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Con motivo del aniversario de la Carta de Jamaica

martes, 9 de septiembre de 2014
Aunque es un texto escrito por y para nuestros hermanos bolivarianos, creo que atañe a todos los que, junto a Bolívar, soñamos con una gran Patria Nuestroamericana!

Con motivo del aniversario de la Carta de Jamaica
Osly Hernández; Colectivo Social SURCO

El rol histórico de la Quinta Vicepresidencia en el escenario internacional


El pasado martes, el Presidente Nicolás Maduro anunció una serie de cambios en el gabinete ejecutivo, en aras de iniciar una nueva fase de la revolución que sintetizó en cinco estrategias para “sacudir” de la Patria los vestigios de la ineficiencia y la corrupción heredados del Estado burgués, y avanzar a paso galopante en los mandatos de la Ley Plan de la Patria.

Entre los cambios habló de la creación de una nueva Vicepresidencia para la Soberanía Política, que tiene por objeto atender los asuntos alusivos a la seguridad interna, el desarrollo de los cuadrantes de paz, la comunicación estratégica y el abordaje de la política internacional del país, por lo que reúne a los ministerios del poder popular para la Seguridad y Defensa; Comunicación e Información;Interior, Justicia y Paz y Relaciones Exteriores.

Esta configuración parece anunciar una etapa intensa para la revolución, que coloca al componente comunicacional y las relaciones internacionales por primera vez en el papel de la defensa integral de la Nación. Y es que para nadie es un secreto que posterior a la muerte del gigante de la América contemporánea, el Comandante Hugo Chávez, han arreciado los ataques hacia nuestro Patria, lo que nos debe llevar a tomar medidas más eficientes en este sentido.

En el caso de las relaciones internacionales, resulta imperioso avanzar hacia la consolidación de la CELAC y la UNASUR, y en especial de sus políticas monetarias, de intercambio económico con valores de justicia social y complementariedad, y de defensa mutua. Colocar a Rafael Ramírez al frente de esta misión, dada su experiencia económica e internacional, puede dinamizar este proceso y lograr un salto cualitativo en el sueño bolivariano de la UNIDAD, que dibuja ampliamente en su Carta de Jamaica.

Para Bolívar, su mayor deseo fue “ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria” y es en este documento donde fija la intención de avanzar en la construcción del primer organismo internacional nuestro-americano, que respondiera a nuestros intereses y particularidades. Más adelante, en la constestación de ese americano meridional a un americano “de esta Isla” (como titula la carta escrita tal día como hoy, en 1815), apunta:
    “Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene su origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse; más no es posible, porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes, dividen a la América. ¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras tres partes del mundo”.
    Siguen vigentes los estruendosos deseos del Padre de nuestra República. Sigue vivo su balance. Y sigue siendo su suelo patrio quien debe pujar hoy para ver parir un cuerpo internacional sólido que ayude a contener los cruentos ataques de los grupos económicos internos y externos, cuyo único objetivo es el fracaso de la apuesta política revolucionaria: el socialismo, y la recuperación plena de la renta petrolera, hoy redistribuida en el pueblo propio y hermano.

    La unión sigue siendo la pieza faltante “para completar la obra de nuestra regeneración” y debemos aprovechar, que el noble pueblo venezolano, como en los tiempos de Bolívar “ha seguido a la inteligencia”, en contra del conservadurismo y sus masas adormecidas por su  formada obediencia. Hoy, como ayer,  “la masa física se equilibra con la fuerza moral”, con la fuerza de un Comandante y su hijo chavista que, con grandes esfuerzos, ha asumido las riendas de la esperanza.

    Sin embargo, no podemos ignorar las advertencias también hechas por Bolívar, quien llama a fortalecernos culturalmente, a hacernos un pueblo virtuoso pues:
       “Cuando los sucesos no están asegurados, cuando el estado es débil, y cuando las empresas son remotas, todos los hombres vacilan, las opiniones se dividen, las pasiones las agitan y los enemigos las animan para triunfar por este fácil medio. Luego que seamos fuertes, bajo los auspicios de una nación liberal que nos preste su protección, se nos verá de acuerdo cultivar las virtudes y los talentos que conducen a la gloria; entonces seguiremos la marcha majestuosa hacia las grandes prosperidades a que está destinada la América meridional; entonces las ciencias y las artes que nacieron en el Oriente y han ilustrado la Europa volarán a Colombia libre, que las convidará con un asilo”.
    He aquí la importancia de profundizar en la formación de nuestros cuadros, de vitalizar el ejercicio del estudio y de entender que pensarnos el futuro, planificarlo, es un asunto del pueblo todo, que nos liberará del yugo más fuerte impuesto desde la colonia: la ignorancia, y que permitirá armarnos de ideas para acompañar los tiempos de lucha, batalla y victorias que seguimos transitando.

