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José Martí: variaciones en tiempo de actualidad

jueves, 17 de julio de 2014

Por Luis Toledo Sande*

Se nos convoca, propósito nada menudo, a ver cómo el legado de José Martí puede iluminarnos en nuestra realidad de hoy. En estos apuntes —ordenados según surgieron, ad líbitum, para seguir el tino musical anunciado en el título— no busco ser exhaustivo, ni rozar originalidad alguna. Incluso en asuntos que haya tratado en otras páginas, eludo autorreferencias, y cuando quizás pudiera apuntar algo original, tampoco empleo acotaciones del tipo de “a mi entender” o “según mi modesto juicio”, frecuentes en intervenciones que no están mal por recrear verdades sabidas, sino por presentarlas como si fueran descubrimientos.

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Uno de los mayores “problemas” que ocasiona José Martí, y marcan el modo como se asume su legado, es su grandeza. Tanto ingenuos como pícaros, y tendenciosos de toda índole, han querido o siguen intentando arrimar a su sardina el fuego del héroe. No pocas veces se trata de maniobras dolosas, pero a menudo el procedimiento se inscribe en el camino de las buenas intenciones.

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Para hacer justicia a la aspiración de equidad que caracterizó al héroe, no hay que presentarlo como un socialista o comunista inconfeso. Su pensamiento y, sobre todo, su conducta son fuentes vivas para quienes de veras se planteen defender la justicia social y echar su suerte con los pobres de la tierra, ser uno de ellos. Por eso tampoco debe pretender ninguna persona o institución honrada utilizarlo contra reales o supuestos igualitarismos.
Los límites entre campañas de esa índole y la renuncia al ideal justiciero pueden ser, o son, borrosos, y Martí en uno de sus apuntes desbordó la cuestión llamada racial y afirmó: “así se va, por la ciencia verdadera, a la equidad humana: mientras que lo otro es ir, por la ciencia superficial, a la justificación de la desigualdad, que en el gobierno de los hombres es la de la tiranía”. No poco habría que añadir sobre su pensamiento al respecto y, en particular, sobre su relación con las ciencias, pero se requeriría un espacio mucho mayor.

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Quizás entre los textos de Martí que más lecturas deficientes han sufrido sobresalga el discurso del 26 de noviembre de 1891, conocido como “Con todos, y para el bien de todos”. Durante la República neocolonial se usó politiqueramente, y —para devaluar la razón moral del héroe y privilegiar la razón instrumental propia del positivismo y el pragmatismo— en fecha cercana algún neoautonomista ha dicho que Martí aspiraba a una totalidad imposible.
El discurso conocido como “Los pinos nuevos”, que pronunció al día siguiente de aquel, es más abarcador. Con la imagen titular definió a quienes, cualquiera que fuese su edad, abrazaban un proyecto que se erguía por entre los errores y los reveses del pasado como por entre un pinar devastado por el fuego lo hacía el racimo gozoso de pinos sobrevivientes o nacidos de las cenizas. En contraposición, “Con todos, y para el bien de todos” tal vez sea su texto más excluyente, no porque él lo quisiera, sino porque, desde los cimientos de la fundación del Partido Revolucionario Cubano, señaló fuerzas que se autoexcluían de la brega independentista o buscaban que esta no lograra un triunfo de radicalidad y alcance bastantes para transformar de veras el país.

A esas fuerzas se refirió al desmentir a quienes propalaban miedos que se hacían depender de “las tribulaciones de la guerra”, o del supuesto peligro que representaban “el que más ha sufrido en Cuba por la privación de la libertad” (el “negro generoso”, el “hermano negro”), y el español honrado. La andanada martiana alcanzó, sigue alcanzando, a quienes el orador llamó lindoros, olimpos de pisapel y alzacolas. Unos y otros recuerdan a los sensatos patricios —anexionistas o autonomistas— que repudió en El Diablo Cojuelo, de 1969, y en la víspera de su caída en combate llamó celestinos, porque preferían “un amo, yanqui o español” que les asegurase sus privilegios y despreciaban a “la masa inteligente y creadora de blancos y negros”.

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Entre su comienzo y su final, unitarios, ese discurso lo recorre el enfrentamiento a quienes se autoexcluían de la revolución. El orador no obedecía puntillismos de índole académica: fijaba una visión que sigue siendo clave para interpretar el rumbo y el destino de la nación. No está el horno para pastelitos de ingenuidad, aunque los voceros conscientes o inconscientes de la llamada desideologización pretendan otra cosa. Esa tendencia, promovida al servicio de un pretenso pensamiento único, y calzada por la desmovilización de gran parte de las izquierdas del planeta, no consiste en eliminar la ideología, sino en desmontar toda expresión ideológica revolucionaria y sustituirla por la ideología que calzan la pasividad y la resignación convenientes a las fuerzas imperiales, que no descansan en la defensa de sus intereses.

Para Cuba, invitada de distintos modos y desde diferentes plazas de la ideología imperial a una totalidad acrítica, el asunto es de la mayor envergadura. Hay contradicciones que resolver, y no pocas de ellas tienen en su centro la escisión producida a partir de 1959, migración o permanencia en el país por medio. Aunque odiosas, las comparaciones pueden ser útiles como recurso para el conocimiento. A diferencia de otros casos, como la España de la República asesinada, en Cuba después de aquel año se quedaron los revolucionarios, a quienes tocó y sigue tocando enfrentar la hostilidad imperial, mientras que, sobre todo en los primeros años después de aquel hito, el núcleo más influyente o distintivo de la emigración lo formaron los beneficiarios y defensores de la tiranía derrocada.

Con financiamiento del imperio, las cúpulas de esas fuerzas han hecho de la contrarrevolución un negocio altamente lucrativo, mientras que los revolucionarios, si lo son de veras, se distinguen por hacer de la vida un hecho moral, o por intentarlo, y debido a las virtudes y a las insuficiencias que sean, no parecen especialmente dotados para los negocios. En general —y ello debe llamar a profunda meditación—, no cosechan los recursos indispensables para competir en inversiones y ganancias, de las cuales se pueden ver excluidos. Quizás tengan habilidad de negociantes algunos que, amparados por su poder y por el silencio de la prensa, pueden convertirse en futuras mafias victoriosas.

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La gran transformación experimentada por la humanidad desde su surgimiento y a lo largo de las eras puede considerarse interminable, o, al menos —para decirlo con versos del “Soneto de la fidelidad”, de Vinícius de Moraes—, será infinita mientras dure. Pero para ello debe existir su único soporte posibe, la especie humana, y esta, que no siempre valida su proclamada condición de exponente más alto de la inteligencia, tampoco pinta para ser eterna. Y basta una ojeada a la historia para sostener que los tramos de sacudimientos nombrados revoluciones no son eternos, aunque lo generado en ellos siga presente o repercuta de distintos modos, quién sabe hasta cuándo, en los tiempos que les suceden.

En eso último se piensa al recordar un texto publicado en Patria el 5 de abril de 1894, en el cual Martí dio cabida explícita a la posibilidad de que la guerra revolucionaria que él preparaba fracasara. Lo hizo con la mesura de quien desafiaba graves obstáculos para fraguar una contienda necesaria, y no debía permitirse ningún gesto que lo hiciera comparable con el miedo a la guerra y el derrotismo propalados por otros. Desde el título, “Crece”, el autor calificó la brega revolucionaria que él mismo orientaba, tarea en la cual no podía sucumbir al pesimismo. Por ello empezó con estas afirmaciones: “La revolución se salva. Le faltaba tesis y orden, y ya tiene una y otro. Se conoce, y obra. Lo primero es conocerse; porque sin fin fijo y viable, y sin medios correspondientes a él, solo se echan a andar los ambiciosos, esos grandes criminales,—y los locos”. Había que afrontar con lucidez los escollos, empezando por los internos.

Lo que faltaba por hacer en Cuba no es precisamente lo que está por hacerse hoy, pero las perspectivas del revolucionario en quien Fidel Castro ha visto un “guía eterno de nuestro pueblo” aportan lecciones válidas para todos los tiempos. En el centro conceptual de aquel artículo expresó: “La ciencia, en las cosas de los pueblos, no es el ahitar el cañón de la pluma de digestos extraños, y remedios de otras sociedades y países, sino estudiar, a pecho de hombre, los elementos, ásperos o lisos, del país, y acomodar al fin humano del bienestar en el decoro los elementos peculiares de la patria, por métodos que convengan a su estado, y puedan fungir sin choque dentro de él. Lo demás es yerba seca y pedantería”.

Abrazaba la realidad por lo más complejo: “De esta ciencia, estricta e implacable—y menos socorrida por más difícil—de esta ciencia pobre y dolorosa, menos brillante y asequible que la copiadiza e imitada, surge en Cuba, por la hostilidad incurable y creciente de sus elementos, y la opresión del elemento propio y apto por el elemento extraño e inepto, la revolución. Así lo saben todos, y lo confiesan”.

Nada se presentaba como un paseo. Estaba por delante el nudo gordiano de los desafíos: “En lo que cabe duda es en la posibilidad de la revolución”, escribió, para añadir: “Eso es lo de hombres: hacerla posible. Eso es el deber patrio de hoy, y el verdadero y único deber científico en la sociedad cubana. Si se intenta honradamente, y no se puede, bien está, aunque ruede por tierra el corazón desengañado: pero rodaría contento, porque así tendría esa raíz más la revolución inevitable de mañana”.

Tenía en cuenta la inmediatez concreta; pero, lejos de atenerse al empirismo propio de pragmáticos, la sometía a indagación de largo alcance: “Las sociedades mueren o viven conforme a su composición y a sus antecedentes: si se salen de ellas, si viven siglos enteros fuera de su armonía natural, y de la obra ineludible, por penosa que sea, de su propio desarrollo, al cabo de siglos reaparecen, cuando se pudre el cuerpo ajeno que viciaron, y recomienzan la labor interrumpida. Ni hombres ni pueblos pueden rehuir la obra de desarrollarse por sí,—de costearse el paso por el mundo. En este mundo, todos, pueblos y hombres, hemos de pagar el pasaje”.

