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EL BUCLE INFINITO

lunes, 3 de febrero de 2014


Y pasa la vida… y ya estamos en 2014, unos cuantos años después de que empezara esta nueva fase del capitalismo que los medios de incomunicación dieron en llamar crisis y que cada vez más gente denomina estafa. Lamentablemente, todo sigue igual.

Empezamos el año exactamente igual que siempre. 

Los grandes bancos multiplicando exponencialmente sus beneficios mientras siguen condenando a la miseria y la muerte a miles de seres humanos con el apoyo incansable de un Estado que se dedica a regalarles dinero a cambio del incalculable apoyo financiero para los partidos y organizaciones afines. 

Las grandes transnacionales en su dinámica de enriquecerse, a costa de exigir el sacrificio humano con condiciones de trabajo cada vez más esclavistas, gracias a una legalidad redactada para eso, y con la amenaza del desempleo más implacable que nunca.

Los poderes públicos sentados en su atalaya, negociando sus intereses y representando la tragicomedia de la democracia para tenernos entretenidos mientras siguen afianzando y ampliando este sistema de humillación y esclavitud en el que somos meros números que oscilamos entre las columnas de los necesarios y los prescindibles. Delegando en los tecnócratas del escalafón alto la gestión de la democracia, es decir, dejando que el sistema judicial y el policial se encarguen de mantener las cosas en su sitio de que nada altere el discurrir de los días.


Mientras tanto, ¿qué hacemos nosotros? Pues seguimos como siempre, cada uno a lo suyo. Eso sí, siempre con un ojo puesto en lo del vecino, no sea que dejemos pasar la oportunidad de joder. Porque si algo está claro es que nosotros no aprendemos. Parece que seamos incapaces de sacar ninguna lección de estrategias, intenciones y acciones del pasado. Repetimos una y otra vez los mismos planteamientos de lucha, de resistencia… esperando que por arte de magia los resultados sean diferentes y parece que seguimos sorprendiéndonos cuando esto no sucede. 

Para empezar seguimos planteando nuestra lucha desde la resistencia en lugar de empezar a combinar esto con la existencia. Basta ya de desgastarnos siempre en ir a remolque de las decisiones políticas que sólo nos conduce a acabar luchando por migajas y a festejar como enormes victorias cada vez que se sale a la calle a protestar contra alguna ley injusta sin cuestionarnos nada más allá y dejando esa lucha en el momento en que los objetivos planteados se creen conseguidos. No debemos olvidar que hasta la fecha todos los logros que festejamos no son más que pequeños parches que en nada nos acercan a un cambio de paradigma social (si es que realmente esto es lo que pretendemos con nuestra lucha, cuestión ésta que todavía está por ver y sobre la que hay mucho que hablar).

Seguimos, aunque parezca mentira, ilusionándonos cada vez que se acercan elecciones con la aparición de nuevos proyectos políticos que prometen poner las instituciones al servicio de la ciudadanía. Como si eso fuera posible, como si esas instituciones fueran neutrales y su ejercicio dependiera de la buena voluntad de sus ocupantes. Las instituciones de esta supuesta democracia son las instituciones del poder, creados por los poderosos con la única misión de servir a sus intereses y absolutamente culpables de la inmovilidad de la situación. Estás apariciones periódicas de nuevos intentos de lo que algunos denominan frentes populares son en parte culpables del poco avance del pensamiento crítico en nuestra sociedad; ya que imposibilitan la aparición de nuevas formas de organización popular y la necesaria reflexión crítica de los postulados habituales de lo que denominan izquierda que en el mejor de los casos no pasa de una renovada socialdemocracia. 

Las agresiones a las que nos vemos sometidos son constantes, sin embargo, mientras no seamos capaces de autoorganizarnos en un primer lugar para asegurar la subsistencia diaria y en última instancia para hacer una verdadera reflexión crítica sin prejuicios ideológicos de ninguna clase de la realidad que vivimos y de las implicaciones que esto tiene, no saldremos jamás de este bucle de acción-reacción en el que llevamos todas las de perder y que sólo nos depara una caída libre hacia una vida cada vez más lejos de un ideal de dignidad que ni siquiera nos atrevemos a imaginar a día de hoy pero que es imprescindible para garantizar la viabilidad de todo tipo de vida en este planeta.


