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FRONTERAS

martes, 22 de noviembre de 2016
Las fronteras son la explicitación del control sobre algo o sobre alguien. Su función es separar aquello que deseamos dominar, poseer, conocer de lo que no queremos. Son la expresión máxima de la propiedad, del nosotros o del yo frente al resto.

En cualquier campo, las fronteras no son más que líneas imaginarias, arbitrariamente creadas sin ninguna justificación. Prueba de ello, son lo fácilmente movibles que han resultado a lo largo de la historia, por supuesto, siempre en interés de los que poseen el poder, ya que son ellos los que se encargan de su creación. Ya sean territoriales, económicas, de conocimiento… las fronteras se crean y se utilizan con el único propósito de delimitar lo accesible en función de qué papel desempeñas.

Las fronteras son contrarias a la vida. Constriñen, encierran y reprimen mientras que la vida trata de emerger y expandirse. No es posible defender la vida y las fronteras al mismo tiempo, éstas matan de forma directa y violenta y, también, de una forma más sibilina, lentamente y con una violencia socialmente tan aceptada que causa terror.

Alambres, espinos, vallas, muros, armas, balas, concertinas, muerte… Así se erigen las fronteras en el mundo físico. Esta es la manera de seleccionar, de separar, de diferenciar el lado correcto del incorrecto. Ya los Estados se encargan de hacernos creer que estamos en el lado oportuno y que toda esa infraestructura necesita ser defendida con uñas y dientes y que cualquier precio a pagar por ello es justo. Se alienta el fanatismo, bajo la etiqueta del patriotismo cuya única utilidad es enmascarar la estupidez humana que nos arrastra a odiar al otro, al que está al otro lado de la frontera hasta tal punto que creamos justo su sufrimiento y su muerte si intenta traspasarla.

Miedo, dolor, resignación, impotencia, muerte… Así se erigen las fronteras en el mundo psíquico. Esta es la manera de acotar, de establecer, de delimitar la zona segura de la peligrosa. Nosotros mismos nos encargamos de hacerlas posibles y de creer que las necesitamos para poder desarrollar nuestras vidas, conforme a unos patrones establecidos en los que andamos deseosos de encajar. Estos patrones, sólo dibujan modos de vida ajenos a lo que podría ser pero suficientemente confortables como para aceptarlos y, por tanto, desear defenderlos al precio que sea. Incluso, con la construcción de fronteras mentales a pesar de saber que constriñen nuestra existencia y nos sitúan más cerca de una vida carente de significado hasta para nosotros mismos.

Todas las fronteras forman parte de una realidad inhumana y dolorosa que sólo engendra desesperanza y muerte. Cada vez que una frontera se levanta, el odio se hace dueño de la situación y la esperanza de ir recuperando la esencia de lo humano se aleja un poco más.
 
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MALDITA GANANCIA

jueves, 10 de octubre de 2013


Vivimos en la agitación constante, en un vertiginoso ir y venir sin saber de dónde partimos ni hacia dónde vamos. Continuas convocatorias a todo tipo de actos por parte de innumerables colectivos, plataformas, partidos, asambleas, mareas, sindicatos y coordinadoras siempre con la intención de dejar claro un posicionamiento más o menos contrario a cualquier aspecto de esta realidad social que nos golpea.
Uno tras otro se suceden los discursos, las proclamas, los manifiestos oscilando entre la defensa de lo que se consideran derechos inalienables y la llamada a la revolución contra el poder criminal que nos gobierna.
Finalmente, llega el desánimo y la deserción. El abandono de lo que se ha dado en llamar la lucha y la consiguiente disolución de toda la energía entre esa maraña indescifrable que forman conceptos como ciudadanía y vida cotidiana.
Sin embargo, se insiste una y otra vez en los mismos métodos con la esperanza de obtener resultados diferentes, o tal vez con el objetivo más retorcido de volver a obtener esos mismos resultados, es decir, la nada.


¡Revolución! Es sin duda una de las palabras más usadas de la historia de la humanidad y con tantos significados como seres humanos existen. A pesar de ello, hay una cuestión que inevitablemente hay que plantearse a la vista de los resultados de lo que se han considerado revoluciones a lo largo de la historia y que nos han traído hasta el momento presente.
¿Es posible una verdadera revolución si no va precedida de una evolución en las ideas que dominan nuestra vida y el modelo social impuesto?

En la actualidad vivimos en la sociedad de la ganancia y del interés, en la que todo gira en torno a la posibilidad de obtener un diferencial positivo de cada acción realizada. Esto es algo bastante obvio en la esfera económica puesto que está en la base del propio capitalismo. Este faro que ilumina todo el funcionamiento del sistema económico está íntimamente alimentado con el concepto de propiedad, puesto que para obtener una ganancia, un beneficio hay que poseer algo con lo que poder interactuar.

Posesión y ganancia, dos factores que inevitablemente conducen al tercer pilar: control. Hay que asegurar esa propiedad para obtener la ganancia. El sistema lo sabe y lo ejerce de una manera brutal a través de múltiples mecanismos.

La revolución tan anunciada y deseada pasa por ahí, por combatir ese triunvirato que sostiene todo el entramado. Sin embargo, para llegar a ese punto debe suceder que esas ideas evolucionen a nivel personal, porque ese trío ideológico también rige en nuestro día a día y no sólo en los asuntos económicos. El sistema se ha integrado de tal manera que cada paso que se da en la vida se analiza en función de la posible ganancia que se puede obtener (no sólo económica, también emocional, temporal y en cualquier otro parámetro que se nos ocurra). Así hemos oído en innumerables ocasiones cómo se analiza una relación interpersonal en función de si se ha sacado más de lo que se ha invertido en ella. Obviamente este análisis sólo es posible desde la creencia de la posesión de algo, tangible o no, que estimamos valioso.
Por eso, parece que el tiempo de la revolución no está cercano. Sin embargo, el tiempo de los actos revolucionarios esta aquí. Ahora mismo no hay nada más revolucionario al alcance de nuestras manos que renunciar a regir la vida humana por el criterio de la ganancia. Evolucionar hacia otros criterios personales nos acercará cada vez más hacia ese momento revolucionario que tanto necesita el conjunto de la humanidad. Sólo superando la creencia de que siempre hay que sacar algo de cada acto que se hace podremos plantearnos la construcción de otro mundo en el que el sufrimiento sea tan sólo un lejano recuerdo.

DESIDIA INOCULADA

lunes, 29 de julio de 2013

Desidia: Falta de cuidado, interés, energía o actividad. Desidia, dejadez, abandono, negligencia, pereza, indolencia… Tiene que ver con el comportamiento humano, sobre todo, en el ámbito social que finalmente es donde todas las personas estamos situadas.

Inocular: Introducir una sustancia en un organismo. Transmitir por medios artificiales una enfermedad contagiosa. Pervertir, contaminar.

Afrontamos y padecemos una realidad donde la desidia es un valor siempre cotizado, imprescindible para que este sistema criminal y depredador funcione. Es necesario que los seres humanos pierdan el interés y la energía necesaria para luchar por sí mismos y por los demás. Una vez conseguido esto, la esclavitud mental y posteriormente la física están al alcance de la mano. Por eso el poder no ha dudado, ni lo hará, en desplegar todo su arsenal para inocular esta desidia que tanto le favorece. Sabe que el control se obtiene mucho más por la sumisión voluntaria que por la represión (que reserva para aquellos que se muestran más resistentes a esta inoculación masiva), por eso se muestra tan persistente y, desgraciadamente, tan eficaz en su propósito de que la desidia sea un rasgo fundamental del comportamiento humano. Esto sucede en mayor medida en aquellas sociedades autodenominadas desarrolladas y democráticas.

 

La desidia se fomenta de varias formas:

Desconectando a las personas entre sí. Es decir, se potencia la creencia de que cada uno debe preocuparse por sí mismo y que nadie va ayudarle en un mundo donde lo importante es lo alto que puedas llegar y no cómo lo hagas. Desconectando a las personas de sí mismas, fortaleciendo el culto a lo externo, a lo que se ve y relegando el mundo interior al carácter de menudencia que es mejor no desarrollar por ser poco más que una pérdida de tiempo.


Haciendo sentir a la gente que nada de lo que le sucede y pasa a su alrededor depende de ella. Afianzando la creencia de que deben ser los elegidos (elegidos por el sistema) los encargados de dirigir nuestras vidas y el papel de la gente queda reducido a la aceptación. Así se establece el delegacionismo como método básico de funcionamiento social y como método de absoluto control social.

Acelerando el ritmo de vida y encumbrando la medida del tiempo (el tiempo es oro, o al menos eso se nos hace creer) La coronación del dinero como valor absoluto y de la sociedad del trabajo como único medio para acceder a él, nos convierte en máquinas dedicadas en exclusividad a la consecución de los objetivos que la sociedad nos marca. Estas condiciones que nos imponen para sobrevivir obligan a centralizar la vida en la cuestión laboral, impidiendo cualquier consideración de importancia que no tenga que ver con esto. Lo que crea una cultura de lo inmediato en la que no tiene cabida el esfuerzo desinteresado ni la implicación personal en lo común.