La seriedad de sus preocupaciones la confirma el hecho de que apenas doce días después publicó, en el mismo Patria, el artículo “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, que, desde el subtítulo, “El alma de la Revolución, y el deber de Cuba en América”, ratificó la grandeza de los propósitos y la gravedad de los escollos que el proyecto cubano tenía en un medio complicado por el naciente imperialismo estadounidense. No es casual que en “Crece” previera el revés como una posibilidad que no cabía conjurar ignorando la realidad con entusiasmos pasajeros o ciegos llamados al sacrificio colectivo.

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En su lealtad a una tradición combativa alimentada decisivamente por el legado de Martí, Cuba estuvo cerca de lograr sobre el colonialismo español un triunfo que le arrebató en 1898 la intervención con que el gobierno de los Estados Unidos sustituyó a España en la dominación del país antillano. Afincada en dicha tradición, la victoria de 1959 puso fin al dominio neocolonial impuesto por la potencia del Norte, y abrió el camino para rendir un profundo homenaje práctico al ideal justiciero, de equidad, que Martí le dejó como parte de su herencia política y ética.

En un mundo dominado por el capitalismo imperialista, máxime tras la debacle del llamado socialismo real, Cuba no abandonó la aspiración de construir un socialismo verdadero. Se convirtió así en una digna anomalía sistémica, o se ratificó como tal. No es fortuito que ese hecho le haya granjeado una empecinada hostilidad por parte del imperio y sus aliados, y a la vez le haya valido la admiración de los pueblos del mundo.

Hoy, a pesar de los replanteamientos vividos por varios pueblos en nuestra América, y de la crisis sistémica del capitalismo, este conserva un poderío que le permite imponer su llamado “pensamiento único”, no solo con su poderío económico y militar, sino también con los grandes recursos mediáticos que dan apoyo a sus armas y su economía. En esas circunstancias Cuba necesita replanteamientos —económicos, pero la economía no se mueve sola en ninguna comarca de este mundo— que le permitan sobrevivir y crecer, y lograr un funcionamiento válido para que la población tenga una vida más amable.

Para algunos, ese es el camino por donde llegar a ser un “país normal”, o dicho de otro modo, para dejar de ser la anomalía sistémica que la ha honrado ser. Algo semejante se puede oír no solo en ámbitos como el de la reciente reunión, en Miami, de grupos contrarrevolucionarios interesados en facilitar el advenimiento de la Cuba que, según ellos, “queremos todos”. El reclamo de que Cuba se vuelva “normal” se oye incluso en lares mucho más cercanos.

Frente a ilusiones de tal corte se han levantado numerosas voces, y algunas están representadas en este encuentro. Contra los fantasmas también hallamos aliento en Martí, quien en “Crece”, luego de decir que la revolución ya tenía tesis y orden, y se conocía y obraba, añadió: “Era ambiente la revolución, y hoy es plan. Era un sentimiento inútil y cómodo: como corona de adelfas era, y de laurel, que no hay derecho a arrancarse de la frente para sazonar, con sus hojas ensangrentadas, la olla de la comodidad: ¡infeliz, en la memoria de los hombres, quien eche el laurel en la olla!” Cuidemos el nuestro.

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Martí, quien no desconocía peligros, ni se arrodillaba ante ellos, plasmó en “Con todos, y para el bien de todos” previó, o ya veía, obstáculos como este: “Por supuesto que se nos echarán atrás los petimetres de la política, que olvidan cómo es necesario contar con lo que no se puede suprimir,—y que se pondrá a refunfuñar el patriotismo de polvos de arroz, so pretexto de que los pueblos, en el sudor de la creación, no dan siempre olor de clavellina. ¿Y qué le hemos de hacer? ¡Sin los gusanos que fabrican la tierra no podrían hacerse palacios suntuosos! En la verdad hay que entrar con la camisa al codo, como entra en la res el carnicero. Todo lo verdadero es santo, aunque no huela a clavellina”.

Esas palabras, ¿no recuerdan aquello de “la verdad es revolucionaria”? No lo dijo un menchevique torpe ni un perestroiko ebrio, sino un bolchevique sabio, aunque no tan recordado, que no idealizaba la realidad pero sabía insoslayable contar con ella, sin sometérsele blandamente, para poder transformarla. Por su parte, Martí sabía necesario distinguir entre lo verdadero y lo aparente, entre la atmósfera y el subsuelo, y, en la fragua de un nuevo proyecto revolucionario para Cuba, en aquel discurso advirtió claramente contra “la mano de la colonia que no dejará a su hora de venírsenos encima, disfrazada con el guante de la república. ¡Y cuidado, cubanos, que hay guantes tan bien imitados que no se diferencian de la mano natural! A todo el que venga a pedir poder, cubanos, hay que decirle a la luz, donde se vea la mano bien: ¿mano o guante?”

No pretendía purezas inalcanzables ni convertir la cordura en parálisis. Por eso añadió: “Pero no hay que temer en verdad, ni hay que regañar. Eso mismo que hemos de combatir, eso mismo nos es necesario. Tan necesario es a los pueblos lo que sujeta como lo que empuja”. Había que contar con todo, pero no otorgar a todo el mismo espacio ni iguales derechos. Mano era mano, y guante era guante. Así sigue siendo hoy, y ha de saberse, para evitar desviaciones y sorpresas costosas. Es necesario saber qué entiende cada quien por normalizar, pues “la norma” hace tiempo que la impone el capitalismo, como se debe saber qué entiende cada quien por actualizar, cuando el Meridiano de Greenwich de la economía mundial pasa por el capitalismo. No es cuestión de palabras, pero tampoco se debe ignorar su importancia como representación de significados.

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A menudo se cita el criterio plasmado por Martí en la carta del 10 de abril de 1895, desde Cabo Haitiano, a Benjamín Guerra y Gonzalo de Quesada, sus colaboradores en la delegación del Partido Revolucionario Cubano, en Nueva York. Se trasladaba hacia Cuba, donde el 24 de febrero había comenzado la contienda armada, y escribió: “De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento”. En lo más directo se refería al papel que debía desempeñar y estaba desempeñando ya el Manifiesto de Montecristi, pero la idea, que no era nueva en él, desbordaba ese campo referencial.

En su Lectura del 24 de enero de 1880 en el Steck Hall neoyorquino, braceando entre el ser y el deber ser, insistió en que la revolución había pasado de ser una revolución de la cólera a serlo de la reflexión. No es un grito aislado el de “Nuestra América”, ensayo publicado a inicios de 1891 y en el cual él —que preparaba una guerra, no meramente una hermosa metáfora de la lucha— sostuvo: “Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”.

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No es aleatorio que, por lo menos desde 1889, intentara fundar un periódico para la revolución. No lo consiguió hasta que el 14 de marzo de 1892 circuló el número inicial de Patria, antes de proclamarse el Partido Revolucionario Cubano. Como se ha dicho, esa antelación le permitía plantearse que el periódico no se limitara a ser el órgano de aquel cuerpo político, el cual, público y clandestino a la vez, y con seria responsabilidad ante el concierto o desconcierto mundial, se regiría por sus propias normas de funcionamiento, y no tendría en su totalidad, ni acaso en su promedio, la radicalidad ideológica que Patria podía defender libremente como soldado y vocero de la revolución.

Se han hecho valiosos estudios sobre el periodismo de José Martí, y quizás todavía esté por verse plenamente el alcance de una práctica informativa que, promovida y en gran parte protagonizada por él —no solo en la prensa, sino también en discursos y en cartas, y en conversaciones diarias—, no se esterilizó silenciada por la discreción que la guerra exigía. Algunos de los mayores secretos de su plan revolucionario no tardaron en hacerse públicos contra su voluntad. Los Estatutos secretos del Partido, por ejemplo, fueron muy pronto publicados por Enrique Trujillo, tal vez enemigo político embozado, o, cuando menos, caricatura de un Salieri minado por la envidia. Y el plan de enviar armas a Cuba por el puerto de Fernandina lo descubrió un colaborador indiscreto, o traidor, para conveniencia de los Estados Unidos y de España.

A pesar de todo, la conspiración revolucionaria, bien hecha, prosperó, y el levantamiento del 24 de Febrero estalló, no en todas las localidades previstas, pero sí en varias, aunque una errónea tradición le dio el nombre de una sola. Todavía el Código de trabajo que recientemente aprobó la Asamblea Nacional y se lee en la Gaceta Oficial de la República de Cuba, reconoce entre las conmemoraciones nacionales de carácter oficial aquella efeméride, que ese texto denomina Grito de Baire. Nuestra televisión y otros medios repiten asiduamente el mismo error, perpetuado probablemente en áreas de la docencia. Pero la simultaenidad del alzamiento no fue hecho menudo ni casual, sino opción de profundas implicaciones tácticas y estratégicas.

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El periodismo de Martí sigue siendo un modelo no superado en un país donde va para años que se combaten, con llamamientos que merecerían mayor éxito, síndromes de silencio y secretismos que han llegado a niveles imprudentes de prudencia. Esa realidad recuerda versos de Garcilaso de la Vega: “¡Oh, más dura que mármol a mis quejas/ y al encendido fuego en que me quemo […]!” Romper la pétrea barrera no es cuestión de gusto profesional, sino de vida o muerte, para cumplir con una verdad que Martí definió y ya fue citada en estas notas: “Lo primero es conocerse; porque sin fin fijo y viable, y sin medios correspondientes a él, solo se echan a andar los ambiciosos, esos grandes criminales,—y los locos”.

La población necesita estar informada, para saber cómo actuar, y hasta para alimentar ideas y esperanzas. No es homogénea la población, ni hay que idealizarla, pero mal informada no será mejor. Si se ven señales de cansancio, piénsese que cuando un héroe de estirpe martiana, el Che, negó el derecho a cansarse, se refería a la vanguardia, no a la población común. Martí, luego de decir que “Ser bueno es el único modo de ser dichoso” y “Ser culto es el único modo de ser libre”, añadió: “Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno”.

Él, ejemplo de austeridad y sacrificio que los más fieles al proyecto estarían dispuestos a seguir, no identificaba prosperidad con opulencia, y comprendía que la generalidad de las personas —“lo común de la naturaleza humana”, dijo— desean una vida materialmente decorosa, y la necesitan para no buscarla por caminos inmorales. Incluso quienes tengan la decisión de defender las más elevadas aspiraciones colectivas, deben tener claras y firmes las ideas con que fortalecer sus trincheras, y esas ideas se nutren de la información, y de la prueba de la verdad, o se debilitan sin ellas.

