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A 210 años de la revolución de Haití

viernes, 2 de enero de 2015
Por Juan Luis Hernández*

¡Juremos vivir libres e independientes y preferir
la muerte antes que permitir que nos vuelvan a encadenar!
“Declaración de la independencia de Haití”, 01/01/1804
 
 El 1° de enero de 1804, hace 210 años, Jean-Jacques Dessalines proclamó la independencia de la antigua colonia francesa de Saint Domingue, reafirmando la abolición de la esclavitud y la igualdad y libertad de su población.
En una pequeña isla del Caribe, se imponía una heroica y sorprendente revolución. La Revolución Haitiana fue la única rebelión de esclavos triunfante en toda la historia de la humanidad, la única que logró constituir un Estado nacional propio, y la primera en lograr la independencia en lo que es hoy América Latina.

Excluido de las recientes celebraciones del segundo centenario, el proceso haitiano permanece sumergido en las penumbras de la historia. Desde un principio, estuvo inscripto en lo impensado, lo inimaginable, lo increíble: los esclavos africanos jamás podrían ser protagonistas de un episodio de tamaña envergadura histórica.

La legislación sobre la esclavitud que regía en Francia (el Código Noir, promulgado por Luis XIV en 1685) establecía que los esclavos eran bienes muebles, y que en tal carácter ingresaban al patrimonio de sus dueños. No se los consideraba seres humanos susceptibles de ser sujetos de derechos, sino meros objetos a disposición de sus amos.

Pero el 22 de agosto de 1791, en la Planee Nord de la isla de Saint Domingue, por entonces la colonia más próspera de Francia y del mundo, sucedió lo imposible: estalló la rebelión. Bajo el cielo luminoso del Caribe, los “bienes mostrencos”, las “cosas muebles”, los condenados de la Tierra, los últimos entre los últimos, encendieron el fuego de la rebeldía que ya no se apagaría por más de una década.

Los rebeldes incendiaron los cañaverales, aniquilaron las patrullas y destacamentos de las tropas coloniales, obligaron a los europeos a encerrarse en las ciudades de la costa. En los meses y años siguientes, se sucedieron gobernadores, delegados y enviados de la Francia monárquica primero y de la republicana después, cuyas maniobras fueron desarticuladas una y otra vez por los insurrectos.

Se rechazaron las invasiones de España, proveniente de la parte occidental de Santo Domingo, y de Inglaterra, que pretendió apoderarse de la isla y reimplantar la esclavitud. Todos los intentos reaccionarios fueron derrotados por los antiguos esclavos, que en diez años de dura lucha forjaron su experiencia política-militar y formaron sus propias direcciones y proyectos políticos.

Muchos investigadores analizan este proceso como un episodio importante, pero colateral, dentro del contexto más amplio de la Revolución Francesa, desconociendo o relativizando las tradiciones culturales y políticas propias de los esclavos africanos. Nosotros entendemos que existió un sustrato común que hizo posible que hombres traídos violentamente de África, pertenecientes a distintas naciones y hablando diferentes idiomas, pudiesen ponerse de acuerdo para iniciar y dar continuidad a la lucha revolucionaria.

El voodoo, una religión producto del sincretismo de creencias animistas africanas con el culto cristiano, y el creole, un idioma surgido de la mezcla del francés con vocablos procedentes de diversos idiomas de África, fueron los elementos aglutinadores que permitieron una primera enunciación y circulación de las ideas políticas entre las masas insurrectas. El cimarronaje (esclavos prófugos que vivían en comunidades autoorganizadas) aportó prácticas de organización y de lucha fundamentales para la continuidad en el tiempo del movimiento rebelde.

En este contexto, la insurrección del 22 de agosto fue preparada mediante reuniones clandestinas previas, en las que participaron delegados de las plantaciones y dirigentes de los esclavos cimarrones. Los insurrectos aprovecharon hábilmente las crecientes disputas entre blancos, mulatos y la población esclava, entremezcladas por las confrontaciones entre monárquicos y republicanos. Por eso entendemos que la Revolución de Haití es incomprensible fuera de los marcos de la Revolución Francesa, pero a la vez tuvo también una impronta propia y una incidencia nada desdeñable en los sucesos de la metrópoli.

La abolición de la esclavitud en la isla, por la cual venían luchando ardorosamente los rebeldes, fue proclamada el 29 de agosto de 1793 por Léger-Félicité Sonthonax, un delegado jacobino que comprendió lúcidamente que si Francia quería conservar la colonia, necesitaba el concurso de los insurrectos para enfrentar a España e Inglaterra. La proclama abolicionista de Sonthonax fue enviada a Francia, donde fue debatida en la Convención.