 

Mecanismos de inoculación:
 

Es sabido que el poder tiene infinitud de maneras de ejercer su dominación sobre las personas y en la cuestión de la que estamos hablando, utiliza varios de los mecanismos más potentes a su alcance.

- Sistema educativo: Durante décadas, millones de personas hemos pasado por este filtro encargado de modelarnos y adecuarnos a las necesidades de cada momento histórico. La misma introducción de este sistema responde a la necesidad de producir en serie combustible humano para alimentar el engranaje de la recién llegada sociedad industrial. Desde ese mismo instante se vislumbró el potencial de la educación estatal y de la imperante necesidad de universalizarla. Esta necesidad se ha visto colmada, independientemente del tipo de régimen político instaurado y de la supuesta orientación ideológica del mismo. En todos estos lugares el sistema escolar tiene un objetivo primordial más o menos oculto: transmitir y asegurar la asimilación de una necesidad de ser enseñados.

De esta forma se consigue que las personas nos desentendamos de la responsabilidad de nuestro propio desarrollo. La escuela nos instruye para ocupar el lugar que el poder nos tiene reservado dentro de nuestro sistema social y para saber aceptar que esa posición no depende de cada uno de nosotros; sino que está en función de una serie de parámetros (económicos, étnicos, origen social,…) que el propio poder se encarga de medir y catalogar. Esto nos lleva al desapego por el otro, puesto que necesitamos concentrarnos en lo que se espera de nosotros y, por tanto, todo lo que no tenga que ver con eso no importa y no merece esfuerzo alguno.

- Medios de comunicación: Los medios de desinformación masiva se dedican incesantemente al bombardeo continuado de noticias y situaciones a cada cual más horrible y desgraciada. La estrategia es clara y simple, insensibilización por desgaste. Y de verdad que lo han conseguido, la gente es capaz de comer mientras en ese lapso de tiempo ve u oye docenas de muertes por diversas causas, catástrofes ambientales a cada cual peor, gran cantidad de usureros delincuentes saliéndose con la suya sin mayores problemas,… este bombardeo permite que no se establezcan relaciones entre estos fragmentos de la realidad, al mismo tiempo que consigue que la gente desconecte y deje de empatizar.

Por otro lado, jamás se muestran los logros colectivos, a excepción hecha de los deportivos y, normalmente, las noticias que proporcionan al gran público sobre lo colectivo tiene que ver con la maldad.

- Partidos políticos y sindicatos: Después de mucho tiempo estas organizaciones han conseguido desarticular todo lo común y relegar el papel de la gente al de mero espectador de lo que acontece. En diferentes etapas han conseguido desarticular todo lo que huela a común y organización popular, han logrado desmovilizar y desmotivar a la gente al someterlos a un continuo desgaste por las migajas del sistema y, finalmente, han conseguido desarticular todo intento de participación política a través de sus monumentales aparatos burocráticos y de su descarada inserción en los mecanismos de control del sistema capitalista.

- Mercado laboral: En esta sociedad del trabajo en la que vivimos, el capitalismo maneja uno de los mejores métodos de control que tiene el efecto secundario de la inoculación de la desidia: lo que ellos llaman el paro estructural o la masa de gente sin trabajo. La presión ejercida sobre las personas sin trabajo asalariado y su condena a vivir en el lado de los excluidos socialmente facilita la desconexión social y el encumbramiento del todo vale porque: en esta sociedad o trabajas o estás muerto. Así se deja de tener interés en el otro para centrarnos en nosotros mismos y en cómo mejorar nuestra situación personal aunque, para ello, haya que pasar por encima de otra persona.

- Religión: No podemos olvidar el papel que juegan las grandes religiones en las sociedades actuales (por mucho que quieran definirse como laicas). Lejos de priorizar aquello del amor al prójimo; se ha impuesto la resignación y la aceptación a los hechos de la vida como algo que no podemos controlar puesto que proviene de la voluntad divina (aunque ésta sea la voluntad de los poderosos). También se ha impuesto la concepción de la caridad como método de compensación por aceptar el destino, de tal manera que se desarticula cualquier opción de cambiar el orden establecido puesto que de esta forma se perpetúan los estratos de poder y dominio. No en vano la iglesia, el brazo armado de la religión ha sobrevivido a siglos de avatares diversos. Ha sabido como nadie aliarse al poder y pasar a formar parte de él.
 

Esto sólo pretende ser un esbozo de cómo se consigue la inoculación de la desidia en el comportamiento humano. Las consecuencias que se derivan son simplemente terribles y las vivimos a diario. Así, vemos pasar ante nuestros ojos situaciones y acciones que nos afectan directamente pero no somos capaces de reaccionar por esa terrible desconexión producida por la desidia (desde luego entre otros factores). Por supuesto, contamos con el ejemplo de todas las personas que se muestran resistentes a este contagio y luchan y construyen a diario para cambiar esta realidad terrible.

Sin embargo, la inmensa mayoría cae bajo los efectos de esta inoculación contra la que debemos combatir.

Y PASÓ EL DÍA DEL TRABAJO

sábado, 4 de mayo de 2013

Millones de personas sin posibilidad de acceder a un pequeñito pedazo del pastel a través del trabajo asalariado, se ven forzadas a la exclusión y al estigma de la limosna arrojada desde la atalaya del poder a través de su servicio de caridad en forma de subsidios y ayudas. Insuficientes para vivir de forma digna pero suficiente para tapar bocas y maniatar espíritus con inquietudes rebeldes.

El doble de personas condenadas a callar y obedecer por miedo a perder trabajos que en el mejor de los casos te permiten llegar a fin de mes, en otros llega justo para devolvérselos al poder a través de hipotecas, recibos y demás transferencias. En la mayoría de los casos ni siquiera sirve para poder alimentarse de manera suficiente.

Con esta situación parece lógico que las gentes y organizaciones posicionadas frente al sistema capitalista iniciaran (o continuaran de manera más profunda) la lucha por crear nuevas formas de acceso a la riqueza. Ya basta de pedir el reparto del trabajo y la riqueza. Nos cansamos de repetir que el trabajo asalariado es esclavitud pero salimos a la calle a gritar contra las leyes que lo regulan y no contra la esencia de esa maldita obligación que nos han impuesto.

Se lucha por la defensa del derecho al trabajo, ¿qué derecho? En esta sociedad no existe tal cosa, existe la obligatoriedad de trabajar. Un derecho es real cuando existe la opción de elegir. No podemos elegir no trabajar asalariadamente (al menos no dentro de esta sociedad), dependemos del salario para comer. No hay más.

Es la hora de plantearse una ofensiva acerca del mundo del trabajo asalariado, no es posible que las organizaciones y gentes que se definen como anticapitalistas basen toda su acción y estrategia en reivindicaciones en torno a mejoras en las condiciones de trabajo, sin plantear en ningún momento una alternativa a la esclavitud de las personas  asalariadas. Parece razonable reivindicar mejoras laborales ante la situación en la que estamos envueltos, pero acompañarlas de eslóganes más que mascados y ponerle a esto la etiqueta de anticapitalista sólo conduce a la negación misma de lo que debería ser el anticapitalismo y a dar una imagen de él totalmente contraproducente.

El paso por el mercado de trabajo como requisito indispensable para acceder a la riqueza es uno de los mecanismos fundamentales que sustenta el capitalismo en cualquiera de sus modalidades (ya sea privado o estatal). Esto nos convierte automáticamente en seres dependientes y dispuestos a aceptar cualquier imperativo con tal de no quedar excluidos de la sociedad de la que formamos parte.

No es posible una sociedad anticapitalista con trabajo asalariado. Iniciar el trabajo para romper el mito que une trabajo asalariado y acceso a la riqueza es fundamental para la luchar contra este sistema. Sustituir este dogma es un paso imprescindible para iniciar el camino hacia una sociedad verdaderamente libre. Liberarnos del peso que significa tener que ocupar nuestra energía y nuestro tiempo en conseguir y mantener, cueste lo que cueste, un trabajo nos impide ver e ir más allá. El trabajo domina de tal manera nuestras vidas que acaba por absorber nuestra esencia misma y acabamos definiéndonos como personas en función del trabajo que desempeñamos (basta hacer un pequeño experimento, preguntad a varias personas cómo se definen, qué son y te contestarán diciéndote de qué trabajan).

Esta situación se ha visto reflejada una vez más este 1º de Mayo donde se ha vuelto a demostrar la falta real de alternativas que, de forma explícita, se posicionen frente a este sistema criminal que nos ahoga cada día más. Es cierto que ha habido gran cantidad de manifestaciones autodenominadas anticapitalistas (con mayor o menor participación en función de la ciudad que se mire), aunque personalmente, creo que ha sido algo más folclórico que otra cosa. Una nueva demostración de lo vacío de contenido que está todo el espectro anticapitalista existente.