Es justo aplaudir cuanta buena información se dé, por ejemplo, sobre un proyecto como el grandioso fomentado en el puerto de Mariel, y es necesario que se vean en la vida diaria de la población los buenos frutos esperados de él. Otros proyectos bien intencionados no han traído lo que el país esperaba y merecía, y el de Mariel suma a su importancia económica un particular significado simbólico. Es preciso velar para que por allí le entren a la nación, al pueblo trabajador, los beneficios necesarios, y que no reingrese en la patria todo lo malo que creíamos salido en 1980 por aquel puerto.

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No hay que confundir información con sobrecarga de datos parcializados, ni creer que se honra a Martí con meras y abundantes citas de su obra, descontextualizadas. No se trata de renunciar a textos fundamentales y alumbradores que además proporcionan el goce estético de la mejor escritura; pero, más que citarlos o glosarlos, la aspiración debe ser aprender de ellos, de las ideas que el autor plasmó y refrendó con su vida, no solo con su muerte. Más productivo que buscar complaciente aprobación en sus escritos, sería indagar en qué nos impugna, aunque la realidad no nos permita hoy actuar como él habría querido.

En general, ni él ni su pueblo merecen que en torno a su obra se genere sobresaturación con una propaganda textual desmedulada o cansona. Por eso —y ruego que se me perdone repetir algo que he contado en otros textos—, cuando hace algunos años, al final de una conferencia, alguien me preguntó qué sugería para estimular la necesaria y placentera lectura de la obra martiana, dije: prohibirla. Claro que eso sería inaceptable, pero lo dije pensando en la pasión generada en torno a autores y obras que se han incluido en índices de interdicción que solo ha servido para promoverlos. Ojalá una pasión similar a esa estimulara hoy, amorosamente, el conocimiento del legado de Martí, y, para no ir más lejos, del marxismo, hoy poco mencionado.

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Hay una dimensión, o pilar, del pensamiento de Martí que no puede pasarse por alto, y que tiene para nosotros un significado vital: la ética. En él fue, mucho más que de ciencia, cuestión de conciencia y actitud. Podrían citarse numerosas pruebas de ello, pero basta su sólido criterio de que servir a la patria, sacrificarse por ella, no da ningún derecho especial sobre ella ni sobre sus recursos. La decisión de echar la suerte con los pobres de la tierra no fue para él una consigna, sino la definición de un modo de vivir, y, en particular, de asumir la política. Lo ratificó en la manera como vivió y como se encargó de poner límites institucionales a la autoridad —que recaería en él por limpia elección— del máximo dirigente, con cargo de delegado, del Partido que él mismo fundó.

Ese Partido se constituyó para asegurar, junto con la independencia de Cuba, otros fines fundamentales llamados a sentar las bases de la república futura, para la cual urgía “fundar un pueblo nuevo y de sincera democracia”, como se lee en sus Bases. Era natural que, en la guerra preparada por esa organización política, el héroe se mostrase aprensivo con lo que pudiera parecerle indicio de ostentación, de opulencia, aunque fuera la silla de montar sobre la cual un héroe formidable luchaba por la patria y moriría por ella.

La austeridad de Martí expresaba su lealtad a los principios que defendía, y era parte de su capacidad de sacrificio, que para él no representaba una condena, sino un acto volitivo consciente. De ahí que, “en el pórtico de un gran deber”, le expresara a su amigo dominicano Federico Henríquez y Carvajal: “Ahora hay que dar respeto y sentido humano y amable, al sacrificio”. Va más allá de lo contingente el hecho de que su carta póstuma a Manuel Mercado —testamentaria en tantos órdenes, incluida su ética— se interrumpiera en la palabra honestidad.

Su legado vale también para informar la nueva lucha contra bandidos a que está llamado el país: el enfrentamiento a la corrupción y a los corruptos. En esa realidad reverdecen los versos en que un discípulo moral del Apóstol pidió “una carga para matar bribones,/ para acabar la obra de las revoluciones”. Esa era y sigue siendo una meta indispensable para “cumplir el sueño de mármol de Martí”.

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Cardinal fue, o es, la actitud del Maestro en relación con las fuentes de pensamiento a su alcance, y con sus maestros inspiradores. Fue un lector voraz, y pensaba que si “Napoleón nació en una alfombra donde estaba la guerra de Europa”, él debió haber nacido “sobre una pila de libros”. Pero asimismo escribió: “el libro que más me interesa es el de la vida, que es también el más difícil de leer, y el que más se ha de consultar en todo lo que se refiere a la política, que al fin y al cabo es el arte de asegurar al hombre el goce de sus facultades naturales en el bienestar de la existencia”.

Muchos textos le serían útiles, pero su grandeza estuvo en la capacidad creativa, en el poder de buscar y hallar respuestas raigales para la realidad a la cual se enfrentaba. Pensar por sí propio era, para él, el primer deber de un ser humano, y lo cumplió señeramente. De ahí la dificultad con que han tropezado los intentos de hallarle ubicación, o clasificarlo, en una corriente de pensamiento determinada. Su actitud crítica la mostró asimismo ante sus grandes inspiradores, aunque fuera Simón Bolívar, su mayor maestro americano.

En 1893, en el centro de su discurso de homenaje al Libertador por el aniversario 110 de su nacimiento, situó entre grandes elogios lo que entendía necesario superar del maestro. Apreciaba que este “no pudo, por no tenerla en el redaño, ni venirle del hábito ni de la casta, conocer la fuerza moderadora del alma popular”. El fiel continuador procuraba que se entendiera con precisión lo que la herencia de Bolívar —que tenía, y tiene, mucho que hacer en América y no solo en ella— podía seguir aportando al independentismo y a la transformación en nuestros pueblos, y qué correspondía plantearse, a finales del sigloIX y hacia el futuro, en una revolución profundamente popular.

Su actitud crítica devalúa desde la base cierta lectura que a menudo se ha hecho de “Tres héroes”, semblanza incluida como escudo y brújula en el número inicial de La Edad de Oro, julio de 1889. Refiriéndose especialmente a Bolívar, sostuvo que “el sol tiene manchas” y “quema con la misma luz con que calienta”, y “los hombres no pueden ser más perfectos que el sol”. Frente a eso expresó que “los desagradecidos no hablan más que de las manchas”, pero, en contraposición, añadió: “los agradecidos hablan de la luz”. No dijo que ven o deben ver solamente la luz. Lo que proponía no era incondicionalidad, sino lealtad reflexiva, sin la cual ninguna causa digna estará del todo bien defendida.

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Es mucho lo que en cada una de las presentes notas se podría añadir, y muchas las notas que faltan para un esbozo que pudiera estimarse mínimamente completo de lo que Martí representa para nosotros. Su pensamiento y su palabra deberían servirnos, entre otros fines que debemos alcanzar, para no seguir satanizando el concepto de república, lo que habitualmente se hace cuando se le regala el rótulo la República a la Cuba de 1902 a 1958, y se contrapone a ella la Revolución, aunque la Cuba revolucionaria sigue siendo república y como tal debe perfeccionarse, para lo que debe cultivar una civilidad que parece perderse.

Si se quisiera ser exhaustivo, no pararíamos de señalar cuánto nos enseña Martí. Ni palabra sin esencia ni detalle banal hay en una obra signada por la trascendencia. Una coma puede tener significado especial. Como todo autor, tenía sus preferencias y se permitía opciones estilísticas que pueden gustarnos más o menos. Así, por ejemplo, en el cierre de uno de los grandes poemas de Versos libres se lee: “Sólo el amor, engendra melodías”, imagen que asimiló Silvio Rodríguez en la canción que afirma: “sólo el amor engendra la maravilla”.
El poema de Martí figura en un libro que no llegó a depurar totalmente para su edición, por lo cual caben dudas puntillosas. Pero él tenía en general un prodigioso y fundacional dominio del idioma. Para algunos puristas, la coma en el verso citado sería comparable con la que usó en una afirmación hecha en un texto revisado por él y publicado en su cercanía física: “El carácter de la Revista Venezolana”, donde se lee algo que de distintos modos planteó en varios escritos: “Hacer, es la mejor manera de decir”.

Lecturas puristas, y a veces descuidadas, suprimen la coma; pero ¿es que la pausa que ella pide no le da al verbo hacer la doble función de reclamo imperativo y de protagonista del predicado que le sigue? Es como si después de la convocatoria, hacer, en la que se siente incluso un énfasis exclamativo, se añadiera una oración donde ese verbo puede ser a la vez sujeto implícito, para evitar una repetición indeseable, en un contexto donde cabría percibir el siguiente mensaje: “¡hacer!, esa es la mejor manera de decir”.

Es apenas una propuesta, basada en el reconocimiento de la importancia de los signos de puntuación para Martí. Sobre ellos esbozó un sistema propio, personal, impracticable tal vez, pero revelador del cuidado con que los asumía y es indispensable tener en cuenta al interpretar sus textos. Desde lo más profundo de su legado, de su ejemplo vital, nos llama a hacer, y a hacer bien, porque esa es la mejor manera de decir.

*  Intervención en el panel que, sobre el tema José Martí y la Revolución Cubana hoy, sesionó el 10 de julio de 2014 en la Casa Cultural del ALBA de La Habana, organizado por el programa FLACSO-Cuba en su ciclo Balcón Latinoamericano.

*Filólogo e historiador cubano: investigador de la obra martiana de cuyo Centro de Estudios fue sucesivamente subdirector y director. Profesor titular de nuestro Instituto Superior Pedagógico y asesor del legado martiano en los planes de enseñanza del país; asesor y conductor de programas radiales y de televisión. Jurado en importantes certámenes literarios de nuestro país.  Conferencista en diversos foros internacionales; fue jefe de redacción y luego subdirector de la revista Casa de las Américas. Realizó tareas diplomáticas como Consejero Cultural de la Embajada de Cuba en España. Desde 2009 ejerce el periodismo cultural en la Revista Bohemia.  Entre los reconocimientos que ha recibido se halla la Distinción Por la Cultura Nacional.
 Publicado en Cubadebate

Saludemos en este nuevo año y que las virtudes puedan más que nuestros defectos

jueves, 2 de enero de 2014
Por  Wilkie Delgado Correa*

 En este pedazo del mundo denominado Cuba se ha celebrado no solamente el advenimiento del nuevo año, sino también el 55 aniversario del triunfo de la Revolución Cubana
 Siempre habrá motivos para las esperanzas con cada nuevo año que llega. Nadie nunca espera lo peor. Con suficientes razones y garantías o no para aspirar a un escalón más alto de la existencia humana, a los seres humanos nos guía una intuición ancestral y especial de supervivencia, desarrollo y bienestar. Por eso y, sostenidos por la perseverancia, cada día de comienzo de año, esa especie de etapa de relevo de sueños, se propone nuevos y más prometedores augurios.  