Tomado de Ñangara Web

Saludemos en este nuevo año y que las virtudes puedan más que nuestros defectos

jueves, 2 de enero de 2014
Por  Wilkie Delgado Correa*

 En este pedazo del mundo denominado Cuba se ha celebrado no solamente el advenimiento del nuevo año, sino también el 55 aniversario del triunfo de la Revolución Cubana
 Siempre habrá motivos para las esperanzas con cada nuevo año que llega. Nadie nunca espera lo peor. Con suficientes razones y garantías o no para aspirar a un escalón más alto de la existencia humana, a los seres humanos nos guía una intuición ancestral y especial de supervivencia, desarrollo y bienestar. Por eso y, sostenidos por la perseverancia, cada día de comienzo de año, esa especie de etapa de relevo de sueños, se propone nuevos y más prometedores augurios.  

 En todas partes del mundo, al menos en la parte más visible de cada pueblo, las fiestas han matizado ese instante definitorio entre el año viejo y este nuevo año 2014. Siempre será motivo para la indagación e investigación antropológica y sociológica, conocer en qué colectividades humanas y en qué estamentos preteridos de las llamadas sociedades civilizadas, han pasado “sin penas ni glorias” las festividades por el año nuevo, y las causas esenciales que determinan esos resultados.

 En este pedazo del mundo denominado Cuba se ha celebrado no solamente el advenimiento del nuevo año, sino también el 55 aniversario del triunfo de la Revolución Cubana, ocurrido el 1 de enero de 1959, que constituye el hito más prominente de nuestra historia en el siglo XX. En aquella primera ocasión se festejó con ribetes de fiesta nacional la conquista de la libertad y la derrota de una tiranía entronizada desde 1952, tras una larga y cruenta lucha del pueblo cubano, librada en montañas, llanos y ciudades, bajo la guía de Fidel Castro.

 Cincuenta y cinco años después del triunfo, la Revolución Cubana continúa en el poder y, a pesar de todos los “pesares”, como se pudiera decir sintéticamente, está siendo esencialmente la misma aunque como ha sido siempre en este lapso histórico se renueva de acuerdo con las circunstancias y los tiempos. Sus enemigos históricos, el imperialismo norteamericano y la reacción contrarrevolucionaria, nunca han cesado sus planes para destruirla e instaurar el viejo régimen que fuera destronado aquel primero de enero y en los años posteriores, a medida que las medidas y obras revolucionarias iba construyendo una nueva sociedad. Hoy, junto con aquellas mismas fuerzas, asoman sus “orejas peludas”, nuevos enemigos solapados, coligados o no con los anteriores, que coinciden con ellos y buscan retrotraernos al pasado capitalista tan pronto puedan sobrepasar una invisible e impredecible frontera de seguridad y salvación de la misión histórica de la Revolución.

 En el discurso de Raúl Castro, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, existen elementos cardinales de la reflexión que exige este momento político y su devenir.

 Si los cubanos han sido capaces de salir triunfantes después de las más duras batallas por la sobrevivencia de la Revolución y la nación cubana, si se han mantenido fieles a las ideas cardinales que han sido fuente nutricia desde el 10 de octubre de 1868 hasta el presente, tenemos fe y confianza en que la unidad supere a la desunión, pues la división en política es la muerte; que los consensos puedan más que las discrepancias; que la previsión permita ver más lejos que la improvisación cegata, pues como dijera José Martí: “Prever es la cualidad esencial, en la constitución y gobierno de los pueblos. Gobernar no es más que prever”. “”…prever es el deber de los verdaderos estadistas: dejar de prever es un delito público…”. “En prever está todo el arte de salvar”. “Salvarse es prever”.  “Prever es vencer”. “Nadie quiere convencerse de que prever es ver antes que los demás”.

 En fin, existen muchos retos para Cuba. ¿Y cuántos otros muchos retos existen para el mundo, a corto y largo plazo? Sortearlos a pesar de los peligros grandes y pequeños que acechan en los caminos, es la condición del triunfo salvador.

 Por eso, ante este reciente 2014, es válido este mandato de José Martí: “Saludémonos en este nuevo año con la esperanza de que nuestras virtudes podrán más que nuestros defectos”.
 
*Médico cubano; Profesor de Mérito del Instituto Superior de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba.
 Imagen agregada RCBaez sobre foto de Ismael Francisco

"Es la Hora del Recuento, y de la Marcha Unida"

jueves, 18 de abril de 2013
Nos dice su autor: "Hace ya tiempo escribí este artículo que, a raíz de los acontecimientos en Venezuela, vuelve a tener vigencia, sobre todo por el retrato de las fuerzas reaccionarias locales que hace Martí y su sugerencia de como neutralizarlas. Te ruego compartirlo"

"Es la Hora del Recuento, y de la Marcha Unida"

