Buscar en este blog

Mostrando entradas con la etiqueta independencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta independencia. Mostrar todas las entradas

A 210 años de la revolución de Haití

viernes, 2 de enero de 2015
Por Juan Luis Hernández*

¡Juremos vivir libres e independientes y preferir
la muerte antes que permitir que nos vuelvan a encadenar!
“Declaración de la independencia de Haití”, 01/01/1804
 
 El 1° de enero de 1804, hace 210 años, Jean-Jacques Dessalines proclamó la independencia de la antigua colonia francesa de Saint Domingue, reafirmando la abolición de la esclavitud y la igualdad y libertad de su población.
En una pequeña isla del Caribe, se imponía una heroica y sorprendente revolución. La Revolución Haitiana fue la única rebelión de esclavos triunfante en toda la historia de la humanidad, la única que logró constituir un Estado nacional propio, y la primera en lograr la independencia en lo que es hoy América Latina.

Excluido de las recientes celebraciones del segundo centenario, el proceso haitiano permanece sumergido en las penumbras de la historia. Desde un principio, estuvo inscripto en lo impensado, lo inimaginable, lo increíble: los esclavos africanos jamás podrían ser protagonistas de un episodio de tamaña envergadura histórica.

La legislación sobre la esclavitud que regía en Francia (el Código Noir, promulgado por Luis XIV en 1685) establecía que los esclavos eran bienes muebles, y que en tal carácter ingresaban al patrimonio de sus dueños. No se los consideraba seres humanos susceptibles de ser sujetos de derechos, sino meros objetos a disposición de sus amos.

Pero el 22 de agosto de 1791, en la Planee Nord de la isla de Saint Domingue, por entonces la colonia más próspera de Francia y del mundo, sucedió lo imposible: estalló la rebelión. Bajo el cielo luminoso del Caribe, los “bienes mostrencos”, las “cosas muebles”, los condenados de la Tierra, los últimos entre los últimos, encendieron el fuego de la rebeldía que ya no se apagaría por más de una década.

Los rebeldes incendiaron los cañaverales, aniquilaron las patrullas y destacamentos de las tropas coloniales, obligaron a los europeos a encerrarse en las ciudades de la costa. En los meses y años siguientes, se sucedieron gobernadores, delegados y enviados de la Francia monárquica primero y de la republicana después, cuyas maniobras fueron desarticuladas una y otra vez por los insurrectos.

Se rechazaron las invasiones de España, proveniente de la parte occidental de Santo Domingo, y de Inglaterra, que pretendió apoderarse de la isla y reimplantar la esclavitud. Todos los intentos reaccionarios fueron derrotados por los antiguos esclavos, que en diez años de dura lucha forjaron su experiencia política-militar y formaron sus propias direcciones y proyectos políticos.

Muchos investigadores analizan este proceso como un episodio importante, pero colateral, dentro del contexto más amplio de la Revolución Francesa, desconociendo o relativizando las tradiciones culturales y políticas propias de los esclavos africanos. Nosotros entendemos que existió un sustrato común que hizo posible que hombres traídos violentamente de África, pertenecientes a distintas naciones y hablando diferentes idiomas, pudiesen ponerse de acuerdo para iniciar y dar continuidad a la lucha revolucionaria.

El voodoo, una religión producto del sincretismo de creencias animistas africanas con el culto cristiano, y el creole, un idioma surgido de la mezcla del francés con vocablos procedentes de diversos idiomas de África, fueron los elementos aglutinadores que permitieron una primera enunciación y circulación de las ideas políticas entre las masas insurrectas. El cimarronaje (esclavos prófugos que vivían en comunidades autoorganizadas) aportó prácticas de organización y de lucha fundamentales para la continuidad en el tiempo del movimiento rebelde.

En este contexto, la insurrección del 22 de agosto fue preparada mediante reuniones clandestinas previas, en las que participaron delegados de las plantaciones y dirigentes de los esclavos cimarrones. Los insurrectos aprovecharon hábilmente las crecientes disputas entre blancos, mulatos y la población esclava, entremezcladas por las confrontaciones entre monárquicos y republicanos. Por eso entendemos que la Revolución de Haití es incomprensible fuera de los marcos de la Revolución Francesa, pero a la vez tuvo también una impronta propia y una incidencia nada desdeñable en los sucesos de la metrópoli.

La abolición de la esclavitud en la isla, por la cual venían luchando ardorosamente los rebeldes, fue proclamada el 29 de agosto de 1793 por Léger-Félicité Sonthonax, un delegado jacobino que comprendió lúcidamente que si Francia quería conservar la colonia, necesitaba el concurso de los insurrectos para enfrentar a España e Inglaterra. La proclama abolicionista de Sonthonax fue enviada a Francia, donde fue debatida en la Convención.

Entre la actitud de la Asamblea Nacional francesa, que en los años previos rechazó peticiones mucho más moderadas de los mulatos (hombres libres de color radicados en la isla) reclamando igualdad de derechos políticos con los blancos, y la actitud de la Convención, que el 4 de febrero de 1794 aprobó, en medio de un vibrante debate, la abolición de la esclavitud en Francia y sus dependencias de ultramar, media un proceso de radicalización política revolucionaria al cual contribuyeron los sucesos antillanos.

Con la expulsión final de españoles e ingleses, la aceptación de la abolición de la esclavitud por parte de Francia, y el ascenso a la conducción de la revolución del líder moderado Toussaint L’ouverture, parecía que todo se encaminaba a la autonomía política de la isla en el marco de un entendimiento amistoso con Francia. Pero en 1801 Napoleón Bonaparte envió un poderoso ejército que pretendió sojuzgar nuevamente al país y restablecer el régimen esclavista. Los franceses arrestaron a L’ouverture y lo deportaron a Francia, donde murió en la cárcel. Se desencadenó entonces la última fase de la revolución, la más radicalizada, donde la población afrodescendiente se unió para expulsar al invasor francés, defender la libertad tan duramente conquistada y ahora sí, proclamar la independencia de Francia.

En noviembre de 1803, diezmado por una implacable guerra de guerrillas y recurrentes epidemias de fiebre amarilla, el ejército francés debió formalmente rendirse ante el nuevo jefe rebelde, Jean-Jacques Dessalines, y evacuar la isla con la ayuda de la flota británica. Proclamada la independencia, en un inédito acto de reparación histórica, los vencedores descartaron el antiguo nombre colonial de Saint Domingue, y bautizaron al nuevo Estado con su actual denominación, Haití, como denominaba a su tierra el antiguo pueblo taíno, habitantes originarios de la isla exterminados por los europeos.

El 20 de mayo de 1805 fue promulgada la Constitución de Haití, un texto complejo que estableció un régimen político imperial de características autoritarias a la par que introdujo novedosas reformas sociales: la abolición de la esclavitud, los derechos sociales para hombres, mujeres y niños, el divorcio vincular, en definitiva, la igualdad y la libertad, sin diferencias raciales o de género.