 En todas partes del mundo, al menos en la parte más visible de cada pueblo, las fiestas han matizado ese instante definitorio entre el año viejo y este nuevo año 2014. Siempre será motivo para la indagación e investigación antropológica y sociológica, conocer en qué colectividades humanas y en qué estamentos preteridos de las llamadas sociedades civilizadas, han pasado “sin penas ni glorias” las festividades por el año nuevo, y las causas esenciales que determinan esos resultados.

 En este pedazo del mundo denominado Cuba se ha celebrado no solamente el advenimiento del nuevo año, sino también el 55 aniversario del triunfo de la Revolución Cubana, ocurrido el 1 de enero de 1959, que constituye el hito más prominente de nuestra historia en el siglo XX. En aquella primera ocasión se festejó con ribetes de fiesta nacional la conquista de la libertad y la derrota de una tiranía entronizada desde 1952, tras una larga y cruenta lucha del pueblo cubano, librada en montañas, llanos y ciudades, bajo la guía de Fidel Castro.

 Cincuenta y cinco años después del triunfo, la Revolución Cubana continúa en el poder y, a pesar de todos los “pesares”, como se pudiera decir sintéticamente, está siendo esencialmente la misma aunque como ha sido siempre en este lapso histórico se renueva de acuerdo con las circunstancias y los tiempos. Sus enemigos históricos, el imperialismo norteamericano y la reacción contrarrevolucionaria, nunca han cesado sus planes para destruirla e instaurar el viejo régimen que fuera destronado aquel primero de enero y en los años posteriores, a medida que las medidas y obras revolucionarias iba construyendo una nueva sociedad. Hoy, junto con aquellas mismas fuerzas, asoman sus “orejas peludas”, nuevos enemigos solapados, coligados o no con los anteriores, que coinciden con ellos y buscan retrotraernos al pasado capitalista tan pronto puedan sobrepasar una invisible e impredecible frontera de seguridad y salvación de la misión histórica de la Revolución.

 En el discurso de Raúl Castro, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, existen elementos cardinales de la reflexión que exige este momento político y su devenir.

 Si los cubanos han sido capaces de salir triunfantes después de las más duras batallas por la sobrevivencia de la Revolución y la nación cubana, si se han mantenido fieles a las ideas cardinales que han sido fuente nutricia desde el 10 de octubre de 1868 hasta el presente, tenemos fe y confianza en que la unidad supere a la desunión, pues la división en política es la muerte; que los consensos puedan más que las discrepancias; que la previsión permita ver más lejos que la improvisación cegata, pues como dijera José Martí: “Prever es la cualidad esencial, en la constitución y gobierno de los pueblos. Gobernar no es más que prever”. “”…prever es el deber de los verdaderos estadistas: dejar de prever es un delito público…”. “En prever está todo el arte de salvar”. “Salvarse es prever”.  “Prever es vencer”. “Nadie quiere convencerse de que prever es ver antes que los demás”.

 En fin, existen muchos retos para Cuba. ¿Y cuántos otros muchos retos existen para el mundo, a corto y largo plazo? Sortearlos a pesar de los peligros grandes y pequeños que acechan en los caminos, es la condición del triunfo salvador.

 Por eso, ante este reciente 2014, es válido este mandato de José Martí: “Saludémonos en este nuevo año con la esperanza de que nuestras virtudes podrán más que nuestros defectos”.
 
*Médico cubano; Profesor de Mérito del Instituto Superior de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba.
 Imagen agregada RCBaez sobre foto de Ismael Francisco

Profesor cubano tratará en Brasil sobre la contribución de José Martí a la pedagogía latinoamericana (audio + video)

domingo, 1 de septiembre de 2013
Invitado por la Asociación Cultural José Martí, dará clases en la PUC y de la UFRGS, miércoles y jueves
Profesor cubano Carlos Rodríguez Almaguer - FOTO Kiko Machado


El profesor cubano Carlos Rodríguez Almaguer, de 41 años, llegó a Brasil como Licenciado en estudios socio-culturales para hablar a los educadores brasileños sobre la contribución de José Martí a la pedagogía latinoamericana; llegó en medio del frío del invierno gaúcho y del calor de los debates acerca de la llegada de los médicos cubanos. Del frío se está defendiendo con dificultad: después de todo, viene de un país tropical. Pero en cuanto a la discusión sobre sus compatriotas que vienen a trabajar en las comunidades más pobres del país, Rodríguez respondió con confianza: "Los cubanos aprendimos de José Martí que nuestra patria es la humanidad, toda la humanidad, y que nadie puede dormir tranquilo mientras haya un solo hombre infeliz, que sufra, aquejado de una enfermedad en cualquier parte del mundo", dice. "No somos intrusos pero si nos llaman en alguna parte para ayudar a evitar el sufrimiento de los seres humanos, de uno solo o de un millón, vamos a estar ahí sin pedir nada a cambio, sin explotar a nadie, sin querer cambiar la forma de pensar de nadie", añade.

Vice presidente de la Sociedad Nacional Cultural José Martí, de Cuba y jefe del Centro de Información y Documentación del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), Almaguer llegó para participar en la IV Semana de Paulo Freire, que se celebró en la UFSC, Florianópolis, este año fue dedicada al 160 aniversario del natalicio de José Martí. 

Haciendo una síntesis de Martí, Freire y Simón Rodríguez -maestro de Simón Bolívar- cree que los tres concuerdan en lo esencial: que "el conocimiento humano es el patrimonio de toda la humanidad y no de élites, que todo ser humano, desde el nacimiento , tiene derecho a recibir educación, a ser instruido, y también tiene el deber de contribuir a la educación de los demás porque, como dice Paulo Freire, nada se enseña solo, el conocimiento es producido colectivamente, basado en la teoría y también en la experiencia práctica".

Los tres también coinciden -añade Almaguer- en considerar que los pueblos de México a la Patagonia son pueblos originarios, no son mejores que otros pueblos, pero diferentes, y como tal, tienen la obligación de crear leyes e instituciones diferentes. Según el profesor, es preciso tomar como base lo mejor ya producido por la humanidad, pero vinculados a la realidad, la historia, la cultura y las tradiciones de las naciones de América Latina, que tienen un proceso diferente de colonización y conquista que la América del Norte. "Martí dijo que para enseñar a las personas que viven en nuestros pueblos es preciso tener en cuenta esta diferencia", añade, subrayando la naturaleza espléndida y gran espiritualidad de "Nuestra América", como lo llamó Martí.

Él cree que, además de las producciones de los académicos, la enseñanza de la historia del continente debe servirse también de obras como el “Canto General”, de Pablo Neruda, o “Las venas abiertas de América Latina”, de Eduardo Galeano, un poema en prosa, según él, para que la historia sea contada de forma bella, como expresó José Martí. De acuerdo con el profesor, en las últimas décadas se ha despertado mucho interés en rescatar el conocimiento acumulado durante siglos por las culturas antiguas de los pueblos indígenas de América Latina, y es necesario combinar eso con lo que haya mejor en las culturas de otros pueblos.

Para Almaguer, durante mucho tiempo los países de esta parte del mundo estaban de espaldas unos a otros, pero un proceso de integración se observa claramente a partir de la revolución bolivariana en Venezuela. Ella produjo procesos económicos integracionistas, solidarios, como Petrocaribe, Petrosur, el Banco del Sur, el Alba -citó- y también potenció los procesos pedagógicos, como la Escuela Latinoamericana de Medicina en Cuba, donde se forman médicos de todo el continente y también de EE.UU. "La medicina cubana se basa en el principio de Martí de que la verdadera medicina no es la que cura, sino la que precave, y eso tiene una base bíblica, del Evangelio, cuando Cristo dijo que el médico existe para estar con los enfermos" explica.

Acerca de la educación cubana, resumió diciendo que se apoya en dos pilares: formar personas más inteligente y, en primer lugar, formar buenos seres humanos.
Invitado a Porto Alegre por la Asociación Cultural José Martí, el profesor debatirá todos estos temas el miércoles (28) a las 19h, en el auditorio del edificio 51 de la PUC, en una promoción conjunta con la Asociación de Sociólogos de Rio Grande do Sul y Coopsol. El jueves (29) a las 19h, será en el Panteón del Instituto de Filosofía y Ciencias Humanas (IFCH) del Campus UFRGS. La participación es gratuita y abierta al público.


Original en portugués en http://www.ptsul.com.br/?doc&mostra&41722
Trad. RCBáez


Información complementaria:
Entrevista con el profesor y poeta cubano Carlos Rodríguez Almaguer, en la Facultad de periodismo -Disciplina de Proyecto Experimental en Radio, de la Universidad del Valle del Río de los Sinos- en 28 de agosto de 2013, promovidas por el profesor y periodista Sergio Endler y los alumnos de la Facultad. El radio de la Universidad abarca cinco municipios de la Región Metropolitana de Porto Alegre, con una población de 1 millón de habitantes.
Audio de entrevista en
https://soundcloud.com/v-nia-mattos-barbosa/entrevista-prof-cubano-carlos
Video en Youtube

