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Los carteles del Che. Sus expresiones artísticas y comunicativas

lunes, 13 de junio de 2011

Los carteles del Che. Sus expresiones artísticas y comunicativas
Por Reinaldo Morales Campos *


En las representaciones gráficas del Che mostradas en carteles aportados por artistas de las artes plásticas y diseñadores cubanos, se han plasmados expresiones artísticas y comunicativas que confirman como en los momentos actuales de globalización neoliberal, su ejemplo adquiere cada vez más vigencia y se afianza como símbolo imperecedero de las causas justas de los pueblos oprimidos en el mundo.

Si bien el emblemático fotógrafo cubano Alberto Korda (1928-2001) cuando oprimió el obturador de su cámara durante el acto de despedida de duelo de las víctimas del sabotaje fraguado por la Agencia Central de Inteligencias (CIA) al vapor francés “La Coubre”, el 5 de marzo de 1960 en el puerto de La Habana, no imaginó que estaba tomando la foto que se convertiría en la más reproducida en diversos soportes de las artes visuales, lo cierto es que en la configuración obtenida de su rostro -en particular en su mirada- logró obtener la prodigiosa representación de la imagen del Guerrillero Heroico que después de su caída en Bolivia el 8 de octubre de 1967, se convirtió en símbolo de inspiración de su vida y de la obra que defendió hasta los últimos minutos de su existencia, a favor de los pueblos de África, Asia y América Latina en sus luchas por la conquista de sus efectivas independencias. Su Patria fue la Humanidad.


Foto Alberto Korda, 1960. Alfredo Rostgaard y Lázaro Abreu, OSPAAAL, 1967
Entre los primeros carteles que evidenciaron la anticipada revelación de la imagen del “Guerrillero Heroico” se puede evocar el impreso, antes de ocurrir su muerte, por la Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL), el 16 de abril de 1967, conteniendo tres fotos que habían sido tomadas durante su misión internacionalista en el Congo. Ese ejemplar, con la concepción artística de Alfredo Rostgaard y la realización grafica de Lázaro Abreu Padrón, al que se le insertó la frase “Crear dos, tres... muchos Viet Nam” en los idiomas español, inglés y francés y con una tirada que alcanzó 70 mil copias, fue repartido a todos los países del mundo junto con un folleto que contenía el texto integro del mensaje del Che a la Tricontinental.

Otros de los realizados - y el primero en que se reflejó la temática del “Guerrillero Heroico”- lo constituyó el portador del mensaje “Che: la juventud entonará los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y gritos de victoria”. Hasta la Victoria Siempre”. Ese cartel, diseñado por Mario Sandoval y editado por la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), fue el primero que se imprimió al confirmarse su muerte en tierras bolivianas. Su colocación, durante la jornada luctuosa decretada por el Gobierno Revolucionario Cubano en la que se informó oficialmente su muerte, por su inmediatez y eficacia testimonial desempeñó una importante función comunicativa.

La devenida imagen inmortalizada del Che captada por el fotógrafo Alberto Korda, en aquel lamentable momento se empleó durante la velada solemne del 18 de octubre de 1967 como foto-mural desplegada a todo tamaño en la fachada principal de la sede del Ministerio de Interior, y posteriormente, tras ser utilizada con diversas recurrencias gráficas en ese propio lugar durante los actos públicos y concentraciones populares organizados en la Plaza de la Revolución, pasó a ocupar un espacio permanente erigida en hierro forjado, delineada con contornos precisos que demarcan una corpulenta expresividad comunicativa.
Mario Sandoval, UJC, 1967, José Gómez Fresquet, CNC, 1967
Posteriormente, esa foto fue empleada por primera vez en un cartel con el texto “Hasta la Victoria Siempre” magistralmente esbozado por José Gómez Fresquet (Fremez), para el Consejo Nacional de Cultura (CNC), y fue simultáneamente reproducida similar a un cartel, en blanco y negro, sin texto pasando a formar parte de la decoración de hogares y en fachadas e interiores de escuelas y edificios públicos. Y comenzó a difundirse en diversos países del mundo exponiendo su mensaje de libertad, de la ocupación de los verdaderos problemas del hombre, del derecho de éste a luchar por tener solucionadas sus necesidades, de la existencia de una sociedad sin la explotación del hombre por el hombre, la desigualdad social y el sometimiento de un país sobre otro.