La Revolución de Haití fue una revolución antiesclavista y anticolonial, pero que, sin embargo, no alcanzó sus objetivos de liberación nacional. Fue un ejemplo temprano de lo que Marx denominaba la “revolución en permanencia”, esto es, la profundización de la revolución a partir de la transformación del sujeto político-social protagónico, que la empuja hacia adelante a través de fases sucesivas cada vez más radicales. Pero fue también un ejemplo temprano de los límites impuestos a los procesos emancipatorios cuando quedan confinados dentro de las fronteras nacionales.

La revolución no logró conmover los cimientos de la economía de plantación en las Antillas y en la costa atlántica: los británicos prohibieron el comercio de esclavos, pero mantuvieron la esclavitud en sus colonias; los franceses ahogaron en sangre la rebelión antiesclavista de Guadalupe; en Venezuela, a pesar de las tempranas proclamas de Simón Bolívar (1816) la esclavitud fue reestablecida y abolida recién en 1854; en Estados Unidos, Cuba y Brasil subsistió hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo XIX. En este contexto desfavorable, los sucesivos gobiernos haitianos no lograron impulsar proyectos económicos alternativos para reinsertar el país en la economía mundial, y terminaron concertando una ruinosa “reconciliación” con la metrópoli, pagando una cuantiosa indemnización, punto de partida de renovadas formas de explotación y dependencia que agobian hasta hoy a la nación caribeña.

Pero la heroica revolución en la que los antiguos esclavos enfrentaron y derrotaron a los ejércitos más poderosos de Europa bajo la consigna “Libertad o muerte”, esa no ha perecido. Permanece en la memoria y el corazón de los hombres y mujeres libres de todo el mundo, como aquel relámpago que por un momento iluminó la potencialidad de un pueblo dispuesto a luchar hasta la muerte por romper sus cadenas.

*Lic. en Historia (FFYL-UBA)
Fuente Diario La Izquierda

Yo me muero como viví. El inicio del fin de una etapa tenebrosa para Cuba

sábado, 20 de diciembre de 2014
Por Sergio Rodríguez Gelfenstein*

Muy temprano en la mañana los medios de comunicación comenzaron a estremecerse con la noticia, se pasaba del estupor y la incredulidad a la fanfarria y la confirmación de que lo que se escuchaba era cierto: Cuba y Estados Unidos habían acordado un mecanismo de negociación para el restablecimiento pleno de sus relaciones diplomáticas.

Las reacciones no se hicieron esperar, desde la euforia comprensible, a veces excesiva de algunos, hasta el rechazo cavernario de otros, sobre todo los de Miami. A primeras horas del día varios amigos inquirieron mi opinión e invariablemente dije que antes se debía escuchar a los cubanos y al Gobierno de Estados Unidos de manera directa.

Entonces, vino la voz pausada, la lectura precisa del presidente Raúl Castro, seguramente meditada por mucho tiempo y redactada en el colectivo de dirección del partido y del Estado. La conexión con su pueblo era evidente, los periodistas de todos los medios internacionales que hacían entrevistas en las calles de La Habana nos permitían escuchar invariablemente el orden de prioridades que le daban los ciudadanos de la isla a la noticia. Primero, la felicidad por el retorno de sus héroes injustamente detenidos durante 16 años en las cárceles del imperio. Segundo, la posibilidad cierta de la reunificación de la familia cubana y en tercer lugar, la esperanza de que el anuncio del restablecimiento de relaciones diplomáticas conduzca al fin del criminal bloqueo económico y comercial que ya dura más de medio siglo.

En palabras de Raúl: “Esto no quiere decir que lo principal se haya resuelto. El bloqueo económico, comercial y financiero que provoca enormes daños humanos y económicos a nuestro país debe cesar. Aunque las medidas del bloqueo han sido convertidas en Ley, el presidente de Estados Unidos puede modificar su aplicación en uso de sus facultades ejecutivas”. Perfecta sintonía con lo que el pueblo manifestaba en las calles. Tan larga espera ha enseñado a los cubanos el valor de la mesura, la discreción, la paciencia y la cautela. No se puede bajar la guardia ante un adversario tan poderoso.

Pero, ¿qué puede decir un observador externo ante tal trascendental hecho? Las evidencias indicaban que esta decisión se iba a concretar más temprano que tarde. Apenas hace 10 días, el 7 de diciembre pasado le escribí una carta a un amigo que vive en La Habana en la que en una de sus partes le decía: “…Todo indica que al bloqueo le queda poco, pero no sé cuánto demore en restablecerse un funcionamiento pleno…”. Sin embargo, ello no obsta para que una vez superada la emotividad inicial del momento, sin dejar de manifestar la felicidad compartida con millones de cubanos al ver a los tres héroes regresando a casa, resulta tarea complicada intentar un análisis, dada la magnitud y el impacto de la multinoticia.

En el marco de las relaciones internacionales, tal vez lo primero sería decir lo obvio: la medida clausura definitivamente la guerra fría en el hemisferio occidental, 25 años después de la caída del Muro de Berlín. No había soporte ni validez jurídica en los argumentos estadounidenses para mantener una situación creada en un momento de bipolaridad rígida del sistema internacional. 
Valdría sí, decir que los intentos de Estados Unidos por apoderarse de Cuba se remontan hasta 1801 cuando era presidente de ese país Thomas Jefferson.

En su discurso, el presidente Obama dijo algunas cosas interesantes. Empezó reconociendo que el bloqueo y la ausencia de relaciones diplomáticas eran un “enfoque obsoleto” que “fracasó” en el intento de promover los intereses de Estados Unidos. Aunque recordó a Playa Girón, dijo que su país ha apoyado la democracia y los derechos humanos en Cuba. Debe ser por eso, que tan pronto conocerse la noticia, renunció a su cargo Rajiv Shah, administrador de la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (Usaid), organismo del Gobierno de Estados Unidos que tras la pantalla de la cooperación para la democracia, financia acciones de desestabilización e injerencia en el mundo, fracasando en Cuba una y otra vez.

El presidente estadounidense hizo una relación de medidas adoptadas por los gobiernos de su país durante más de medio siglo, reconociendo que ningún otro país ejecuta tal tipo de acciones y aceptando que todas ellas fracasaron, si se considera que la Revolución, bajo la conducción de Fidel y Raúl Castro, continúa en el poder. En paralelo, habría que decir que el fracaso de estas medidas no impide que el Gobierno de Estados Unidos las implemente hoy contra Irán y Rusia.

Obama reconoció el desarrollo de Cuba en materia de salud y valoró altamente la posibilidad de que estadounidenses y cubanos trabajen juntos en materias como salud, inmigración, antiterrorismo, tráfico de drogas y respuesta a catástrofes. Encomió el trabajo conjunto de ambos países en la lucha contra el ébola.