Por Orlando Licea Díaz
Una y otra vez, mientras disfrutaba el reencuentro con un amigo, y escuchaba las ideas de un grupo de entusiastas estudiosos, ansiosos por resolver el enigma de la Revolución Bolivariana, por dar cauce seguro, sólido y estable al compromiso sagrado de liberar, no sólo a Venezuela a Cuba o al Ecuador, sino a la América toda, del sufrimiento acumulado durante siglos de dominio y explotación inicuos, venía a mi mente la frase de Martí que encabeza este intento y lo mucho que nos queda por aprender y aplicar del pensamiento de nuestros ancestros, sagrados e ilustres, en la lucha por la felicidad de nuestros pueblos.
Terminadas las horas de intercambio y disfrute, de interacción activa, vino la necesaria reflexión, y la decisión de escribir estas líneas, que intentan ser una especie de aviso sobre la urgente necesidad de poner el pensamiento y la obra de Martí, de Bolívar, del Che y de todos los que nos antecedieron en la lucha por una América unida, feliz y próspera. Lo haré con un ejemplo, el análisis del ensayo Nuestra América, escrito por Martí hace ya tiempo, pero de una impactante actualidad.
“Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra. No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos”.
No hay que perder tiempo buscando en Nostradamus: las profecías para la América Latina están hechas por los americanos mismos, y Martí, junto a Bolívar, son los dos grandes profetas de nuestras tierras. En estos mismos días el gigante de las siete leguas anda metiendo sus narices por diversos rincones de nuestra patria común, a ver cómo reaccionamos. Y si no superamos pronto el espíritu de aldeano, nos puede poner en un instante la bota encima: 
“Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”.
Si Martí escribió y sufrió, si previó y avisó y alertó, sobre los peligros que asechaban a nuestra América cuando el gigante era apenas un niño y aún no había enseñado a las claras sus intenciones de dominio universal, si dio respuesta clara, precisa y concisa al interrogante de cómo pararlo e inmovilizarlo, antes de que pusiese sus manos y sus botas, empapadas de fango y sangre, sobre nuestros románticos, valerosos y sufridos pobladores. ¿A que buscar consejo y soluciones en lejanas tierras? ¿A qué estimular, bajo pretextos varios, la división sectaria que nos debilita?
“A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan. ¡Bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades Pues, ¿quién es el hombre? ¿El que se queda con la madre, a curarle la enfermedad, o el que la pone a trabajar donde no la vean, y vive de su sustento en las tierras podridas, con el gusano de corbata, maldiciendo del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel? ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios y va de más a menos! ¡Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el Washington que les hizo esta tierra ¿se fue a vivir con los ingleses, a vivir con los ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra propia? estos “increíbles” del honor, que lo arrastran por el suelo extranjero”.
Gusanos en Cuba, Escuálidos en Venezuela y, con otros nombres y matices en otros pueblos, este segmento lamentable de la población de nuestros países, sigue existiendo y constituye quizás un peligro mayor que el gigante mismo.  
“A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país”.
Genial respuesta a los que quieren imponer desde afuera, como una y otra vez lo han hecho -y lamentablemente logrado en ocasiones- modelos de gobierno hechos a la medida para facilitar que la bota pise sobre césped blando y no sobre espinas, piedras afiladas y volcánica lava, como corresponde a su diabólica vocación opresora.
“Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador”.
Chávez ha sido un creador, Fidel igual, Evo lo está siendo, y Correa y cuantos han arribado al poder con la intención noble y sagrada de convertirlo en un modo de hacer felices a los seres humanos de estas tierras. Es la única manera de lograr, en un mundo diseñado para la opresión, que los pueblos prosperen y adelanten.
“¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas”.
Mucho habría que comentar sobre estas afirmaciones martianas, urge reunirnos para analizarlas e incorporarlas a nuestro cotidiano quehacer y que pensar. Otro insigne latinoamericano, Aníbal Ponce, desarrollando esta idea, demostró que los programas escolares son eficaces instrumentos para detener nuestros ímpetus liberadores y para hacer fracasar los movimientos sociales y las revoluciones que intenten poner a nuestras tierras en condición de ser habitadas por seres humanos libres y felices.
“Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima. La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros, de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen”.
El tigre, con sus garras de terciopelo, nos está husmeando: se le siente, se le huele, el tigre de afuera y la hiena de adentro, dispuesta a alimentarse de las carroñas y los despojos. Y hay urgencia en desarrollar los sentidos, en seguir los consejos de Martí, en enseñarnos como somos, uno en carne y sangre, un solo pueblo y una sola nación, dividida artificialmente para facilitar el dominio. Y de materializar el sentido de la vida de Bolívar, la unidad de todos los pueblos de América Latina, estamos a tiempo; si nos tardamos, no quedará laringe para lamentaciones, ni ojos para lágrimas. Martí sigue insistiendo:
“El tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá; con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos”.
¡Téngase bien en cuenta que estas líneas fueron escritas por Martí aun antes de que el tigre hubiese puesto sus garras sobre los pueblos de Nuestra América!.
 
“Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. “¿Cómo somos?” se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no van a buscar la solución a Dantzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales”.
 
“Estrategia es política. Los pueblos han de vivir criticándose, porque la critica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando, por las venas, la sangre natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar.”
Aunque quizás innecesaria, valga la aclaración de que Martí no divide a Nuestra América en naciones, sus problemas son comunes, por las venas corre la misma sangre, y cumplirán el mismo destino:
“De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento y de cochero a una pompa de jabón; el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas”.
A continuación lo más trascendente e inaudito, Martí se va a referir al peligro que para Nuestra América representan los Estados Unidos; ya una vez nos hicimos sordos a su clamor, y pusieron sus botas sobre nuestros sagrados pueblos, la historia nos ha dado una segunda oportunidad, y esta vez estamos corriendo los mismos peligros y tenemos oportunidad de ensayar las mismas soluciones, este autor confía en que esta vez nuestros sentidos estén más aguzados.
“Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones intimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña”.
 
“como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa, o la discordia parricida de nuestra América, el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento,  vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con la sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad. No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas”.
De paso señala Martí otro peligro y otra arma: hacer énfasis en las diferencias de raza; en Cuba misma, vestida de necesidad de desarrollo, se ha venido hablando demasiado del problema racial, debía hablarse más del problema humano.
Como “Pensar es servir”, quisiera terminar con el llamado urgente a reflexionar sobre el pensamiento de Martí, y a la necesidad imperiosa de aplicarlo consecuentemente. Martí, Bolívar y el resto de nuestros próceres no son pasado, son presente vivo y, más que eso, constituyen un futuro que hemos de actualizar. Por último quisiera agradecer a mi amigo venezolano Luis Vargas por las provocaciones que dieron lugar a estas líneas.
Bibliografía: José Martí. Obras Completas. Vol. 6 Nuestra América.

Del alma de la revolución, y del deber de América en Cuba

sábado, 19 de mayo de 2012
Por Guillermo Castro Herrera*
Conferencia en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Panamá, 18 de mayo de 2012.

Para Fernando Martínez Heredia, parlamentario en una trinchera

Hace 51 años ya, el 9 de abril de 1961, se planteaba Ernesto Guevara la pregunta de si Cuba debía ser considerada una excepción o la vanguardia de la lucha revolucionaria en América Latina. Era una pregunta justa entonces, y lo sigue siendo hoy, aun cuando haya cambiado mucho el mundo desde entonces y, con el mundo, hayan cambiado los términos en que sea posible plantear hoy el problema.

Cabría decir hoy, por ejemplo, que Cuba ha ocupado una posición de vanguardia en el proceso de formación de la América Latina contemporánea debido a las características excepcionales de su propio proceso de formación histórica. De este modo, si en la coyuntura de los años 60 Cuba resultó finalmente excepcional, esa misma excepcionalidad desempeñó un papel de primer orden en su capacidad para enfrentar con éxito las terribles presiones de la Guerra Fría, y las del ajuste neoliberal que resultó del fin de aquel período histórico, y desempeñar un papel de excepcional trascendencia histórica en la preservación de las capacidades de lucha y solidaridad de nuestra América.

Ese papel de Cuba en América subyace en una circunstancia en que la América nuestra se ha constituido en un centro de referencia planetario para la formación de una cultura y una política nuevas. Ya no sorprende, en verdad, que Jean Luc Melenchon, el candidato de la izquierda en las recientes elecciones en Francia, reconozca el aporte a la construcción de la propuesta política de su movimiento de la experiencia de los pueblos de Uruguay, Argentina, Ecuador y Bolivia en el enfrentamiento a las peores consecuencias del neoliberalismo. Y este aporte, a su vez, llega a Europa a través de los espacios de participación y dialogo de movimientos como el Foro Social Mundial, nacido y forjado desde la América nuestra también.

No es el caso discutir aquí el detalle de esa excepcionalidad, aunque es indispensable recordar algunos de los rasgos que la caracterizan. El primero y más visible de ellos radica en el hecho de que fuera Cuba la última colonia española en lanzarse a la lucha por su independencia entre 1868 y 1878, cuando el resto de las repúblicas hispanoamericanas entraban de lleno a la consolidación de sus Estados liberales oligárquicos, tras el prolongado período de conflictos internos que siguió a la independencia conquistada entre 1810 y 1825.

Si bien la guerra del 68 no logró obtener la independencia por la cual lucharon los cubanos, demostró la incapacidad de España para derrotar a los insurgentes, con los que se vio obligada a pactar. Además, y sobre todo, tuvo un impacto decisivo en la formación de la identidad nacional cubana, y en la depuración de muchos de los conflictos internos generados por la dominación colonial.