Por otra parte, las marcadas influencias de la vanguardia artística de la pintura manifestadas en la grafica de los años sesenta, posibilitaron que, a partir del primer año de la conmemoración de la muerte del Che se vislumbraran carteles en los que, además de la fotografía testimonial, sustentaran también diseños efectos ópticos y cinéticos, alusiones simbólicas, metáforas visuales, intensidades cromáticas y otras derivaciones de atrayentes configuraciones y efectiva visualización comunicativa. Afamados pintores cubanos -como Raúl Martínez González y Umberto Peña- y diseñadores gráficos de enraizada formación pictórica, entre los cuales estuvieron René Mederos y Antonio Fernández Reboiro, contribuyeron con diseños de carteles con interpretaciones personales del art pop.

Así, de los realizados en 1968 con tales atributos se pueden evocar el esbozado por Helena Serrano para la OSPAAAL -el primero de esa Organización, después de conocida su muerte, en el que utilizó la famosa foto de Alberto Korda con la imagen del Che, en una sucesión de planos con una secuencia imaginativa que, brotando del centro hacia al exterior, hace alusión simbólica a que su imagen se multiplicaba, que revivía, mostrándolo como un ser viviente, que no había muerto y que se agigantaba a través del tiempo. De significativa belleza y singularidad artística, el de Antonio “ÑIKO” Pérez González, del equipo de diseñadores de la Comisión de Orientación Revolucionaria (COR), con la imagen repetitiva en diferentes posiciones, a dos colores (negro y naranja) de alusiva interpretación simbólica. También el de colores planos de marcada intensidad cromática creado por Alfredo Rostgaard para el estreno del documental del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC), “Hasta la Victoria Siempre”, del laureado realizador Santiago Álvarez.

Sucesivamente en esos años de las décadas del sesenta y setenta se sucedieron otros atractivos y eficaces aportes de carteles que germinaron de las creaciones artísticas de Jesús Forjans, Félix Beltrán, Gladys Acosta, Luis Balaguer, Eladio Rivadulla, José Papiol, Olivio Martínez Viera, Lázaro Abreu Padrón, Pablo Labañino, Daysi Garcia y de otros que se distinguieron por sus proverbiales expresividades graficas. En 1977 , para el X aniversario de su desaparición física, la OSPAAAL editó el diseñado por Víctor Manuel Navarrete, en el que se empleó una selección de nueve imágenes del Che, en igual cantidad de cuadros, que simbólicamente escenificó su preparación en la guerrilla hasta su muerte y que concluyó con una estrella de color amarillo con un fusil insinuando la continuación de la lucha revolucionaria después de su muerte.

Helena Serrano, OSPAAAL,1968 Antonio “ÑIKO” Perez, COR, 1968 Alfredo Rostgaard, ICAIC, 1968
En el contexto de la celebración del XV aniversario, igualmente se contó con la espontanea contribución de obras plásticas del pintor cubano Orlando Yanes, con imágenes del Guerrillero Heroico, que fueron reproducidas en formato similar a carteles. Para esa ocasión la OSPAAAL imprimió una trilogía de carteles, en los que se destacaron el conocido “Che de la selva”, de magistral estilización artística del diseñador Rafael Morante Boyerizo y el diseñado por Rafael Enríquez Vega, conocido por el “Che de la sonrisa”, donde presentó una idea que rompió con el habitual empleo, hasta ese momento, de su representación a partir de la tradicional foto de Korda, en el que con una ilustración dibujada de su rostro, sobre fondo negro, su sonrisa y expresividad de la mirada logró plasmar un mensaje de confianza y seguridad en la victoria de los pueblos.