Carlos Rodríguez Almaguer

http://www.youtube.com/watch?v=3bgxPLNMg1w&feature=youtu.be

Historiadores cubanos recuerdan aniversario de carta inconclusa de Martí y apoyan la justa causa por la libertad de Los Cinco

miércoles, 22 de mayo de 2013
Por Rosa C. Báez  



El pasado 18 de mayo, en la Casa del Historiador, sita en Muralla No. 71, entre Oficios e Inquisidor, en La Habana Vieja, se efectuó -de conjunto con la Unión Nacional de Historiadores de Cuba en La Habana, la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, el Instituto de Historia de Cuba y la Casa Editorial Verde Olivo- un encuentro entre historiadores, investigadores, familiares de Los Cinco Héroes y público en general, en una Sesión Especial por “La causa de los Cinco Héroes. A 118 años de la carta inconclusa de José  Martí a Manuel  Mercado”, como homenaje al 160 Aniversario del Natalicio del Héroe Nacional José Martí. 
 En la misma fue presentado el libro de la mencionada Editorial Verde Olivo, de la autoría de Evelio Toledo Quesada y María Luisa García Moreno [1] “Martí esa presencia que nos acompaña”, que al finalizar el encuentro estuvo dispuesto para la venta a los asistentes.
 El Dr. José Luis Méndez Méndez, Profesor, escritor e investigador, disertó sobre “La injusta condena de los antiterroristas cubanos”, donde afirmó:
“El terrorismo ha sido un instrumento de la política hostil contra Cuba de administraciones sucesivas de Estados Unidos desde 1959 hasta la fecha. Lo han gestado, utilizado, tolerado y protegido” y, con respecto a la injusta condena de nuestros hermanos, sostuvo:
 “El juicio no pudo ser más parcializado, las injustas condenas más desmesuradas, la aplicación de las condenas fueron las máximas imponibles: el rigor carcelario infligido ha sido condenado por organismos internacionales por su severidad innecesaria”.
 Con posterioridad, el Dr. Felipe de J. Pérez Cruz, Presidente de la UNHIC en La Habana habló sobre las “Razones de principios” en la carta inconclusa de José Martí a Manuel Mercado, considerada el testamento político de nuestro José Martí.
 La Dra. Áurea Verónica Rodríguez Rodríguez, Miembro del Secretariado de la UNHIC  en  La Habana, dio lectura a la Resolución del VII Congreso Nacional de Historia, sobre el caso de Los Cinco Héroes, Resolución que fuera entregada por el Dr. Roberto Pérez Rivero, Presidente Nacional de  la UNHIC, a Mirta Rodríguez e Irma Sehwerert, madres de dos de nuestros Cinco compatriotas, presentes en el acto.  
[Descargable en .pdf]:
Resolucion-del-VII-Congreso-Nacional-de-Historia-sobre-Los-Cinco-Heroes.pdf

 Finalizando el encuentro, el Dr. Ricardo Alarcón de Quesada, Miembro del Buró Político del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, intervino con emotivas palabras, sobre la causa de los Cinco Héroes, "La causa de todos":
 La causa de todos
Ricardo Alarcón de Quesada

 Esta noche el Ballet Nacional de Cuba llevará a cabo una función especial en solidaridad con los Cinco. Será una manifestación más del compromiso de Alicia Alonso con una causa que es y debe ser asumida como propia por todos los cubanos. Pero también será un ejemplo porque sólo lograremos vencer en esta batalla si somos capaces de librarla con creatividad, aportando cada uno lo que  cada cual pueda aportar.

 Cada institución de nuestra sociedad civil, cada uno de nosotros, debe plantearse qué debe y puede hacer para alcanzar la liberación de nuestros compañeros y además debe precisar cómo hacerlo y definir los mejores métodos y las acciones más eficaces.

 Permítanme hacer algunas reflexiones con el ruego que las tomen en cuenta a la hora de aplicar la resolución aprobada por la Unión de Historiadores en su reciente Congreso Nacional.

 La memoria de los pueblos es terreno donde se libra una batalla decisiva en el mundo contemporáneo. A ella dedica el Imperio colosales recursos financieros y materiales, incluyendo los de tecnologías que transforman a increíble velocidad la comunicación entre las personas.

 Hace medio siglo, cuando la mayoría de esas nuevas tecnologías eran aún desconocidas, Zbigniew Brzezinski anticipaba que tendrían por función “manipular los sentimientos y controlar la razón”. Mucho antes C. Wright Mills había denunciado la “robotización” del ser humano víctima de la banalidad embrutecedora de los grandes medios de comunicación.

 En el contexto de ese fenómeno de alcance universal, la lucha de Cuba por su independencia y, como parte de ella, la batalla por los Cinco adquiere una complejidad adicional que exige rigor en el pensar y verdadero compromiso en la conducta.

 El terrorismo promovido por Washington contra Cuba y su pueblo comenzó en 1959 antes que ustedes fueran historiadores, antes que hubieran nacido la mayoría de los aquí presentes y nunca dejó de existir a lo largo de más de cincuenta años. Fueron sus víctimas muchos cubanos, en nuestros campos y ciudades, en la Capital y en remotos rincones del país, pero también lo fueron nuestros pescadores y marinos en alta mar, y los tripulantes y pasajeros de nuestros aviones cerca y lejos de la Isla, y los diplomáticos y otros representantes de Cuba en el exterior. En los años 90 del pasado siglo hubo una serie de actos y atentados terroristas asociados a la actividad turística porque en esos momentos, en la peor etapa del período especial, el turismo internacional pasó a ser un instrumento clave de nuestra economía.

 ¿Por qué detuvieron a los Cinco? Porque, debido a factores y circunstancias que no habría tiempo para analizar ahora, existió entonces la posibilidad de que las autoridades norteamericanas hubieran sido capaces de actuar contra los criminales.

 ¿Cuál es el sentido principal del proceso llevado a cabo contra nuestros compañeros? La respuesta es muy sencilla y a la vez tiene una importancia vital para las cubanas y cubanos, para todos, incluyendo los que aún están por nacer: el gobierno de Estados Unidos decidió colocarse, abierta y formalmente del lado de los terroristas, protegerlos y defenderlos a contrapelo del Derecho Internacional y de lo que dicen sus propias leyes.

 No exagero un ápice. Lo que acabo de afirmar lo dijo el gobierno de Estados Unidos en la acusación oficial que presentó contra los Cinco, lo reiteró la Fiscalía desde el primer día y lo repitió hasta el final del juicio, lo expresó con claridad la propia jueza al dictar las injustas e irracionales sentencias. Todo está escrito en documentos oficiales, y puede ser leído por quien visite el sitio de la Corte federal del Distrito Sur de la Florida y busque el caso titulado “Estados Unidos contra Gerardo Hernández y otros”, algo que seguramente harán historiadores futuros.

 Pero ¿cuántos norteamericanos lo saben? Las personas comunes y corrientes se enteran de lo que sucede dentro de la sala de un tribunal por lo que al respecto digan la prensa escrita, radial y televisiva. Basta entonces con controlar esos medios, asegurarse que sólo dirán lo que el Gobierno quiera, para garantizar las peores condenas determinadas ya de antemano.

 Para colmo en este caso los medios han sido instrumentos decisivos para castigar a nuestros compañeros. Por una parte han impuesto la más férrea censura para entorpecer y debilitar un movimiento de solidaridad que sólo crecerá y será poderoso cuando el caso sea conocido por muchos millones de personas en Estados Unidos. Por otra parte los medios locales de Miami, pagados y dirigidos por el Gobierno, crearon un ambiente de violencia y odio para garantizar las condenas y las más desmesuradas sentencias. Este es un aspecto fundamental de las apelaciones extraordinarias sobre las que la Corte de Miami debe pronunciarse en cualquier momento, tema este que apenas reflejan los medios de prensa independientemente de sus características u orientación. Debo ser franco. No me refiero sólo a los medios del enemigo. 

Este tema tampoco ocupa el espacio que debería tener en otros que se consideran progresistas.

 Gerardo, Ramón, Antonio, Fernando y René sacrificaron sus vidas por los demás, son un ejemplo de altruismo insuperable que forjaron aquí, en nuestra sociedad. Sus historias y las de sus familias pueden y deben ser fuente de inspiración en la formación de nuestros niños y jóvenes si somos capaces de transmitirlas con frescura y naturalidad evadiendo la rutina y el formalismo.

Pero ¿qué hacer para cumplir cabalmente con el último párrafo de la Declaración aprobada en abril? ¿Cómo llegarles a los colegas y amigos dentro de la sociedad norteamericana?

 Esa es la tarea clave, la más urgente y requiere acciones eficaces, para explicar, convencer y sumar a otros todos los días. Ese es el desafío que debemos encarar con un trabajo sistemático al que nos convoca una obligación moral ineludible. Un trabajo de cuyos resultados no podremos sentirnos satisfechos hasta que todos ellos, los Cinco, sin que falte uno solo, estén completamente libres, en Cuba.

 La solución está en las manos del Presidente Obama quien puede y debe ponerlos en libertad inmediatamente y sin condiciones, a los Cinco, sin excluir a ninguno. Para conseguir tal cosa es indispensable que se lo pidan muchos millones de personas en Estados Unidos y para llegar a esas personas, persuadirlas y motivarlas, los intelectuales cubanos tienen una responsabilidad muy grande. Asumámosla. Y al concluir cada tarea respondamos la pregunta que, no lejos de aquí, repiten los niños de la Colmenita:

 “¿Y ahora qué más podemos hacer?”  

[1] María Luisa García Moreno, Periodista, editora y escritora; Profesora de Español e Historia, Licenciada en Lengua y Literatura hispánicas. //  Evelio Toledo Quesada, Pintor. Graduado de San Alejandro, posee una reconocida obra en diferentes publicaciones  cubanos. Ha sido señalado por la crítica como uno de los caricaturistas más destacados de la Cuba contemporánea. De igual forma, ha aportado a la enseñanza de la historia, interesantes libros de imágenes.