Esto ayuda a entender un segundo rasgo excepcional. En efecto, la segunda fase militar de la lucha de los cubanos por su independencia, entre 1895 y 1898, expresó ya todas las características fundamentales de una guerra de liberación nacional, encaminada a la conquista del poder político para emprender un vasto programa de reforma social, económica y cultural, destinado a crear en la Isla un Estado liberal de carácter democrático y no oligárquico, como habían llegado a ser los del resto de la región.

A lo anterior contribuyeron dos circunstancias puntuales.  Una, la presencia en el movimiento revolucionario cubano de un contingente de intelectuales y profesionales de capas medias sin equivalente en los movimientos de independencia de comienzos del XIX. La segunda, en que esa intelectualidad, que tuvo en Martí su más alto exponente, pudo y supo someter a crítica las debilidades del Estado liberal oligárquico, y los peligros que anunciaba la fortaleza creciente del imperialismo en el sistema mundial.    
La presencia de esa intelectualidad está vinculada, además, a un tercer rasgo excepcional: el hecho de que los fines democráticos que alentaban en el proceso revolucionario animaran, desde mediados de la década de 1880, la creación de los medios políticos y culturales necesarios para alcanzarlos, de entre los cuales destacan el Partido Revolucionario Cubano, finalmente establecido en 1891, y su periódico Patria, que le dio voz y perfil. La singular modernidad de esos medios ha sido destacada ya por múltiples estudios. Lo que cabe recalcar aquí es que quienes convocaron a la guerra del 95 lo hicieron a partir de un previo proceso de construcción de un sujeto político nuevo, que reconocía en el Partido Revolucionario una fuente de autoridad moral y política en la medida en que participaba de un modo activo en su vida interna y en la lucha por establecer una república democrática sobre las ruinas de la última colonia española en América.

El alma de la revolución…

El proceso de creación de estas condiciones para la lucha de liberación nacional alcanza expresiones de una singular claridad en tres textos ejemplares de la obra martiana. Nos referimos al ensayo Nuestra América, publicado en México y en Nueva York en enero de 1891; al discurso pronunciado por Martí en el tercer aniversario del Partido Revolucionario Cubano, en 1894, que ha llegado a nosotros con el título El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América y, en 1895, el Manifiesto de Montecristi, que anunció el inicio de la guerra de liberación, y definió lo esencial de sus fines y sus medios.

El primero de ellos, Nuestra América, sintetiza la crítica martiana al Estado liberal oligárquico, y llama a su reforma cultural y moral en nombre de la creación de las condiciones políticas indispensables para resistir con éxito los peligros de la expansión del imperialismo norteamericano, entonces naciente, sobre las jóvenes naciones hispanoamericanas. Hay, aquí, un claro llamado a la joven intelectualidad liberal hispanoamericana, de orientación radical y democrática - que reconocía en Martí al primero entre sus iguales -, a conducir aquel proceso de reforma, proclamando la necesidad de entender que nuestras repúblicas “han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos”, y que gobernante, en pueblos nuevos como los nuestros – donde se imita demasiado, se desdeña lo propio, y se tiende constantemente a reproducir los hábitos del privilegio -, “quiere decir creador”. Y frente a esa situación propone el programa mínimo necesario para encararla y superarla. “A lo que es”, dice, “allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien […] El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma de gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.

Esta necesidad de conocer, y de gobernar a nuestros países conforme al conocimiento resultaba tanto más urgente cuanto que la persistencia de los hábitos del mal gobierno entre nosotros venían del hecho de que no había sido atendido aún el problema central de la independencia, que “no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu”, de lo cual dependía a su vez la posibilidad de una relación con el sistema mundial guiada por el más sencillo y sensato de los principios: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo;” decía, “pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas.”

Esta advertencia se hacía aún más urgente en cuanto se advertía que en ese mundo era visible un peligro para nuestra América, que no le venía “de sí”, sino “de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña.” Y ante ese peligro, de un modo característico en toda su obra política, Martí no se limitaba a advertir el peligro, sino que se adelantaba de inmediato a proponer a forma más adecuada para encararlo:

El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. […] Pensar es servir. Ni ha de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente […] ni se han de esconder los datos patentes del problema que puede resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y la unión tácita y urgente del alma continental.

Esta visión de nuestra América y su lugar en el mundo desempeñó un papel de primer orden en la concepción del programa del Partido Revolucionario Cubano. La independencia de Cuba, en efecto, no podía tener mejor garantía que la de la afirmación de la del resto de los Estados hispanoamericanos. Esa íntima relación tiene una admirable expresión en el discurso que pronunciara Martí en 1894 con motivo del tercer aniversario de la creación del Partido, titulado – justamente – El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América. Allí, el carácter democrático del Partido es definido en directa relación con su propósito mayor: llevar a cabo la empresa, “americana por su alcance y espíritu, de fomentar con orden y auxiliar con todos sus elementos reales –por formas que con el desembarazo de la energía ejecutiva combinan la plenitud de la libertad individual–  la revolución de Cuba y Puerto Rico para su independencia absoluta.”