En los años noventa y a finales de siglo surgieron expresiones novedosas de presentar la imagen del Che, aportadas por la nueva generación de diseñadores, como el editado en 1996 por Eladio Rivadulla Pérez para la conmemoración del XX Aniversario de la OSPAAAL, que impreso en serigrafía con intensas tonalidades de magenta, naranja y el negro, perfiló una secuencia configurada de estrellas, esparcidas en línea vertical, con la que simbolizó la multiplicidad de su legado y la vigencia de su ejemplo.

En 1997 en una exposición organizada por el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, titulada “Evocación”, entre las diversas manifestaciones visuales estuvieron los carteles, en los que junto a los aportes de consagrados diseñadores participantes en décadas anteriores, estuvieron los diseños de jóvenes graduados en el Instituto Superior de Diseño Industrial (ISDI), donde se distinguieron las creaciones graficas de Katia Armas Fernández, Dyango Chávez Cutiño, Javier Cuenca López, Irenaldo Fumero Faure, Alexander Pozo Cruz y Oscar Rodríguez Torres.

Rafael Enríquez, OSPAAAL; 1982 Rafael Morante, OSPAAAL, 1982 Víctor Manuel Navarrete, OSPAAAL,1977
Entre los presentados en dicha Exposición (Evocación) despuntaron dos carteles que, en ocasión del XX aniversario de la caída en combate de Ernesto Guevara y en el contexto de la celebración en La Habana (1997) del Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, conquistaron premios durante un concurso denominado La imagen Constante; ellos fueron los diseñados por los jóvenes creadores Paris Volta -en el que de las delineaciones fingidas de dos montañas se representa la conversión imaginada de una paloma blanca que al levantar vuelo va dejando plasmada en sus sombras simulaciones de los elementos configurativos del rostro del Che y debajo el texto: Hasta la Victoria Siempre- y la otra obra fue la titulada ACHE, de Daniel Cruz, donde empleó deleznables configuraciones derivadas de las influencias del art pop y el art nouveau para advertir de alusiones armónicas entre los ideales guevarianos y la practica popular de la religión afrocubana.

A tales novedosas le sucedieron otras configuraciones gráficas de artistas de la plástica y diseñadores que, con expresiones contemporáneas apoyadas de los recursos y posibilidades que ofrece la digitalización computarizada, propugnan definiciones estéticas de atrayentes configuraciones y reafirman en sus mensajes el augurio de que un mundo mejor es posible, y que permiten trascender a través del idioma común que ofrece el diseño gráfico la consagración de la grandeza de la Revolución Cubana y el ideario del Guerrillero Heroico y a decir del Poeta Nacional, Nicolás Guillen, corroborarle al Che la expresión: "No porque hayas caído tu luz es menos alta”

Paris Volta,1997 Rafael Enríquez Vega,OSPAAAL,1992 Eladio Rivadulla Pérez , OSPAAAL,1996
* Investigador de la Memoria Histórica del Cartel Cubano, Especialista en Publicidad y Propaganda

E mail: cartelcubano@yahoo.es

Vea, además:
http://www.docspopuli.org/articles/Cuba/Campos.html

http://www.blog.com.es/user/cartelcubano/

Alguien llamado Che Guevara

sábado, 11 de junio de 2011
 Por Juan José Oppizzi

Para que los lectores cubanos entiendan más cabalmente mucho de lo que diré aquí, estimo necesarias unas aclaraciones; nací y vivo en la región argentina llamada “Pampa”, un llano que abraza al país en el medio, que enverdece de fertilidad desde el río Paraná, el Plata y el océano Atlántico y que palidece de sequía a varias centenas de kilómetros tierra adentro. Nuestro gran Jorge Luis Borges (de geniales ficciones y de insólitas simplificaciones) alguna vez se plegó a la idea de que la Pampa fue un invento de la literatura. Nací y vivo, entonces, en un invento de la literatura que, por lo visto, se ha corporizado de una manera increíble: ¿acaso el arte no puede fabricar realidades? En esa llanura esmeraldina ocurrió gran parte de la historia nacional. Está poblada de recuerdos y de secretos que no me ufano de conocer, porque ella es demasiado grande. Sólo mencionaré una de sus paradojas: al verla, uniforme en sus campos chatos, cotidiana en sus árboles aclimatados, mansa en sus pueblos cordiales, uno podría creer que no la surca nada interesante, que no tiene un sabor hondo; ¡nada más lejos de su espíritu! Las paradojas de la Pampa están indisolublemente unidas a las del país argentino.

