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LA SOCIEDAD ENFERMA: EL TRIUNFO DE LOS PSICÓPATAS

lunes, 17 de diciembre de 2012
No hace falta ser muy observador para darse cuenta de que el sistema capitalista ha implantado un modelo de vida, en el sentido amplio de la expresión, que conduce irremediablemente a la aniquilación de cualquier tipo de vida. Este modelo se fundamenta entre otras cosas en la constante explotación de todos los recursos y seres disponibles en pos de una constante acumulación de riqueza y poder.
Esta necesidad imperiosa de anclar todos los aspectos de nuestra vida a la obtención de dinero, ha llevado a tener que relegar toda forma de vida con visos colectivos para dejar paso a la atomización absoluta. De ahí a la legitimación de cualquier estrategia y recurso para imponernos al “otro” hay un paso (y lo hemos dado sin dudar ni un instante).
Toda esta deriva social se ve constantemente alentada por un sistema que se encarga de oprimir cualquier intento de resistencia y de construcción alternativa que pueda surgir (gracias al excelente trabajo realizado por su maquinaria propagandística y de adiestramiento).
Así pues, tenemos asentadas las bases de una sociedad enferma o, más bien, deberíamos decir deliberadamente enfermada.
¿Por qué hablamos de deliberadamente enfermada?
En el plano físico parece más que evidente que el modelo capitalista en su constante explotación de los seres vivos y los entornos naturales donde viven, nos conduce sin remedio a la enfermedad. A estas alturas es imposible negar la degradación ambiental del planeta: amplias zonas del planeta esquilmadas, desertizadas, arrasadas en nombre del beneficio (por supuesto del económico, porque es el único tipo de beneficio que importa en este sistema) inmediato; obviando la condena a muerte que supone para millones de seres vivos (entre los que nos encontramos, por si alguien piensa que sólo hablo de “bichitos y plantitas”). La sobreproducción del modelo capitalista conduce, inevitablemente, a la sobreexplotación y con ello a la muerte. Por otro lado, ese afán de producir y acumular beneficio ha propiciado unos éxodos masivos de seres humanos, facilitando el desarraigo y la total desconexión entre personas y entre las personas y la naturaleza catalizando, de esta forma, la propagación de la enfermedad social.
El constante desprecio que el modelo capitalista muestra por el bien común, se demuestra nuevamente en la mercantilización absoluta de todo lo imprescindible para la vida humana (agua, tierra, alimentación, salud… incluso el aire que respiramos a través de ese nauseabundo engendro del mercado de emisiones) Por supuesto, como todo lo que toca el capitalismo, todos estos elementos han sido condenados a muerte y, por ende, nosotros con ellos: aguas contaminadas y esquilmadas, tierras roturadas hasta la saciedad exprimidas de todo nutriente y envenenadas con todo tipo de productos químicos, alimentados desnaturalizados fruto de su producción artificial, la salud como objeto de negocio a base de grandes farmacéuticas que nos enferman y nos convierten en sujetos dependientes de sus drogas, aire irrespirable…
Desde el punto de vista humano, todo esto se traduce en cientos de millones de víctimas mortales y miles de millones de esclavos al borde de la deshumanización.
Este sistema tiene incalculables efectos negativos como hemos visto. Sin embargo, como integrante de eso que se ha dado en llamar “sociedad occidental” (rica y poderosa según los cánones capitalistas) me interesa, también, profundizar en los efectos que tiene el capitalismo en el plano psicológico.
Como hemos dicho, la atomización social es evidente y esto ha ido de la mano de la creación de un individualismo exacerbado. La estrategia capitalista es evidente, el aislamiento de los individuos relegan al olvido las soluciones colectivas. De tal forma se sustituyen los valores de cooperación y solidaridad por los de competitividad y egoísmo. Fruto de esta evolución se impone un nuevo modelo psicológico triunfante: se encumbra la personalidad psicopática. No deja de ser curioso que el modelo psicológico que el capitalismo alimenta como deseable socialmente se diagnostique oficialmente como un trastorno antisocial de la personalidad.
La característica principal de los psicópatas es que tienen anestesia selectiva afectiva, es decir, no sienten culpa pero sí emociones como la ira o la tristeza. Sólo les mueve su propio interés y para llegar a ello, que es obtener dominio y poder sobre su ambiente, pueden llegar a simular amor, compasión… sólo hasta conseguir sus objetivos. Cualquier estrategia es válida para conseguir sus fines que son anular la voluntad del otro para explotarlo, atacarlo y demostrar su superioridad y su desprecio. Algo muy importante es que el psicópata tiene la capacidad de juicio conservada, es decir, sabe la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal pero no le importa.