Entre la actitud de la Asamblea Nacional francesa, que en los años previos rechazó peticiones mucho más moderadas de los mulatos (hombres libres de color radicados en la isla) reclamando igualdad de derechos políticos con los blancos, y la actitud de la Convención, que el 4 de febrero de 1794 aprobó, en medio de un vibrante debate, la abolición de la esclavitud en Francia y sus dependencias de ultramar, media un proceso de radicalización política revolucionaria al cual contribuyeron los sucesos antillanos.

Con la expulsión final de españoles e ingleses, la aceptación de la abolición de la esclavitud por parte de Francia, y el ascenso a la conducción de la revolución del líder moderado Toussaint L’ouverture, parecía que todo se encaminaba a la autonomía política de la isla en el marco de un entendimiento amistoso con Francia. Pero en 1801 Napoleón Bonaparte envió un poderoso ejército que pretendió sojuzgar nuevamente al país y restablecer el régimen esclavista. Los franceses arrestaron a L’ouverture y lo deportaron a Francia, donde murió en la cárcel. Se desencadenó entonces la última fase de la revolución, la más radicalizada, donde la población afrodescendiente se unió para expulsar al invasor francés, defender la libertad tan duramente conquistada y ahora sí, proclamar la independencia de Francia.

En noviembre de 1803, diezmado por una implacable guerra de guerrillas y recurrentes epidemias de fiebre amarilla, el ejército francés debió formalmente rendirse ante el nuevo jefe rebelde, Jean-Jacques Dessalines, y evacuar la isla con la ayuda de la flota británica. Proclamada la independencia, en un inédito acto de reparación histórica, los vencedores descartaron el antiguo nombre colonial de Saint Domingue, y bautizaron al nuevo Estado con su actual denominación, Haití, como denominaba a su tierra el antiguo pueblo taíno, habitantes originarios de la isla exterminados por los europeos.

El 20 de mayo de 1805 fue promulgada la Constitución de Haití, un texto complejo que estableció un régimen político imperial de características autoritarias a la par que introdujo novedosas reformas sociales: la abolición de la esclavitud, los derechos sociales para hombres, mujeres y niños, el divorcio vincular, en definitiva, la igualdad y la libertad, sin diferencias raciales o de género.

La Revolución de Haití fue una revolución antiesclavista y anticolonial, pero que, sin embargo, no alcanzó sus objetivos de liberación nacional. Fue un ejemplo temprano de lo que Marx denominaba la “revolución en permanencia”, esto es, la profundización de la revolución a partir de la transformación del sujeto político-social protagónico, que la empuja hacia adelante a través de fases sucesivas cada vez más radicales. Pero fue también un ejemplo temprano de los límites impuestos a los procesos emancipatorios cuando quedan confinados dentro de las fronteras nacionales.

La revolución no logró conmover los cimientos de la economía de plantación en las Antillas y en la costa atlántica: los británicos prohibieron el comercio de esclavos, pero mantuvieron la esclavitud en sus colonias; los franceses ahogaron en sangre la rebelión antiesclavista de Guadalupe; en Venezuela, a pesar de las tempranas proclamas de Simón Bolívar (1816) la esclavitud fue reestablecida y abolida recién en 1854; en Estados Unidos, Cuba y Brasil subsistió hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo XIX. En este contexto desfavorable, los sucesivos gobiernos haitianos no lograron impulsar proyectos económicos alternativos para reinsertar el país en la economía mundial, y terminaron concertando una ruinosa “reconciliación” con la metrópoli, pagando una cuantiosa indemnización, punto de partida de renovadas formas de explotación y dependencia que agobian hasta hoy a la nación caribeña.

Pero la heroica revolución en la que los antiguos esclavos enfrentaron y derrotaron a los ejércitos más poderosos de Europa bajo la consigna “Libertad o muerte”, esa no ha perecido. Permanece en la memoria y el corazón de los hombres y mujeres libres de todo el mundo, como aquel relámpago que por un momento iluminó la potencialidad de un pueblo dispuesto a luchar hasta la muerte por romper sus cadenas.