REFLEXIONES SOBRE EL DISCURSO UNITARIO

martes, 19 de marzo de 2013
Hablábamos hace poco de cómo el discurso y la idea de la regeneración democrática se está abriendo paso en la “política oficial” como vía de solución ante una situación cada vez más insostenible, debido al progresivo aumento de la protesta social y a la absoluta falta de escrúpulos con que los políticos actúan. Del mismo modo, nos encontramos con la misma tesitura en el lado de aquellos que se sitúan en una posición crítica con el sistema (esta afirmación es algo muy discutible y hasta poco creíble en muchos casos, pero esto debería ser objeto de otra reflexión).

En este caso, nos referimos al discurso de la necesidad de unirnos frente a las actuales agresiones que sufrimos la inmensa mayoría de las personas. Sin duda, este discurso se basa en la idea de la correlación de fuerzas (ya que parte de la base de que protestas suficientemente numerosas pueden hacer cambiar el curso de los acontecimientos y de las decisiones políticas) y asienta su potencial en la percepción, más que palpable, de que hay muchísima gente que cree firmemente en la necesidad de cambiar, aunque de una manera muy difusa y con poca concreción en las ideas. Lo cierto es que cada día hay más gente que lo pasa realmente mal (esto visto siempre desde nuestra óptica occidental por supuesto, porque esta realidad ha estado y está muy presente a lo largo y ancho del planeta) para cubrir sus necesidades más básicas y es, precisamente, en esa necesidad donde se apoya el discurso unitario para cobrar fuerza.


Sin embargo, al igual que sucede con lo de la regeneración democrática, este discurso plantea serias dudas, por no decir que no es más que la última invención de aquellos sectores que se autoconsideran líderes de la protesta y sienten su liderazgo cuestionado y amenazado ante la toma de conciencia de muchas personas que, hasta la fecha, aceptaban plácidamente el orden establecido (incluido este liderazgo) sin ningún cuestionamiento.


En primer lugar, se apela al discurso unitario desde la perspectiva de la protesta puntual, siempre encaminada a decir no a algo, siempre naciendo de la pérdida concreta de alguna cuestión preferiblemente material que limita esa unión en el tiempo ya que o se consigue la demanda o se abandona por desgaste. Jamás se dirige el discurso unitario hacia la construcción de alternativas, hacia la lucha por otros modelos sociales, por otros modelos relacionales entre personas (de ser así, rápidamente se vería la falta de contenido de la propuesta puesto que, como decimos, nace de la necesidad de unos de saberse líderes y de la necesidad material de los otros, no de la conciencia social y política lo cual impide dotar de contenido a estas uniones). Esto se debe a que este discurso no se basa en dinámicas de construcción horizontal donde todo el mundo participa y decide sino que viene determinado por imposiciones verticales. Son las cabezas visibles, las cúpulas dirigentes las que aprovechan el malestar general para lanzar este mensaje con el fin último de proteger su posición. A partir de ahí, utilizan toda la maquinaria a su alcance (que no es poca gracias como siempre al impulso dado desde el Estado) tanto a nivel humano, utilizando a todos los peones de los que disponen que acatan con fe ciega el planteamiento sin necesidad de cuestionarlo, así como los canales de comunicación a los que tienen acceso. Hábilmente se utiliza esta forma de hacer para dejar claro que todo el que cuestione este discurso se convierte en boicoteador y en colaborador necesario del sistema (la vieja táctica de acusar al otro de lo que realmente es uno). Se basa en apelar a la difícil situación general por la que atraviesa la sociedad para conseguir beneficios específicos que normalmente no conducen más que a una mejoría pasajera en el mejor de los casos que nunca se convierte en solución de nada sino más bien en un parche que hace más dura la caída siguiente (curiosamente es la misma manera de funcionar de los partidos políticos, ¿será una coincidencia?).


Dejemos clara una cuestión. El llamamiento a la unidad nace desde posiciones sin ánimo transformador, nace de organizaciones que no cuestionan el modelo vigente (a lo sumo les gustaría cambiar el modelo de capitalismo privado por uno de capitalismo estatal) tan sólo con la intención de liderar una protesta tan desgastadora y desgastada como estéril, de señalar y estigmatizar todo movimiento autónomo que, acertadamente o no, decide iniciar un camino de construcción de alternativas al margen de los conductos oficiales de protesta. Nace con el consentimiento y la protección del poder, ya que para sus intereses no hay nada más positivo que una protesta controlada y dirigida por aquellos a los que ha designado como líderes sociales.