A continuación, se enuncian algunas características que definen la personalidad psicopática:
1)      Locuacidad y encanto superficial

2)      Autovaloración exagerada – Arrogancia

3)      Ausencia total de remordimiento o culpa

4)      Manipulación ajena y utilización de la mentira y el engaño como recurso

5)      Ausencia de empatía en las relaciones interpersonales

6)      Impulsividad

7)      Ausencia de autocontrol

8)      Irresponsabilidad

9)      Estilo de vida parásito
No hace falta ser muy observador para ver que ésta es la personalidad que impera en todas las esferas donde hay poder en juego. Así, vemos cómo estos rasgos descritos coinciden con lo que se observa en el mundo de la política profesional, de la empresa, de los cuerpos policiales y el ejército. Es decir, en lo que constituye los pilares del sistema. Sin embargo, el verdadero triunfo del capitalismo en este sentido es que ha conseguido expandir este modelo psicológico, no sólo a los centros de control y poder (lo cual le permite dirigir con mano de hierro la sociedad global) sino a todos y cada uno de los rincones de la sociedad. Así se ha conformado una sociedad psicológicamente enferma donde todo vale con tal de ser el primero.
Estos son los mimbres con los que se enfrenta cualquier alternativa que intenta construirse partiendo de la recuperación de lo colectivo.
Si bien la personalidad psicopática como tal se supone que es innata, no es menos cierto que a lo que este artículo se refiere es al aprendizaje cultural que hacemos las personas, ya que al observar cuál es el modelo de persona triunfadora tendemos a imitarlo, con todas las consecuencias negativas que ello supone. Por eso es necesaria una urgente desprogramación cultural y un reaprendizaje de aquellos valores que ensalzan lo común frente a lo individual, la cooperación frente a la dominación. En definitiva aquellos valores que propicien una sociedad donde las relaciones de poder no tengan cabida. Este proceso sólo es posible desde el inicial reconocimiento por parte de cada uno de nosotros. De lo erróneo de este sistema dominado por psicópatas que, como ya hemos dicho, sólo buscan su satisfacción personal, representada en la obtención de poder y dominio sobre los demás, sea como sea. 

Fuente: Quebrantando el Silencio

La unidad es un camino lleno de obstáculos

lunes, 18 de junio de 2012
Por Álvaro Montero Mejía


Los costarricenses, usamos con frecuencia una expresión llena de simpatía; decimos con frecuencia: “el NO ya lo tenemos seguro; ahora debemos ir por el SI”. ¿Cómo pueden tantas personas sentirse desanimadas y asegurar que la unidad de fuerzas patrióticas no es posible si aún no hemos realizado un empeño sostenido y terco en la búsqueda de esa unidad? La unidad es una tarea y un deber. Estas reflexiones están dirigidas hacia ese objetivo y a demostrar, vaya ilusión, que esa unidad es perfectamente posible. La unidad no puede ser un hecho casual. Deben existir presupuestos básicos que la promuevan y la provoquen. Tampoco aparece de un día para otro. Debe generarse en un ambiente propicio y avanzar poco a poco. La unidad tiene enemigos, algunos desembozados y otros ocultos, agazapados.