A continuación, planteó su nueva política para tratar de torpedear la Revolución Cubana a través de métodos “light” que no causen tanto rechazo en la comunidad internacional, “…podemos hacer más para apoyar al pueblo de Cuba y promover nuestros valores mediante la participación”, considerando que el “aislamiento no funcionó”.

Informó que revisará la presencia de Cuba en la lista de países que promueven el terrorismo, a todas luces una aseveración absurda y sin fundamento y enumeró las primeras medidas de liberalización económica de las relaciones, todo lo cual significan importantes, pero aún insuficientes pasos en el camino hacia el fin del bloqueo.

Con el cinismo y la soberbia típica de los presidentes estadounidenses dijo que no dudaba que seguían existiendo “…barreras continuas para la libertad de los cubanos comunes. Estados Unidos cree que ningún cubano debe enfrentar acosos, arrestos o golpizas simplemente porque ejerce un derecho universal de expresar su pensamiento, y continuaremos apoyando a la sociedad civil en ese asunto”, debe ser que no ha tenido tiempo de leer los noticieros de su país y tal vez no sepa lo que ha ocurrido en Ferguson, Cleveland o Nueva York. Como dice la jerga popular “debería arreglar la casa, antes de predicar en hogar ajeno”.

Pero bueno, a pesar de las alertas necesarias, en el marco de la comprensión de las limitaciones de un presidente estadounidense, es bueno aceptar la valentía de Obama, cavando la fosa para enterrar el cadáver de una política de agresión, violatoria del derecho internacional que no funcionó.

Muchos se preguntan: ¿Por qué el presidente de Estados Unidos toma tal decisión en este momento? Pienso que las respuestas están en el análisis de la situación geopolítica internacional, sin obviar algunos elementos de la política interna de Estados Unidos. Daremos algunas opiniones al respecto.

Las nuevas generaciones de cubano-americanos rechazan mayoritariamente el bloqueo, tal como el propio Presidente reconoció en su discurso, en ese sentido el tradicional lobby cubano de Miami se ha debilitado en términos de apoyo financiero y electoral a las campañas de los partidos políticos. Obama ha estimado que hoy puede prescindir de quienes en el pasado jugaban un papel decisivo en las elecciones de Estados Unidos como se manifestó en el colosal fraude electoral que le dio el triunfo a George Bush frente a Al Gore. 
Por otro lado, empresarios de todo tipo, pero, de manera particular del sector agrícola del sur de Estados Unidos, han incrementado sus vínculos con Cuba. Son estados que se caracterizan por su alta producción de alimentos y consideran a Cuba un mercado natural para una producción que está siendo desplazada sobre todo por Brasil, Argentina y otros países. Finalmente, el peso de 10 editoriales del New York Times, demostrando la obsolescencia del bloqueo, eran expresión de un poderoso sector que no representa solo a los magnates de los medios de comunicación, también a algunos de los más poderosos lobistas vinculados al sector empresarial y financiero que ningún presidente puede obviar.

En el plano internacional, la votación anual en el seno de la Asamblea General de la ONU mostraba a un Estados Unidos aislado, solo apoyado por Israel. Pero, se debe recalcar que ha sido trascendental en los últimos años el soporte unánime de una América Latina y Caribe unidos, que una y otra vez, de manera colectiva a través de los mecanismos multilaterales o de forma individual manifestaron al presidente de Estados Unidos la inconveniencia de seguir manteniendo el bloqueo.

En este contexto, influyó el incremento de la relación mutuamente ventajosa de América Latina y el Caribe con Rusia y China. Mientras los presidentes de esos países Vladímir Putin y Xi Jinping se paseaban por la región manteniendo y elevando los vínculos multilaterales y bilaterales, Obama debía dar cuenta en cada reunión del bloqueo a Cuba y las migraciones. En el último mes, le apuntó a ambos temas, avanzando en la desactivación de dos conflictos que le permitirán desplegar una alfombra suave por donde podrá caminar más seguro a la Cumbre de las Américas de Panamá en el venidero abril de 2015. Tal vez sea ésta la manera que Obama ha decidido para volver a una región que tradicionalmente ha sido su aliado seguro en el tablero global.

En los tiempos modernos, frente al desatado individualismo, el consumismo desenfrenado y las prácticas putrefactas de la democracia corrupta, una vez más, Cuba se yergue enhiesta enarbolando sus principios, valores, su dignidad y honor. Que nadie le arrebate esta victoria, que nadie se haga dueño de un combate que los cubanos han librado por décadas al precio de su sacrificio y de la sangre de algunos de su mejores hijos.

Tal vez hoy, los cubanos canten una vez más junto a Silvio: "Dicen que me arrastrarán por sobre rocas cuando la Revolución se venga abajo, que machacarán mis manos y mi boca, que me arrancarán los ojos y el badajo, será que la necedad parió conmigo, la necedad de lo que hoy resulta necio: la necedad de asumir al enemigo, la necedad de vivir sin tener precio. Yo no sé lo que es el destino, caminando fui lo que fui, allá Dios, que será divino. Yo me muero como viví".

Fuente Ciudad CCS

*Venezolano Licenciado y Magister en Relaciones Internacionales por la Universidad Central de Venezuela. Analista y consultor internacional. Profesor del Instituto de Altos Estudios Diplomáticos "Pedro Gual" del Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Bolivariana de Venezuela.
Imagen agregada FOTO Iván Soca, Cuba

La Protesta de Baraguá

viernes, 15 de marzo de 2013
Por Raúl Rodríguez La O

La Protesta de Baraguá no es un hecho aislado ni tampoco casual y, en modo alguno, puede comprenderse sin tener en cuenta las causas y situaciones específicas que condujeron a la firma del Pacto del Zanjón en Camagüey, el 10 de febrero de 1878.

El enemigo al percatarse del espíritu de lucha de los revolucionarios cubanos, optó por la vía que le pareció más segura: desarrollar actividades de penetración por medio del soborno, división, diversionismo político e ideológico y otras formas diferentes que pudieran neutralizar las fuerzas revolucionarias e independentistas.

A consecuencia de esta política de divide y vencerás, los colonialistas españoles enviaron al campo insurrecto varias misiones de paz y organizaron un fuerte sistema de espionaje y contraespionaje.

Paralelamente incorporaron a cientos de miles de soldados para sofocar la guerra. Pero los mambises desde los primeros momentos fueron desarrollándose y abarcando cada vez más territorio en sus operaciones militares con las propias armas que arrancaban a sus adversarios, ya que fueron muy pocas las que pudieron recibir de la emigración.

Sin embargo, hay que señalar que casi desde los inicios de la revolución, encabezada por el Padre de la Patria en el ingenio La Demajagua el 10 de Octubre de 1868, se produjeron hechos y situaciones que afectaron la causa de la independencia. Estos fueron entre otros, la falta de unidad, indisciplinas, oportunismos e intrigas políticas, el regionalismo, las actitudes racistas y las contradicciones entre el poder civil y el militar, así como entre el Gobierno en Armas y la Cámara de Representantes, que culminaron lamentablemente con la deposición del Presidente Carlos Manuel de Céspedes en 1873, las revueltas e intentos reformistas conocidos como las sediciones de Lagunas de Varona, en 1875, y de Santa Rita, en 1877.