La unión que se busca y se proclama como solución se basa en el seguidismo, en el no cuestionamiento, en la aceptación del liderazgo y su discurso, en la masa difusa. Es la triste solución de hacer que todo el mundo se movilice para hacer una operación de maquillaje sistémico y que nada cambie. De paso se consigue otro objetivo no menos deseado, que la protesta se diluya. En definitiva, esa unión es totalmente contraria al proceso del pensamiento crítico absolutamente imprescindible para iniciar una verdadera respuesta transformadora. Este tipo de discurso unitario carente de alma facilita el agotamiento de toda aquella gente que, de buena fe, decide seguirlo porque ve una manera de colaborar en el cambio y, a la vez, ejerce una influencia negativa sobre todos aquellos que todavía no han dado el paso de lanzarse a la protesta, porque ven que el camino emprendido bajo la bandera de la unión no conduce a ninguna parte ya que no lucha por ningún cambio global que realmente pueda hacer que sus vidas den un giro radical para mejor.


A pesar de todo lo dicho, la unión es absolutamente imprescindible pero sólo como resultado de un proceso horizontal de construcción, como el resultado natural de la creación previa de un tejido social que nos una como seres humanos y no como autómatas. Esta es la unión que teme el poder, la que nace de la conciencia de que no hay marcha atrás y que este sistema de dominación capitalista debe acabar y con él todos los mecanismos y los espacios de poder.


La diferencia entre la unión como resultado de un proceso (por la que apostamos desde estas líneas) y la unión como imposición (la que se nos propone desde las diferentes organizaciones señaladas por el sistema como líderes naturales de la protesta social), es la diferencia entre la unión para construir alternativas donde palabras como dominación, competencia, explotación, poder, acumulación, crecimiento,… carezcan de sentido y la unión para exigir que el capitalismo afloje la soga con la que nos ahoga y sea un poquito benevolente con el pueblo.

“DECIDÍOS A NO SERVIR, Y SERÉIS LIBRES”

miércoles, 5 de septiembre de 2012
¿Cómo se puede no tomar la decisión y persistir en la servidumbre?

A primera vista puede parecer una cuestión muy simple, sin embargo, la práctica diaria de la inmensa mayoría de nosotros nos dice que hay algo más detrás de todo esto. Si fuera así de simple (no descarto que lo sea) viviríamos en un mundo libre.

La primera cuestión que se plantea para no tomar la decisión es precisamente la falta de conciencia de nuestra condición de siervos. Difícilmente se puede tomar una decisión sobre un asunto que es inexistente para uno mismo.

Casi la totalidad de la población humana vivimos en sociedades controladas por unos pocos dominadores que extienden sus tentáculos sobre todo aquello a su alcance para establecer el control social. En estas sociedades siempre se actúa previniendo, asociando la libertad a lo que es menester desear. En otras palabras, los auxiliares del sistema venden la ideología dominante con la pretensión de ser la única disponible en el mercado intelectual. La libertad que defienden se asocia a un objeto deseable útil a la sociedad: libertad de consumir, de poseer, de disponer de bienes materiales, libertad de conformarse al modelo de consumidor ensalzado por los sistemas publicitarios y promocionales; libertad de comprar una conducta, valores o un modo de presentarse al otro, y así se nos propone: ya listo para usar, por la ideología dominante y transmitida por lo que se ha dejado de llamar propaganda para convertirse en publicidad.

La libertad se reduce entonces, a la posibilidad de inscribirse en una lógica mimética, de participar en la carrera en la que todo el mundo aspira a ascender a los niveles superiores de la escala social que propone el mundo mercantil.

Querer la libertad que ofrece este sistema induce a inscribirse en el movimiento gregario y supone no tener que obligarse a reflexionar, analizar, comprender, pensar; es decir, ahorrarse todo esfuerzo crítico propio, pues basta con obedecer.

Así pues, vemos cómo aparece un nuevo enfoque en la cuestión: la lucha por la libertad ya existe, pero por una libertad fraudulenta y edulcorada que agota nuestras energías, puesto que se basa en el tener y no en el ser y, por tanto, es una lucha irresoluble ya que siempre se puede (y lamentablemente se quiere) tener más.

