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Aumento de tarifa en el metro del DF...ese gran timo

miércoles, 11 de diciembre de 2013
Primera parte...



Segunda parte...

NO SOMOS CULPABLES

jueves, 24 de octubre de 2013
Largos debates, conversaciones con cierto sabor a resentimiento y desesperanza giran en torno a la falta de reacción social ante la ofensiva desatada por los grandes capitales y los centros de poder político siempre ansiosos por ampliar sus beneficios económicos en primer término, y como objetivo de fondo aumentar la capacidad de dominio sobre el resto de seres que habitan el planeta.
Durante mucho tiempo el sistema social se ha encargado de ir destruyendo el tejido social en el que las personas se apoyaban siempre para tratar de vivir una vida lo más acorde posible a su modo de sentir. Precisamente ahí, en el modo de sentir, es donde ha centrado gran parte de sus esfuerzos el poder.
Muy pronto se dieron cuenta de la importancia de modificar esa manera de sentir que incluía una visión colectiva de la vida, una forma de sentir que incluía al otro, al entorno natural que se consideraba parte inseparable de la propia vida, y que provocaba que la vida fuera vivida en común.
Obviamente, para que un sistema basado en la avaricia, en la imperiosa necesidad de poseer más y más funcione se necesita romper esa idea de lo común. Se necesita atomizar al ser humano y romper los lazos que le conectan con el resto para convertirlo en un autómata perfectamente dispuesto a cumplir con el papel asignado en la función capitalista. Sólo con la desconexión entre iguales es posible desentenderse de los problemas ajenos y desligar los propios de los globales, y de ahí  a no tener ningún problema a pasar por encima de quien sea para seguir adelante (sin saber muy bien hacia donde) hay un paso bien pequeño.
Y así lo ha hecho, como siempre usando esas poderosas maquinarias que utiliza a su antojo como son el sistema educativo, los medios de información y la industria del entretenimiento (el sólo hecho de que exista algo llamado industria del entretenimiento da la medida del éxito obtenido por el sistema en su proceso de desconexión del individuo con su entorno)
Se ha potenciado tanto lo individual que se ha traspasado la línea que separa el necesario desarrollo de la persona con esa zona oscura donde el egoísmo lo puede todo.
Durante muchos años se ha ido potenciando una sibilina manera de modelar la personalidad humana basada en la suprema importancia de la satisfacción de las necesidades personales. En esto, tiene mucho que ver la infiltración de las ciencias psi, especialmente la psicología, en todos los ámbitos del control social mejorándolos y perfeccionándolos hasta límites insospechados. (Este tema da para mucho más y trataré de ampliarlo en otra ocasión).
Junto a la importancia de esa satisfacción, se induce la creencia del mérito personal y, por tanto, la falsa ilusión de que todo lo que nos ocurre en la vida es consecuencia única y exclusivamente de nuestros actos. Es decir, queda eximido de toda responsabilidad el sistema político, económico y social. Todo es fruto del hacer individual independientemente de cualquier condicionante.
Esta excelente estrategia de control social ha desactivado casi cualquier posibilidad (es obvio que el casi no incluye a todas esas personas que si reaccionan y se esfuerzan en construir otra forma de vivir, cada uno a su manera) de reacción social y al pasar de los años ha conseguido dejar una ingente cantidad de personas que no salen de su asombro y estupor ante la actual situación. Una gran masa de gente que no llega a comprender qué salió mal. Siguieron las instrucciones al pie de la letra, se dedicaron en cuerpo y alma a cumplir con lo que el sistema esperaba de ellos y ahora se encuentran en una situación de indefensión absoluta. Y lo qué es peor, absolutamente convencidos de qué ha sido culpa suya.
Personas que han cumplido con su labor de asalariados durante años y ahora se ven como seres inservibles sin saber por qué, jubilados que tras entregar hasta la última gota de sudor han visto como todo lo que con esfuerzo consiguieron juntar para pasar sus últimos años se ha evaporado, varias generaciones convencidas de que estudiar era lo que debían hacer para alcanzar la vida que el sistema les ofrecía y se encuentran con la cruda realidad de ser mano de obra sobrante, y así un largo etcétera de personas y situaciones diversas. Todas ellas con algo en común, un sentimiento de culpa inoculado por el sistema y con una nula capacidad de reacción fuera de los cauces que el propio sistema ofrece.
Es necesario tratar esta cuestión con lógica. Si hemos seguido las normas que nos debían guiar al buen vivir según el sistema y esto no se ha producido sólo hay una posible conclusión lógica: no somos culpables, entonces ¿quién es el culpable? Todos los dedos deben apuntar en la misma dirección: el sistema capitalista. Por tanto, sólo puede haber una salida posible, acabar con él.
 