   Y yo aquí narraré algunas de las paradojas que involucraron, en mi entorno, al hombre que honra el título. La primera es que supe de la existencia de alguien llamado Che Guevara justamente por la noticia de su muerte. A mis diez años de edad, escuché de modo vago que en mi casa hablaban de eso. Fuerzo la memoria y apenas recojo fragmentos de conversaciones, ya desprovistas de timbres y de rostros. Evoco, apenas sin el borroneo de la distancia, la sonoridad de esas dos palabras, las que yo unía, repitiéndolas, por simple juego fonético: “Cheguevara”. Ahora presumo –con buenas razones– que aquellos comentarios hogareños han de haber tenido un sabor muy típico de la época. Un año antes, el débil gobierno constitucional de Arturo Illia había sido echado de la Casa Rosada. Militares conducidos por el general Juan Carlos Onganía (y civiles conducidos por sus megatéricos intereses) asumieron el poder, no sin humillar groseramente al mandatario relevado, sacándolo a los empujones. A poco de andar, el dictador mostró delirios imperiales: entraba al predio de la Sociedad Rural (templo sagrado de la gran burguesía terrateniente) en una carroza tirada por cuatro caballos. Sus discursos revelaban un siniestro aire de perpetuidad. Pero el trasfondo de mayor peligro era su odio a todo lo que fuera estudio. Las universidades pasaron a figurar entre los objetivos prioritarios de la represión. Y el momento culminante de esa labor destructiva llegó durante el asalto, con tropas del ejército, a la Universidad de Buenos Aires. “La noche de los bastones largos” (una minuciosa paliza a alumnos y profesores, con su correspondiente añadidura de cárcel y expulsiones) significó el comienzo de una larga noche para el pensamiento libre. Entre miles de otras, dos palabras quedaron rigurosamente prohibidas: Che Guevara. Mi casa era un apéndice sociológico de esos tiempos. Vivíamos en el campo, en lo que en esta región del orbe se denomina “chacra”, parcela de pocas hectáreas y –en aquel entonces– de menos posibilidades, éramos parte del proletariado campesino; sin embargo, en ese ambiente prevalecía un rígido conservadorismo. Excepción hecha de los inmigrantes recién venidos de una Europa no tan lejanamente estrujada por el nazifascismo, el resto del campesinado creía –de la mano de las radios y los diarios cómplices o disciplinados por el régimen– que los estudiantes eran idiotas útiles, propagadores de ideas peligrosas; por lo tanto, su castigo, prisión o deportación (acaso también su muerte) era vista como una profilaxis social. No recuerdo haber oído pronunciar “Che Guevara” sino como sujeto para un predicado condenatorio, y exclusivamente en diálogos de intramuros; jamás en lugares públicos.

   La historia –como suele ocurrir, pese a los intentos de ciertos historiadores– continuó marchando con su propia lógica, y así se llegó al momento en que los militares -y los más discretos civiles- que rodeaban al general Onganía se hartaron de sus veleidades de monarquía vitalicia y lo destituyeron en 1970. No obró en esta decisión ningún sentimiento altruista democrático, no; un levantamiento popular en la mediterránea ciudad de Córdoba (denominado “El cordobazo”) les informó que la presión de la olla social iba acercándose a grados críticos: un cuerpo de ejército en pleno se vio en figurillas para sofocar la rebelión. Tres años después se llamó a elecciones y la Constitución Nacional pareció volver a ser quitada de la categoría de alfombra para botas.