Esta es la primera barrera que hay que romper para poder plantearse la cuestión inicial. Y es precisamente aquí donde está una de las labores más importantes a desarrollar por todas aquellas personas conscientes, luchar contra ese control social que nos tiene alienados y totalmente adoctrinados y hacer ver (con la palabra, pero sobre todo con el ejemplo) que existen otros modelos y que la libertad es otra cosa más allá de elegir entre playa o montaña para las vacaciones. Sabemos que ésta es una lucha muy desigual, puesto que el sistema tiene una gran cantidad de recursos disponibles y una maquinaria de control y represión apabullante. Por eso, es tan importante la lucha con el ejemplo y la acción cotidiana, porque es la baza más poderosa que tenemos a nuestro alcance. La vía de la construcción y el apoyo de medios alternativos de comunicación es fundamental ya que el sistema nos ha enseñado a ver la realidad a través de ellos y tenemos la tendencia a recurrir a ellos (eso sí, hay que hacerlo manteniendo el mismo espíritu crítico con el que abordamos los medios de desinformación masiva).

Superado este punto, existe un nivel de conciencia superior sobre la situación que nos hace ver de manera más o menos clara que la libertad que nos ofrece el sistema no es más que otra forma de esclavitud (quizá la más perversa por su envoltorio) y, a pesar de esto, persistimos en la servidumbre. ¿Por qué? Por miedo a la libertad y, sobre todo, a lo que ésta representa.

Dentro de este sistema inhumano, libertad implica represión y pérdida. Represión en todos los niveles a los que tiene acceso el entramado Estado-Capital, que son la mayoría (policía, justicia, trabajo, economía,…). Éste es un factor que una persona concienciada puede aceptar en mayor o menor medida como parte de la lucha emancipatoria, sin embargo tras alguna experiencia inicial puede alejar a muchos de este camino y dejarse arrastrar por el mundo de la “felicidad capitalista”.

La segunda cuestión que entra en juego es la pérdida. Ésta también se entiende en un sentido muy amplio. Por un lado, tenemos la pérdida de lo material que si bien en nuestro mundo ideológico no representa ningún problema (más bien al contrario) en el día a día de nuestra servidumbre capitalista nos resulta imprescindible para seguir adelante. Esto acaba planteando un círculo vicioso de difícil solución ya que nunca parece llegar el momento de romper esta rueda que nos impulsa día a día a seguir sirviendo. Por otro lado, está la pérdida social debida al magistral plan que el poder desarrolla a través de los medios de comunicación y que nos despersonaliza para convertirnos en miembros de la sociedad, de la masa. Las técnicas mediáticas asocian, según el modelo pavloviano, lo deseable para el individuo con lo deseable para la comunidad: el bien de uno se define en relación con lo que realiza el bien de la totalidad. De esta manera se formula el moderno contrato social en el que la invitación supone, entre diplomacia y coerción, el abandono de toda pretensión y voluntad individuales en provecho de una elección que abarque el conjunto de la sociedad. Esto todavía alcanza mayor trascendencia si reducimos el ámbito de la sociedad a la familia, donde siguiendo las normas imperantes, se sacrifica todo (hasta la libertad) en pos del bien común.

Libertad significa elegir, pensar por uno mismo, inventar, amar sin reservas, establecer planos de igualdad, coherencia y muchísimas otras cosas que exigen un esfuerzo y una constancia muy difíciles de sostener en un mundo en que todo se ha concebido para mantener muy limitado el espíritu crítico y la acción sincera. Es en este segundo plano donde la lucha se hace necesariamente personal e intransferible, donde no sirve más conciencia que la propia y donde está la verdadera batalla. Sin una victoria en este plano, cualquier cambio, cualquier revolución se antoja imposible.
Fuente: Quebrantando el Silencio