*Lic. en Historia (FFYL-UBA)
Fuente Diario La Izquierda

Cómo se desarrolla la Guerra Psicológico-Informativa

jueves, 30 de agosto de 2012
Una querida amiga nos alertó de este excelente trabajo: por su extensión, decidimos colgar sólo una introducción del mismo, y compartirles el trabajo, íntegro, para descargar en pdf:

Cómo se desarrolla la Guerra Psicológico-Informativa

Por David Urra

aguila 

Hay un refrán que dice “No se puede analizar el presente sin valorar el pasado. No se puede analizar el pasado considerando el presente”. Es por ello que para analizar lo que ocurre en Latinoamérica en el presente debemos remontarnos a lo que paso, en el pasado reciente y sacar las conclusiones necesarias. Este análisis trata precisamente de esto, de como los EE.UU y sus aliados han impuesto sus conveniencias a fuego y mentiras, condenando a nuestros pueblos a vivir bajo sus condiciones, en la más horrenda pobreza moral y material, sentados en una tierra y una cultura generosa.

Pretendemos no hacer la historia de todas las agresiones norteamericanas contra nuestros pueblos latinoamericanos, sólo veremos algunas de ellas y cómo emplearon los métodos, procedimientos y medios de la Guerra Psicológico-Informativa (GPI):
1. 1.  Invasión a Cuba 1961 (Bahía de Cochinos), Operación Mangosta.
1. 2.  La Guerra de las Malvinas 1982. (Operación XXXX)
1. 3.  Invasión a Granada. 1983 (Operación “Destellos de Furia”)
1. 4.  Invasión a Panamá. Diciembre 1989-enero 1990. (Operación “Asunto justo”)
1. 5.  Invasión a Haití. 1994. (Operación “Defender la democracia”)

Descargar el artículo:

El cruento asalto a la embajada de Haití: La Habana, 29 de octubre de 1956.

miércoles, 22 de agosto de 2012
Por Salvador E. Morales Pérez*



En estos días de fricciones diplomáticas, en  donde descuella la amenaza británica de allanar la sede diplomática de la República de Ecuador en Londres para atrapar a Julián Assange, han sido evocadas situaciones  anteriores donde el derecho de asilo y los allanamientos de sedes diplomáticas se pusieron en discusión. Yo me pregunto si estaremos ante un caso semejante al que redujo el asilo diplomático del político peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, a la friolera de un lustro como huésped forzoso de la embajada de Colombia en Lima, asunto que sigue dando lugar a debates jurídicos y políticos interesantes.

O  si estaremos en la antesala de una acción violenta y abominable de violación de la Convención de Viena, independientemente de la regla unilateral y arbitraria enarbolada por el gobierno británico actual. Ya las fuerzas especiales inglesas marcaron un precedente con la Operación Nimrod ejecutada el 5 de mayo de 1980. Ocasión en la cual, con el consentimiento del gobierno iraní ocuparon en son de guerra la embajada de Irán en Londres, ocupada por seis opositores que habían tomado 26 rehenes a cambio de sus demandas.

Últimamente se han mencionado en los medios varias irrupciones brutales en sedes diplomáticas: la de la escalofriante y flamígera masacre perpetrada por los uniformados del gobierno guatemalteco del general Romeo Lucas García contra la embajada española en ciudad Guatemala el 31 de enero de 1980, con saldo rojo de 38 muertos; la acción ejecutada en Afganistán, el 26 de septiembre de 1996, ya en poder de los talibanes contra el ex mandatario Najibullah y su hermano alojado en la embajada de la Organización de la Naciones Unidas de Kabul; o la del comando que envió el dictador peruano Alberto Fujimori, el  22 de abril de 1997 a tomar la embajada nipona en Lima que se hallaba en poder del MRTA para denunciar la situación de las cárceles peruanas y demandar la libertad de algunos compañeros. El saldo rojo fue de 14 guerrilleros acribillados y un civil.  Son los antecedentes más sonados. Hay otros antecedentes, como el asalto a la embajada trujillista en Caracas en 1945 por opositores dominicanos allí exiliados o el secuestro de la embajada estadounidense en Irán en noviembre de 1979 para presionar la extradición del Sha.  No dudamos que haya otros ejemplos  de variados signos políticos, algunos con consecuencias fuertes en el ámbito diplomático, otros solucionados con notable sensatez entre las partes  y algunos  de acallada repercusión como el que deseo destacar aquí:

Existe un antecedente remoto -y también muy sangriento- ocurrido durante la dictadura de Batista. A fines de octubre de 1956, un fuerte destacamento policial encabezado por el jefe de esos cuerpos represivos, el brigadier Rafael Salas Cañizares, uno de los principales cómplices de Fulgencio Batista en el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 que quebró el orden constitucional del país, asaltó la sede de la embajada haitiana, ubicada en Avenida 7a y calle 20, en la barriada de Miramar.