Por otra parte, fue hecho prisionero en 1877 con algunos cubanos más el entonces presidente de la República en Armas, Tomás Estrada Palma. Todo eso generó en el campo revolucionario dificultades que a la postre minaron completamente la unidad de la revolución y fueron, entre otros factores, causas del fracaso de la primera contienda independentista de los cubanos, finalizada mediante los acuerdos del Pacto del Zanjón.

Casi sin que pueda impedirlo el Gobierno y la Cámara de Representantes de la República en Armas van y vienen del campo insurrecto misioneros de paz en territorio camagüeyano. Incluso la Cámara dejó sin efecto un acuerdo de dicho órgano, mediante el cual se podía fusilar a todo el que entablara conversaciones de paz.

Toda esa situación la supo utilizar el enemigo y fue propicia para que los débiles de espíritu y los confundidos se dejaran arrastrar por los que a estas alturas se habían cansado y deseaban desesperadamente la paz con España, aunque no se lograra la independencia ni se aboliera la esclavitud.

En medio de esta difícil coyuntura, el general Máximo Gómez en su condición de Secretario de la Guerra propuso un plan de unificación y reorganización del Ejército Libertador para tratar de salvar la revolución. Pero todo quedó en proyecto. El descontento del Generalísimo con toda esa situación fue cada vez mayor, como se puede apreciar en su Diario de Campaña y en el libro que escribió y publicó en 1878, en Kingston, Jamaica, titulado Convenio del Zanjón. Relatos de los últimos sucesos de Cuba, donde se refleja la tristeza que lo embargaba al contemplar como se desarrollaban los acontecimientos a favor de la supuesta paz y en detrimento de la revolución. Por esas razones, tal vez, y para no sentirse comprometido, renunció al cargo de Secretario de la Guerra el 10 de diciembre de 1877. En su condición de extranjero, no quiso tomar parte en tan delicado asunto de firmar la paz con España sin lograr la independencia.

Esa fue a grandes rasgos la situación producida en Camagüey y la actitud de Máximo Gómez quien no quiso mezclarse en tan complicado asunto que, a su juicio, aunque no lo compartía, debían decidir los propios cubanos. Por eso pidió salir del país cuanto antes tal y como había gestionado ya desde diciembre de 1877 para su esposa e hijos.

El Gobierno en Armas le pide un último favor y es que ya que él ha manifestado ir a reunirse en Oriente con Maceo y demás combatientes que iniciaron juntos la lucha, acompañara a los dos comisionados que irían a informarle de lo pactado en el Zanjón al general Antonio y al resto de los orientales.

Los principales jefes de Oriente rechazaron terminantemente el Pacto del Zanjón y entre ellos se destacó sobremanera el Titán de Bronce. Luego de haberse reunido con los comisionados enviados para que le informaran de todos los pormenores relacionados con este hecho, Maceo le preguntó su opinión al Generalísimo, quien le dijo que a su juicio todo estaba perdido y era ya muy difícil sobreponerse a ese revés, pues la mayoría deseaba la paz prometida por España.

La decisión de marchar al extranjero manifestada por Gómez debió ser un rudo golpe para el general santiaguero, quien se había formado bajo su mando.

Tan pronto se separó del Generalísimo, el general Antonio se dirigió por escrito a los principales oficiales de Oriente, convocándolos para informarles la situación creada en el Camagüey y lo mismo hizo con Arsenio Martínez Campos y otros jefes españoles, con vistas a expresarles su posición.

El 21 de febrero de 1878 y en respuesta al general español Enrique Bargés y Pombo, Maceo le escribe:

"Estoy perfectamente enterado de los acontecimientos que han tenido lugar en Camagüey y de los preliminares de arreglo con el general Campos y la Junta de aquel territorio. Cuanto al último extremo de su carta, debo manifestarle que comprendo que sus fuerzas, en el caso que usted cita, serían aglomeradas sobre este Departamento, y que por eso las armas no nos favorecerían como otras veces; pero le advierto que a los hombres de mi temple no les arredra ninguna situación por difícil que sea; dejemos, pues, la cosa al tiempo: el futuro, como el pasado, sería el mejor testigo".

La actitud digna y de principios de Maceo es tan firme que impidió que la guerra fuera sofocada inmediatamente a los acuerdos del Zanjón, por lo menos en Oriente y también en Las Villas, donde el patriota Ramón Leocadio Bonachea tampoco aceptó el Pacto y continuó combatiendo con un destacamento hasta el 15 de abril de 1879 cuando depuso las armas mediante la Protesta de Hornos de Cal, convirtiéndose así en el último jefe cubano en deponer las armas durante la guerra de 1868.

Alrededor de Maceo se agruparon Guillermón Moncada, José Maceo, Flor Crombet, Limbano Sánchez, Arcadio Leyte Vidal, Belisario Grave de Peralta y Quintín Banderas, entre otros destacados patriotas. Eso es lo que puede explicar que Arsenio Martínez Campos estuviera tan preocupado y escribiera con fecha del 26 de febrero de 1878 una interesante carta, en la cual dice:

"Maceo me pide imposible, y yo no amplío las bases; me ha pedido entrevistarse conmigo, y como del 6 al 8 estaré en Cuba (se refiere a Santiago de Cuba), le veré; como mulato, es de una vanidad extrema y desea hablarme directamente. Tengo esperanza de que no se dispare un tiro más... Este Maceo es la clave de la verdadera paz".

El 15 de marzo de 1878 se produjo la histórica reunión de Antonio Maceo con Arsenio Martínez Campos en Mangos de Baraguá. El general cubano no permitió la lectura de las bases del Pacto del Zanjón y ratificó el rotundo rechazo, lo que ya en carta había manifestado, pues en el Pacto no se contemplaba la independencia de Cuba ni la abolición de la esclavitud. Ante el disgusto de dicho general español, el Titán de Bronce reafirmó la decisión y el compromiso de volver al campo de batalla para alcanzar la libertad y la dignidad de los cubanos con el filo del machete.

En esas complejas circunstancias, después de la viril Protesta de Baraguá, el Gobierno Provisional en Armas, elegido y presidido por el mayor general Titá Calvar, tomó el lamentable acuerdo de designar al general Antonio Maceo para cumplir una misión en el exterior justo cuando más necesaria era su presencia en la Isla y que el Titán de Bronce, luego de algunas negativas como es fácil comprender, por sus principios éticos y morales, se vio obligado a aceptar por disciplina militar. Solo así, con la salida de Cuba del intrépido e intransigente general santiaguero, fue que la guerra pudo terminar. De no haber sido por ese acontecimiento, únicamente muerto hubieran sacado a Maceo del campo de batalla.