CONCIENCIA CRÍTICA

miércoles, 11 de abril de 2012
Vivimos en tiempos en los que todo el mundo cree poseer la verdad absoluta y todas las respuestas; cuando lo cierto es que apenas somos capaces de vislumbrar el nivel de manipulación a la que somos sometidos por parte de todos los medios al alcance del sistema.
En momentos como el actual, la construcción de una conciencia crítica es la labor fundamental y un paso imprescindible para poder auto edificarnos como personas capaces de emprender un verdadero proceso revolucionario.
Ese desarrollo de la conciencia crítica personal y de su evolución y organización en lo colectivo es el objetivo fundamental que debemos alcanzar en las presentes circunstancias.
Éste debe ser el camino que nos lleve a hacer realidad uno de los lemas más repetidos alrededor de todo el planeta: “el pueblo unido jamás será vencido”.
Debemos empezar a construir los cimientos de esa unión desde el trabajo personal y convivencial, necesitamos relaciones humanas fundamentadas en el amor y el mutuo servicio, que maximicen las actividades de cooperación y las relaciones directas entre los seres humanos sin dinero (o con uso mínimo de él). Es a partir de estas premisas, desde donde podemos iniciar esa unión que nos hará invencibles.
Estamos inmersos en un mundo que nos ha diseñado para la desconfianza y el egoísmo y si no somos capaces de empezar esa carrera de fondo que supone el auto construirnos fuera de la lógica que impera en el modelo capitalista, difícilmente podemos esperar ningún cambio verdaderamente revolucionario, a lo sumo conseguiremos “pequeñas victorias” en luchas aisladas que, en el mejor de los casos, nos dejaran la conciencia tranquila durante una temporada.
La verdadera meta de cualquier proceso revolucionario es, o por lo menos debería ser, la libertad en su sentido más amplio (de conciencia, política y civil). Por tanto, es imprescindible que la unión del pueblo se haga con absoluta libertad, es decir, al margen de relaciones de poder y jerarquías.
Para ello, todo el mundo debe dar un paso al frente y reconocer que no existe la verdad absoluta en ninguna ideología y que la solución no va a venir de la mano de ningún pensamiento político preestablecido, hay que ser conscientes de que es imprescindible la superación de los dogmas ideológicos.
Ni las “ideologías clásicas” (anarquismo, comunismo, socialismo,…) con todas sus variantes, ni las luchas más o menos recientes como el antidesarrollismo, por el decrecimiento,… tienen la solución a los terribles problemas que afrontamos los seres humanos.
El camino sería (desde luego en mi opinión) que todas las personas que aborrecen la falta de libertad y la dictadura (tenga ésta la forma que tenga) y aboguen por una verdadera democracia se unieran y cooperaran en base a esa conciencia crítica y transformadora de la que hablábamos teniendo claro que no es necesario adscribirse a ninguna corriente ideológica para luchar por la libertad. Las formas de cooperación surgirían de manera natural al partir de una base tan fundamental como difícil de asumir en los tiempos que corren: no hay justificación para la desigualdad y, por tanto, todas debemos ser partícipes de manera activa en la toma de decisiones y en su ejecución.
Esto supone algunas cuestiones que debemos tener presentes:
-        Los movimientos anarquistas deben flexibilizar sus posiciones de manera que sea posible el trabajo común y desinteresado con el mayor número de personas. No se trata de renunciar a nada, simplemente de ir a la esencia de las cosas y reflexionar acerca de la posibilidad de universalizar la lucha por la libertad. En muchísimas ocasiones, el apego a los dogmas hacen imposible ver que diferentes movimientos luchan por los mismos objetivos.
-        La Vieja Izquierda debería de una vez por todas renunciar a la idea de la toma del poder para conseguir los cambios. Seamos sinceros, jamás la toma del poder trajo consigo una sociedad libre. En el mejor de los casos, contuvo al capital y propició una mejora en las condiciones de vida de muchos de sus ciudadanos. En una gran parte de los casos, instauró dictaduras capitalistas en nombre de los Estados. La lucha por la libertad es incompatible con las estructuras jerárquicas y los aparatos de partido y esto es algo a lo que las personas debemos estar dispuestas a renunciar para emprender el camino de la conciencia crítica.
-        Los movimientos sociales de nuevo cuño no pueden desdeñar la experiencia sin duda atesorada por aquellas personas que llevan décadas luchando por la justicia social (desde la óptica que sea) y deben aprovechar toda esa información para integrarla en sus postulados. Tampoco deben creer que son la panacea (posición habitual a la vista de los resultados obtenidos por los anteriores) puesto que, como hemos dicho, sólo tras la superación de personalismos y dogmas ideológicos empezaremos a construirnos como personas conscientes.
Es por todo esto que en la actualidad, la auto-organización horizontal para hacer avanzar el nivel y grado de conciencia es, en las actuales condiciones, la labor fundamental. Sólo con el trabajo desinteresado de todas las personas se puede iniciar el camino de una verdadera revolución social.
Porque no nos engañemos, todavía no estamos viviendo tiempos revolucionarios por mucho que los medios de desinformación y adoctrinamiento nos lo quieran vender así, y es en este tipo de situaciones no revolucionarias cuando la construcción del futuro sujeto histórico, por medio del desarrollo del factor consciente, es la principal y más importante de las tareas.
Una vez conseguido esto estaremos (o lo estarán futuras generaciones) en condiciones de iniciar un verdadero proceso revolucionario cuya meta no puede ni debe ser instaurar ningún otro orden político, social y económico; sino simplemente hacer real la libertad de conciencia, política y civil, por dos procedimientos: a) derribando lo que hay de liberticida en el sistema vigente y b) constituyendo garantías de toda índole para que la libertad pueda mantenerse en contra de sus enemigos. 
 

