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La Cuba de ayer

sábado, 6 de agosto de 2011
Por  Nicolás Pérez Delgado

Continuamente oímos por la radio y televisión en español de Miami sobre la jacarandosa y desarrollada Cuba de antes de la revolución. Muestran esplendorosos club nocturnos, bares, casino, mujeres y hombres con elegancia parisién por las aceras de la calle  Galeano, la cámara recreando los lumínicos de El Encanto, La Época, Flogar, el edificio de CMQ y Radiocentro.

Muy lindo todo. Una Habana con la que quieren ejemplificar toda Cuba. Una ciudad que no suspiraba por la Quinta Avenida de Manhattan, en New York. El espectador oye lo que dice el locutor y recibe la impresión de que todo el país era ese tremendo vacilón antes del 1959. Las imágenes, por supuesto, son reales. Son ciertos también muchos de los datos que el locutor ofrece. Cuba no era un país del peor montón.

La Habana era una de las ciudades de más alegre vida nocturna de América. Nuestra música se escuchaba hasta en la Conchinchina. La capital se enorgullecía del mejor cabaret del mundo: Tropicana. En la costa había un elegante Habana Yatch Club, otro Miramar Yatch Club y más clubes y yates y veleros que con sus hinchadas velas blancas se lucían frente al Malecón.

En 1958 circulaban por las calles de la Isla 25 autos por cada mil habitantes. Sólo Venezuela superaba esa cifra. Había mansiones con cinco y seis automóviles. Teníamos más televisores por cada mil habitantes que el resto de América Latina.

Solo Argentina y Uruguay nos superaban en teléfonos.  Ya en los lejanos años de la presidencia de José Miguel Gómez, el famoso “Tiburón se baña, pero salpica”, únicamente los Estados Unidos superaban a Cuba en la red telefónica de larga distancia.

En época de la Colonia, en 1837, Cuba instaló su primer tramo de ferrocarril, de La Habana a Bejucal. Antes lo habían hecho Estados Unidos, primero, e Inglaterra después.  Mérito a nuestro ingenio fue el primer control remoto en televisión, cuando en 1954 el empresario Goar Mestre transmitió en vivo un juego de las Grandes Ligas desde un avión que hacía números ocho sobre el estrecho de La Florida.

Incluso no deja de ser orgullo algo que poco se cumplía, pero que era ley: desde 1939 las cubanas tenían derecho a tres meses de maternidad pagas sin perder el empleo.

Cifras, datos, que aceptamos sin recelo y que tomamos de un folleto contrarrevolucionario “Cuba: historia de un desastre económico”.

Era cierto que en muchos aspectos estábamos en los primeros lugares de América Latina. Pero hay que tener cuidado e imaginar la dramática situación de la América Latina con que nos comparan. Los datos que expondremos  pertenecen al  Censo de Población y Viviendas de 1953, realizado durante la dictadura de Fulgencio Batista. No son cifras del periódico Gramma, del comunista Blas Roca ni de La Historia me Absolverá.  Y como no tenemos el voluminoso documento a mano, tomamos los datos del libro Historiología Cubana,  tomo III, capítulo II, libro escrito por un destacado insurreccionalista e historiador, anticomunista desde la época del dictador Gerardo Machado y  radicado en Miami : José Duarte Oropesa.

Dice el censo que en Cuba las casas de mampostería y azoteas  llegaban solo al 44 % en las zonas urbanas y a un 1% en  las rurales. Los bajareques  o bohíos construidos con yagua o madera de palma real, techo de guano y piso de tierra constituían el 6% de las viviendas en las zonas urbanas.

El suministro de agua de acueducto por tuberías llegaba solamente al 35 por ciento de las viviendas. Es decir, más de la mitad de la población no tenía agua corriente.

El 43% de las casas de aquella Cuba carecían de inodoros interiores. En el campo era solo el 3%. Había que correr pal platanal o pal monte.

¿Y la luz eléctrica?  En la poblaciones, un 12% de las viviendas se iluminaban con velas, farolas y chismosas. En el  campo la cifra ascendía a un 88%.

¿Y la educación?  El antifidelista Duarte Oropesa la califica de “aterradora.” El 44% de los niños en edad escolar (de 6 a 14 años) no asistían a la escuela. El 23.6% de la población era analfabeta.

Datos elocuentes. Aparecen entre las páginas 269 y 273 del citado libro, según censo de población y vivienda de 1953. No es Fidel Castro arengando en el juicio por el ataque al cuartel Moncada.

Y hay más angustia todavía  si tomamos en cuenta que la población rural constituía casi la mitad de los cubanos: el 43%  de los 5 millones 820 mil 29 habitantes de la Isla.

La Agrupación Católica Universitaria hizo una investigación sobre el campesinado que fue publicada por el reaccionario Diario de la Marina en 1956. Resumiremos algunos datos.