Utopodcast - Análisis de Coyuntura

sábado, 29 de diciembre de 2012
¿Qué es un análisis de coyuntura?, ¿para qué sirve?, ¿cómo se hace?, esas y otras preguntas respecto al tema tratarán de ser respondidadas en este audio.
Una herramienta útil para el estudio de la realidad, la sociedad y la creación de estrategias de acción.

Koan

Link a los textos que se leyeron en el podcast:
Primer texto análisis de coyuntura 
Descarga al segundo texto de análisis de coyuntura 

¿EDUCACIÓN PÚBLICA? SÍ, PERO DE VERDAD

martes, 16 de octubre de 2012
Volvemos a las andadas. Nuevo gobierno y ya tenemos nueva ley educativa (en este caso la LOMCE, Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa). Poco han esperado para lanzarla pero claro es lo que tiene la mayoría absoluta, que ni se molestan en guardar las formas.
Esto no es nada nuevo, cada gobierno ha lanzado su reforma educativa, cada una con sus matices ideológicos (por supuesto jamás poniendo en tela de juicio el orden establecido). Sin embargo, estos matices son los que sirven para encender la mecha del “debate político” y dejar de lado lo importante de la cuestión.
Ahora tocan las reválidas, la eliminación de educación para la ciudadanía, la segregación sexista, la exaltación de la patria… Por supuesto, toca el tema estrella cuando gobierna la cara derechona del sistema: la privatización de la educación y el trato de favor hacia la educación privada (mayoritariamente religiosa).
A todo esto hay que añadir el recorte radical que sufre el presupuesto dedicado a educación y lo que esto conlleva: menos profesorado, más alumnos por aula, no cubrir bajas, el despido de miles de interinos, la reducción de las rutas de transporte, de las becas, del servicio de comedor (la polémica de los tuppers es demencial). Como gran novedad incluye un bufón como ministro de educación.
Vale decir, y que quede claro, que entre la educación pública, tal y como se entiende mayoritariamente, y la educación privada hay que luchar y defender la pública. La cuestión que aquí queremos destacar es que la lucha no debe quedarse ahí.
Percibo un más que comprensible cansancio a mi alrededor por parte de la gente que un día sí y otro también sale a la calle a protestar contra toda la batería de reformas y leyes con las que nos golpea el poder. El sistema ha acelerado su marcha en la parte del globo en la que vivimos (en otras latitudes llevan siglos sufriéndolo) y la reacción se está desarrollando a alta velocidad. Tan rápida va, que ya empieza a desgastarse. Y es que este sistema tiene la gran virtud de haber conseguido encauzar toda la contestación en defender cuestiones y aspectos que son claramente favorables al mantenimiento y al reforzamiento del propio sistema. Nos explicamos:
Llevamos mucho tiempo defendiendo un sistema público de educación frente al modelo privatizador por el que aparentemente apuesta el neoliberalismo. Hemos creado plataformas para ello, hemos tragado salir con los sindicatos pactistas y con otros que claramente trabajan para la patronal, hemos gritado, nos hemos asambleado y hemos hecho mil y una acciones para defender esa educación pública. Sin embargo, no debemos perder de vista que ese sistema de educación pública que defendemos no es más que una engrasada maquinaria de fabricar millones de peones desechables para el sistema y un buen puñado de obreros especializado y mandos intermedios que en un futuro serán los modernos cipayos de nuestra sociedad.