POR EL PENSAMIENTO CRÍTICO

martes, 26 de julio de 2011
Últimamente, se habla mucho de reformismo, de redefinición y de muchos otros conceptos que vienen a reflejar cuestiones similares todas ellas referidas a la actual situación económica, social y política que se extiende por la mayor parte del globo.


Es posible que haya gente que todavía crea en una especie de capitalismo amable en el que las cosas se puedan hacer de otra manera y en el que no sea necesario que la gente muera de hambre o que el planeta muera por no poder regenerarse. Tal vez, las personas de buena fe puedan creer que lo ocurrido hasta ahora ha sido un error y que todo es debido a la falta de control y la avaricia desmesurada de unos pocos. Incluso puede haber gente dispuesta a creer que la corrupción política y su dependencia de las entidades financieras y del aparato estatal es sólo una anomalía del sistema. Rozando en lo improbable, me atrevo a afirmar que hay gente convencida de que no hace ni una década el mundo funcionaba perfectamente y que todo se ha venido abajo porque no se ha sabido poner freno a la incontrolable sed de poder de unos pocos.


A todas esas personas quiero decirles que lo siento en el alma, pero que lo que hoy sucede no es más que la lógica consecuencia de los hechos pasados y, por desgracia si no lo impedimos, el inevitable anuncio de lo que está por venir.

También quiero decirles que comprendo esa manera de pensar, yo también pensaba así (lo reconozco). Fruto de la educación amablemente suministrada por el Estado, de la continua información facilitada de manera tan “democrática” por tantísimos medios de comunicación y de un ambiente social proclive a aceptar las circunstancias con resignación. Todos nos hemos visto atrapados en algún momento de nuestras vidas en ese pensamiento mágico que nos hacía creer que vivíamos en el mejor de los mundos posibles.


No quiero aparecer como un iluminado ni nada por el estilo. Sólo quiero decir una cosa: la verdadera libertad empieza por la construcción del pensamiento crítico. Debemos ser conscientes de que nadie posee la verdad absoluta, así que debemos poner en cuestión cualquier información que nos llegue (empezando por este texto, por supuesto). Hay que intentar formarse de manera continua sin despreciar las alternativas que se nos planteen hasta poder analizarlas desde varios puntos de vista. Libros, documentales, conversaciones, webs, prensa,... Todo es válido si no nos quedamos con una sola versión. Debemos romper con la costumbre de dejar que otros piensen y analicen por nosotros, esto no es más que una imposición por parte de los ocupantes del poder.


Existen muchos frentes en los que trabajar para poder iniciar este camino hacia el pensamiento crítico y cada uno de nosotros puede aportar su granito de arena. Es necesario que todas aquellas personas relacionadas con el mundo de la enseñanza y de la comunicación pierdan el miedo al poder para poder ser libres en el ejercicio de su profesión que, seguramente, han elegido de manera vocacional. Sé que es difícil para cualquier persona romper con los esquemas preconcebidos y poner en juego su lugar de trabajo y su sustento, pero es imprescindible el cambio desde dentro de estos instituciones, que junto al entorno más cercano de cada uno de nosotros son los canales más importantes a través de los que se moldean las mentes, para poder iniciar el camino hacia la libertad de pensamiento.


El entorno. El entorno somos todos y es aquí donde no hay excusa posible. El trabajo de cada uno es absolutamente imprescindible para comprender el mundo que nos rodea y nos exprime como simple mercancía. Se hace imprescindible recuperar la sana costumbre del diálogo con nuestros semejantes para intercambiar opiniones y cuestionarnos planteamientos que considerábamos como indestructibles. Resulta necesario estar permanentemente formándonos para poder avanzar como seres humanos. Sólo de esta manera, podremos iniciar la construcción de unos pilares sólidos para la creación de una nueva manera de vivir donde el ser humano y el planeta que lo sostiene estén por encima de cualquier otra consideración. Una sociedad donde la norma sea el justo reparto de todo lo que contenga y donde no haya cabida para estructuras de poder ya que éste recaerá sobre todos nosotros.


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