Para comprender en toda su dimensión lo que él significó en ese difícil periodo de nuestra historia, creo muy conveniente citar las siguientes ideas sobre su figura, expresadas por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz , en su discurso con motivo de la velada conmemorativa por los cien años de lucha, en el ingenio La Demajagua, el 10 de octubre de 1968:

"Pero cuando debilitadas las fuerzas cubanas por la discordia arreció el enemigo su ofensiva, entonces también empezaron a evidenciarse las vacilaciones de aquellos elementos que habían tenido menos firmeza revolucionaria. Y es en esos instantes —en el instante de la paz del Zanjón, que puso fin a aquella heroica guerra— cuando emerge con toda su fuerza y toda su extraordinaria talla, el personaje más representativo del pueblo, el personaje más representativo de Cuba en aquella guerra, venido de las filas más humildes del pueblo, que fue Antonio Maceo (... ) en el momento en que aquella lucha de diez años iba a terminar surge aquella figura, surge el espíritu y la conciencia revolucionaria radicalizada, simbolizada en ese instante en la persona de Antonio Maceo, que frente al hecho consumado del Zanjón —aquel pacto que más que un pacto fue realmente una rendición de las armas cubanas— expresa en la histórica protesta de Baraguá su propósito de continuar la lucha, expresa el espíritu más sólido y más intransigente de nuestro pueblo declarando que no acepta el pacto del Zanjón. Y efectivamente, continúa la guerra (... ) Por eso, aunque Maceo en aquel momento salva la bandera, salva la causa y sitúa el espíritu revolucionario del pueblo naciente de Cuba en su nivel más alto, no pudo, pese a su enorme capacidad y heroísmo, seguir manteniendo aquella guerra y se vio en la necesidad de hacer un receso en espera de las condiciones que le permitiesen reanudar otra vez el combate’’.

Y esas extraordinarias cualidades de Maceo, expresadas por el compañero Fidel, lo acompañarán siempre en toda su vida hasta su gloriosa caída en combate, el 7 de diciembre de 1896, como puede corroborarse en carta dirigida a José Martí desde el Istmo de Panamá, el 4 de enero de 1888:

"La unión, amigos, se impone por fuerza a nuestro patriotismo; pues sin ella serían estériles todos nuestros sacrificios y se ahogarían siempre en sangre nuestras más arriesgadas empresas. Contad, pues, con que a alcanzarla contribuiré con todas las fuerzas de mi espíritu y toda la autoridad que me dan mi pasado y los servicios por mí prestados a la causa de nuestra libertad".

Fuente Periódico Granma

José Martí y Ernesto Che Guevara en la redención americana de hoy

viernes, 8 de febrero de 2013

Por María del Carmen Ariet García
 Descargable en pdf:

Introducción
 A 160 años del natalicio de José Martí acercarnos a su ensayo «Nuestra América», escrito en circunstancias muy particulares dentro su prolongada estancia en los Estados Unidos e inmerso en su afán por alcanzar la independencia de Cuba, representa, sin dudas, la expresión más nítida de un pensamiento que no solo se construye literalmente con un estilo depurado y propio, sino que es expresión, también, de dimensiones que sobrepasan a su época y contextos, siempre presentes en el devenir latinoamericano y en el aliento vital y renovador con que nuestros pueblos han de luchar para conquistar y hacer realidad, como expresara Cintio Vitier, «los fantasmas de la redención americana».
 Estos análisis se inscriben dentro de un pensamiento social radical de nuestro continente, precursor junto con nuestros próceres de la independencia, de proyecciones que apuntan a defender conceptos y actuaciones que nunca se han logrado alcanzar, a pesar de una historia común en las que sobresalen páginas gloriosas de lucha, pero que en incontables ocasiones no han podido sobrepasar más allá de sus circunstancias. Es un mérito indiscutible de Martí, el que desde la visión independentista mirara más allá y reflexionara en torno a elementos claves, para obtener lo que sabía indispensable, la soberanía de nuestras repúblicas con un sentido diferente y donde primara la fuerza y dignidad del hombre americano, como el portador de la plena liberación, que en su caso era definitorio del hombre múltiple y de su identidad: cultura y participación comprometida en lo político y en lo social, sin dejar de considerar lo económico dentro de esa sumatoria de factores.
 En este afán por reconocer y reconocerse en el hombre americano, supo advertir no solo el crisol de sus cualidades por desarrollar, sino sobre todo el compromiso ético que debía primar en sus acciones para enfrentar el poder --que sentía omnímodo--, de la nación del norte y sus pretensiones de dominación total en nuestras repúblicas nacientes. Representa uno de los ejes esenciales de «Nuestra América», pero no el único, porque su larga estancia en los Estados Unidos contribuyó a una mirada abarcadora, en los que supo apreciar el impulso interior de su desarrollo económico y cultural, pero también las limitaciones particulares que hacían de sus ciudadanos hombres egoístas y desprovistos de gestos de hermanamiento y solidaridad, por lo que auguraba un futuro prominente pero a la vez depredador y avasallador con los más débiles de su entorno, los que en esos tiempos se encontraban delineando su provenir como nación después de las luchas por alcanzar la independencia.
 Para el vecino del norte, nuestros países eran considerados bárbaros, incultos pero, para su mal, con enormes recursos materiales codiciados por ellos. Ya se sentían capaces de ejercer un dominio imperial a escala expansiva y, nada más oportuno, que en su patio trasero. Este fenómeno de expansión imperialista y sus rasgos distintivos constituyen en el pensamiento martiano una visión superior de su época, interpretada como profética por algunos, pero que, si se estudia analíticamente, resume la expresión de un pensamiento político latinoamericano que conforma las bases de una modernidad que se entronca con lo más avanzado, coherente y actual de nuestra intelectualidad en el plano de la teoría social.
 De esa forma, muy sucinta, se puede resaltar la contemporaneidad intrínseca de «Nuestra América», al extenderse su presencia en las propuestas de cambio que se sustentan hoy en la región, donde se incluyen ejes que van desde el compromiso por recuperar la plena identidad del hombre americano en su diversidad y también en su unidad, como base primaria para entender las formas y los modos propios de cómo obtener la plena independencia que fuera cercenada por la nación del norte y por coyunturas propias. En esos espacios se ubican corrientes y tendencias en las que se cruzan posiciones más radicales y de izquierda con las más conservadoras, con la necesidad imperiosa de construir no solo el proyecto de nación que cada país debe y requiere hacer, sino esencialmente para pensar en el compromiso de un nuevo siglo y milenio que nos obliga a diseñar espacios superiores donde los ejes de poder político, la hegemonía, la soberanía y la plena identidad sean las fuerzas dominantes y contrastantes para enfrentar de una vez por todas al «gigante de las siete leguas».
 En esa escala superior, la historia reciente de América Latina registra un hecho sustancial cuyo significado llegó a trascender fronteras, que no es otro que el triunfo de la Revolución cubana en enero de 1959. Resulta muy propio de este proceso la unión de tendencias y proyecciones en las que se suman lo más autóctono de nuestro pensamiento revolucionario, donde, por supuesto, Martí alcanza un lugar cimero, definido por Fidel Castro, líder de la Revolución, como el autor intelectual del Movimiento 26 de julio y por consiguiente del proceso radical y de total transformación que se proponía ejecutar en el proyecto de nación a reconstruir. Es importante advertir que en el proceso cubano desarrollado en la segunda mitad del siglo XX no solo estuvieran presentes los presupuestos conceptuales martianos sino que estuvieran imbricados en ellos el pensamiento marxista dentro de su ideario, lo que en nuestro caso no significó una ruptura diacrónica, porque aun cuando Martí y su filosofía no pertenece a esa línea de pensamiento, sus concepciones políticas y sociales se sitúan en lo más sobresaliente y actual de las aspiraciones libertarias de Cuba y América y le dan un verdadero sentido a su contemporaneidad.
 Dentro del pensamiento revolucionario que distingue a la Revolución cubana, el ejercicio de una praxis política consecuente con el ideal martiano y marxista, postulado en momentos cumbres como en el preludio de la invasión mercenaria en abril de 1961, donde se declara el carácter socialista de la Revolución, junto con Fidel y como parte de nuestra vanguardia revolucionaria, se distingue de modo particular el pensamiento creador y la acción práctica de Ernesto Che Guevara, expresión de esa simbiosis, al articular de forma natural el pensamiento filosófico y revolucionario de Marx y del marxismo latinoamericano con el pensamiento radical cubano, condensado en el pensamiento martiano.
 El paralelismo entre Martí y el Che puede establecerse desde diferentes ángulos e incluso visiones para demostrar la verticalidad de construcciones teóricas y posiciones prácticas, que aun cuando diverjan en fundamentos filosóficos aparenciales o no, encuentran propósitos y similitudes que los acercan y unen. La trascendencia y contemporaneidad, además de probar lo expresado en cuanto a su quehacer teórico en función de una práctica revolucionaria acorde con su época y circunstancias, se distinguen por la unidad común en cuanto a proyección de cambio y de futuro, lo que otorga un sentido de universalidad a posturas y definiciones que se engarzan, en lo global, con la necesidad de una mirada transformadora y de compromiso del mundo, y en lo particular, con el renacimiento de una verdadera América Nuestra.
 Pudiera parecer casual o un mero ejercicio académico, la similitud de propósitos y líneas conceptuales en trabajos emblemáticos de Martí y Che, como los ensayos «Nuestra América» y «El socialismo y el hombre en Cuba», aunque no los únicos. Se identifican procesos de búsqueda, propuestas de tesis y como solución la lucha revolucionaria para propiciar los cambios que se interrelacionan sobre bases comunes: el hombre como portador de los cambios y sujeto activo, la ética como soporte indispensable para construir proyectos emancipatorios y de expresión popular y la identificación de la existencia de un eje distorsionador en la región, como lo ha sido y es los Estados Unidos.
 1. El sujeto americano: emancipación y liberación política
 El sujeto, esencia de una filosofía que distingue al hombre como centro de su accionar y destino, se encuentra presente en muchas corrientes de pensamiento y, fundamentalmente, en aspiraciones concretas dentro del proceso civilizatorio del hombre a través de todos los tiempos.
 Es el hombre sujeto portador u objeto subordinado de esos procesos, en dependencia de su propia evolución, producto de violentos enfrentamientos en aras de alcanzar poderes superiores, traducidos en pensamientos que se sitúan en pro o en contra de esas posiciones. En el transcurso de esas fases, la interrelación entre sujeto y ética conforma un binomio singular, porque muchas veces no se ha sabido o querido expresar su verdadero sentido y necesidad como elementos sustanciales en el momento de percibir los cambios y las transformaciones exigidas. La usurpación del papel sustancial que le corresponde desempeñar al hombre en la sociedad es limitada por poderes omnímodos, convertidos en sus representantes absolutos sin advertir que por fuerza bruta o por vías más dúctiles, sin la acción del hombre no se puede alcanzar propósito alguno.
 En Martí, hombre de su tiempo y de raigambre americana, que aprehendió de las fuentes nutricias de la independencia y que vio crecer a ese hombre americano, sujeto-actor de ese proceso, muchas veces mancillado y olvidado, se encuentra presente no solo la defensa a ultranza de ese hombre, sino sobre todo el destacar su estirpe de raza, portador de una cultura autóctona y de una voluntad puesta a prueba en circunstancias crueles y despiadadas, como lo fue la conquista y la colonización.
 Para Martí, el camino hacia escalones superiores por parte de nuestros pueblos, debía centrarse en el crecimiento espiritual y cultural de ese hombre ingenuo e ignorado, enfatizando que esa obra era y es de todos, porque solo así se podrá construir y alcanzar una América propia. En esa razón, se erige como una necesidad imperiosa otorgar a la ética un papel rector para establecer el verdadero sentido a los pueblos que renacen de la barbarie, para que aprendan con sentido de equidad a construir naciones emancipadas y de hombres libres y plenos, defensores de sus intereses ante la depredación de poderes foráneos, como siempre lo fueron los Estados Unidos, advertido no solo por Martí, sino por el propio Bolívar y otros próceres de Nuestra América.
 A pesar de esas advertencias, explícitas y preclaras en «Nuestra América», el poder del norte se impuso con toda su fuerza despiadada, convertido en el yugo hegemónico de las repúblicas americanas. Así ha sido hasta el presente, aun cuando se ha avanzado y retrocedido a la vez y que ha habido hombres que, como Martí, han luchado por construir una América libre y soberana.
 En Cuba hemos contado con un la presencia activa de Fidel y el Che, convertidos, además, en referente de los pueblos que han abogado por cambios profundos, portadores, el primero, de un proyecto de liberación total para su pueblo, y el segundo, no solo parte de ese proyecto, sino también diseñador y actor de un proyecto de cambio que abarcara la América toda y donde estuvieran presentes rasgos y signos distintivos del proceso cubano, pero sin calco ni copia como expusiera Mariátegui en su tiempo, con el objetivo supremo de otorgarle al hombre americano el verdadero papel que le corresponde en estos tiempos, hechos a golpe de acción y en la búsqueda de una ética superior que los conduzca por el camino de la solidaridad y la unidad como los ejes particulares capaces de nuclear el espíritu latinoamericano que, como Gran Semí, regó por las naciones del continente y que conforman, a no dudar, los preceptos que distinguen a los gobiernos más progresistas del continente.
 El Che, hombre de acción y de pensamiento, comprendió plenamente la esencia humanista del marxismo y que, de forma incipiente, se construye a partir de los viajes que realizara en su juventud por el continente. La solidaridad y el espíritu de compromiso con los desposeídos fueron sus primeros componentes, seguido por su decisión de luchar al comprender que solo mediante esa acción directa el hombre puede alcanzar su máxima plenitud, basado sustancialmente en el principio marxista de resaltar el factor subjetivo como el actor principal de todo proceso revolucionario y dueño de su destino histórico, que para el Che no era otro que el socialismo. Como advierte ese es un proceso en extremo complejo y difícil, donde se puede contemplar desde su surgimiento «al hombre nuevo que va naciendo. Su imagen no está todavía acabada […]. Lo importante es que los hombres van adquiriendo cada día más conciencia de la necesidad de su incorporación a la sociedad y, al mismo tiempo, de su importancia como motores de la misma […]. El camino es largo y desconocido en parte; conocemos nuestras limitaciones. Haremos el hombre del siglo XXI: nosotros mismos.» [1]