Hay diferentes estrategias para conseguir que defendamos un sistema que no es perjudicial, se mire como se mire. En los últimos años, con la llegada de ese capitalismo salvaje llamado neoliberalismo, ha sido el fantasma de la privatización del servicio. Esta estrategia ha forjado la idea de que la educación va a ser exclusivamente para ricos (siempre dentro del esquema educación igual a escolarización) y, por tanto, favorece el surgimiento de la protesta popular a favor del sistema educativo público para regocijo del Estado que contempla complacido cómo nos dedicamos como posesos a defender su sistema de adoctrinamiento favorito.
En el tema educativo hemos caído (como en casi todos los ámbitos) en la lucha por el mal menor. Decimos aborrecer el sistema capitalista y la esclavitud y pobreza que genera y, sin embargo, nos dejamos el aliento en ponerle parches una y otra vez, de tal manera que al final sólo conseguimos reformarlo y reforzarlo. Transformando la lucha social en un motor de refinamiento del sistema.
La educación es algo en lo que hemos dado el brazo a torcer desde hace mucho tiempo. Hemos aceptado la ecuación que propone el poder de que educación es igual a escolarización, permitiendo de esta manera que sea el Estado el que decida qué conocimientos, valores y actitudes debe poseer cada persona. Por supuesto, la decisión es totalmente favorable a sus intereses y convierte el sistema educativo en el arma más poderosa de dominación y transmite el mensaje de la necesidad que tenemos las personas de ser enseñadas y aleccionadas en las cosas supuestamente más importantes para nosotras. Todo este mecanismo de dominación lo envuelve el poder con el manto del Estado social, bajo el pretexto del derecho universal a la educación, sin embargo, lo que realmente pretende y consigue es que el pueblo crea que no es posible la educación sin el sistema educativo estatal. Y, así, convierte este derecho en el derecho universal al sometimiento. De esta forma se consigue que las personas nos desentendamos de la responsabilidad de nuestro propio desarrollo y deleguemos en el Estado paternalista. Junto a esta enseñanza, también nos inicia en una sociedad en la que todo (valores, capacidades, necesidades, realidades…) es susceptible de ser producido y medido. Lo que nos lleva irremediablemente a la aceptación de toda clase de clasificaciones jerárquicas, incluso a dar por válida y natural una sociedad estratificada en la que tu posición depende de valores totalmente mesurables. La escuela nos instruye para ocupar el lugar que el poder nos tiene reservado dentro de nuestro sistema social y para saber aceptar que esa posición no depende de cada uno de nosotros; sino que está en función de una serie de parámetros (económicos, étnicos, origen social,…) que la maquinaria estatal se encarga de medir y catalogar.
Por supuesto, como he dicho anteriormente, hay que defender la educación pública. Pero hay que ir más allá en esa defensa. Hay que crear una verdadera educación pública basada en la participación de todos frente al modelo de expertos vigente. Hay que cambiar el paradigma actual en el que es imprescindible la acreditación estatal de cualquier habilidad para poder ejercerla como si el único lugar donde se puede aprender fuera la escuela. Hay que apostar por una gestión colectiva y por un papel protagonista de las personas que desean aprender independientemente de la edad que tengan. Y, sobre todo, hay que dejar que sea cada cual el que decida su camino y a qué ritmo quiere recorrerlo.
Fuente: Quebrantando el Silencio @Quebrantando