En ese esfuerzo y en la Unidad misma, se forman alianzas que podemos llamar estratégicas, es decir, entre luchadores y personas dispuestas a llevar los acuerdos hasta sus últimas consecuencias. También hay aliados coyunturales, con intereses de corto plazo y que también son importantes, incluso decisivos. De allí la importancia de los acuerdos en torno a un programa, de la discusión y el diálogo prolongado y honrado, sin trampas, sin triquiñuelas, diciendo siempre la verdad. Una tarea difícil en la política ¿Verdad?

Conozco personalmente, en virtud de experiencias pasadas, lo complejo y tortuoso que puede resultar un esfuerzo unitario seriamente concebido. A los socialistas nos tocó, junto a un grupo de compañeros y compañeras trabajar, al finalizar los años 70, por la unidad de las fuerzas de izquierda en Costa Rica que entonces eran tres: el Partido Socialista Costarricense, el Partido Vanguardia Popular encabezado por Don Manuel Mora Valverde y el Movimiento Revolucionario del Pueblo que dirigía Sergio Eric Ardón Ramírez. A pesar de las afinidades, el esfuerzo no pudo ser más complicado. Pero la situación económica, social y política de aquellos años no era, ni de lejos, tan dramática y compleja como la de hoy. Además, la Guerra Fría impedía de antemano, en Costa Rica, que un trabajo como el nuestro se convirtiera en una alternativa de gobierno. Cuando fue posible, como en Chile, sobrevino el zarpazo imperial.

Ahora estamos obligados a plantearnos nuevos imperativos que pueden resumirse en una frase: defender la Patria, lo que equivale a defender y recuperar los valores espirituales y materiales de nuestro pequeño país. Esta tarea constituye la base para la formulación de un Proyecto de País y un Programa Mínimo, que sintetice la propuesta de la unidad que plantemos. Sobre esto volveremos.

Ese esfuerzo, para madurar, avanzar y obtener resultados prácticos, requiere un instrumento y en la vida política el único instrumento apto para ascender al gobierno, es un Partido o una Coalición de Partidos. Suponemos que un Partido es una organización ciudadana cuyo objetivo fundamental no puede ser otro que la conquista del gobierno. Esto plantea un pregunta crucial ¿Puede el pueblo costarricense  arrebatarle a las cofradías y las fuerzas corporativas el control del Gobierno y del Estado, por otra vía que no sea la de un partido o coalición de partidos y en virtud del triunfo en un determinado proceso electoral? Si alguien encuentra otro método más eficiente y justo, debe plantearlo con claridad y sin ocultarse en el consabido repudio por la política en general.  

Muchas personas denigran la política como una actividad de ladrones y delincuentes. Pero la auténtica política puede ser concebida como un medio de formación humana y social, sin la cual ningún pueblo puede plantearse la construcción de valores como la libertad, la justicia y la comprensión racional de todo lo que ocurre en una nación, sean hechos públicos o privados. Un partido político o una coalición, antes que una maquinaria electoral que pide el voto de los ciudadanos, debe ser una auténtica escuela de formación cívica, de instrucción política, de formación ideológica, que demuestre con hechos y no solo con palabras, su firme respaldo a los más urgentes anhelos de nuestro pueblo y su capacidad para actuar en consonancia con las exigencias colectivas.

Solo hay un método para que la política no dependa de la buena o mala voluntad de los dirigentes. Ese método es la participación ciudadana, es decir, el involucramiento total y permanente de todos y todas, en las decisiones estatales que nos afectan. El compromiso humano y social de la política, no debe partir de las consabidas promesas, sino de la demostración práctica, junto a la ciudadanía organizada, vigilante y unida, de su capacidad para cumplir los programas y las reformas propuestas.

La participación, aun cuando ahora constituye una mandato Constitucional, al igual que muchos nobles enunciados constitucionales solo será posible si el pueblo la conquista y la convierte en una victoria.  Es por eso que todo el empeño de esta reflexión, está orientado a demostrar que  sin recurrir a la más amplia unidad de fuerzas sociales, la que debe estar por encima de denominaciones coyunturales, será imposible ascender al poder del gobierno y el Estado, convertir la participación en una norma de vida  y poner en práctica un Programa Mínimo. Unidad no es suma aritmética, sino conjunción práctica de principios y propuestas sociales, como aporte colectivo de todas las fuerzas aliadas,  traducidas en un Programa. No es una idea nueva.