SEGUIMOS ESPERANDO, SEGUIMOS SIN CREER

martes, 16 de abril de 2013
Seres humanos tratados como simples mercancías, exprimidos hasta la última gota mientras son útiles y desechados sin más cuando nada tienen que ofrecer. Sacrificados en nombre del beneficio y de un supuesto bien común que no es más que el bien de unos pocos. Seguimos esperando a que estos pocos, en un gesto de magnanimidad, decidan posponer nuestro sacrificio final y tener así una nueva oportunidad de demostrar nuestra valía como útiles siervos.
Realmente nada nuevo bajo el sol y, sin embargo, para muchas personas por primera vez es una realidad que se hace palpable y no sólo un rumor lejano de otras latitudes u otras épocas.
Cada nuevo dato, cada nueva estadística que nos ofrecen los medios de desinformación nos golpea de una forma terrible, como si no lo supiéramos, como si no lo viviéramos. Miles de seres humanos alrededor nuestro malviven de lo que este sistema rechaza, otros tantos se ven expulsados de sus hogares que tan diligentemente el sistema les había ofrecido, a otros se les niega el derecho a su salud y se les condena a una muerte lenta y penosa, cientos de miles condenados a una esclavitud permanente a cambio de vivir un día más en una absoluta precariedad… A todos se nos obliga a aceptar que somos seres inferiores y, por tanto, no merecemos una vida digna sino, más bien, una existencia que se conforma con sobrevivir y sufrir en silencio. Y la mayoría, silenciosa o no, acepta.
Nos negamos a creer, nos negamos a aceptar el engaño y el fracaso de un modo de vida que hemos asumido como nuestro modo de vida, nos negamos a aceptar la derrota de un modelo en el que hemos basado nuestra existencia, nadie nos ha enseñado que otro mundo es posible ni, hasta la fecha, mucha gente se lo ha planteado.
Preferimos aferrarnos a lo conocido, a la creencia de que no van a permitir que esto continúe sin cuestionarnos quiénes son esos que no lo van a permitir; ni mucho menos preguntarnos por qué debe haber unos que decidan sobre nuestras vidas.
Seguimos sin creer, seguimos sin ser conscientes de nuestra capacidad para dirigir nuestra vida, para cooperar con nuestros semejantes en pos de construir ese otro mundo posible que todos imaginamos en nuestros momentos más lúcidos, pero que pocos se atreven a iniciar el camino que lleva hacia él.

REFLEXIONES SOBRE EL DISCURSO UNITARIO

martes, 19 de marzo de 2013
Hablábamos hace poco de cómo el discurso y la idea de la regeneración democrática se está abriendo paso en la “política oficial” como vía de solución ante una situación cada vez más insostenible, debido al progresivo aumento de la protesta social y a la absoluta falta de escrúpulos con que los políticos actúan. Del mismo modo, nos encontramos con la misma tesitura en el lado de aquellos que se sitúan en una posición crítica con el sistema (esta afirmación es algo muy discutible y hasta poco creíble en muchos casos, pero esto debería ser objeto de otra reflexión).

En este caso, nos referimos al discurso de la necesidad de unirnos frente a las actuales agresiones que sufrimos la inmensa mayoría de las personas. Sin duda, este discurso se basa en la idea de la correlación de fuerzas (ya que parte de la base de que protestas suficientemente numerosas pueden hacer cambiar el curso de los acontecimientos y de las decisiones políticas) y asienta su potencial en la percepción, más que palpable, de que hay muchísima gente que cree firmemente en la necesidad de cambiar, aunque de una manera muy difusa y con poca concreción en las ideas. Lo cierto es que cada día hay más gente que lo pasa realmente mal (esto visto siempre desde nuestra óptica occidental por supuesto, porque esta realidad ha estado y está muy presente a lo largo y ancho del planeta) para cubrir sus necesidades más básicas y es, precisamente, en esa necesidad donde se apoya el discurso unitario para cobrar fuerza.


Sin embargo, al igual que sucede con lo de la regeneración democrática, este discurso plantea serias dudas, por no decir que no es más que la última invención de aquellos sectores que se autoconsideran líderes de la protesta y sienten su liderazgo cuestionado y amenazado ante la toma de conciencia de muchas personas que, hasta la fecha, aceptaban plácidamente el orden establecido (incluido este liderazgo) sin ningún cuestionamiento.


En primer lugar, se apela al discurso unitario desde la perspectiva de la protesta puntual, siempre encaminada a decir no a algo, siempre naciendo de la pérdida concreta de alguna cuestión preferiblemente material que limita esa unión en el tiempo ya que o se consigue la demanda o se abandona por desgaste. Jamás se dirige el discurso unitario hacia la construcción de alternativas, hacia la lucha por otros modelos sociales, por otros modelos relacionales entre personas (de ser así, rápidamente se vería la falta de contenido de la propuesta puesto que, como decimos, nace de la necesidad de unos de saberse líderes y de la necesidad material de los otros, no de la conciencia social y política lo cual impide dotar de contenido a estas uniones). Esto se debe a que este discurso no se basa en dinámicas de construcción horizontal donde todo el mundo participa y decide sino que viene determinado por imposiciones verticales. Son las cabezas visibles, las cúpulas dirigentes las que aprovechan el malestar general para lanzar este mensaje con el fin último de proteger su posición. A partir de ahí, utilizan toda la maquinaria a su alcance (que no es poca gracias como siempre al impulso dado desde el Estado) tanto a nivel humano, utilizando a todos los peones de los que disponen que acatan con fe ciega el planteamiento sin necesidad de cuestionarlo, así como los canales de comunicación a los que tienen acceso. Hábilmente se utiliza esta forma de hacer para dejar claro que todo el que cuestione este discurso se convierte en boicoteador y en colaborador necesario del sistema (la vieja táctica de acusar al otro de lo que realmente es uno). Se basa en apelar a la difícil situación general por la que atraviesa la sociedad para conseguir beneficios específicos que normalmente no conducen más que a una mejoría pasajera en el mejor de los casos que nunca se convierte en solución de nada sino más bien en un parche que hace más dura la caída siguiente (curiosamente es la misma manera de funcionar de los partidos políticos, ¿será una coincidencia?).


Dejemos clara una cuestión. El llamamiento a la unidad nace desde posiciones sin ánimo transformador, nace de organizaciones que no cuestionan el modelo vigente (a lo sumo les gustaría cambiar el modelo de capitalismo privado por uno de capitalismo estatal) tan sólo con la intención de liderar una protesta tan desgastadora y desgastada como estéril, de señalar y estigmatizar todo movimiento autónomo que, acertadamente o no, decide iniciar un camino de construcción de alternativas al margen de los conductos oficiales de protesta. Nace con el consentimiento y la protección del poder, ya que para sus intereses no hay nada más positivo que una protesta controlada y dirigida por aquellos a los que ha designado como líderes sociales.


La unión que se busca y se proclama como solución se basa en el seguidismo, en el no cuestionamiento, en la aceptación del liderazgo y su discurso, en la masa difusa. Es la triste solución de hacer que todo el mundo se movilice para hacer una operación de maquillaje sistémico y que nada cambie. De paso se consigue otro objetivo no menos deseado, que la protesta se diluya. En definitiva, esa unión es totalmente contraria al proceso del pensamiento crítico absolutamente imprescindible para iniciar una verdadera respuesta transformadora. Este tipo de discurso unitario carente de alma facilita el agotamiento de toda aquella gente que, de buena fe, decide seguirlo porque ve una manera de colaborar en el cambio y, a la vez, ejerce una influencia negativa sobre todos aquellos que todavía no han dado el paso de lanzarse a la protesta, porque ven que el camino emprendido bajo la bandera de la unión no conduce a ninguna parte ya que no lucha por ningún cambio global que realmente pueda hacer que sus vidas den un giro radical para mejor.


A pesar de todo lo dicho, la unión es absolutamente imprescindible pero sólo como resultado de un proceso horizontal de construcción, como el resultado natural de la creación previa de un tejido social que nos una como seres humanos y no como autómatas. Esta es la unión que teme el poder, la que nace de la conciencia de que no hay marcha atrás y que este sistema de dominación capitalista debe acabar y con él todos los mecanismos y los espacios de poder.


La diferencia entre la unión como resultado de un proceso (por la que apostamos desde estas líneas) y la unión como imposición (la que se nos propone desde las diferentes organizaciones señaladas por el sistema como líderes naturales de la protesta social), es la diferencia entre la unión para construir alternativas donde palabras como dominación, competencia, explotación, poder, acumulación, crecimiento,… carezcan de sentido y la unión para exigir que el capitalismo afloje la soga con la que nos ahoga y sea un poquito benevolente con el pueblo.