LA CRISIS FAVORECE LA REPRESIÓN SOCIAL

sábado, 11 de febrero de 2012
Como advertíamos en el anterior post, uno de los pilares defensivos del sistema frente a las crisis cíclicas e inducidas por él mismo es la militarización del Estado en aras de la seguridad frente a las hordas de bárbaros dispuestos a pelear.
En repetidas ocasiones hemos hablado del exorbitante gasto militar que el Estado español realiza poniendo de relieve cuáles son sus prioridades. Baste mencionar que en el pasado 2011 (a falta de liquidar los presupuestos que siempre aumentan la cantidad final) la cifra superó sobradamente los 17.000 millones de euros. Sólo imaginar cuantas situaciones angustiosas podríamos haber eliminado con esos miles de millones puestos a disposición del pueblo. Obviamente, el Ministerio de la muerte (mejor nos acostumbramos a llamarlo por su verdadero nombre) ha sido de los que menos ha visto recortado su presupuesto y las inversiones en I+D militar han aumentado en porcentaje con respecto al total de las inversiones.

Hasta aquí, queramos o no queramos, todo normal. Esta es la dinámica habitual de cualquier Estado. Sin embargo, en los últimos días hemos visto cómo se han dado un par de pasos que elevan el nivel de la militarización a cotas superiores.
En primer lugar, la compra de material antidisturbios a gran escala por parte de un Gobierno que un día tras otro nos hace creer que no hay dinero ni para comer. Casi millón y medio de euros gastados en artefactos para el control social. Esta cifra puede parecer ridícula acostumbrados como estamos a escuchar a diario cifras de miles de millones, sin embargo, si la comparamos con los 140 mil euros que se gastaron en 2007 (cuando las cosas iban viento en popa al parecer) enseguida vemos la dimensión de la compra. Esto responde al rearme que está haciendo el Estado por si sus intentos de canalizar la rabia del pueblo no funcionan (patético Rajoy pidiendo una huelga general y patéticos los sindicatos siguiéndole el rollo). No obstante, éste no es el movimiento más preocupante.

Recientemente, ha sido nombrado el nuevo director de Protección Civil y Emergencias. Por primera vez, se ha nombrado a un militar como máximo responsable de un ente hasta la fecha supuestamente civil. La designación del general de brigada Juan Antonio Díaz Cruz deja bien claro cómo el Estado pretende reforzar su poder de control social. La explicación oficial es que al ser militar tiene buena relaciones con la UME (Unidad Militar de Emergencias) unidad creada para dar esa imagen que tanto nos gusta de militares buenos al servicio del pueblo tipo cascos azules y demás chorradas por el estilo. Podemos darle la vuelta al argumento utilizado por el Gobierno y vemos cómo el nombramiento de un militar facilita más, si cabe, el control de este ente civil por parte del gran baluarte del sistema: el ejército.
Juan Antonio Díaz Cruz no es un militar cualquiera, sino un integrante de la alta jerarquía castrense. Ha ocupado la jefatura de la brigada de la Legión destinado en la guerra de Irak. También ha estado en Sarajevo con la Eurofor y ha sido miembro de las COE (Unidades de operaciones especiales). Pero lo más importante es que ha sido coronel jefe de la Guardia Real y ayudante de campo del rey. Esto es parte del currículum de este angelito.

Todo parece indicar que el Estado ante un previsible estallido social (previsible no significa que vaya a suceder, hay muchos factores que tienen al pueblo totalmente subyugado a los designios del sistema) se está reforzando, todavía más, para poder tomar el control de las calles. No hay que olvidar que nuestra “amada” Constitución permite esto y mucho más.

Fuente: Quebrantando el Silencio

LA MEDICALIZACIÓN DE LA VIDA

martes, 3 de enero de 2012
“La medicina ha avanzado tanto que ya nadie está sano”. Aldous Huxley.

La industria farmacéutica es, según la ONU,  una de las que más beneficios obtiene, tan sólo por detrás del comercio de armas y del narcotráfico.