Fotos: FJPérez, JRosales y RCBáez

"Es la Hora del Recuento, y de la Marcha Unida"

jueves, 18 de abril de 2013
Nos dice su autor: "Hace ya tiempo escribí este artículo que, a raíz de los acontecimientos en Venezuela, vuelve a tener vigencia, sobre todo por el retrato de las fuerzas reaccionarias locales que hace Martí y su sugerencia de como neutralizarlas. Te ruego compartirlo"

"Es la Hora del Recuento, y de la Marcha Unida"

Por Orlando Licea Díaz
Una y otra vez, mientras disfrutaba el reencuentro con un amigo, y escuchaba las ideas de un grupo de entusiastas estudiosos, ansiosos por resolver el enigma de la Revolución Bolivariana, por dar cauce seguro, sólido y estable al compromiso sagrado de liberar, no sólo a Venezuela a Cuba o al Ecuador, sino a la América toda, del sufrimiento acumulado durante siglos de dominio y explotación inicuos, venía a mi mente la frase de Martí que encabeza este intento y lo mucho que nos queda por aprender y aplicar del pensamiento de nuestros ancestros, sagrados e ilustres, en la lucha por la felicidad de nuestros pueblos.
Terminadas las horas de intercambio y disfrute, de interacción activa, vino la necesaria reflexión, y la decisión de escribir estas líneas, que intentan ser una especie de aviso sobre la urgente necesidad de poner el pensamiento y la obra de Martí, de Bolívar, del Che y de todos los que nos antecedieron en la lucha por una América unida, feliz y próspera. Lo haré con un ejemplo, el análisis del ensayo Nuestra América, escrito por Martí hace ya tiempo, pero de una impactante actualidad.
“Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra. No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos”.
No hay que perder tiempo buscando en Nostradamus: las profecías para la América Latina están hechas por los americanos mismos, y Martí, junto a Bolívar, son los dos grandes profetas de nuestras tierras. En estos mismos días el gigante de las siete leguas anda metiendo sus narices por diversos rincones de nuestra patria común, a ver cómo reaccionamos. Y si no superamos pronto el espíritu de aldeano, nos puede poner en un instante la bota encima: 
“Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”.
Si Martí escribió y sufrió, si previó y avisó y alertó, sobre los peligros que asechaban a nuestra América cuando el gigante era apenas un niño y aún no había enseñado a las claras sus intenciones de dominio universal, si dio respuesta clara, precisa y concisa al interrogante de cómo pararlo e inmovilizarlo, antes de que pusiese sus manos y sus botas, empapadas de fango y sangre, sobre nuestros románticos, valerosos y sufridos pobladores. ¿A que buscar consejo y soluciones en lejanas tierras? ¿A qué estimular, bajo pretextos varios, la división sectaria que nos debilita?
“A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan. ¡Bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades Pues, ¿quién es el hombre? ¿El que se queda con la madre, a curarle la enfermedad, o el que la pone a trabajar donde no la vean, y vive de su sustento en las tierras podridas, con el gusano de corbata, maldiciendo del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel? ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios y va de más a menos! ¡Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el Washington que les hizo esta tierra ¿se fue a vivir con los ingleses, a vivir con los ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra propia? estos “increíbles” del honor, que lo arrastran por el suelo extranjero”.
Gusanos en Cuba, Escuálidos en Venezuela y, con otros nombres y matices en otros pueblos, este segmento lamentable de la población de nuestros países, sigue existiendo y constituye quizás un peligro mayor que el gigante mismo.  
“A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país”.
Genial respuesta a los que quieren imponer desde afuera, como una y otra vez lo han hecho -y lamentablemente logrado en ocasiones- modelos de gobierno hechos a la medida para facilitar que la bota pise sobre césped blando y no sobre espinas, piedras afiladas y volcánica lava, como corresponde a su diabólica vocación opresora.
“Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador”.
Chávez ha sido un creador, Fidel igual, Evo lo está siendo, y Correa y cuantos han arribado al poder con la intención noble y sagrada de convertirlo en un modo de hacer felices a los seres humanos de estas tierras. Es la única manera de lograr, en un mundo diseñado para la opresión, que los pueblos prosperen y adelanten.
“¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas”.
Mucho habría que comentar sobre estas afirmaciones martianas, urge reunirnos para analizarlas e incorporarlas a nuestro cotidiano quehacer y que pensar. Otro insigne latinoamericano, Aníbal Ponce, desarrollando esta idea, demostró que los programas escolares son eficaces instrumentos para detener nuestros ímpetus liberadores y para hacer fracasar los movimientos sociales y las revoluciones que intenten poner a nuestras tierras en condición de ser habitadas por seres humanos libres y felices.
“Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima. La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros, de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen”.
El tigre, con sus garras de terciopelo, nos está husmeando: se le siente, se le huele, el tigre de afuera y la hiena de adentro, dispuesta a alimentarse de las carroñas y los despojos. Y hay urgencia en desarrollar los sentidos, en seguir los consejos de Martí, en enseñarnos como somos, uno en carne y sangre, un solo pueblo y una sola nación, dividida artificialmente para facilitar el dominio. Y de materializar el sentido de la vida de Bolívar, la unidad de todos los pueblos de América Latina, estamos a tiempo; si nos tardamos, no quedará laringe para lamentaciones, ni ojos para lágrimas. Martí sigue insistiendo:
“El tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá; con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos”.
¡Téngase bien en cuenta que estas líneas fueron escritas por Martí aun antes de que el tigre hubiese puesto sus garras sobre los pueblos de Nuestra América!.
 
“Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. “¿Cómo somos?” se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no van a buscar la solución a Dantzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales”.
 
“Estrategia es política. Los pueblos han de vivir criticándose, porque la critica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando, por las venas, la sangre natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar.”
Aunque quizás innecesaria, valga la aclaración de que Martí no divide a Nuestra América en naciones, sus problemas son comunes, por las venas corre la misma sangre, y cumplirán el mismo destino:
“De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento y de cochero a una pompa de jabón; el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas”.
A continuación lo más trascendente e inaudito, Martí se va a referir al peligro que para Nuestra América representan los Estados Unidos; ya una vez nos hicimos sordos a su clamor, y pusieron sus botas sobre nuestros sagrados pueblos, la historia nos ha dado una segunda oportunidad, y esta vez estamos corriendo los mismos peligros y tenemos oportunidad de ensayar las mismas soluciones, este autor confía en que esta vez nuestros sentidos estén más aguzados.
“Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones intimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña”.
 
“como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa, o la discordia parricida de nuestra América, el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento,  vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con la sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad. No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas”.
De paso señala Martí otro peligro y otra arma: hacer énfasis en las diferencias de raza; en Cuba misma, vestida de necesidad de desarrollo, se ha venido hablando demasiado del problema racial, debía hablarse más del problema humano.
Como “Pensar es servir”, quisiera terminar con el llamado urgente a reflexionar sobre el pensamiento de Martí, y a la necesidad imperiosa de aplicarlo consecuentemente. Martí, Bolívar y el resto de nuestros próceres no son pasado, son presente vivo y, más que eso, constituyen un futuro que hemos de actualizar. Por último quisiera agradecer a mi amigo venezolano Luis Vargas por las provocaciones que dieron lugar a estas líneas.
Bibliografía: José Martí. Obras Completas. Vol. 6 Nuestra América.

José Martí y Ernesto Che Guevara en la redención americana de hoy

viernes, 8 de febrero de 2013

Por María del Carmen Ariet García
 Descargable en pdf:

