce en la necesidad de expropiar y poner en manos de todos los trabajadores los principales medios de producción (subrayo principales). Pero la realidad económica actual es muchísimo más compleja que en el siglo XIX y no debemos confundir los principios con sus aplicaciones prácticas. Lo importante no es la forma de propiedad, lo importante es que beneficie a la nación, entendida por supuesto esta última no como un pequeño grupo de oligarcas sino como el pueblo en su totalidad. Marx y Engels, en el Prefacio a la Edición Alemana de 1872 del Manifiesto Comunista, diáfanamente señalan que “la aplicación práctica de sus principios dependerá, como el propio Manifiesto señala, en todas partes y en todos los tiempos, de las condiciones históricas existentes en un tiempo dado.”

Pero el cubano es propietario también, gracias al socialismo, de bienes espirituales mucho más preciados que los bienes materiales. Es muy difícil encontrar un ciudadano en Cuba con menos de nueve grados de escolaridad, es el país del mundo con mayor número de maestros, médicos y científicos por número de habitantes, y decenas de universidades cubren todo el territorio de la Isla. Las escuelas de arte y de deportes cubren igualmente toda la geografía insular. Cada niño en Cuba puede aspirar a las metas más altas del arte y de la ciencia que su voluntad y su capacidad le permitan, pues la enseñanza es universal y gratuita a todos los niveles. Los programas cubanos de educación y salud se presentan con frecuencia  por organismos especializados de Naciones Unidas como ejemplos a seguir.

Tiene además el cubano la dignidad de un pueblo independiente, donde sólo los más ancianos recuerdan aquella república en que los presidentes no actuaban sin el permiso del embajador de Estados Unidos, pasión por la justicia, generosos sentimientos de solidaridad y el orgullo de haber resistido más de medio siglo de calumnias, agresiones y bloqueo.

Conservemos pues, creadoramente, nuestras raíces; salvemos,  sin dogmatismos, lo más útil del pensamiento marxista y hurguemos, sin prejuicios, en el rico venero de perfeccionamiento de la sociedad que nos brinda la sabia, profunda y larga experiencia de la enseñanza social cristiana.

*Bioquímico cubano, actualmente reside en Miami. Trasmite con cierta regularidad por Radio Miami el Programa “La Opinión del Día”, que aparece poco después en laradiomiami.com. Es colaborador de Areítodigital.net; participa, con la Alianza Martiana, en la lucha contra el Bloqueo impuesto a Cuba por Estados Unidos.