Según el British Medical Journal, resulta fácil inventarse nuevas enfermedades y tratamientos. Muchos procesos normales de la vida pueden medicalizarse. El aumento de los diagnósticos en los países industrializados ha adoptado unas proporciones grotescas. Los médicos dicen haber hallado alrededor de treinta mil epidemias, síndromes, trastornos y enfermedades en el Homo Sapiens. Para cada enfermedad hay una pastilla. Cada vez con mayor frecuencia, para cada nueva pastilla hay una nueva enfermedad. Esto se conoce como disease mongering (tráfico de enfermedades). Los traficantes de enfermedades obtienen su dinero gracias a las personas sanas a las que convencen de que están enfermas.
Una vez una enfermedad inventada se ha introducido en la conciencia de la gente, los pacientes y la seguridad social pagan los medicamentos y las terapias correspondientes. Hasta el momento, todas las reformas de la sanidad han obviado la oportunidad de acabar con la medicalización: no existen obstáculos para la explotación legal de la seguridad social y de los crédulos que lo pagamos de nuestro bolsillo.
BigPharma es la asociación que aglutina a las grandes multinacionales del sector farmacéutico, estas empresas generan unos beneficios económicos superiores a cualquier otro sector de la economía, es decir, el comercio de algo tan fundamental para la vida como las medicinas es uno de los negocios más lucrativos que existen y supera la línea de la inmoralidad con creces. Este negocio se fundamenta en dos grandes pilares: las patentes y la regulación del comercio.
En el caso de España existen dos tipos de patentes médicas: por un lado están las patentes de procedimiento que se otorgan a los medicamentos anteriores al año 1992 y que duran diez años; por otro lado están las patentes de producto que tienen una duración de veinte años. Esto significa que durante veinte años nadie puede fabricar ni comercializar sin permiso expreso de la empresa propietaria ninguno de los medicamentos patentados.
La industria farmacéutica se defiende diciendo que si no existieran las patentes no habría innovación ni investigación en fármacos puesto que sin la exclusividad del comercio no se pueden pagar los altos costes de la investigación. Esto está muy bien, sin embargo, el sistema de patentes hace muchos años que funciona y la tasa de innovación disminuye año tras año. Lo único que aumenta es el número de medicamentos réplica (medicamentos básicamente iguales a los ya existentes) que no aportan ningún beneficio terapéutico pero que contribuyen a la cuenta de beneficios de estas empresas.
También hay que destacar que la industria se defiende diciendo que sin investigación los países más pobres jamás podrán superar su continuo estado de emergencia sanitaria. No obstante, apenas el 1% de los medicamentos que aparecen tienen relación con las enfermedades que devastan a esos países ya que todo el capital científico de las empresas se destina a la creación de fármacos encaminados a la venta en los países más desarrollados donde los beneficios son inmensamente mayores.
Es evidente que el uso de las patentes sólo sirve para una cosa: dejar morir a 30.000 personas diariamente por no tener acceso a medicamentos esenciales y a que haya más de 2.000 millones de personas no tengan acceso a la asistencia sanitaria básica.
Un ejemplo de cómo actúan estas compañías: en nuestro país Farmaindustria (así se llama la patronal del sector) propuso hace unos años al gobierno español invertir 300 millones de euros en investigación de enfermedades raras durante cinco años, a cambio de tan generoso gesto pidieron que se endureciera la protección sobre las patentes de fármacos (al parecer veinte años de monopolio les parece poco tiempo para forrarse).

Como vemos las farmacéuticas prefieren dedicar su esfuerzo a producir medicamentos para las sociedades opulentas, a pesar de que pudiera parecer que con la universalidad de la asistencia sanitaria (en estas sociedades) debería ser justo lo contrario puesto que gozamos de una elevada calidad de vida según la OMS. ¿Qué es lo que nos venden?

Las grandes empresas dedican un tercio de sus ingresos y de su personal a lanzar medicamentos al mercado, a sabiendas de que cuentan con la complicidad de la administración y de un amplio porcentaje del sector médico dispuesto a vender sus conocimientos para servir a sus intereses. Pero no se contentan con eso, sino que su estrategia fundamental es el trato directo con el paciente/consumidor despertando su necesidad de un tratamiento médico. No es casualidad el auge de la automedicación y de las revisiones constantes fomentadas desde todos los ámbitos de la sociedad (centros educativos, de trabajo, médicos y medios de comunicación). En este sentido, la industria llega a crear asociaciones de personas afectadas para dar a conocer las enfermedades a toda la población.