 El punto de partida y su posterior evolución transita con el propio acontecer de la Revolución cubana. Esa mirada, en la que se vislumbra un futuro alternativo a la barbarie capitalista desde el pleno ejercicio del poder mismo, refleja una visión integradora de un nuevo tipo de sociedad a alcanzar en lo intelectual y moral y que debe pasar por la conquista gradual de la igualdad, la justicia social, la plena dignidad humana y la defensa de los derechos humanos como verdadero contenido moral de la política, los que representan indicadores de una validez incuestionable para los movimientos sociales de mayor o menor radicalidad.
 Tanto en Martí como en el Che sobresale una ética política que se destaca en lo teórico y en lo práctico por actuaciones y pensamientos, que colocan al sujeto como centro rector de una visión y compromiso consigo mismo y a la vez con su entorno, capaz de concientizar tanto en su accionar individual como en la toma de conciencia del accionar colectivo, en aras de superarse a sí mismo para construir una proyección cualitativamente superior que dignifique la solidaridad y la dignidad plena del hombre y que pudiera centrarse en una tesis sustancial: La interrelación entre pensamiento y acción representan el centro de sus acciones, expresadas en un espíritu de compromiso con el sujeto como eje primordial de todo proceso de cambio que aspire a un mundo mejor y que, en sus casos, transitó a lo largo de sus vidas, cuyo ciclo culmina con su entrega sin límites, haciendo cierta el apotegma martiano de que, «nadie tiene el derecho de dormir tranquilo mientras haya un hombre infeliz…» [2]
 2. Poder político: dependencia y dominación vs independencia y soberanía
 Aunque parezca alejado en tiempo en cuanto a propósitos a alcanzar, cuando se estudian en Martí y el Che los temas referidos a la política y el poder, sobre todo los referidos a la obtención de la independencia y la soberanía como un bloque compacto de acciones para alcanzarlas, contrastantes con la dominación y la dependencia impuesta por las políticas hegemónicas de los Estados Unidos hacia la región, la similitud de intereses y posibles soluciones para alcanzarlas, determinan las raíces históricas comunes que desde las luchas por la independencia colonial española percibieron ambos como un hilo perceptible donde reconocernos todos.
 Para Martí, quien postula como primer elemento que el problema de la independencia no era un cambio de formas, sino un cambio de espíritu y donde advierte, además, que «urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia»,[3]  es lógico entender su concepción precisa acerca del camino que debía seguir la política y la estrategia a seguir en nuestras naciones. Cuando define que en la política, lo real es lo que no se ve y que es el arte de combinar, para el bienestar creciente interior, los factores diversos u opuestos de un país, y de salvar al país de la enemistad abierta o la amistad codiciosa de los demás pueblos, están presentes argumentos pensados y expuestos teniendo en cuenta su vasta experiencia y conocimiento directo de los Estados Unidos y el significado de su amenaza permanente, realizando un retrato fiel de su composición y estructura, al haber sido criado en la esperanza de su dominación continental; en el ansia de mercados de sus industrias pletóricas y en la ocasión de imponer a naciones lejanas y a vecinos débiles su protectorado, como característica de su ambición política, rapaz y atrevida.
 En ello encuentra razones suficientes para mirar, desde la independencia real no alcanzada aun, el peligro de la dominación de un pueblo que mira con codicia a los pueblos menores. Con visión íntegra precisó que si dos naciones no tienen intereses comunes no pueden juntarse, porque «si se juntan chocan». Quedan pendientes hoy las advertencias martianas cuando llamaba a inquirir sobre cuáles eran las fuerzas políticas del país que convidaba y los intereses de los partidos y de sus hombres, además de insistir en la necesidad de indagar e investigar a qué unión nos convocaban, porque de lo contrario haría mal a América en seguirlos.
 Dentro de ese contexto, algunos de los postulados expuestos por el Che en sus escritos y discursos en torno a la forma clara y precisa de abordar el tema de la soberanía y cuyos ejes esenciales estaban conformados por la obtención de la soberanía política primero y la independencia económica después, representan ópticas de significados y propósitos idénticos, más allá de circunstancias y coyunturas concretas que las particularizan.
 La visión esclarecedora que sostuvo el Che al analizar la expansión del capitalismo y del imperialismo como su línea central dentro de una relación específica de un poder político diseñado para ello y, donde lo social y lo político intervienen en toda su contradicción, por ser expresión intrínseca del imperialismo como fenómeno histórico, se conjuga con lo advertido por Martí.
 La interrelación de ambas visiones deviene paradigmática, porque forman parte de dimensiones similares, unidas en análisis complementarios, capaces de demostrar la validez de un pensamiento y una práctica revolucionarias que partieran de un análisis crítico del imperialismo combinado con un involucramiento activo en lo personal, con la presencia muy propia de combinar la práctica política con la ética en un compromiso que los distinguió en toda su trayectoria.
 Con mirada actual, la expresión martiana de que lo primero en política es aclarar, prever y alertar a América sobre el vecino rapaz y ambicioso en la batalla que se preparan a librar con el resto del mundo, se une la centralidad del Che de destacar la interrelación entre imperialismo y revolución, el papel de la acción humana para enfrentar el fenómeno imperialista y la profundización de las desigualdades , que de manera constante mina la capacidad de las naciones para actuar, porque como dijera Martí «sobre serpientes, ¿quién levanta pueblos?» [4]
 La batalla advertida por Martí muy a tiempo y de innegable solidez y vigencia, fue asumida en su momento por el Che dentro de un camino más complejo y violento, que lo llevan a una lucha directa para enfrentar esa fuerza mayor que definiera en el «Mensaje a la Tricontinental»: «Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo y un clamor por la unidad de los pueblos contra el gran enemigo del género humano: los Estados Unidos de Norteamérica» [5]  y que solo con la conjunción de fuerzas sociales y políticas unidas se podrá alcanzar un pleno proceso de liberación humana.
 3. Imperialismo y revolución: presencia en los paradigmas emancipatorios de América Latina
 La historia reciente de nuestros pueblos se suma a las páginas que esclarecedoramente fueron advertidas por pensadores y revolucionarios y por páginas estremecedoras de generaciones que lucharon y luchan por hacer de nuestro continente un todo indivisible. Todavía está por responder en su total dimensión la interrogante escrita por Martí en 1889, y que sintetiza nuestra fatídica historia compartida: «¿Y han de poner sus negocios los pueblos de América en manos de su único enemigo, o de ganarle tiempo y poblarse, y unirse, y merecer definitivamente el crédito y respeto de naciones, antes de que ose demandarles la sumisión el vecino…?» [6]
 Es sabido que las acciones y percepciones acerca de cómo obtener caminos comunes y dignos obedecen, en ocasiones, a circunstancias y coyunturas muy particulares, de no poca importancia en cualquier análisis que se necesite hacer para interpretar o juzgar una etapa o período de la historia, lo que sin dudas representa una singularidad pero también contribuye a una profundización de fenómenos que por su relieve e importancia pertenecen al todo imaginario de nuestras culturas y a los modos de abordar nuestras realidades y posibles soluciones.
 Pasado los años, hemos transitado por un bicentenario independentista, expresión de luces y sombras, pero singularmente conformado por caminos similares aunque no idénticos en sus particularidades. Se observan alternativas diversas no solo en los modos de repensar nuestra realidad, sino sobre todo en los modos de accionar con la misma, incluyendo las que por diferentes modos, circunstancias y maneras no se avienen o no corresponden a los momentos actuales. Aun cuando el binomio imperialismo-revolución pase por gradaciones y manera de asumirlo, lo real es que se mantienen como un par indivisible aunque los tiempos obliguen a replantear su comportamiento, centrado esencialmente en los nuevos paradigmas en los que intervengan con un sentido más participativo, de igualdad, solidaridad y pleno cambio con su pleno sentido revolucionario, si en verdad deseamos hacer realidad el precepto martiano expresado en «Nuestra América» de: «…injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas…» [7]
 En la raíz de nuestros paradigmas, y como exigencia mayor, se erige como un monolito el llamado de Martí en ese prédica permanente por hacer de nuestras repúblicas un todo indivisible para su propia defensa y desarrollo, la presencia de Bolívar: «…así está en el cielo de América, vigilante y ceñudo, sentado aún en la roca de crear, con el inca al lado y el haz de banderas a los pies; así está él calzadas aún las botas de campaña, porque lo que él no dejó hecho, sin hacer está hoy; porque Bolívar tiene que hacer en América todavía…» [8]
 Esa voluntad de hacer está aun por conquistar porque a través de la independencia real es que se logra «el equilibrio del mundo». Ese equilibrio del mundo invocado por Martí es una sentencia vital en nuestros tiempos de nuevo siglo y nuevo milenio, cuando se habla de un mundo global, pero excluible para la mayoría y que nos conmina a un análisis reflexivo que permita acercarnos, de modo inobjetable, a lo expuesto por el Che en múltiples análisis, cuando articuló una visión transformadora revolucionaria, popular y orgánica a la vez, de lo nacional, incluyendo, además, su carácter internacionalista y solidario.
 Para el Che su teoría revolucionaria del cambio social y su estrategia política se sustenta en el principio de alcanzar un proyecto de liberación nacional socialista, donde se destaca el aspecto activo de la política en su carácter emancipatorio y liberador de la fuerza hegemónica del poder centrado en el imperialismo norteamericano. Tanto Martí como el Che pudieron analizar la esencia de los centros de poder del capitalismo, para el primero, los análisis que en su tiempo realizara sobre esas proyecciones, expuestas en sus escritos sobre la Conferencia Monetaria efectuada en Nueva York en 1889, y para el Che sus tesis tercermundistas, sobresalen por su extraordinaria capacidad analítica y su extraordinaria visión de futuro, las que mantienen la esencia de sus fundamentos.
 La dimensión teórica y práctica de esas tesis del Che permiten acentuar, en los movimientos populares, la búsqueda en la revolución de un proceso de emancipación de los individuos como una estrategia válida para cualquier movimiento socialista. Es por ello, que tanto en Martí como en el Che sobresalen sus orientaciones acerca de la lucha contra las desigualdades y dependencias entre las naciones, como consecuencia de la hegemonía instrumentada en el mundo por poderes omnímodos, con predominio de un profundo contenido moral capaz de rescatar un pasado común y la recuperación histórica entre la cultura y la política en la obtención de un poder global para todos, con un desarrollo que trace como objetivo el poder avanzar por un camino propio y crear un modelo integral de solidaridad y ética para todos.
 En el caso de América la proyección martiana queda como tesis pendiente a alcanzar y como guía señera para la acción : «¿A dónde va la América, y quien la junta y la guía? Sola, y como un pueblo, se levanta. Sola pelea. Vencerá sola.» [9]