La talla promedio del trabajador agrícolas era de 5 pies 4 pulgadas, con un peso 16 libras menor que el promedio teórico. Esto debido a la desnutrición.

El 15% trabaja después de los 60 años. Solo un 4% come carne, una vez a la semana. Sólo toma leche un 11.22% . El 14% ha padecido o padece tuberculosis. El 43% se halla parasitado. El 31% sufre de paludismo. Solo un 8% recibe atención médica del Estado. Únicamente el 6% de las viviendas tienen suministro de agua por cañería. El 86% trabaja manualmente y solo un 4% lo hace con aparatos mecánicos. El 6% recibe su salario en vales y un 2.5%  recibe parte de éste en comida.

¡Qué Cuba tan ideal esa con niños campesinos con las barrigas hinchadas por las lombrices y guajiras jóvenes que lucían como ancianas, desdentadas, los ojos y el cabello sin brillos.

Limpiabotas de 9 y 10 años dando betún y cepillo en los parques y esquinas de La Habana para llevar unos centavos a su casa.

Así era, pero en Tropicana hermosas coristas bailaban cha cha cha y el ganster norteamericano Meyer Lanski, dueño de casinos y del hotel Riviera, dejaba propinas de cien dólares.

 Aquella Cuba no era como Miami la quiere pintar.

Tomado de Discrepando

Imagen agregada RCBáez

Espejismos, cifras y más de lo mismo

martes, 2 de agosto de 2011
Por Luis Sexto


LA HABANA - Los que aún insisten en que Cuba poseía una de las economías “más envidiables” de América antes de 1959, se exponen  al destino de la mujer de Lot: convertirse en estatuas de sal. Pero la culpa no radicaría en voltear la cabeza, sino en no ver lo que deberían ver. Al mirar atrás, sólo una visión de clase media que habla de la feria según le fue en ella o una voz que resuene como caña hueca al batir del aire, desconocerían que aquella república se asfixiaba entre llamas.

Tal vez volvamos a repetir, acudir a ese “más de lo mismo” del que se quejan quienes nos ofrecen también “más de lo mismo” cuando responden empleando argumentos refritos  en la grasa agridulce de la fábula. Hablar, desde luego, no es escribir. Y a veces se escribe lo que se habla. Y por tanto en ese traslado maquinal de lo dicho a lo escrito, ese dejar correr que decía Luz y Caballero consistía el hablar, se da por supuesto que afirmar algo es suficiente para estar seguro de que se dice la verdad: no necesita demostrarse.  Por mi parte, prescindo del “yo creo”, “me parece”, para asegurar que la economía cubana de los 1950 y antes no era ni envidiable, ni envidiada. Y puedo alegarlo basándome en la experiencia: mi familia no pertenecía a la clase media, ni leía Life, ni Diario de la Marina, ni iba a Varadero, ni comía en un restaurante. Ni siquiera compraba una “media noche surtida”. Y si tuve educación fue gracias a una tía paterna cuya relación con los Padres Salesianos le facilitaron conseguir una beca de la Corporación de Asistencia Pública para su sobrino aficionado a la lectura.


Pero para evitar en mis confesiones los espejismos de la subjetividad, vayamos, pues, a los fundamentos documentales, para que se comprenda por qué aquel tiempo pasado no fue mejor. No seré original. Simplemente recordaré lo que se olvida con mucha premura, porque el enjuiciamiento del pasado también depende de la posición social de ayer, y la ideología y los intereses del presente. Citaré, pues, la encuesta que la Agrupación Católica Universitaria (ACU), titulada Por qué reforma agraria aplicó entre la población rural de Cuba entre 1956 y 1957.


No agobiaré con cifras. Daré zancadas; aprehenderé esencias. Y la primera frase apodíctica que resume la encuesta de la ACU es la siguiente del doctor José Ignacio Lazaga, a quien conocí como psicólogo y en aquellos años sobresaliente laico católico. En una de las reuniones sobre el proyecto de la encuesta, dijo: “En todos mis recorridos por países de Europa, América y África, pocas veces encontré campesinos que vivieran más miserablemente que el trabajador agrícola cubano”. La presentación de la encuesta –que se realizó para alertar sobre el peligro del comunismo si la situación de pobreza continuaba– describe en otro de sus párrafos: “La ciudad de La Habana está viviendo una época de extraordinaria prosperidad mientras que el campo, y especialmente los trabajadores agrícolas, están viviendo en condiciones de estancamiento, miseria y desesperación difíciles de creer.” Y esa situación se ilustraba con el siguiente dato: “La población trabajadora agrícola que se puede calcular en 350,000 trabajadores y dos millones cien mil personas, solo tiene un ingreso anual de 190 millones de pesos. Es decir, que a pesar de constituir el 34 % de la población, sólo tiene el 10 % de los ingresos nacionales”.