EL DOGMATISMO ANTICAPITALISTA

jueves, 28 de febrero de 2013
En ocasiones anteriores hemos hablado de los diferentes sistemas de dominación y adoctrinamiento que usa el poder y que dan, como uno de los principales resultados, una masa de personas (ciudadanos como les gusta que nos llamemos) acríticas con una nula capacidad para cuestionar los grandes dogmas del sistema capitalista.
Sin embargo, esta vez me gustaría hablar de cómo esos mismos mecanismos (a menor escala pero con resultados más que aceptables) se reproducen en muchos movimientos o colectivos llamados anticapitalistas. No dejando esto de ser una opinión personal basada en la propia experiencia y sin intención de generalizar, no puedo dejar de pensar que esto no es una situación tan excepcional.

Teniendo en cuenta que la crítica a esos mecanismos forma, o debería formar, parte del núcleo de la crítica al capitalismo y a, por extensión, cualquier sistema basado en la dominación; creo sinceramente que es algo sobre lo que deberíamos reflexionar ya que la situación a la que nos enfrentamos todas las personas que creemos en la necesidad de un cambio social requiere de una respuesta profunda donde no podemos olvidar combatir y destruir estos mecanismos que nos llevan una y otra vez a repetir errores pasados.

Así de manera más o menos formalizada nos encontramos con un choque frontal entre las críticas al sistema y la práctica cotidiana de los espacios alternativos.

Uno de los primeros aspectos con los que nos encontramos en este choque son unas estructuras verticalizadas de manera formal que, a menudo, repiten los mecanismos de filtrado y depuración dentro de la estructura que llevan irremediablemente al servilismo y al seguidismo acrítico para poder subir en el escalafón a la caza del poder para imponer la propia visión dentro del colectivo.

Incluso en espacios formalmente horizontales se produce esta verticalización a través de los liderazgos encubiertos que se ejercen (consciente o inconscientemente, pero se ejercen) y que en numerosas ocasiones enmascaran como consensos lo que no son más que los deseos personales de personas carismáticas que participan en esa asamblea. En ambos casos, se ve truncada la aspiración de la participación de todos en la toma de decisiones bien sea por imposibilidad, bien sea por falta de empuje y/o capacidad de argumentar.

Otro aspecto con el que nos encontramos, sobre todo, la gente que hemos decidido no hace mucho dejar de lado las convenciones sociales y adentrarnos en la lucha social es con un cuerpo doctrinario (socialista, libertario,…) prácticamente incuestionable y, por supuesto, de obligada aceptación inmediata so pena de ser tachado de pequeñoburgués o reformista con aspiraciones.

Así pues, nos encontramos con que se nos llena la boca hablando de la necesidad de un pensamiento crítico para construir una alternativa anticapitalista; pero luego es imposible aplicar ese mismo pensamiento para analizar los dogmas revolucionarios. Esto lleva irremediablemente a una lucha de matices que imposibilita la aparición de cualquier alternativa basada en las aportaciones y el desarrollo del pensamiento colectivo.

Otro gran bloque de contradicciones al que nos enfrentamos es todo lo que se refiere a las formas de acción y lucha y las consecuencias que acarrea. Tenemos claro que el poder puede cambiar mil veces de cara para que nada cambie y que tiene una capacidad inaudita para asimilar todos los movimientos de protesta que intuye que mínimamente puede inquietarle. También damos por sentado que en su afán acumulativo de poder y dominación se reinventa a cada paso.

Frente a estas creencias, seguimos repitiendo nuestras respuestas esperando que cambien los resultados no se sabe bien por qué razón. Al final, esta dinámica de repetición y esterilidad en la lucha hace que la propia acción se convierta en el fin; en lugar de ser el medio para conseguirlo. Esta situación nos lleva irremediablemente a acatar los criterios capitalistas de medición del éxito y acabamos alegrándonos si nuestra organización consigue “sacar” cierto número de personas a la calle auto-convenciéndonos de que esto es el principio de la revolución soñada.

Por supuesto, consecuencia directa de todo esto es la aceptación de un concepto tan capitalista como la competitividad a la hora de analizar estos supuestos éxitos de movilización. Nos vanagloriamos de convocar a más gente que no se qué otra organización y, de paso, tratamos como borregos a todas las personas que salen a la calle convencidas de su contribución a la lucha. Así damos un paso al frente y pasamos a considerar a la organización lo primero y más importante y fundamos, extraoficialmente, nuestro propio gueto, cuyo máximo objetivo pasa a ser el convertirse en la organización más anticapitalista de todas (rozando en ocasiones la locura narcisista con el rollo ese de ser los más puros). Al final, esta dinámica nos lleva a la lucha de egos (por no decir gallitos/as) y a olvidar que nosotros solos no vamos a ninguna parte, que el cambio o lo hacemos entre todas las personas o no lo haremos.

Mientras todas estas dinámicas se repiten una y otra vez, el poder se regocija abiertamente de cualquier esfuerzo de contestación. O empezamos a convencer a través del ejemplo o cada uno a su local a dirigir su pequeño corral y fardar de ello con los colegas.

Fuente: Quebrantando el Silencio

CORRUPCIÓN

lunes, 4 de febrero de 2013
Como veníamos comentando en el post anterior, el sistema ha encontrado la vía de escape oficial con el tema de la corrupción y la necesaria regeneración política y democrática.
Los últimos acontecimientos referidos a la financiación ilegal del PP y a los, ya famosos, papeles de Bárcenas y sus sobres han vuelto a incendiar a la sociedad. Todo el peso mediático se ha centrado en ello y los grandes medios de desinformación llenan páginas y horas sobre ello (a excepción de la radiotelevisión pública fiel a su papel de altavoz oficial del régimen). Siguiendo a rajatabla las órdenes dadas desde sus cúpulas empresariales que dirigen los hilos en función de sus intereses, ya que no hay que olvidar que estos medios forman parte de grandes conglomerados multinacionales.

La idea que se está tratando de transmitir es tan simple como atractiva: el problema es la corrupción política y el deficiente sistema democrático fruto de la transición. Por tanto, la solución a todos nuestros problemas reside en arreglar esto. Así, siguiendo esta línea argumental, nos encontramos con la corrupción política generadora de una crisis de representatividad (de paso aderezado con la corrupción de la casa irreal) y un bipartidismo incapaz de seguir creando ilusiones creíbles para la población son los nuevos mártires a sacrificar en el teatro capitalista.

Seamos sinceros, la corrupción en el PP es intolerable y una muestra más del desprecio absoluto que sienten por aquellos a quien dicen representar pero, desde luego, no es la excepción dentro de la normalidad democrática en la que nos dicen que vivimos. El PP no es más que un botón de muestra, la corrupción es algo inherente al sistema capitalista.

No hay que entrar demasiado en detalle para que cualquiera pueda ver claramente que todo gobierno no es más que un órgano gestor de los intereses de los poderosos. El poder económico se sirve del político y, éste, recoge el fruto por el trabajo bien hecho. Los gobernantes, como buenos empleados, venden su fuerza de trabajo al mejor postor. Eso es todo. Unos lo llaman corrupción; otros funcionamiento normal de las dictaduras parlamentarias. No podemos esperar otra cosa de un sistema en el que todo y todos somos meras mercancías y cuyo único objetivo es el beneficio económico y la dominación. El PP es un granito más de la corrupción dentro de un sistema corrupto hasta la médula.

Un sistema político social que ensalza valores como el éxito, la competitividad, el crecimiento ilimitado, la posesión personal a través del ejercicio de la dominación y el fomento del consumo desmesurado y llevado al límite de lo absurdo lleva, irremediablemente, a la corrupción como vía rápida de conseguir todo esto. Así, el capitalismo, premia la corrupción como método a seguir en cualquier esfera de la vida.

Corrupción en la política cuando se usa el poder para el propio beneficio o el de terceros, corrupción en la esfera laboral cuando se pagan salarios de miseria y se exige la vida del trabajador, corrupción en la educación cuando se fomentan los valores capitalistas a sabiendas de que esto conlleva una sociedad desigual, corrupción en la sanidad cuando se medicaliza a las personas bajo cualquier pretexto y se ignoran los factores sociales y ambientales que nos enferman, corrupción en las relaciones sociales cuando se intenta aparentar lo que no se es a base de posesiones materiales sin sentido, corrupción en la justicia cuando sistemáticamente se criminaliza a la gente que lucha, corrupción en la universidad cuando la intelectualidad justifica y legitima un sistema criminal, corrupción en los servicios sociales al permitir la miseria oficializada en lugar de denunciar la injusticia social, corrupción en los medios de comunicación cuando sirven de altavoz del poder en lugar de avanzadilla de la sociedad, corrupción en los cuerpos policiales y militares que defienden los intereses del poder a sangre y fuego,…

Por eso, el poder pretende centrar toda la rabia y el desengaño de la gente en  la corrupción política, porque así mantiene intactos todos los otros ámbitos de corrupción, que son mucho más importantes para el buen funcionamiento del sistema. Al fin y al cabo un gobierno es lo más fácil de sustituir (incluyendo la jefatura de estado si hace falta). Si el PP no resiste el desgaste, se podría dar un par de situaciones que el sistema contempla: elecciones anticipadas con un más que previsible gobierno PPSOE puesto que no hay alternativa viable en la actualidad; o bien, un gobierno de tecnócratas impuesto por la Troika. La estrategia está servida: como siempre, el sistema se adelanta a los acontecimientos y lo hace antes de que tanta indignación y rabia se autoorganice creando una red de poder popular (cosa en mi opinión todavía poco probable pero, desde luego, para nada imposible). No hay que olvidar que todo el asunto lo destapa El País que es la voz oficial del capitalismo en España y lo secunda El Mundo que, además, aglutina al sector más nacionalista del sistema. Por tanto, parece claro que la elección del momento no parece casual.