Introducción
 A 160 años del natalicio de José Martí acercarnos a su ensayo «Nuestra América», escrito en circunstancias muy particulares dentro su prolongada estancia en los Estados Unidos e inmerso en su afán por alcanzar la independencia de Cuba, representa, sin dudas, la expresión más nítida de un pensamiento que no solo se construye literalmente con un estilo depurado y propio, sino que es expresión, también, de dimensiones que sobrepasan a su época y contextos, siempre presentes en el devenir latinoamericano y en el aliento vital y renovador con que nuestros pueblos han de luchar para conquistar y hacer realidad, como expresara Cintio Vitier, «los fantasmas de la redención americana».
 Estos análisis se inscriben dentro de un pensamiento social radical de nuestro continente, precursor junto con nuestros próceres de la independencia, de proyecciones que apuntan a defender conceptos y actuaciones que nunca se han logrado alcanzar, a pesar de una historia común en las que sobresalen páginas gloriosas de lucha, pero que en incontables ocasiones no han podido sobrepasar más allá de sus circunstancias. Es un mérito indiscutible de Martí, el que desde la visión independentista mirara más allá y reflexionara en torno a elementos claves, para obtener lo que sabía indispensable, la soberanía de nuestras repúblicas con un sentido diferente y donde primara la fuerza y dignidad del hombre americano, como el portador de la plena liberación, que en su caso era definitorio del hombre múltiple y de su identidad: cultura y participación comprometida en lo político y en lo social, sin dejar de considerar lo económico dentro de esa sumatoria de factores.
 En este afán por reconocer y reconocerse en el hombre americano, supo advertir no solo el crisol de sus cualidades por desarrollar, sino sobre todo el compromiso ético que debía primar en sus acciones para enfrentar el poder --que sentía omnímodo--, de la nación del norte y sus pretensiones de dominación total en nuestras repúblicas nacientes. Representa uno de los ejes esenciales de «Nuestra América», pero no el único, porque su larga estancia en los Estados Unidos contribuyó a una mirada abarcadora, en los que supo apreciar el impulso interior de su desarrollo económico y cultural, pero también las limitaciones particulares que hacían de sus ciudadanos hombres egoístas y desprovistos de gestos de hermanamiento y solidaridad, por lo que auguraba un futuro prominente pero a la vez depredador y avasallador con los más débiles de su entorno, los que en esos tiempos se encontraban delineando su provenir como nación después de las luchas por alcanzar la independencia.
 Para el vecino del norte, nuestros países eran considerados bárbaros, incultos pero, para su mal, con enormes recursos materiales codiciados por ellos. Ya se sentían capaces de ejercer un dominio imperial a escala expansiva y, nada más oportuno, que en su patio trasero. Este fenómeno de expansión imperialista y sus rasgos distintivos constituyen en el pensamiento martiano una visión superior de su época, interpretada como profética por algunos, pero que, si se estudia analíticamente, resume la expresión de un pensamiento político latinoamericano que conforma las bases de una modernidad que se entronca con lo más avanzado, coherente y actual de nuestra intelectualidad en el plano de la teoría social.
 De esa forma, muy sucinta, se puede resaltar la contemporaneidad intrínseca de «Nuestra América», al extenderse su presencia en las propuestas de cambio que se sustentan hoy en la región, donde se incluyen ejes que van desde el compromiso por recuperar la plena identidad del hombre americano en su diversidad y también en su unidad, como base primaria para entender las formas y los modos propios de cómo obtener la plena independencia que fuera cercenada por la nación del norte y por coyunturas propias. En esos espacios se ubican corrientes y tendencias en las que se cruzan posiciones más radicales y de izquierda con las más conservadoras, con la necesidad imperiosa de construir no solo el proyecto de nación que cada país debe y requiere hacer, sino esencialmente para pensar en el compromiso de un nuevo siglo y milenio que nos obliga a diseñar espacios superiores donde los ejes de poder político, la hegemonía, la soberanía y la plena identidad sean las fuerzas dominantes y contrastantes para enfrentar de una vez por todas al «gigante de las siete leguas».
 En esa escala superior, la historia reciente de América Latina registra un hecho sustancial cuyo significado llegó a trascender fronteras, que no es otro que el triunfo de la Revolución cubana en enero de 1959. Resulta muy propio de este proceso la unión de tendencias y proyecciones en las que se suman lo más autóctono de nuestro pensamiento revolucionario, donde, por supuesto, Martí alcanza un lugar cimero, definido por Fidel Castro, líder de la Revolución, como el autor intelectual del Movimiento 26 de julio y por consiguiente del proceso radical y de total transformación que se proponía ejecutar en el proyecto de nación a reconstruir. Es importante advertir que en el proceso cubano desarrollado en la segunda mitad del siglo XX no solo estuvieran presentes los presupuestos conceptuales martianos sino que estuvieran imbricados en ellos el pensamiento marxista dentro de su ideario, lo que en nuestro caso no significó una ruptura diacrónica, porque aun cuando Martí y su filosofía no pertenece a esa línea de pensamiento, sus concepciones políticas y sociales se sitúan en lo más sobresaliente y actual de las aspiraciones libertarias de Cuba y América y le dan un verdadero sentido a su contemporaneidad.
 Dentro del pensamiento revolucionario que distingue a la Revolución cubana, el ejercicio de una praxis política consecuente con el ideal martiano y marxista, postulado en momentos cumbres como en el preludio de la invasión mercenaria en abril de 1961, donde se declara el carácter socialista de la Revolución, junto con Fidel y como parte de nuestra vanguardia revolucionaria, se distingue de modo particular el pensamiento creador y la acción práctica de Ernesto Che Guevara, expresión de esa simbiosis, al articular de forma natural el pensamiento filosófico y revolucionario de Marx y del marxismo latinoamericano con el pensamiento radical cubano, condensado en el pensamiento martiano.
 El paralelismo entre Martí y el Che puede establecerse desde diferentes ángulos e incluso visiones para demostrar la verticalidad de construcciones teóricas y posiciones prácticas, que aun cuando diverjan en fundamentos filosóficos aparenciales o no, encuentran propósitos y similitudes que los acercan y unen. La trascendencia y contemporaneidad, además de probar lo expresado en cuanto a su quehacer teórico en función de una práctica revolucionaria acorde con su época y circunstancias, se distinguen por la unidad común en cuanto a proyección de cambio y de futuro, lo que otorga un sentido de universalidad a posturas y definiciones que se engarzan, en lo global, con la necesidad de una mirada transformadora y de compromiso del mundo, y en lo particular, con el renacimiento de una verdadera América Nuestra.
 Pudiera parecer casual o un mero ejercicio académico, la similitud de propósitos y líneas conceptuales en trabajos emblemáticos de Martí y Che, como los ensayos «Nuestra América» y «El socialismo y el hombre en Cuba», aunque no los únicos. Se identifican procesos de búsqueda, propuestas de tesis y como solución la lucha revolucionaria para propiciar los cambios que se interrelacionan sobre bases comunes: el hombre como portador de los cambios y sujeto activo, la ética como soporte indispensable para construir proyectos emancipatorios y de expresión popular y la identificación de la existencia de un eje distorsionador en la región, como lo ha sido y es los Estados Unidos.
 1. El sujeto americano: emancipación y liberación política
 El sujeto, esencia de una filosofía que distingue al hombre como centro de su accionar y destino, se encuentra presente en muchas corrientes de pensamiento y, fundamentalmente, en aspiraciones concretas dentro del proceso civilizatorio del hombre a través de todos los tiempos.
 Es el hombre sujeto portador u objeto subordinado de esos procesos, en dependencia de su propia evolución, producto de violentos enfrentamientos en aras de alcanzar poderes superiores, traducidos en pensamientos que se sitúan en pro o en contra de esas posiciones. En el transcurso de esas fases, la interrelación entre sujeto y ética conforma un binomio singular, porque muchas veces no se ha sabido o querido expresar su verdadero sentido y necesidad como elementos sustanciales en el momento de percibir los cambios y las transformaciones exigidas. La usurpación del papel sustancial que le corresponde desempeñar al hombre en la sociedad es limitada por poderes omnímodos, convertidos en sus representantes absolutos sin advertir que por fuerza bruta o por vías más dúctiles, sin la acción del hombre no se puede alcanzar propósito alguno.
 En Martí, hombre de su tiempo y de raigambre americana, que aprehendió de las fuentes nutricias de la independencia y que vio crecer a ese hombre americano, sujeto-actor de ese proceso, muchas veces mancillado y olvidado, se encuentra presente no solo la defensa a ultranza de ese hombre, sino sobre todo el destacar su estirpe de raza, portador de una cultura autóctona y de una voluntad puesta a prueba en circunstancias crueles y despiadadas, como lo fue la conquista y la colonización.
 Para Martí, el camino hacia escalones superiores por parte de nuestros pueblos, debía centrarse en el crecimiento espiritual y cultural de ese hombre ingenuo e ignorado, enfatizando que esa obra era y es de todos, porque solo así se podrá construir y alcanzar una América propia. En esa razón, se erige como una necesidad imperiosa otorgar a la ética un papel rector para establecer el verdadero sentido a los pueblos que renacen de la barbarie, para que aprendan con sentido de equidad a construir naciones emancipadas y de hombres libres y plenos, defensores de sus intereses ante la depredación de poderes foráneos, como siempre lo fueron los Estados Unidos, advertido no solo por Martí, sino por el propio Bolívar y otros próceres de Nuestra América.
 A pesar de esas advertencias, explícitas y preclaras en «Nuestra América», el poder del norte se impuso con toda su fuerza despiadada, convertido en el yugo hegemónico de las repúblicas americanas. Así ha sido hasta el presente, aun cuando se ha avanzado y retrocedido a la vez y que ha habido hombres que, como Martí, han luchado por construir una América libre y soberana.
 En Cuba hemos contado con un la presencia activa de Fidel y el Che, convertidos, además, en referente de los pueblos que han abogado por cambios profundos, portadores, el primero, de un proyecto de liberación total para su pueblo, y el segundo, no solo parte de ese proyecto, sino también diseñador y actor de un proyecto de cambio que abarcara la América toda y donde estuvieran presentes rasgos y signos distintivos del proceso cubano, pero sin calco ni copia como expusiera Mariátegui en su tiempo, con el objetivo supremo de otorgarle al hombre americano el verdadero papel que le corresponde en estos tiempos, hechos a golpe de acción y en la búsqueda de una ética superior que los conduzca por el camino de la solidaridad y la unidad como los ejes particulares capaces de nuclear el espíritu latinoamericano que, como Gran Semí, regó por las naciones del continente y que conforman, a no dudar, los preceptos que distinguen a los gobiernos más progresistas del continente.
 El Che, hombre de acción y de pensamiento, comprendió plenamente la esencia humanista del marxismo y que, de forma incipiente, se construye a partir de los viajes que realizara en su juventud por el continente. La solidaridad y el espíritu de compromiso con los desposeídos fueron sus primeros componentes, seguido por su decisión de luchar al comprender que solo mediante esa acción directa el hombre puede alcanzar su máxima plenitud, basado sustancialmente en el principio marxista de resaltar el factor subjetivo como el actor principal de todo proceso revolucionario y dueño de su destino histórico, que para el Che no era otro que el socialismo. Como advierte ese es un proceso en extremo complejo y difícil, donde se puede contemplar desde su surgimiento «al hombre nuevo que va naciendo. Su imagen no está todavía acabada […]. Lo importante es que los hombres van adquiriendo cada día más conciencia de la necesidad de su incorporación a la sociedad y, al mismo tiempo, de su importancia como motores de la misma […]. El camino es largo y desconocido en parte; conocemos nuestras limitaciones. Haremos el hombre del siglo XXI: nosotros mismos.» [1]
 El punto de partida y su posterior evolución transita con el propio acontecer de la Revolución cubana. Esa mirada, en la que se vislumbra un futuro alternativo a la barbarie capitalista desde el pleno ejercicio del poder mismo, refleja una visión integradora de un nuevo tipo de sociedad a alcanzar en lo intelectual y moral y que debe pasar por la conquista gradual de la igualdad, la justicia social, la plena dignidad humana y la defensa de los derechos humanos como verdadero contenido moral de la política, los que representan indicadores de una validez incuestionable para los movimientos sociales de mayor o menor radicalidad.
 Tanto en Martí como en el Che sobresale una ética política que se destaca en lo teórico y en lo práctico por actuaciones y pensamientos, que colocan al sujeto como centro rector de una visión y compromiso consigo mismo y a la vez con su entorno, capaz de concientizar tanto en su accionar individual como en la toma de conciencia del accionar colectivo, en aras de superarse a sí mismo para construir una proyección cualitativamente superior que dignifique la solidaridad y la dignidad plena del hombre y que pudiera centrarse en una tesis sustancial: La interrelación entre pensamiento y acción representan el centro de sus acciones, expresadas en un espíritu de compromiso con el sujeto como eje primordial de todo proceso de cambio que aspire a un mundo mejor y que, en sus casos, transitó a lo largo de sus vidas, cuyo ciclo culmina con su entrega sin límites, haciendo cierta el apotegma martiano de que, «nadie tiene el derecho de dormir tranquilo mientras haya un hombre infeliz…» [2]
 2. Poder político: dependencia y dominación vs independencia y soberanía
 Aunque parezca alejado en tiempo en cuanto a propósitos a alcanzar, cuando se estudian en Martí y el Che los temas referidos a la política y el poder, sobre todo los referidos a la obtención de la independencia y la soberanía como un bloque compacto de acciones para alcanzarlas, contrastantes con la dominación y la dependencia impuesta por las políticas hegemónicas de los Estados Unidos hacia la región, la similitud de intereses y posibles soluciones para alcanzarlas, determinan las raíces históricas comunes que desde las luchas por la independencia colonial española percibieron ambos como un hilo perceptible donde reconocernos todos.
 Para Martí, quien postula como primer elemento que el problema de la independencia no era un cambio de formas, sino un cambio de espíritu y donde advierte, además, que «urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia»,[3]  es lógico entender su concepción precisa acerca del camino que debía seguir la política y la estrategia a seguir en nuestras naciones. Cuando define que en la política, lo real es lo que no se ve y que es el arte de combinar, para el bienestar creciente interior, los factores diversos u opuestos de un país, y de salvar al país de la enemistad abierta o la amistad codiciosa de los demás pueblos, están presentes argumentos pensados y expuestos teniendo en cuenta su vasta experiencia y conocimiento directo de los Estados Unidos y el significado de su amenaza permanente, realizando un retrato fiel de su composición y estructura, al haber sido criado en la esperanza de su dominación continental; en el ansia de mercados de sus industrias pletóricas y en la ocasión de imponer a naciones lejanas y a vecinos débiles su protectorado, como característica de su ambición política, rapaz y atrevida.
 En ello encuentra razones suficientes para mirar, desde la independencia real no alcanzada aun, el peligro de la dominación de un pueblo que mira con codicia a los pueblos menores. Con visión íntegra precisó que si dos naciones no tienen intereses comunes no pueden juntarse, porque «si se juntan chocan». Quedan pendientes hoy las advertencias martianas cuando llamaba a inquirir sobre cuáles eran las fuerzas políticas del país que convidaba y los intereses de los partidos y de sus hombres, además de insistir en la necesidad de indagar e investigar a qué unión nos convocaban, porque de lo contrario haría mal a América en seguirlos.
 Dentro de ese contexto, algunos de los postulados expuestos por el Che en sus escritos y discursos en torno a la forma clara y precisa de abordar el tema de la soberanía y cuyos ejes esenciales estaban conformados por la obtención de la soberanía política primero y la independencia económica después, representan ópticas de significados y propósitos idénticos, más allá de circunstancias y coyunturas concretas que las particularizan.
 La visión esclarecedora que sostuvo el Che al analizar la expansión del capitalismo y del imperialismo como su línea central dentro de una relación específica de un poder político diseñado para ello y, donde lo social y lo político intervienen en toda su contradicción, por ser expresión intrínseca del imperialismo como fenómeno histórico, se conjuga con lo advertido por Martí.
 La interrelación de ambas visiones deviene paradigmática, porque forman parte de dimensiones similares, unidas en análisis complementarios, capaces de demostrar la validez de un pensamiento y una práctica revolucionarias que partieran de un análisis crítico del imperialismo combinado con un involucramiento activo en lo personal, con la presencia muy propia de combinar la práctica política con la ética en un compromiso que los distinguió en toda su trayectoria.
 Con mirada actual, la expresión martiana de que lo primero en política es aclarar, prever y alertar a América sobre el vecino rapaz y ambicioso en la batalla que se preparan a librar con el resto del mundo, se une la centralidad del Che de destacar la interrelación entre imperialismo y revolución, el papel de la acción humana para enfrentar el fenómeno imperialista y la profundización de las desigualdades , que de manera constante mina la capacidad de las naciones para actuar, porque como dijera Martí «sobre serpientes, ¿quién levanta pueblos?» [4]
 La batalla advertida por Martí muy a tiempo y de innegable solidez y vigencia, fue asumida en su momento por el Che dentro de un camino más complejo y violento, que lo llevan a una lucha directa para enfrentar esa fuerza mayor que definiera en el «Mensaje a la Tricontinental»: «Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo y un clamor por la unidad de los pueblos contra el gran enemigo del género humano: los Estados Unidos de Norteamérica» [5]  y que solo con la conjunción de fuerzas sociales y políticas unidas se podrá alcanzar un pleno proceso de liberación humana.
 3. Imperialismo y revolución: presencia en los paradigmas emancipatorios de América Latina
 La historia reciente de nuestros pueblos se suma a las páginas que esclarecedoramente fueron advertidas por pensadores y revolucionarios y por páginas estremecedoras de generaciones que lucharon y luchan por hacer de nuestro continente un todo indivisible. Todavía está por responder en su total dimensión la interrogante escrita por Martí en 1889, y que sintetiza nuestra fatídica historia compartida: «¿Y han de poner sus negocios los pueblos de América en manos de su único enemigo, o de ganarle tiempo y poblarse, y unirse, y merecer definitivamente el crédito y respeto de naciones, antes de que ose demandarles la sumisión el vecino…?» [6]
 Es sabido que las acciones y percepciones acerca de cómo obtener caminos comunes y dignos obedecen, en ocasiones, a circunstancias y coyunturas muy particulares, de no poca importancia en cualquier análisis que se necesite hacer para interpretar o juzgar una etapa o período de la historia, lo que sin dudas representa una singularidad pero también contribuye a una profundización de fenómenos que por su relieve e importancia pertenecen al todo imaginario de nuestras culturas y a los modos de abordar nuestras realidades y posibles soluciones.
 Pasado los años, hemos transitado por un bicentenario independentista, expresión de luces y sombras, pero singularmente conformado por caminos similares aunque no idénticos en sus particularidades. Se observan alternativas diversas no solo en los modos de repensar nuestra realidad, sino sobre todo en los modos de accionar con la misma, incluyendo las que por diferentes modos, circunstancias y maneras no se avienen o no corresponden a los momentos actuales. Aun cuando el binomio imperialismo-revolución pase por gradaciones y manera de asumirlo, lo real es que se mantienen como un par indivisible aunque los tiempos obliguen a replantear su comportamiento, centrado esencialmente en los nuevos paradigmas en los que intervengan con un sentido más participativo, de igualdad, solidaridad y pleno cambio con su pleno sentido revolucionario, si en verdad deseamos hacer realidad el precepto martiano expresado en «Nuestra América» de: «…injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas…» [7]
 En la raíz de nuestros paradigmas, y como exigencia mayor, se erige como un monolito el llamado de Martí en ese prédica permanente por hacer de nuestras repúblicas un todo indivisible para su propia defensa y desarrollo, la presencia de Bolívar: «…así está en el cielo de América, vigilante y ceñudo, sentado aún en la roca de crear, con el inca al lado y el haz de banderas a los pies; así está él calzadas aún las botas de campaña, porque lo que él no dejó hecho, sin hacer está hoy; porque Bolívar tiene que hacer en América todavía…» [8]
 Esa voluntad de hacer está aun por conquistar porque a través de la independencia real es que se logra «el equilibrio del mundo». Ese equilibrio del mundo invocado por Martí es una sentencia vital en nuestros tiempos de nuevo siglo y nuevo milenio, cuando se habla de un mundo global, pero excluible para la mayoría y que nos conmina a un análisis reflexivo que permita acercarnos, de modo inobjetable, a lo expuesto por el Che en múltiples análisis, cuando articuló una visión transformadora revolucionaria, popular y orgánica a la vez, de lo nacional, incluyendo, además, su carácter internacionalista y solidario.
 Para el Che su teoría revolucionaria del cambio social y su estrategia política se sustenta en el principio de alcanzar un proyecto de liberación nacional socialista, donde se destaca el aspecto activo de la política en su carácter emancipatorio y liberador de la fuerza hegemónica del poder centrado en el imperialismo norteamericano. Tanto Martí como el Che pudieron analizar la esencia de los centros de poder del capitalismo, para el primero, los análisis que en su tiempo realizara sobre esas proyecciones, expuestas en sus escritos sobre la Conferencia Monetaria efectuada en Nueva York en 1889, y para el Che sus tesis tercermundistas, sobresalen por su extraordinaria capacidad analítica y su extraordinaria visión de futuro, las que mantienen la esencia de sus fundamentos.
 La dimensión teórica y práctica de esas tesis del Che permiten acentuar, en los movimientos populares, la búsqueda en la revolución de un proceso de emancipación de los individuos como una estrategia válida para cualquier movimiento socialista. Es por ello, que tanto en Martí como en el Che sobresalen sus orientaciones acerca de la lucha contra las desigualdades y dependencias entre las naciones, como consecuencia de la hegemonía instrumentada en el mundo por poderes omnímodos, con predominio de un profundo contenido moral capaz de rescatar un pasado común y la recuperación histórica entre la cultura y la política en la obtención de un poder global para todos, con un desarrollo que trace como objetivo el poder avanzar por un camino propio y crear un modelo integral de solidaridad y ética para todos.
 En el caso de América la proyección martiana queda como tesis pendiente a alcanzar y como guía señera para la acción : «¿A dónde va la América, y quien la junta y la guía? Sola, y como un pueblo, se levanta. Sola pelea. Vencerá sola.» [9]