Las cinco variantes del comercio de enfermedades con personas sanas:
-         La venta de procesos normales de la vida como problemas médicos.
El colesterol es un componente vital del cuerpo humano, y el cerebro, por ejemplo, precisa grandes cantidades de colesterol: el órgano pensante se compone entre un 10 y hasta un 20% de colesterol. La mayoría de las células del cuerpo pueden fabricarlo cuando no está presente en la alimentación. Afortunadamente, pues sin esta molécula las células irían a pique. Sin embargo, nos sentimos aterrorizados ante la idea de un colesterol elevado, ¿por qué?
El colesterol no fue malo hasta que se lanzó una campaña mundial detrás de la cual estaban la farmacéutica Pzifer, Roche Diagnostics, la fabricante de margarina Becel y asociaciaciones de cardiólogos privados. Entre todos ellos, inventaron estudios, fijaron los niveles a partir de los cuales era malo tener colesterol e idearon las supuestas soluciones. No existen estudios científicos que demuestren que tener más de 200 de colesterol sea peligroso, sin embargo, millones de personas se medican diariamente por esta razón.
-         La venta de riesgos como enfermedad.
El claro ejemplo es la osteoporosis, que ha pasado, en pocos años, de ser una posible complicación normal que sucede con la edad, a una dolencia que afecta a todas las mujeres y, cada día que pasa, a más hombres. Este cambio inducido por la industria y secundado por los médicos ha posibilitado la venta de millones de tratamientos.
-         La venta de síntomas poco frecuentes como epidemias de extraordinaria propagación.
Un ejemplo usual es la disfunción eréctil. Desde la aparición de la Viagra, Pfizer (su fabricante) ha inundado los medios con estudios que aseguran que su prevalencia es del 50% (unos de cada dos hombres la padece). Baste decir que el índice más alto encontrado en un estudio científico serio en España es del 12%.
Pero, los hay de proporciones gigantescas como las diferentes variantes de gripe (aviar, porcina,...) que periódicamente amenazan con acabar con la humanidad.
-         La venta de síntomas leves como indicios de enfermedades más graves.
Aquí podríamos hablar del síndrome del colon irritable, grave enfermedad fruto de tres años de una agresiva campaña de marketing de la compañía GlaxoSmithKline. Esta campaña consiguió que este síndrome pasara de trastorno psicosomático a enfermedad real precursora de otras mucho peores (menos mal que ya tenían el medicamento preparado para vender que si no...).
-         La venta de problemas personales y sociales como problemas médicos.
Es increíble cómo se puede presentar el estado de ánimo de cualquier persona como enfermedad psiquiátrica. Un ejemplo: la empresa Roche lanzó una campaña en Alemania por la que de la noche a la mañana millones de personas que, hasta ese momento eran tímidos, pasaron a sufrir un grave trastorno conocido como fobia social que, afortunadamente se logra estabilizar (que no curar) con un antidepresivo oportunamente comercializado por Roche.
Este apartado es especialmente importante porque no sólo lucra a las farmacéuticas sino que ha encontrado la total complicidad de los aparatos sanitarios estatales hasta tal punto que hoy en día cualquier médico de familia te receta un antidepresivo (basta decir que no puedes levantarte por las mañanas) o un tranquilizante (para poder descansar por la noche) si se lo pides. Hace años esto quedaba estrictamente enmarcado en el ámbito de la salud mental pero gracias a la acción del Estado se ha convertido en una de las mejoras formas de control social (encima lucrativa a más no poder).