Sin embargo, como cada vez que el poder se descubre, abre una ventana a la oportunidad de la respuesta popular y eso es algo que no podemos desaprovechar. Si la chispa que lance definitivamente a la gente a la calle son los sobres y la corrupción del PP, pues que sea. Pero que no se pierda la perspectiva de lo que realmente es el problema: el Capitalismo.

EN ESTE 2013

sábado, 5 de enero de 2013
Iniciamos un nuevo año y aunque sea un topicazo no podemos dejar pasar la oportunidad de hacer balance de lo pasado y realizar una pequeña reflexión sobre lo que está por llegar.
 
Venimos de un año que nos ha arrastrado un poco más hacia ese pozo sin fondo que es la estafa capitalista de la crisis. En su nombre (el de la crisis) todos los ámbitos de nuestra vida se han precarizado de manera radical hasta ponernos en una situación teóricamente insostenible, digo teóricamente porque la capacidad de aguante y la credulidad de las personas no deja de asombrarme cada día que pasa.

Más de once millones y medio de personas en riesgo de pobreza o exclusión social en todo el Estado, un paro cercano a los seis millones, un 22% de los hogares españoles (prácticamente 1 de cada 4) están por debajo del umbral de la pobreza, la brecha económica entre ricos y pobres se agranda a cada segundo, más de 80.000 desahucios a causa de la codicia y el terrorismo bancario,…

Todo esto acompañado por la actuación de un gobierno que al igual que su predecesor, se ha dedicado a realizar la doble función que tiene encomendada dentro del sistema capitalista: proteger y favorecer los intereses del capital (que al fin y al cabo son los suyos) y fortalecer su propia estructura, esencialmente represora. Así, venimos sufriendo la desposesión de todo derecho laboral y la imposición de un trabajo esclavo (o lo tomas o en la calle, hay cien mil que lo quieren, te dicen) en aras de eso que se llama competitividad y que no es otra cosa que abaratar costes de producción (a base de bajar salarios y subir jornadas laborales) para aumentar los beneficios empresariales. El progresivo desmantelamiento de los servicios públicos para poder hacer negocio y sacar beneficios de la educación y la salud de las personas; a la vez que dedicar miles de millones que dejamos de invertir en ellos, a transferirlos a las cuentas de resultados de los bancos. Sin olvidar una reforma educativa que pretende envilecer más si cabe la educación dejándola al nivel del mejor nacional catolicismo. Sin embargo, no todo lo “público” se desmantela. Hemos visto aumentar el gasto represor (policial y militar) y durante todo el año hemos tenido muestras de sobra sobre cómo el Estado trata a las personas que osan enfrentarse (ni que sea mínimamente) al sistema. La represión de cualquier tipo de protesta ha sido brutal y sin contemplaciones, palizas, agresiones, detenciones ilegales, multas, identificaciones aleatorias, persecución y un largo etcétera.


Esto es sólo un breve resumen, lo malo es que el 2013 se presenta infinitamente peor que el año pasado. La profundización en las políticas de recortes (austeridad es el término técnico) y desposesión de derechos irán en aumento. Amparados en los dictados del Mercado y la Troika y en la impunidad de la que se saben dueños, gracias a esa magnífica falacia de la representatividad de un pueblo, seguirán con la misma línea de empobrecer a la mayoría de la población para enriquecerse más y más un pequeña minoría que no tiene el más mínimo atisbo de remordimiento frente a la miseria y la muerte que están causando.

No debemos engañarnos, estamos todavía lejos de vivir un periodo revolucionario (de hecho está más cerca uno involucionario que otra cosa). No tenemos ni la conciencia ni la valentía suficiente (al menos de momento) para emprender ese viaje. Esto no es razón para desfallecer, todo lo contrario, es momento de redoblar esfuerzos y no dejarse agotar ante la abrumadora evidencia del triunfo del sistema.

En este 2013 debemos tener presente las dos líneas de lucha que tenemos ante nosotros.

Por un lado, tenemos la pelea del día a día contra la incesante pérdida de derechos y el aumento vertiginoso de la pobreza (tanto económica como social) a nuestro alrededor. Ahí están la lucha sindical, no necesariamente a través de sindicatos, en la esfera laboral; también tenemos los movimientos de defensa de los servicios públicos, la labor del activismo en defensa del derecho a la vivienda,… Todas estas luchas y muchas otras son necesarias e imprescindibles en estos momentos de necesidad material absoluta. Además, cumplen un propósito secundario como puerta de acceso a la lucha social de muchas personas que hasta la fecha vivían en la aparente tranquilidad del “Estado de bienestar” y del “Capitalismo amable”. Sin embargo, este constante ir a contracorriente de las decisiones políticas no puede ni debe convertirse en un fin en sí mismo, es decir, no podemos caer en la tentación de conformarnos con quedarnos como estábamos hace unos años. El peligro de sucumbir a los cantos de sirena lanzados tanto desde la socialdemocracia (y desde luego no me refiero al PSOE) como desde posiciones, apenas disimuladas, neofascistas acerca de que la gran solución pasa por imponer una regeneración democrática (qué miedo da esta expresión) y las oportunas regulaciones en las reglas de juego del capitalismo.

Así pues, hay que apoyar y participar de estas luchas pero no debemos perder la perspectiva de que hay una segunda línea de lucha, de fondo, de sacrificio, pero que es la que verdaderamente puede ofrecernos la posibilidad de llegar a ese cambio revolucionario tan necesario por el bien de la humanidad y del planeta.

Esta segunda línea parte de la conciencia de que no es posible vivir de manera digna y libre bajo este sistema cuyos cimientos se asientan en la explotación de todo y de todos hasta la muerte. Y sobre esta certeza y desde la que nos ofrece la observación directa acerca de que todo Estado no es más que un aparato montado para administrar y gestionar los asuntos e intereses comunes de la clase dominante y, para cuando la ocasión lo requiere, reprimir sistemáticamente a la población; debemos trabajar fuera del radio de acción y de las normas del sistema.

En lo personal, esta línea parte de la autoformación de esa conciencia crítica. Es imprescindible desconectarse del consumo acrítico de información y empezar a pensar por nosotros mismos. A partir de ahí, debe ser nuestro primer objetivo crear, apoyar y participar activamente en la creación o mantenimiento de iniciativas-proyectos que ofrezcan alternativas. Proyectos basados en la autogestión (es imprescindible no depender económicamente) y la horizontalidad, en formas de trabajo cooperativas y no competitivas que busquen el bien común y no el lucro individual. De esta forma es imprescindible el disponer de una red de medios de comunicación e información ajenos a la lógica del capital; es indispensable el fortalecimiento y la ampliación de las iniciativas cooperativistas y colectivistas como alternativa a la explotación capitalista; es necesario el empoderamiento político y social de todas las personas a través de asambleas populares donde poder participar y decidir sobre aspectos comunes vitales; necesitamos con urgencia la creación de un “sistema educativo” (por llamarlo de alguna forma) que ofrezca visiones y maneras diferentes de vivir.


En definitiva, hay que ser capaces de comprender que sin esfuerzo y sacrificio (obviamente acompañado de la alegría que da el ser coherente en tu día a día). No hay verdadero cambio sin estar dispuestos a perder todo aquello que creemos poseer, sin esto no es posible la ansiada revolución.
 

La solución violenta

jueves, 6 de diciembre de 2012

Impresiona a quien quiere actuar en los juegos sociales y políticos la ineficacia de los métodos de lucha empleados, así como la poca calidad de las victorias alcanzadas. Mucha energía se pierde en palabras –los desplegados engendran desplegados y los oficios otros oficios– y desgraciadamente la mejor fuerza se pierde en vana violencia.

América Latina se encuentra en una situación de injusticia que se ha llamado de violencia institucionalizada. La falta de estructuras económicas y culturales hunde a pueblos enteros en una escasez que genera dependencias y consecuentemente impiden las iniciativas. La promoción cultural y la participación social o política están vedadas. En todo esto se viola, mejor dicho todos violamos los derechos fundamentales del hombre.

Una ruptura cada vez más profunda aparece hoy entre la política y la moral, entendiendo la moral como el conjunto de los valores que establecen las bases del respeto al hombre y a todos los hombres. La política es ciencia de la acción y por consiguiente de la eficacia. Considerada en los términos que conocemos de una política de vista corta, algunos medios inmorales permiten alcanzar un fin próximo. No caigamos entonces en la ecuación: política-eficacia-inmoralidad. No es fantasía. El pueblo, en general marginado de la reflexión y acción políticas, así piensa. Sin embargo existe una eficacia moral.