Notas:
 [1] Ernesto Che Guevara: “El socialismo y el hombre en Cuba”, en revista Contexto, no. 5, México, 2007, pp. 89 y 99.
 [2] José Martí: “La verdad sobre los Estados Unidos”, publicado en Patria el 23 de marzo de 1894, tomado de José Martí. Antología mínima, T. I, Editorial Ciencias Sociales, ICL, La Habana, p. 450.
 [3] ________: “Congreso Internacional de Washington. Su historia, sus elementos y sus tendencias” I, publicado en La Nación los días 19 y 20 de diciembre de 1889, tomado de José Martí. Antología mínima, ob. cit., p. 272.
 [4] Ibídem, p. 333.
 [5] Ernesto Che Guevara: “Crear dos, tres … muchos Viet Nam, es la consigna” en revista Contexto, ob. cit., p. 137.
 [6] José Martí: “Congreso Internacional de Washington”, ob. cit., p. 284.
 [7] ________: “Nuestra América”, publicado en El Partido Liberal el 30 de enero de 1891, tomado de José Martí. Antología mínima, ob. cit., p. 311.
 [8] ________: “Bolívar”, publicado en Patria el 28 de octubre de 1893, tomado de José Martí. Antología Mínima, ob. cit., pp. 380-381.
 [9] ________: “Madre América”, discurso pronunciado el 19 de diciembre de 1889, tomado de José Martí. Antología mínima, ob. cit., p. 302

Bibliografía Consultada:
 Ariet García, Ma. del Carmen: El pensamiento político de Ernesto Che Guevara, Ocean Sur, México, 2010.
 ________: Che Guevara: fases integradoras de su proyecto de cambio social, Ocean Sur, México, 2008.
 ________: “Política y revolución en el Che Guevara”, en revista Contexto, no. 12, México, 2010, pp. 100-107.
 Guevara Ernesto Che: Justicia Global. Liberación y socialismo, Ocean Press, Melbourne, 2002.
 Martí José: José Martí. Antología mínima, T. I, ICL, La Habana, 1972.


Tomado de Rebelión

 *Licenciada en Sociología y Doctora en Ciencias Históricas, es la Coordinadora Científica del Centro de Estudios Che Guevara, asesora de la Cátedra Che Guevara, Programa FLACSO de la UH, miembro de LASA y del Consejo editorial de la revista Contexto Latinoamericano, entre otros. 

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