En una reunión en el año 77, a la que invitamos para explicarles nuestros planes a eminentes personalidades entre las que estaban Carlos Monge Alfaro, Carmen Naranjo y Alfonso Trejos Willis, me atreví a decir que “Pueblo Unido no era una organización de la izquierda” sino que estando allí  la izquierda, nuestro deseo era que se convirtiera en el lugar de encuentro de los hombres y mujeres honrados, de distintas ideologías pero dispuestas a defender a Costa Rica, derrotar la politiquería y ejecutar un programa común. Aún recuerdo las recriminaciones recibidas en nuestras propias filas por semejante atrevimiento ¡Decir que Pueblo Unido no era de izquierda. Había que estar loco! Logramos la unidad de la izquierda pero el sectarismo y el dogmatismo la hicieron fracasar como fuerza humanista y de avance social.

Consideramos que esa vieja concepción de la unidad sigue siendo en lo fundamental, justa. En nuestros días, no sería igual en sus componentes, ni en sus objetivos inmediatos. La historia es dinámica. Hoy la Unidad deberá ser  aquella que sume todas las fuerzas y clases sociales, la que provoque la potencia social y electoral necesaria para sacar del poder al enemigo principal, a los corruptos y entreguistas que denigran la vida política y económica, esos mismos que José Luis Vega Carballo describe magistralmente cuando habla del poder en las sombras. Si deseamos merecer el nombre de “pueblo”, es decir, de comunidad humana que ha forjado a través de su historia valores y costumbres, estilos de vida y tradiciones que nos distinguen y particularizan, debemos aferrarnos a esa identidad y ponerla al día.

Este país está constituido por personas que piensan de maneras distintas y cumplen funciones sociales en muchos casos discrepantes y enfrentadas. Se trata entonces de convivir, porque esta es la Patria común. Y solo un Programa Mínimo, derivado de un Proyecto de País, proclamado por una sólida unidad de fuerzas patrióticas, puede delinear la manera más justa y equitativa de lograrlo.

Nuestra reflexión no concluye aquí.

Curridabat, 15 de junio 2012.

(Para encontrar el Buen Camino, III)

Imagen agregada RCBáez

Unidad y conciencia nacional

domingo, 17 de junio de 2012
Por Álvaro Montero Mejía

En nuestro artículo anterior llamábamos a reflexionar todos, hombres y mujeres preocupados por la grave situación que atraviesa Costa Rica, en torno a las tareas que juntos debemos emprender para recuperar las conquistas democráticas hoy amenazadas y darle a nuestra Patria el camino ascendente y promisorio que merece.

Pero una pregunta se repite con insistencia ¿Por qué hemos llegado a esta situación? ¿Por qué estamos detenidos como frente a un callejón sin salida? Tenemos una primera respuesta de la que todos somos conscientes: Porque nos hemos desunido; porque nuestros enemigos han sido más inteligentes que nosotros y mantienen nuestras fuerzas dispersas.

Pero quisiéramos continuar adelante en la búsqueda de alternativas. Porque cada uno de nosotros trae una mochila cargada de experiencias buenas y malas. No se trata de ponerlas todas sobre la mesa sino de usarlas como una reserva para la visión crítica con que debemos enfrentar el presente.

Cuando en repetidas oportunidades hemos hablado de unidad de fuerzas, partimos del criterio de que los posibles aliados tenemos puntos de vista diferentes y muchas veces discrepantes en torno a aspectos determinantes de la realidad nacional e internacional. De modo que si cada uno se aferra a los planteamientos y convicciones que constituyen su reserva de principios, difícilmente avanzaremos. Pero al mismo tiempo, no tenemos derecho a pedirle a nadie que renuncie a sus convicciones. Pero sí podemos proponernos debatir, hasta encontrar los objetivos o tareas que hagan posible empeñar el esfuerzo común de definir y derrotar al enemigo principal.