   Mi adolescencia fue contemporánea de esa adolescencia del país. Hubo un período de tres años (1973-1976) en el que pudo hablarse nuevamente de todo lo que antes se prohibía. La figura del Che volvió a los ámbitos públicos; su biografía, sus fotos y su pensamiento se difundieron. Puedo afirmar que en esos años me encontré con él y que de ahí en adelante no nos separamos jamás; ocupa en mi apreciación el mismo lugar que los grandes hombres nacionales y mundiales; su efigie está, en mi espíritu, junto a la de los titanes que le dieron a la humanidad el fuego de un rumbo superador.

   Pero la Escuela de las Américas seguía inyectándoles bestialidad a los castrenses alumnos que le venían de todas las regiones al sur del río Bravo. Y la adolescencia de muchos países latinoamericanos tenía las horas contadas. En la Argentina, el regreso del viejo líder Juan Domingo Perón –proscrito y exiliado durante diecisiete años– nos mostró a un anciano enfermo, con ninguna gana de encarar reformas sociales y políticas, cercado por un esotérico personaje llamado José López Rega, un ex cabo de policía que, amén de someter a la insignificante esposa del líder, María Estela Martínez, se transformó en el verdadero amo del país. En complicidad con los militares, formó un cuerpo de exterminio llamado “Alianza Anticomunista Argentina”, cuyas actividades fueron obvias y cuyos métodos fueron inéditos. A la muerte de Perón, en 1974, le siguió primero la expulsión de López Rega y luego el derrocamiento, en 1976, de María Estela Martínez –entonces Jefa de Estado por haber sido vicepresidente de su marido–, ya que los militares y sus mentores civiles, aunados al plan del atroz Henry Kissinger, no necesitaban ya de intermediarios para su labor.

   En ese 1976 se produjo la segunda paradoja que involucró al Che: su nombre ya no fue sólo motivo de prohibición; se volvió pasaporte infalible para la muerte. Las bibliotecas, las cartas, los escritos políticos o cualquier forma de expresión que tuviera su nombre (o el de los pensadores, filósofos, líderes y personas puestos en las listas oficiales de censura) les acarreaba a sus poseedores el instantáneo pase a un limbo llamado “desaparición”. Según las cínicas palabras del general Jorge Rafael Videla –primer usurpador del cargo de Presidente de la República en esa etapa–, los desaparecidos eran una “entelequia”, no estaban ni vivos ni muertos. Luego de la restauración del orden constitucional, en 1983, se supo que la entelequia no era más que un horroroso eufemismo en el que entraron miles de personas torturadas y asesinadas.

   Pero lo que no pudieron hacer los militares argentinos ni sus astutos auspiciantes civiles –como no pudieron los de otros países latinoamericanos, ni Henry Kissinger– fue borrar al Che. Acá, en mi país, volaba cotidianamente ya en el vocativo de uso habitual: “che”. ¿Cómo borrar un nombre que forma parte del lenguaje masivo? En Uruguay, Argentina y Paraguay el uso del “che” es tan frecuente como el del nombre de pila de las personas. Aunque fuese involuntariamente, el Che estaba en cada minuto de conversación de cada poblador. Además, de vez en cuando aparecía en los muros de cualquier ciudad su efigie, pintada en segundos sobre algún molde de papel.

   Con el paso del tiempo, se produjo la readopción integral de Ernesto Guevara De la Serna como argentino; su presencia se asumió entre los elementos propios de nuestra historia y se incorporó al lenguaje de la sociedad.

   Debo reconocer que tal proceso le deparó a la figura del Che las mismas vicisitudes ocurridas con otras figuras históricas argentinas, como San Martín y Belgrano, por mencionar algunas: ocupar un sitio de honor en el discurso general y no gravitar sobre la realidad. Ésa fue –y aún es– la tercera paradoja que lo rodea.

   Sin embargo, su presencia en el inconsciente colectivo tiene una fuerza potencial que es siempre susceptible de volverse activa. Igual que todas las fuerzas que anidan en lo profundo de la humanidad, la simbolizada por el Che vigila, como Espartaco, aguardando el momento, y gravita, como la tierra misma, catalizando las ideas.

Imagen agregada RCBáez
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