Tal empresa, a su vez, demanda crear el sujeto colectivo capaz de llevarla a cabo. Por ello, y para ello, se ha de entender, dice, que
“A su pueblo se ha de ajustar todo partido público, y no es la política más, o no ha de ser, que el arte de guiar, con sacrificio propio, los factores diversos u opuestos de un país de modo que, sin indebido favor a la impaciencia de los unos ni negación culpable de la necesidad del orden en las sociedades–sólo seguro con la abundancia del derecho–vivan sin choque, y en libertad de aspirar o de resistir, en la paz continua del derecho reconocido, los elementos varios que en la patria tienen título igual a la representación y la felicidad”.

Y añade:
“Un pueblo no es la voluntad de un hombre solo, por pura que ella sea, ni el empeño pueril de realizar en una agrupación humana el ideal candoroso de un espíritu celeste, ciego graduado de la universidad bamboleante de las nubes.[…] Un pueblo es composición de muchas voluntades, viles o puras, francas o torvas, impedidas por la timidez o precipitadas por la ignorancia. Hay que deponer mucho, que atar mucho, que sacrificar mucho, que apearse de la fantasía, que echar pie a tierra con la patria revuelta, alzando por el cuello a los pecadores, vista el pecado paño o rusia: hay que sacar de lo profundo las virtudes, sin caer en el error de desconocerlas porque vengan en ropaje humilde, ni de negarlas porque se acompañen de la riqueza y la cultura”.

 “Franca y posible  –culmina– la revolución tiene hoy la fuerza de todos los hombres previsores, del señorío útil y de la masa cultivada, de generales y abogados, de tabaqueros y guajiros, de médicos y comerciantes, de amos y de libertos. Triunfará con esa alma, y perecerá sin ella. Esa esperanza, justa y serena, es el alma de la revolución”.
Definido en esos términos el proceso de reforma espiritual que demanda la independencia como medio para erradicar de Cuba el legado terrible del colonialismo, Martí pasa a considerar ese propósito en el marco del escenario mundial en que ha de ser llevado a cabo, en los términos más claros y enérgicos. “Hay que prever,” dice, “y marchar con el mundo”, pues “la junta de voluntades libres del Partido Revolucionario Cubano,” carecería de valor si, “aunque entendiese los problemas internos del país,” y el modo de ponerles remedio, “no se diera cuenta de la misión, aún mayor, a que lo obliga la época en que nace y su posición en el crucero universal”. Por lo mismo, añade, es necesario “tener el valor de la grandeza: y estar a sus deberes.”  Y define enseguida el carácter y alcance de los deberes que demandan ese valor correspondiente a su grandeza:
“En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder, –mero fortín de la Roma americana;–y si libres, –y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora–serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada, y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio–por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles, –hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo. Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son sólo dos islas las que vamos a libertar”.
Por lo mismo, advierte,
“Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba, se levanta para todos los tiempos [porque] la independencia de Cuba y Puerto Rico no es sólo el medio único de asegurar el bienestar decoroso del hombre libre en el trabajo justo a los habitantes de ambas islas, sino el suceso histórico indispensable para salvar la independencia amenazada de las Antillas libres, la independencia amenazada de la América libre, y la dignidad de la república norteamericana”.
Pocos meses después, al iniciar el tramo final del camino hacia su caída en combate, Martí elabora, en diálogo franco y sincero con Máximo Gómez – junto a Antonio Maceo, grande entre los grandes de la guerra del 68 – el Manifiesto de Montecristi, en el que el alma de la revolución se traduce en el llamado a la guerra que había venido a ser necesaria para encarnarla en una república nueva, construida con todos y para el bien de todos los que la deseaban. A esa guerra – concebida como medio para culminar la revolución iniciada en 1868 - se iba, no invocando la voluntad de uno u otro caudillo, sino “en virtud del orden y acuerdos del Partido Revolucionario en el extranjero y en la Isla, y de la ejemplar congregación en él de todos los elementos consagrados al saneamiento y emancipación del país, para bien de América y del mundo”.