No hablamos por hablar. Si en nuestro pequeño país, las distintas corrientes del pensamiento social costarricense han sido directamente responsables de las grandes reformas y transformaciones logradas a lo largo de su historia y muy particularmente en la segunda mitad del siglo XX ¿Por qué entonces insistir en lo que nos separa y no en lo que nos une? ¿Qué fuerzas o qué intereses se habrán propuesto evitar que esas mismas corrientes transformadoras realicen un esfuerzo real de convergencia para recuperar lo que se ha perdido o más bien, lo que intentan arrebatarnos la corriente neoliberal y los grandes intereses corporativos? ¿Vamos a permitir que sigan haciendo de las suyas, pervertir la política, cerrar periódicos o espacios de libre opinión, convertir los valores en mercancías y cambiar votos por dinero? ¿Terminarán por convencernos que nada podemos hacer, que la Patria dejó de ser nuestra y que debemos aceptar sin chistar, que hagan con ella lo que les venga en gana?

En ocasiones recientes el pueblo costarricense dio muestras de su enorme capacidad para sumar su empeño moral y cívico en torno a las tareas que eran concebidas como apremiantes y urgentes. Debemos recordarlo tercamente. La conciencia nacional contra el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos, constituyó una abrumadora mayoría que no se manifestó en las urnas del referéndum, por la campaña de terror y presión psicológica a que fueron sometidos millares de obreros y trabajadoras en las zonas industriales y en las comunidades del país. Pero una buena dosis de esa conciencia no se ha disipado.

El problema con la conciencia cívica es que si no se conserva a través de métodos organizativos y didácticos que la conviertan en una fuerza de cambios reales, igual que la energía material, se transforma; sólo que en frustración y desánimo. Tampoco se trata de insistir en una división artificial o mecánica entre los que estuvieron a favor o en contra del TLC. En el esfuerzo común que nos urge, cabemos todos. La crisis reciente, de la que aún no salimos, se encargará de demostrar la dimensión del error a que fue inducida la significativa porción del pueblo costarricense que votó por el sí.

Aunque preferiríamos un proceso que unifique personas y no grupos y organizaciones, en los esfuerzos unitarios resulta inevitable la presencia de sindicatos, comités patrióticos, cámaras empresariales o partidos políticos, que aspiran a aportar el peso específico de su representación social. De igual modo, las fuerzas sociales y políticas susceptibles de aliarse, están compuestas por seres humanos, es decir por personas cuyas tradiciones políticas, hábitos, percepciones intelectuales, simpatías o antipatías, amistades o resentimientos,  dificultan o favorecen estos procesos. También tenemos valoraciones, prejuicios y reconocimientos, con respecto a las personas con quienes debemos trabajar para encontrar el camino de la unidad.

Como no se trata de incursionar en la psicología, comprendemos que la unidad de fuerzas  alrededor del qué hacer, es un ejercicio en dos dimensiones: la primera es un ejercicio de tolerancia, honradez y buena voluntad. La segunda, es debatir hasta encontrar las tareas que se conviertan en un programa con propósitos comunes. Como ya no hay tiempo, debemos comenzar ahora mismo.

Primero las preguntas; luego las respuestas. Continuaremos en el intento.

(Para encontrar el buen camino, II)

LA REVOLUCIÓN NECESARIA

domingo, 5 de febrero de 2012
Es de sobra conocido el expolio al que estamos siendo sometiendo por parte del capital en connivencia con el Estado y que no es más que nuestra incorporación a esa ingente cantidad de seres humanos, qué según los medios de desinformación viven en el tercer mundo o en países en vías de desarrollo, que vienen siendo explotados y humillados desde tiempos inmemoriales.
A pesar de esto, parece que hay mucha gente que ha decidido no hacer caso a la historia y cree que esta crisis es algo novedoso y que es el principio del fin del sistema tal y como lo conocemos.