Notas:
 [1] Ernesto Che Guevara: “El socialismo y el hombre en Cuba”, en revista Contexto, no. 5, México, 2007, pp. 89 y 99.
 [2] José Martí: “La verdad sobre los Estados Unidos”, publicado en Patria el 23 de marzo de 1894, tomado de José Martí. Antología mínima, T. I, Editorial Ciencias Sociales, ICL, La Habana, p. 450.
 [3] ________: “Congreso Internacional de Washington. Su historia, sus elementos y sus tendencias” I, publicado en La Nación los días 19 y 20 de diciembre de 1889, tomado de José Martí. Antología mínima, ob. cit., p. 272.
 [4] Ibídem, p. 333.
 [5] Ernesto Che Guevara: “Crear dos, tres … muchos Viet Nam, es la consigna” en revista Contexto, ob. cit., p. 137.
 [6] José Martí: “Congreso Internacional de Washington”, ob. cit., p. 284.
 [7] ________: “Nuestra América”, publicado en El Partido Liberal el 30 de enero de 1891, tomado de José Martí. Antología mínima, ob. cit., p. 311.
 [8] ________: “Bolívar”, publicado en Patria el 28 de octubre de 1893, tomado de José Martí. Antología Mínima, ob. cit., pp. 380-381.
 [9] ________: “Madre América”, discurso pronunciado el 19 de diciembre de 1889, tomado de José Martí. Antología mínima, ob. cit., p. 302

Bibliografía Consultada:
 Ariet García, Ma. del Carmen: El pensamiento político de Ernesto Che Guevara, Ocean Sur, México, 2010.
 ________: Che Guevara: fases integradoras de su proyecto de cambio social, Ocean Sur, México, 2008.
 ________: “Política y revolución en el Che Guevara”, en revista Contexto, no. 12, México, 2010, pp. 100-107.
 Guevara Ernesto Che: Justicia Global. Liberación y socialismo, Ocean Press, Melbourne, 2002.
 Martí José: José Martí. Antología mínima, T. I, ICL, La Habana, 1972.


Tomado de Rebelión

 *Licenciada en Sociología y Doctora en Ciencias Históricas, es la Coordinadora Científica del Centro de Estudios Che Guevara, asesora de la Cátedra Che Guevara, Programa FLACSO de la UH, miembro de LASA y del Consejo editorial de la revista Contexto Latinoamericano, entre otros. 

Con la tecnología de Blogger.
 

Buscar en:

Entradas populares

Blogs de Autores de Despierta Libertad