Ese carácter de empresa colectiva, concebida y organizada por medios democráticos en nombre del interés general de la nación cubana, permitía convocar a la guerra necesaria en Cuba “con la plena seguridad”
“de la competencia de sus hijos para obtener el triunfo, por la energía de la revolución pensadora y magnánima, y de la capacidad de los cubanos, cultivada en diez años primeros de fusión sublime, y en las prácticas modernas del gobierno y el trabajo, para salvar la patria desde su raíz de los desacomodos y tanteos, necesarios al principio del siglo, […] en las repúblicas feudales o teóricas de Hispano-América […] que conocían sólo de las libertades el ansia que las conquista, y la soberanía que se gana por pelear por ellas”.
Cuba, en efecto, volvía a la guerra “con un pueblo democrático y culto, conocedor celoso de su derecho y del ajeno; o de cultura mucho mayor, en lo más humilde de él, que las masas llaneras o indias con que, a la voz de los héroes primados de la emancipación, se mudaron de hatos en naciones las silenciosas colonias de América”, y capaz por tanto de constituir su patria “desde sus raíces [...] con formas viables, y de sí propia nacidas, de modo que un gobierno sin realidad ni sanción no la conduzca a las parcialidades o a la tiranía.” Eso permitía definir con especial claridad los propósitos del empeño a que eran convocados los cubanos:
“Conocer y fijar la realidad; componer en molde natural, la realidad de las ideas que producen o apagan los hechos, y la de los hechos que  nacen de las ideas; ordenar la revolución del decoro, el sacrificio y la cultura que modo que no quede el decoro de un solo hombre lastimado, ni el sacrificio parezca inútil a un solo cubano, ni la revolución inferior a la cultura del país […]:–ésos son los deberes, y los intentos, de la revolución”.
Y permitía eso también poner en su justa perspectiva el alcance de la empresa a que se convocaba:
“La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones [de] americanas, y al equilibrio aun vacilante del mundo.
…y el deber de América en Cuba

Hay, en el Manifiesto de Montecristi, un párrafo especialmente conmovedor. “Honra y conmueve pensar”, se dice allí,
“que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia, abandonado tal vez por los pueblos incautos o indiferentes a quienes se inmola, cae por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral en América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo”.
Desde la excepcionalidad de su condición histórica, Cuba ha cumplido sin duda alguna con su deber hacia América. Su guerra de liberación nacional inauguró nuestra contemporaneidad en el plano político, como Nuestra América la había anunciado en el cultural. De esa contemporaneidad da cuenta el carácter de los medios políticos y culturales creados para abrirle paso, como de la eficacia de esos medios da cuenta la creación de una identidad nacional cubana capaz de resistir y persistir ante toda forma de opresión y todo intento de agresión. Y da cuenta de ella, también, el hecho de que a 117 años de su caída en combate, podamos hablar con Martí, y no simplemente de él.

América, la nuestra, cumple hoy por su parte con su deber hacia Cuba. Se niega a la complicidad con los que quisieran ver a Cuba excluida de las Américas y, en el momento en que se renueva de la Patagonia al río Bravo la lucha de nuestros pueblos por el derecho al ejercicio fecundo de su identidad, se renueva también el reconocimiento a Cuba por el cumplimiento de los deberes hacia América que emanan del alma de su revolución. No se le reclaman los errores en que pueda haber incurrido – derivados, cuando más, del cumplimiento del mandato martiano de consolar aun a costa del riesgo de errar, “porque el que consuela nunca yerra” -, sino que se camina con ella en el sendero de las rectificaciones que se propone, entendiéndolas como la expresión, allá, del mismo proceso de búsqueda de caminos nuevos hacia un destino común en que coinciden todas nuestras sociedades.

El alma de la revolución se expresa, hoy, en los hechos que confirman – como lo preveía Nuestra América en 1891 – que nuestros países “se salvarán porque, con el genio de la moderación que parece imperar, por la armonía serena de la Naturaleza, en el continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación anterior, le está naciendo a América, en estos tiempos reales, el hombre real.” Ya no somos “una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño.” El indio ya no está mudo; el negro ya no está “solo y desconocido, entre la olas y las fieras”; el campesino encuentra ahora compatriotas solidarios en la ciudad.

Hoy, de nuevo, se ponen en pie los pueblos, y se saludan. “«¿Cómo somos?» se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son”, mientras los jóvenes de nuestra América se ponen otra vez “la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura del sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación.” El alma de la revolución está en América, con Cuba, como está la América atendiendo a su deber en Cuba. Estamos todos, sin duda, en la hora del recuento y de la marcha unida: ¡Se han puesto en fila los árboles, de nuevo, y empezamos a andar los pueblos en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes!

Muchas gracias

 

Bibliografía

Martí, José:

-“Nuestra América.” La Revista Ilustrada de Nueva York, 10 de enero de 1891; El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891.

-“El tercer año del partido revolucionario cubano.” ( El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América.) Patria, Nueva York, 17 de abril de 1894.

-Manifiesto de Montecristi. Montecristi, República Dominicana, 25 de marzo de 1895. José Martí / Máximo Gómez

* Sociólogo, escritor y educador panameño;  Miembro del Centro de Estudios Latinoamericanos de Panamá CELA e investigador del Instituto de Estudios Nacionales IDEAN de la Universidad de Panamá, entre otros.