La corrupción, la explotación y los poderes inconstitucionales, así como las actuaciones ilegales producen un clima de inconformidad que se puede calificar de continental.

Frente a este triste panorama la sangre arde y la solución violenta parece ser la única vía de solución1. Al negarse a la violencia de liberación contra el opresor, parece reconocerse implícitamente la imposibilidad de alcanzar solución alguna. Esta es la convicción consciente o inconsciente en muchos más casos, de que sólo la violencia es la alternativa de eficacia, dada la aparente invulnerabilidad de las estructuras de poder.

Los sistemas opresores, sean gobiernos o patrones, generalmente no se oponen a que sus adversarios utilicen cualquiera de las dos armas tradicionales: por una parte las palabras vuelan! En cuanto a la violencia ésta justifica el que su poder recurra masivamente a las “fuerzas del orden”.

Cuando los oprimidos deciden enfrentarse a los poderosos con las armas de éstos hay gran posibilidad de que sean rápidamente vencidos porque el armamento, el entrenamiento y la disciplina son desiguales en contra del débil. De aquí la ineficacia de la acción liberadora que aterra a quienes pretendemos llegar a ser hombres cabalmente en todas las dimensiones de la existencia.

Nace la primera reflexión totalmente lógica, que brota fuera de todos los dogmas y que en su sencillez hace sonreír a los líderes de tantas matanzas: si no adoptamos un método distinto para combatir todo género de injusticias “en lugar del desgastado método del levantamiento violento” (Gandhi), no hay esperanza de liberación para los oprimidos2. Sigue vigente en muchas mentes cierto romanticismo de la lucha armada y de la violencia. Las “virtudes” militares del honor, la patria y las medallas hacen olvidar las realidades sórdidas de esta lucha. Se habla muy superficialmente de los muertos haciendo de ellos simples contabilidades, nunca se habla de los dañados físicamente que son hombres aminorados, menos de los daños materiales que impedirán el desarrollo de la nueva sociedad “después de la victoria”.

1 Ernesto Cardenal, en Proceso, No. 56, Pág. 41.
2 Heriberto Sein, ¿Se puede luchar por la injusticia social y a la vez respetar al hombre?, México, 1970, 10 pág.

Fragmento del libro "Reflexiones sobre la No-Violencia de Juan María Parent Jacquemin"


REVOLUCIÓN E INMEDIATEZ

jueves, 29 de noviembre de 2012
El título de este post surge de la reflexión ante los acontecimientos que se van desarrollando a nuestro alrededor durante estos últimos años.
La aceleración de la destrucción de la mascarada que suponían los Estados del Bienestar ha dado paso al estupor en las sociedades del Norte opulento. Tras años de vivir el sueño capitalista sin mirar atrás, es decir, sin que nuestras mentes precarias hayan tenido siquiera la opción de pararse a pensar por un instante el precio que estábamos pagando por esa vida consumista y totalmente automatizada. Ni por un instante, la mayoría de nosotros, sopesamos el nivel de miseria, explotación y destrucción a la que estábamos (estamos) sometiendo a gran parte del planeta y a todo ser vivo, incluidos los seres humanos, que en él habitan. Porque no podemos engañarnos por más tiempo, no es posible una gestión humanizada del capitalismo. Ni capitalismo amable, ni verde ni nada que se le parezca. Este sistema requiere de explotación y de represión en grandes dosis; sino, no es posible. Y todo esto es inimaginable sin el soporte de los Estados. Hay una frase del historiador francés Braudel que dice: el capitalismo sólo triunfa cuando se identifica con el Estado, cuando es el Estado.
Esto es exactamente lo que está sucediendo ahora mismo. La identificación Capitalismo-Estado es absoluta. Frente a todas esas tesis que se empeñan en asegurar que la crisis actual (utilizo el término crisis para resumir la situación actual a sabiendas que esto no es una crisis sino una estrategia perfectamente orquestada para arrasar con cualquier atisbo de derecho que pudiéramos tener) se debe a la desregulación del sistema y al ataque neoliberal contra el Estado del Bienestar, afirmación ésta que da por buena la acepción anteriormente comentada del capitalismo amable, y que se resolvería con una buena regulación de los flujos económicos y, en el caso concreto español, con el cumplimiento de lo que refleja la Constitución del 78 (esa que consagra entre otras cosas al capitalismo como sistema y la explotación como método, o legitima la toma del poder por parte del ejército en caso de que lo anterior pudiera verse amenazado).
Esta lamentable tesis es la que se está imponiendo poco a poco tras el estallido de indignación por parte de una población que veía como se derrumbaba el maravilloso estilo de vida en el que estábamos inmersos. Gran parte de la contestación al sistema se ha ido encauzando desde unos inicios más o menos revolucionarios y esperanzadores, hacia una especie de respuesta socialdemócrata radical que básicamente consiste en el fortalecimiento de un Estado social y en la recuperación de derechos laborales y ciudadanos.
A nadie puede extrañarnos esta respuesta. Si pensamos por un momento de dónde partimos, vemos la infinitud de condicionantes que predisponían a una respuesta como ésta. Llevamos muchísimos años de dominación total por parte de la clase dominante bajo diferentes formas (monarquías, dictaduras, repúblicas, democracia parlamentaria) salvo pequeños momentos históricos y localizados muy puntualmente. Con todo lo que esto conlleva de adoctrinamiento en el espíritu de servidumbre y de resignación. Especial mención a las últimas décadas bajo el falso espejo democrático que se ha encargado de desarticular todo intento de creación y consolidación de respuestas populares y ha fomentado hasta implantarlo totalmente. Un hedonismo individualista basado el egocentrismo exorbitante que nos ha hecho desplazar el foco sobre el enemigo hasta situarlo sobre cualquiera que no sea nuestra propia persona y a interiorizar la culpa de todo lo que este sistema despiadado provoca. Por supuesto que en todo esto que comentamos hay que destacar el papel realizado por el sistema educativo y los medios de comunicación, ambos controlados y dirigidos por los mismos intereses. Con todos estos y muchos otros argumentos nos encontramos que cuando se intenta dar una respuesta por parte del pueblo ésta se convierte en efímera y se diluye lentamente en un sinfín de acciones tan valientes como estériles.
Esta respuesta se ha visto, a su vez, condicionada por varios factores; pero sólo quiero comentar un par de ellos, uno en el plano individual y otro en lo colectivo:
-          Desde el primer momento se ha entendido que la opción válida de hacer política es recuperar el espacio público y común para la acción política, entre otras razones por el hartazgo de las estructuras corporativistas de partidos y sindicatos en general. Esto derivó en la creación de asambleas populares, grupos de afinidad,… sin embargo el paso del tiempo y pasado el subidón revolucionario inicial se ha impuesto la lógica del sistema que nos hace egoístas y desconfiados de nuestros iguales, que nos convierte en seres incapaces de asumir un compromiso a largo plazo y con claras dificultades para compartir el esfuerzo y el compromiso. Obviamente esto como todas las generalizaciones no refleja fielmente el total de la realidad pero sí, creo, que una gran parte de ella.
-          En lo colectivo este desmembramiento de la respuesta popular ha posibilitado que sus restos fueran buscando alianzas en colectivos y partidos políticos de la llamada izquierda social y radical. Toda vez que todo este grupo de colectivos y partidos parte de la base de la exigencia al poder establecido o la toma del mismo por las vías que el capitalismo ofrece (es decir nulas para quien no sea capitalista) las respuestas se han ido matizando y reelaborando hasta encajar en este marco de acción convirtiéndose, así, en réplicas de lo ya existente. Por otro lado, los colectivos que se mueven fuera de ese ámbito y que no están interesados en la toma del poder sino en la construcción de alternativas viven inmersos en el constante dilema de mantenerse “puros” y por tanto verse reducidos a la invisibilidad.
Desde luego que el cambio no va a ser fácil, pero necesitamos pensar en un nuevo modelo social en el que todo el mundo tenga cabida mientras seguimos en la calle con la protesta. Ese modelo social implica, necesariamente, la participación de todas las partes. Y esto es lo más complicado: crear una manera de relacionarnos que se ajuste a todas las nuevas realidades y necesidades.
Es necesario realizar el esfuerzo personal de reflexionar y compartir estas reflexiones acerca de aquellas cuestiones que consideramos indispensables en la lucha anticapitalista e iniciar, de esta manera, la creación de un verdadero tejido social de lucha y oposición con ese componente de creación de nuevas formas de relacionarnos entre las personas y el medio.
La salida pasa por nuevas formas de organización y participación, en la que todo el mundo pueda (y lo haga) implicarse de manera directa. También pasa por romper esas cadenas mentales que nos unen a un modelo de vida, el capitalista, que no se corresponde con la esencia humana ni con nuestro lugar dentro de ese todo llamado Tierra. Pasa por recuperar la fe en nuestra propia potencia creadora y en aunar esfuerzos con el resto.
En definitiva, pasa por creer de verdad que ese otro mundo es posible y por desear que ese otro mundo sea una realidad. A partir de ahí, hay que obrar en consecuencia (a cada cual su historia personal, su conciencia político-social,… le hará seguir su camino en ese obrar en consecuencia) y, sobre todo, no desfallecer jamás.