Los organizadores de la encuesta –muchos de los cuales emigraron posteriormente, al triunfo de la revolución, confirmaron sus datos con los del censo de nacional de población y vivienda, de 1953. Por ejemplo el muestreo  de la ACU registró que el 89.84% de los encuestados se alumbraban con luz brillante, es decir kerosene, y en el censo aparecía 85.53%. Y si el 88.52% bebía agua de pozo, el censo rodaba la cifra con 83.59%.


En el aspecto de la alimentación basta estos números: “Solo un 4% menciona la carne como alimento integrante de su ración habitual. En cuanto al pescado es reportado por menos del 1%. Los huevos son consumidos por un 2.12% de los trabajadores agrícolas y solo toma leche un 11.22%. En cuanto a la salud, “presuntamente un 14 % padece o ha padecido de tuberculosis”.

Hasta ahí, el testimonio de la Agrupación Católica Universitaria. Los interesados en confirmarlo o ampliarlo que entren en esta dirección donde aparece, editado por José Álvarez, profesor de la Universidad de la Florida, el folleto de la ACU, que aparte de en mi biblioteca doméstica, estará también en la del Congreso de los Estados Unidos: http://rtvpress.com/Documents/Censo%20agrup%20catolica%20unic-Cuba.pdf


Y hay más. Porque son disímiles los textos que desmienten los  calificativos de envidiable, boyante, asignados a la economía cubana antes de l959. Las Memorias del censo agrícola de 1946, y medios de prensa como Bohemia, acusan la dependencia económica, la concentración de la propiedad y la injerencia extranjera en nuestra economía. El censo agrícola del 46 demuestra que “los propietarios de más de 500 hectáreas sólo representaban el 1,5 % del número de fincas y eran poseedores  del 41.7% de la superficie total”.


La economía cubana de esos años habrá que añadirle el monocultivo que convertía a Cuba en país monoexportador, pues en 1948, según escribió el experto Raúl Cepero Bonilla en el periódico Tiempo en Cuba, el azúcar componía el 80% de las exportaciones cubanas. En suma, supeditación a un producto, con todo lo que ello implicaba de retraso industrial y agrario, y el sometimiento al fundamental mercado de los Estados Unidos, con su secuela de dependencia política y económica.


Automóviles del último año, lujosos hoteles y casinos administrados por la mafia norteamericana – ¿o no lo confirman la residencia permanente de Meyer Lansky, George Raft, y hasta de Lucky Luciano por unos meses en Cuba?–, y 100 000 prostitutas sirviendo en todo el país las apetencias sexuales, no suponen una economía boyante. Más bien, como dije, esa valoración parte de la clase media y alta, compuesta por 550 grandes propietarios, según el diccionario Los propietarios en Cuba en 1958, de Guillermo Jiménez y publicado por la Editorial de Ciencias Sociales en 2008. Ellos, y sus empleados y los empleados de los ingenios azucareros u otras empresas extranjeras, y los  poseedores de laboratorios, talleres, publicitarias, tiendas, pequeñas fábricas, podrían hoy enjuiciar a aquella Cuba con una nostalgia que solo echa de menos el espacio individual y familiar y la inserción más o menos cómoda, en aquella economía distorsionada y controlada en sus resortes básicos por el capital extranjero.


Ahora bien, para hablar de política, como ha dicho el teólogo Leonardo Boff, hay que partir de una perspectiva ética, reconociendo la verdad. De otro modo, el debate no tendrá sentido. La revolución cubana quiso cambiar aquel cuadro. Y en parte lo hizo: al menos, en lo que respecta a la justicia social, enseñó a leer y a escribir a un 30% de analfabetos; trazó el 60% de las carreteras; elevó el promedio de vida a 76 años; eliminó enfermedades endémicas; graduó a más de medio millón de universitarios; diversificó la producción agrícola e industrial; electrificó el 95% del territorio del archipiélago. Mucho se deterioró o se construyó mal. Y no lo niego. Por la parte de acá, el modelo fue errado, un modelo impuesto por una circunstancia ineludible: Si Estados Unidos levantó el pie y alzó la mano amenazando miedo, el Gobierno Revolucionario tuvo que aceptar la mano que le echó  la Unión Soviética.



A mi parecer, el divorcio entre los que se oponen  a la persistencia de los ideales de la revolución y cuantos los apoyan,  se resuelve en esta operación: de aquel lado, exaltan un pasado que para ellos merece la vuelta atrás, y  para nosotros, impedirlo será siempre la gran conquista. Nosotros hablamos de reconstruir una economía próspera en justicia social e independencia. ¿Y los demás?

Tomado de
Progreso Semanal

Completaran su lectura, del propio autor:

Cuba: fábulas y fabuladores


De Giraldo Mazola /
Masacre en el Vivac

Y la Entrevista al doctor Arnaldo Silva León, Profesor Titular-Consultante de Historia de Cuba de la Universidad de La Habana, por  Alina Martínez y Felipa Suárez

Cuba en los años 50: ¿Éramos un paraíso?


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