Imagen agregada: pintura Jorge ARCHE

La guerra sin odio

miércoles, 23 de febrero de 2011
Mientras se incita a  levantamientos, o se piden"noches de cuchillos largos", jóvenes de hoy, dignos seguidores de nuestros pensadores, nos traen a un Martí que nos enseña: "Estamos para vencer [...] hemos sido buenos, hemos amado mucho, no hemos odiado", porque "Cuba es  un pueblo que ama y cree, y goza en amar y en creer".
La guerra sin odio
Por Carlos Rodríguez Almaguer.
“Mi verso crecerá, bajo la hierba
 yo también creceré”.
José Martí
 
27701_cuba1.jpgCuando el 25 de marzo de 1895 José Martí escribía con letras de alma y el espíritu de Cuba en el Manifiesto de Montecristi, que firmará junto al general Máximo Gómez, que “La guerra no es contra el español, que, en el seguro de sus hijos y en el acatamiento a la patria que se ganen, podrá gozar respetado, y aún amado, de la libertad que sólo arrollará a los que le salgan, imprevisores, al camino -Ni del desorden, ajeno a la moderación probada del espíritu de Cuba, será cuna la guerra; ni de la tiranía- Los que la fomentaron, y pueden aún llevar su voz, declaran en nombre de ella ante la patria su limpieza de todo odio, -su indulgencia fraternal para con los cubanos tímidos o equivocados-, su radical respeto al decoro del hombre, nervio del combate y cimiento de la república, -su certidumbre  de la aptitud de la guerra para ordenarse de modo que contenga la redención que la inspira, la relación en que un pueblo debe vivir con los demás, y la realidad que la guerra es-, y su terminante voluntad de respetar, y hacer que se respete, al español neutral y honrado, en la guerra y después de ella, y de ser piadosa con el arrepentimiento, e inflexible solo con el vicio, el crimen y la inhumanidad”, no hacía sino confirmar aquellas tesis primigenias sobre la absoluta incapacidad del odio para servir de cimiento a la felicidad duradera de un pueblo, planteadas ya en 1873 en su escrito El presidio político en Cuba, y resumidas en esta lapidaria afirmación: “Si yo odiara a alguien, me odiaría por ello a mí mismo”.

Difícil sería comprender la posibilidad de que se convoque a los hombres a matar y a morir sin emplear ese tósigo temible que destruye tanto a quien lo siente como a quien lo padece, al matador y a sus víctimas. Pero estamos hablando de un humanista, un poeta de versos y de obras.

¿Cómo explicar que el mismo que rechazará en frase breve la idea de inspirar el odio de una clase social contra otra, al referirse elogiosamente a Carlos Marx en 1883, porque “espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres”, o el que en sus numerosos discursos revolucionarios sembrara entre las emigraciones resentidas y a veces rencorosas, la idea de que otros emplearan “el odio inútil”, porque “el cubano es capaz del amor”; el que señalará como a un villano a quien promueva entre los hijos de la isla el odio de las razas, o, aún más, el odio a España como cultura y al español como individuo, se viera obligado a organizar una guerra en la que, inevitablemente, habrían de morir por igual cubanos y españoles?

La ética martiana es sacudida por dos fuerzas igual de formidables y acaso contradictorias. Por un lado su horror a la violencia y a la sangre, que habría de dejar claro en su artículo Vindicación de Cuba como característica específica del cubano; por el otro, su absoluta incapacidad para permitir impasible la podredumbre moral con que el gobierno colonial de España consumía a Cuba. Entonces la única vía para conciliar y encausar la tempestad inevitable, era “dar respeto y sentido humano y amable, al sacrificio”, preparando a los combatientes de la víspera en una rarísima mezcla de fuerza y ternura que, siguiendo la mejor tradición cristiana, fuera a la vez capaz de compadecer a los propios asesinos, de arremeter con incontenible violencia contra los cuerpos armados del ejército colonial, y de perdonar a los que se declaran vencidos o arrepentidos, por no hablar de aquellos españoles que solo aspiran a vivir en paz en la misma tierra donde le han nacido los hijos, han construido sus casas y afirmado sus vidas.          

Varios apellidos le puso a la guerra, terrible en esencia, para amortiguar acaso el impacto de su significación en el ánimo de los libertadores y evitar que excesos de pasión, en la mayoría de los casos justificados por anteriores crímenes cometidos en las familias cubanas por los colonialistas españoles, los convirtieran en asesinos y mancharan con la crueldad la noble causa de la independencia de Cuba. Así, vemos como en diferentes escritos se refiere a la “guerra necesaria”, “necesaria y breve”, habla también de la “justa cólera”, y poco a poco va introduciendo en las conciencias de aquellos cubanos ofendidos, humillados, que habían perdido a seres queridos a manos de la maldad del régimen, la idea de que la guerra había que hacerla sin odio.

Habrá que hurgar más aún en lo hondo de la historia para tener otro ejemplo de repulsión a la idea de una guerra en la que, inevitablemente, habrían de morir muchos hombres y de llorar muchas madres… y a la vez de apasionada entrega a su organización, aprovisionamiento y desenlace. Pero siempre quedará en nuestro ánimo la sensación de la grandeza de aquel noble soldado de la luz que, puesto el pie en el estribo que lo llevará a la muerte, escribe en breve carta a su madre: “Ahora, bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza”.  
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