Fuente: Quebrantando el Silencio 

REFLEXIÓN Y ACCIÓN

martes, 30 de octubre de 2012
El tiempo sigue pasando y lo que parecía una situación insostenible hace ya un par de años, se ha convertido en algo crónico. La teoría de la implosión del sistema, va dejando paso a la realidad de una simple vuelta de tuerca más y a la sensación de que todavía quedan muchas vueltas más habida cuenta de la respuesta popular que se produce.
Este panorama nos deja la extraña sensación de trabajar a paso cambiado, es decir, parece que las respuestas a los furibundos ataques del sistema son sencillamente eso: respuestas y, por tanto, siempre producidas por detrás en el tiempo y con mínimas posibilidades de éxito. Las respuestas son necesarias, imprescindibles pero no son suficientes si el verdadero objetivo es acabar con este sistema criminal llamado capitalismo que nos condena a la esclavitud y a la muerte. Necesitamos alternativas, otras formas de vivir y convivir con el resto de seres humanos y con el planeta.
Es imprescindible que todas las personas reflexionemos acerca de aquello que queremos para nuestras vidas y sobre todo aquello que consideramos injusto en nuestra manera actual de convivir. Para ello, debemos tener el arrojo de liberar nuestras mentes de todos aquellos dogmas inculcados y acceder a la información con un criticismo suficiente como para ser capaces de aceptar e integrar o rechazar aspectos y matices que consideremos válidos provengan de donde provengan.
Estas barreras mentales impuestas provienen en su mayoría de un sistema que siempre ha tenido claro qué valores inculcar y promover y cómo hacerlo. La enajenación a la que se somete a cualquier ser humano (especialmente si desarrolla su existencia en los mal llamados países democráticos) desde la infancia es constante. Sistemas educativos diseñados para crear autómatas sin capacidad de raciocinio; perfectamente dispuestos a acatar todo aquello que le está reservado en la vida; modelos sociales vacíos de contenido moral a los que admirar con la secreta esperanza de convertirse en uno de ellos; referentes culturales prefabricados con el único propósito de hacer olvidar la verdadera cultura: la cultura popular; un inmenso sector dedicado exclusivamente a entretener al personal cumpliendo de manera tan eficaz su objetivo que ha acabado por convertirse en el analgésico más potente jamás utilizado por el ser humano. Todo esto se refleja en todas las personas y sus acciones e, incluso, en aquellas que tienen y mantienen una trayectoria de contestación al sistema, y es necesario partir de este reconocimiento para, a partir de ahí, empezar a construir. Este efecto perverso del funcionamiento del sistema también tiene su influencia, de manera más dolorosa si cabe, entre aquellas personas que se posicionan en posturas llamadas antisistema. Así nos encontramos enrocados en nuestros propios dogmas y maneras de lucha sin ser capaces de reconocer lo positivo que puedan tener otras formas de hacer y pensar, dándose una situación de “o conmigo o contra mí” que inevitablemente nos encierra y nos limita dando nuevamente la ventaja al sistema.
En un sistema cuya mejor arma de desactivación es el individualismo llevado al extremo, la respuesta natural debe ser lo colectivo. El uso de nuestras capacidades para recuperar lo que por derecho es nuestro, el espacio público donde hablar, debatir y decidir por nosotros mismos es un primer paso, un buen primer paso, pero sólo eso.
El gran paso consiste en llevar adelante esas decisiones. Por ello, romper el egoísmo inducido en el que vivimos es imprescindible. Sin el compromiso y el sacrificio, sin la capacidad de creer y pensar en el otro, sin el esfuerzo que supone la formación personal para poder actuar con conciencia, es imposible siquiera hacerle un rasguño al sistema, y estoy convencido de que para llevar adelante nuestras decisiones habrá que hacerle mucho más que un simple rasguño.
Sin embargo la realidad nos demuestra que ni siquiera ese primer paso es factible sin una verdadera voluntad de ruptura. La inmensa mayoría de planteamientos que se proponen son meras continuaciones de la actual situación (eso sí bajo cualquiera de estas etiqueta de capitalismo amable, capitalismo de Estado, capitalismo verde,...), fundamentados en planteamientos inamovibles basados en conceptos y axiomas transmitidos de generación en generación sin el más mínimo atisbo de evaluación y reelaboración tan necesaria frente a un sistema capitalista en constante evolución.
Es necesario realizar el esfuerzo personal de reflexionar y compartir estas reflexiones acerca de aquellas cuestiones que consideramos imprescindibles en la lucha anticapitalista e iniciar, de esta manera, la creación de un verdadero tejido social de lucha y oposición con ese componente de creación de nuevas maneras de interrelación entre las personas y el medio. 
 
Nuestra pequeña aportación a este debate gira alrededor de un tema capital: Una sociedad de personas libres.
¿Es posible ser libre sin tener acceso a la información y a la decisión sobre todo aquello que nos afecta y rodea?
¿Es posible ser libre sin tener garantizada la subsistencia material?
¿Es posible ser libre en una sociedad con estructuras de control y de poder?
¿Es posible ser libre en un mundo dónde la única manera de obtener riqueza es a través del trabajo?
¿Es posible ser libre sin reconocer nuestro papel secundario dentro del planeta?
¿Es posible ser libre mientras haya un ser humano sometido por otro ser humano?
 
Estas preguntas y muchas otras que giran alrededor de otros temas considerados como importantes, necesitan nuestras respuestas, las de todo el mundo, y empezar a elaborar ese camino que debemos recorrer entre todas para llegar allí. Como siempre el tiempo apremia y sabemos de sobra que el camino es largo; por tanto, no debemos perder tiempo.

NO ME REPRESENTAN, NI ELLOS NI SU MUNDO

martes, 18 de septiembre de 2012
Ha resonado miles de veces ese grito del “no nos representan” en incontables actos de todo tipo y, para mí, sigue estando perfectamente vigente. Quiero, en estas líneas, personalizar el significado de esta expresión.
No me representan esos políticos encumbrados en un pedestal de lodo que toman decisiones que afectan a millones de personas con el único interés de servir a los poderosos, al partido y a sí mismos. Me da igual que no todos sean iguales, que existan unos menos malos que otros. Todos sin excepción colaboran con el orden establecido y con el modelo social que nos aboca a la inmensa mayoría a callar, agachar la cabeza y dar gracias por lo que creemos tener. Sean del signo que sean, perpetúan la condición de que para hacer política (en el sentido restringido que se le da a la expresión dentro del sistema capitalista) hay que ser del partido; sino eres un simple agitador o delincuente. Esto no es un discurso parafascista (aquello de ni de derechas ni de izquierdas, sin partidos pero bajo la bota opresora). Esto es una llamada antiautoritaria, es un grito contra los que se adueñan del control en nombre de los controlados.

Los partidos políticos con sus funcionamientos jerárquicos y sus múltiples cabecillas intermedios (en constante ascenso hacia la cúpula dirigente) son el escenario perfecto para el amiguismo, las corruptelas y las puñaladas por la espalda. Hace mucho tiempo que en el día a día de las organizaciones se antepone el quién soy y de dónde vengo a la validez del trabajo realizado. Muchísimos militantes de base podrían corroborar esto.

Todos contribuyen al mantenimiento de unas instituciones elitistas donde se toman las decisiones (gobiernos, parlamentos, comités ejecutivos, partidos, fuerzas represivas,…) siempre al margen del pueblo, sin posibilidad para nosotros.

Puedo comprender cuando la gente dice que el problema es el choriceo de los políticos y su falta de honradez. Lo comprendo pero no lo comparto plenamente, esa es tan sólo una pequeña parte del problema.

Si los políticos no se apropiaran de nuestro dinero, el sistema político, económico y social seguiría siendo exactamente el mismo: seguirían muriendo millones de personas cada año por la avaricia voraz de un sistema que engulle todo lo que necesita y vomita los restos cuando ya no le aprovechan; seguirían existiendo millones de niños trabajando como esclavos para complacer las exigencias de una parte de la población totalmente obnubilada por la sociedad de consumo y su imperiosa necesidad de poseer a cualquier precio; millones de mujeres seguirían siendo las víctimas propiciatorias de un sistema basado en la dominación del hombre sobre la mujer; se seguiría envenenando el planeta y acabando con él como si no fuera nuestro hogar (único y precioso hogar); continuaríamos viviendo en un mundo donde la propiedad privada y su acumulación servirá de justificación para el sometimiento de la inmensa mayoría por parte de una pequeña élite sustentada precisamente en esos políticos y el poder que se otorgan cuando dicen representar al pueblo sin rendir cuentas jamás.