Imagen agregada: Fotomontaje tomado de la web


Enviado por su autor

Volver al capitalismo en serio: ¿un paso adelante? Parte I

viernes, 11 de noviembre de 2011

Por Ricardo Salgado*

Recientemente la presidenta de la Argentina, Cristina Fernández, llamó en una reunión del G 20 a “volver al capitalismo en serio”; reflexionó sobre la forma actual del sistema y lo nombró “anarco capitalismo”. Después de esto era de esperar que muchos cayéramos en la tentación de reaccionar ante estas palabras.
No se puede hablar mucho de ideología, menos aún de las posiciones personales de la presidenta. Sí está claro que este llamado -en medio de los personajes a cargo- de ver como encuentran una salida a las crisis recurrentes, cada vez más frecuentes, del sistema, fue un acto de mucho valor; en él queda evidenciada la preocupación de los países del mundo por los efectos que tiene para todos cada proceso de crisis y de salvataje que se produce en el entorno más industrializado del planeta, y que, por otro, lado nadie más que ellos provocó.
El llamado a volver al capitalismo no debería provocar ninguna incomodidad entre nosotros, pues las condiciones a que hemos llegado a raíz de la aberración construida alrededor de la idea friedmaniana del mercado total, nos impone la necesidad de estudiar de nuevo, y entender los retos que tenemos de frente. Es complicado afirmar que “regresar” es el proceso que buscamos, pero para las economías de nuestros países es imposible seguir como espectadoras de lo que acontece en un mundo donde cada crisis financiera en un centro hegemónico del planeta desata una guerra criminal en alguno de nuestros lacerados estados.
Algunas consideraciones sobre el capitalismo sostenido hasta Keynes, nos indican severas distorsiones producidas en el sistema a partir de la aplicación de los reaganomics en la década de los ochenta. Debemos entender que existen diferencias claras entre etapas distintas del capitalismo, además que el sistema busca maneras de reproducir sus condiciones de existencia, lo que le mantiene en constante movimiento.
Igual que la historia, el capitalismo es dinámico, está en permanente proceso de cambio, de desarrollo. Lo que Marx conoció, lo que le sirvió de materia prima para construir su excepcional obra, no podía prever la ruta que seguiría el sistema; para Lenin, Gramsci o Mariátegui era menos que imposible ver la mutación que seguiría el imperialismo a través de las décadas; difícil era ver a los gobiernos de países poderosos actuando como empleados de las corporaciones, o las transnacionales definiendo el futuro de las naciones.
A lo largo de los últimos cien años, el sistema ha ido generando cambios de forma y de fondo de su propia definición estructural, y sigue haciéndolo. En Honduras, por ejemplo, después del Golpe de Estado se ha impulsado la creación de un laboratorio para las llamadas “Charter Cities”, una forma de “feudalismo corporativo” que le da opción a inversionistas transnacionales de adquirir concesionalmente un mínimo de mil kilómetros cuadrados de territorios y fundar en ellos pequeños reinos que manejarán a su antojo. Esta monstruosidad, destinada a reducir a la nada a países que se consideran parias, ha venido siendo gestada desde inicios de los años noventa, en pleno apogeo del neoliberalismo mismo. Ya entonces los “diseñadores” se atrevían a examinar el futuro y a plantear el “paso siguiente”.
El reclamo por entrar en una etapa clara donde se reconstruyen las estructuras y la superestructura capitalista clásicas, no parece del todo antojadiza o absurda. Para entender eso debemos fijarnos en los conceptos fundamentales planteados por Marx, quien nos lleva a encontrar en el trabajo el núcleo de todo el desarrollo histórico de la humanidad. Concibe al trabajo como una actividad transformadora de la realidad, llevada a cabo por hombres carentes de acceso a la propiedad. En cualquier caso, el trabajo, enajenado o no, estaba destinado a aportar desarrollo a la humanidad, y a enriquecer el conocimiento, la cultura, la artes. El proceso hacia el socialismo produciría un cambio en la manera en que  se relacionaban las fuerzas productivas, las productoras de ese trabajo fecundo, y los medios de producción, entendidas dentro del capitalismo como antagónicas.
Aunque Marx fue capaz de anticipar el paro como una de las consecuencias del avance de la tecnología, no podía prever el desempleo masivo que viven nuestros países; el capitalismo de entonces producía, el de hoy especula. Cuando vemos los análisis de compañeros que nos explican la exorbitante suma de capitales especulativos que suman tres veces más que el valor total de la producción del planeta, estamos obligados a hacernos muchas preguntas sobre el trabajo que genera este capital sin respaldo, que sirve para apostar nada más. Y debemos preguntarnos acerca de esto porque este tipo de capital no produce ningún beneficio en nuestros países, pero sí muchos perjuicios. Para los empleados de corporaciones multinacionales en sus centros de poder generan al menos una ilusión consumista, mientras que entre nosotros sólo produce la angustia de esperar la vorágine de sus catástrofes.
Otro fenómeno que debe llamarnos la atención sobre la naturaleza del trabajo en esta etapa del sistema, es que tiende a retroceder -en muchas décadas- las condiciones de los trabajadores. Fomenta la absurda creencia que cada hombre, cada mujer es un micro empresario en potencia, cuando en realidad lo que hacen es liberar al mercado de la molesta carga de los costos relacionados con la labor de sus empleados. Cada día se fomenta más y más una especie de esclavitud del trabajo frente al capital, se  promulgan leyes de trabajo por horas, eliminando los derechos que sí se dan en el empleo pleno, e ignorando las condiciones propias de cada país. Además, la creación de “pequeños empresarios” presenta una oportunidad de atar financieramente a los trabajadores, que ahora deben solicitar préstamos para poder entrar a competir.
El trabajo transformador, con patronos y trabajadores, fábricas y maquinas, ha sido reemplazado por relaciones de “emprendedores” y redentores bancarios. La explotación del trabajo ha mutado en muchas y novedosas formas que obligan a un estudio renovado y a la redefinición dialéctica de las condiciones en que subsiste y reproduce el sistema. No es descabellado después de todo, pensar que cuando se habla de regresar al capitalismo, en realidad se está planteando la necesidad de dar un paso hacia adelante: para llegar a esto es imperativo que redescubramos el pensamiento revolucionario desde mediados del siglo XIX, transitando el siglo XX  formulando las ideas que sirvan a nuestros países para encarar el siglo XXI.
Los conceptos, las ideas, la realidad son dinámicas; ahora hemos examinado superficialmente, y de forma incompleta, el tema del trabajo, sobre el cual debe hacerse mucho. Debemos también ver el proceso de acumulación en nuestros países. En general, mientras se daba la acumulación originaria en los países europeos, en los nuestros se daban intensos saqueos y “limpiezas” culturales. Así seguimos enfrentando el reto, que debe ser particularmente intenso para nuestros economistas, quienes deberían decirnos que nos toca hacer a nosotros.
10/noviembre/2011

*Texto de imagen "Te dije que tenía razón sobre el capitalismo"
Con la tecnología de Blogger.
 

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