Toda esta situación se ha favorecido con la regulación del comercio de medicinas. Aquí aparece en escena la OMC (Organización Mundial del Comercio) que no es otra cosa que un lugar donde los países más ricos imponen su ley al resto del mundo. Este club de comerciantes que es la OMC se refiere a las medicinas como mercancía cuya finalidad es servir a la rentabilidad de las empresas farmacéuticas. La OMC ha proclamado con los hechos que el derecho al comercio y al lucro prevalece sobre el derecho de los seres humanos. Esto ha provocado que, por ejemplo, Pfizer (primera compañía mundial) tiene un presupuesto anual superior al PIB de un país como Suecia.
Las leyes del mercado no son las únicas que impulsan la propagación de la medicina. Su rápido avance también se debe a que desde hace décadas la medicina no ha conseguido ningún éxito. Curiosamente, coincide bastante en el tiempo el momento en que dejan de producirse avances médicos con el momento en que se regula el comercio y se declara a los medicamentos como una mercancía cualquiera. A partir de ese momento, el objetivo de la investigación médica cambia y deja de buscar soluciones a las enfermedades para empezar a buscar medicamentos que cronifiquen los problemas pero que no los solucionen. Para hacernos una idea del negocio de la medicalización baste decir que mientras la Organización Mundial de la Salud reconoce que hay apenas unos 400 medicamentos útiles para la salud humana, alrededor del mundo se comercializan más de 50.000.


En los países ricos los medicamentos suponen alrededor del 30% de todo el gasto en salud. En España el gasto sanitario público ronda los 65.000 millones de euros, es decir, que alrededor de 20.000 millones se destina a medicamentos y terapias.
Este enorme coste se suele justificar, como hemos visto, con el argumento de que las compañías farmacéuticas invierten sus beneficios en la investigación y desarrollo de nuevos productos que alargan la vida, mejoran la calidad de vida y evitan tener que recurrir a tratamientos más costosos. Pero la realidad es que la industria farmacéutica invierte el doble en promoción que en I+D, que ésta no es ni debería ser tan cara como se dice, y que la mayoría de los nuevos fármacos no son en realidad tan nuevos, sino versiones modificadas de otros ya disponibles y menos costosos. Se dice que un medicamento es eficaz cuando en realidad sólo es superior a un placebo en algún aspecto (y no necesariamente en todos). Para aprobar un nuevo fármaco, la legislación de la UE sólo exige que se demuestre que es superior a placebo como si viviéramos en un vacío terapéutico. Antes de su aprobación, los nuevos fármacos no son comparados con los anteriormente disponibles. Una vez más, vemos como toda la legislación está encaminada a favorecer el negocio de las grandes empresas. Hasta en el caso de la salud de los seres humanos, lo primero es el beneficio económico.

En la UE, la Agencia Europea para la regulación de los medicamentos es la encargada de decidir que medicamentos pueden ser vendidos debido a su efecto beneficioso sobre la salud. Sin embargo, la Agencia Europea recibe el 80% de su presupuesto directamente de la industria farmacéutica con lo que nos podemos imaginar su objetividad a la hora de regular este tema.

Los dirigentes de las compañías farmacéuticas rinden cuentas ante los accionistas y este hecho explica su comportamiento, pero los dirigentes del Estado y de los sistemas de salud deberían rendir cuentas ante el pueblo. Cuentas sobre su responsabilidad por la patología de origen iatrogénico. Cuentas sobre su responsabilidad por el expolio económico y cultural del sistema de salud por la industria tecnológica. Cuentas sobre la transparencia en la toma de decisiones.

Finalmente, en esta sociedad jerarquizada en la que vivimos la medicina, en formas diferentes según la cultura, ha sido y es una forma de poder (dominación sobre los demás) basada en la magia. Sólo que en la actualidad la magia se reviste de argumentos aparentemente científicos. La atención a la salud está cada día más impregnada de valores de mercado, y las funciones de cuidar, curar y rehabilitar han perdido la centralidad. Es el ejercicio de este poder lo que una vez más une a los grandes capitalistas con los Estados. Beneficios económicos para el Capital y control social para el Estado. Esta es la combinación perfecta para que nada cambie.
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