En este contexto hay que tener claro que nunca una solución podrá ser el cambio de cromos. El sistema de representación parlamentaria a través de las urnas ha sido uno de los mayores, sino el mayor, método de desactivación política jamás ideado por el poder. A lo sumo, se puede conseguir una “dictadura socialdemócrata”, eso tan bonito del capitalismo amable (traducción: una buena parte de la gente que comparte tu territorio vive en la ilusión de estar más o menos bien pero al resto del mundo que le jodan) que espero que a estas alturas de la película ya no cuele (aunque me temo que todavía cuela y mucho).

Necesitamos pensar en un nuevo modelo social en el que todo el mundo tenga cabida mientras seguimos en la calle con la protesta. Ese modelo social implica, necesariamente, la participación de todas las partes. Y esto es lo más complicado: crear una manera de relacionarnos que se ajuste a todas las nuevas realidades y necesidades.

El esfuerzo es enorme pero la situación así lo requiere, estamos en una carrera salvaje hacia la dominación total. Ellos no van a parar, nosotros no debemos desfallecer.

Fuente: Quebrantando el Silencio

MENTES PRECARIAS*

martes, 10 de julio de 2012

* Una de las acepciones de precaria: que sólo es poseída como préstamo y a voluntad del dueño.

El desarrollo voraz del sistema capitalista y de su maquinaria de adiestramiento ha permitido alcanzar un nuevo estadio en la evolución de la mente humana, sobre todo en la llamada sociedad occidental: la mente precaria.

La mente precaria, a diferencia del resto, no se rige por la acumulación de experiencias, ni por el descubrimiento de patrones formales, ni por relaciones causales, ni por ningún otro parámetro habido o por haber. Se rige por las órdenes directas de su amo, quien en su infinita bondad le cede espacios de autonomía para dirigir los aspectos más básicos del día a día del cuerpo que le da cobijo, pero nada más.

Es decir, una “gran mente” (o el conjunto de los dominadores del mundo) rige a millones de mentes precarias (o la inmensa mayoría de los dominados) que vivimos en la más absoluta ignorancia con respecto a este hecho.

Hay que reconocerle cierto mérito a este sistema criminal. Aunque tengas todos los medios a tu alcance no es fácil conseguir este nivel de efectividad. Requiere de mucho tiempo y esfuerzo dedicado a manipular y adoctrinar generaciones enteras de mentes para alcanzar esta generalización de la precariedad mental. Ha sido necesario desplegar todos los tentáculos de una maquinaria infernal llamada capitalismo, al igual que ha sido imprescindible el soporte logístico ofrecido por su necesario aliado el Estado.

Alcanzar tan rotundo éxito sólo ha sido posible al situar en el centro de esta maquinaria al sistema educativo (convertido en obligatorio por el bien de la humanidad) desplazando a un segundo plano a la, hasta hace poco, estrella del amaestramiento de fieras: el sistema represivo (judicial, policial y penitenciario) que, no por ello, ha perdido su vigencia y su importancia sino que, simplemente, ha pasado a ser el plan B por si falla la educación de las mentes.

Sin duda, estos dos sistemas son el eje fundamental en el que se basa la precarización de la mente actual.


Si imaginamos la mente precaria como uno de esos adosados exactamente igual a los tropecientos que le rodean formando una urbanización (o sistema), tenemos que los pilares centrales encargados de aguantar la mayor parte del peso los forma el sistema educativo. Durante décadas, millones de personas hemos pasado por este filtro encargado de modelarnos y adecuarnos a las necesidades de cada momento histórico. La misma introducción de este sistema responde a la necesidad de producir en serie combustible humano para alimentar el engranaje de la recién llegada sociedad industrial. Desde ese mismo instante se vislumbró el potencial de la educación estatal y de la imperante necesidad de universalizarla. Esta necesidad se ha visto colmada independientemente del tipo de régimen político instaurado y de la supuesta orientación ideológica del mismo. En todos estos lugares el sistema escolar tiene un objetivo primordial más o menos oculto: transmitir y asegurar la asimilación de una necesidad de ser enseñados.

De esta forma se consigue que las personas nos desentendamos de la responsabilidad de nuestro propio desarrollo, allanando de esta manera el camino a la precarización de las mentes. Junto a esta enseñanza, también nos inicia en una sociedad en la que todo (valores, capacidades, necesidades, realidades…) es susceptible de ser producido y medido. Esto nos lleva irremediablemente a la aceptación de toda clase de clasificaciones jerárquicas, incluso a dar por válida y natural una sociedad estratificada en la que tu posición depende de valores totalmente mesurables. La escuela nos instruye para ocupar el lugar que el poder nos tiene reservado dentro de nuestro sistema social y para saber aceptar que esa posición no depende de cada uno de nosotros sino que está en función de una serie de parámetros (económicos, étnicos, origen social,…) que la “gran mente” se encarga de medir y catalogar.


Junto a estos pilares centrales de los que hablábamos tenemos toda una serie de tabiques que compartimentan nuestra mente precaria y que conforman esa sociedad para la que nos prepara la escuela: la sociedad de consumo. Vivimos en un sistema en que la capacidad de consumir/devorar (perfectamente medible) nos hace más o menos valiosos. Es nuestra obligación mantener a toda costa nuestro nivel de consumo si no queremos vernos degradados socialmente. Esto sólo es posible si somos poseedores de una mente precaria que nos impide vislumbrar tan siquiera el sadismo de este tipo de organización social. El consumo desaforado que ayudamos a mantener a cada paso sólo es posible a costa de la vida de millones de seres humanos, a fuerza de reducir a la condición de esclavitud a gran parte de la población mundial y a estar a punto de llegar a la meta en la absurda y desastrosa carrera por la destrucción del planeta.


Para mantenernos dentro de este terrible modelo social tenemos las paredes exteriores del adosado (es preciso señalar lo bien que la palabra adosado describe el concepto de mente precaria como algo no natural). Estos muros de contención están formados por el sistema represivo en que se basa todo Estado-Sistema (policial/militar, judicial y penitenciario). Nuestras vidas se rigen por unas leyes ajenas a nosotros, diseñadas y puestas en marcha por esa “gran mente” que nos domina precisamente para asegurar su control. Todo el sistema represivo está diseñado para impedir cualquier intento de subvertir el orden establecido y para asegurar que la distribución de los recursos en su totalidad se hace en la dirección correcta). Pero la élite dominante no se conforma con eso. Nuevamente, a través de la precarización de las mentes ha logrado que la inmensa mayoría esté totalmente de acuerdo con el sistema y esté dispuesta a apoyarlo hasta las últimas consecuencias. Nadie cuestiona la existencia de un ejército que tiene la potestad de tomar el mando de la situación en cuanto lo estime oportuno. No existe ninguna duda acerca de que los cuerpos policiales deben existir porque, al parecer, todos somos unos desalmados y necesitamos a alguien que se nos controle y nos reprima. Qué decir de las cárceles, vendidas como centros de reinserción (nunca he comprendido el significado de esto) pero cuyo principal objetivo es mantener recluido a cualquiera que sobre en este sistema (por su condición social, su manera de pensar, su origen étnico,…). Lo que es innegable, es que estos muros exteriores se van mejorando a cada minuto que pasa, haciendo de la mente precaria una fortaleza casi indestructible.

Por último y como es sabido, los adosados (mentes precarias) suelen formar parte de urbanizaciones (grupos sociales). Aquí entra en juego el último elemento de la jugada maestra de la “gran mente”, los jardines que embellecen y mantienen unidos a todos los elementos del grupo social. Estos jardines están formados por los medios de desinformación masiva y por la industria del entretenimiento. Estas dos vertientes se conjugan perfectamente creando todo un mundo de apariencias en el que vive la mente precaria. Nos suministran la información precisa para hacernos ver lo afortunados que somos, y lo mal que podríamos llegar a estar si se produjera cualquier alteración del orden establecido. Nos ayudan a crear una identidad colectiva (reforzada por la industria del entretenimiento) mostrándonos a los nuestros y marcándonos a nuestros enemigos. Este doble sistema (desinformación y entretenimiento) hace que las mentes precarias ocupen toda su capacidad en espejismos y cortinas de humo (no sea caso que todo lo descrito anteriormente haya dejado el mínimo resquicio a la capacidad crítica que se nos presupone a los seres humanos) y las mantiene en una falsa actividad durante toda su existencia.

El plan es absolutamente genial pero, como todos los grandes planes, no es infalible. La clave es ir al origen, a los cimientos de la mente precaria y no desperdiciar energías en luchas estériles por podar el jardín o cambiar el color de los muros.

El principio del fin de esta dominación pasa por romper con el sistema educativo (de adiestramiento), con sus enseñanzas sobre todo las ocultas. Pasa por recuperar el control en nuestro proceso de autoconstrucción como seres humanos y en poner en primer plano la libertad en todos sus ámbitos. También pasa por reconocernos como iguales pero no en la precariedad mental sino en la potencialidad de construir nuevos cimientos que todos poseemos.
 
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