A pesar de que una y otra vez, los voceros de la izquierda alternativa nos auguran el fin del capitalismo no hay más que constatar los hechos históricos para poder afirmar que ninguna crisis económica por sí misma nos regalará el “derrumbe” del sistema capitalista, sino nuevas formas cada vez más fuertes y degradantes para el ser humano y el planeta.

Afirmar que la crisis actual en curso colapsará el sistema equivale a ignorar toda una serie de cuestiones que apuntalan y protegen el capitalismo de una manera que lo convierte prácticamente en inexpugnable.

En primer lugar, tenemos lo que se ha dado en llamar la sociedad de la información. Es cierto, que el desarrollo de esta sociedad ha permitido y permite un mayor acceso a la información pero lo que realmente fomenta este bombardeo de supuestos saberes es la manipulación total y absoluta de la conciencia, convirtiéndonos en poco más que autómatas seguidores de la corriente oficial.

En segundo lugar, existe un aumento constante del gasto de muerte, es decir, el gasto militar, represivo, judicial, penitenciario. Por todo el mundo y a pesar de la crisis los Estados se afanan en agrandar sus cuerpos represivos y su poderío militar, anteponiéndolo a cualquier otro tipo de gasto. La represión policial, silenciada como siempre, va en aumento bajo la justificación de la seguridad ciudadana.

En tercer lugar, tenemos el sistema educativo. Un arma nunca suficientemente valorada pero que resulta fundamental para mantenernos a todos incapacitados para el criticismo y la búsqueda de la verdad. El refinamiento de este sistema es tal, que ha conseguido sacarnos a la calle en su defensa frente a su propio amo que ríe encantado al vernos. Este punto no admite malas interpretaciones, soy el primero que defiende una educación pública (no confundir con estatal que es lo que tenemos ahora) pero en el sentido original de la palabra, es decir, del pueblo.

Por último, destacar la muchas veces infravalorada sociedad de los drogadictos en que la ciencia al servicio del poder nos ha convertido. Todo aquello capaz de producir adicción es puesto al servicio del pueblo sin ningún reparo por parte del sistema que ha engendrado su obra cumbre con la creciente medicalización de una sociedad en la que todo se soluciona sin esfuerzo y sin dolor.

A todos estos factores se añade la grave crisis financiera que en realidad sólo es tal en las viejas potencias imperialistas, EEUU, UE y Japón.

Teniendo en cuenta esto y muchas otras cuestiones y viendo ya por dónde van los hechos consumados y las futuras decisiones, el resultado de esta crisis parece estar más cerca de un aumento del militarismo, el recrudecimiento de las medidas de control social y una explotación más rapaz de los seres humanos y los recursos naturales. La sociedad de consumo irá rebajando paulatinamente sus niveles para dejar paso a una nueva forma de vida del sistema capitalista.

Ante todo este panorama es más que previsible que cualquier solución o alternativa que se plantee dentro del orden actual está condenada al fracaso. Cualquier intento de creer que es posible un cambio revolucionario sin el cambio de sistema político sólo significa permitir al sistema salir bien parado de la actual situación de crisis. La revolución no consiste en volver atrás, a los tiempos de abundancia sino en vivir de otro modo bajo otras premisas morales.

Así pues, se impone un cambio paradigmático y para ello la acción decisiva debe venir de la conciencia, de su desarrollo y difusión, así como de las formas organizativas que se formen en torno.

En estos momentos, es crucial para una verdadera revolución social la identificación con un sistema de ideas que ponga de relieve las cuestiones trascendentales de la esencia humana: el futuro de la civilización y de la esencia humana, es decir, sólo la lucha por una organización social radicalmente diferente y basado en otros parámetros junto con la lucha por encumbrar la verdad concreta frente a la propaganda conseguirá que todos los seres humanos que aún queden sobre la faz de la tierra se unan en la lucha.

Fuente: Quebrantando el Silencio
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