A plena luz del mediodía, el 29 de octubre de 1956, Salas Cañizares, acompañado por otros notorios  asesinos, el coronel Conrado Carratalá, el Jefe del Buró de Investigaciones coronel Orlando Piedra Nogueruela y el capitán Esteban Ventura Novo, (quienes a la caída del dictador en enero de 1959, encontraron tranquilo y acogedor refugio en Estados Unidos) penetraron en el recinto diplomático de Haití a tiro limpio -el escaso personal diplomático se hallaba ausente de la residencia-  procedieron a aniquilar a todos los asilados allí refugiados. Incluyendo a quienes ya la cancillería había concedido salvoconductos y esperaban por las visas que le permitieran viajar al país que se las concediera.  En el intercambio de disparos que tuvo lugar, el obeso y bravucón  brigadier batistiano cayó mortalmente herido.

Se cuenta al respecto, que quien lo hirió fue Secundino Martínez, apodado el  “El Guajiro”,  el único de los asilados que estaba armado, quien se asomó al oír el estrépito formado por la llegada de los carros policiales. Al verlo Salas Cañizares disparó su ametralladora sobre el joven hiriéndolo gravemente. Sin embargo, este, desde el suelo, pudo sacar su arma y disparar. Un balazo le perforó el vientre al brutal jefe de la policía nacional. Se dio la orden de masacrar a todos.

En la foto aparecen Leonel Guerra, Carlos
Casanova, Eladio Cid, Félix Hernández y Orlando
Fernández Ferray
En el interior se encontraban dos grupos de asilados de diferente procedencia política. Por un lado estaban entre los allí muertos un grupo de la Organización Auténtica, OA, alentada por el ex presidente Carlos Prío Socarrás, a quienes se les acusaba de haber participado en el frustrado asalto al Cuartel Goicuría, ubicado en la Ciudad de Matanzas, acción encabezada por Reynold García, en abril del mismo año. Se nombraban: Carlos Casanova, Eladio Cid, Orlando Fernández Ferray, Leonel Guerra, Félix Hernández Concepción y Salvador Ibáñez.

El otro grupo estaba conformado por cuatro jóvenes recién llegados y que alojaron provisionalmente en el garaje.  Estaba compuesto por Secundino Martínez, alias El Guajiro, Gregorio García, Alfredo Massip e Israel Escalona. A quienes  las autoridades  de la dictadura señalaban como involucrados en el fallido atentado contra el senador Rolando Masferrer, el gestor de un cuerpo paramilitar adicto al gobierno de facto, de fúnebre recordación: Los tigres de Masferrer.

Los cuerpos represivos de la tiranía estaban ansiosos de sangres. El motivo que los impulsaba fue que el día antes, 28 de octubre de 1956, un comando del Directorio Revolucionario había matado  al coronel Antonio Blanco Rico, jefe del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), quien estaba acompañado en el cabaret Montmartre, por el teniente coronel Marcelo Tabernilla hijo del jefe del Ejército quien resultó herido en la acción así como la esposa del capitán José Rodríguez Sampedro, también presente en el cabaret. Sospechaban que algunos de los ejecutores de Blanco Rico podían estar en la embajada haitiana.

Para justificar la violación pusieron de pretexto a posteriori -lo cual se demostró luego como totalmente falso- que habían recibido una llamada de los diplomáticos solicitando protección  puesto que unos jóvenes  estaban forzando su entrada en la sede diplomática. Contaban con la aprobación del mismo Batista, como declararon inicialmente voceros del régimen.

El 31 de octubre de 1956 la Embajada de Haití convocó a una conferencia de prensa y entregó una nota oficial en la que se decía: “La Embajada de Haití protesta contra las alegaciones publicadas en la prensa según las cuales la Policía intervino por una llamada de nuestra Embajada”.

Un colega periodista, Pedro Antonio García, quien ha explorado el hecho con especial acuciosidad ha comentado incisivamente:
“Los sucesos del 29 de octubre de 1956 fueron silenciados por la prensa internacional. Las relaciones con Haití fueron tensas solo hasta diciembre, porque con el nuevo Gobierno en Port au Prince volvieron a normalizarse. Nadie llevó este caso al seno de la Organización de Estados Americanos (OEA), ninguna voz se alzó en el Congreso estadounidense ni en las Naciones Unidas”.

Desde luego, acciones de tan estúpida y brutal naturaleza han sido propias de regímenes autoritarios, de dictaduras arrasadoras, que hacen el trabajo sucio y las tareas que les permiten la sobrevivencia. Dictaduras, que con un poco más que se escarbe, gozan de sibilinos o abiertos padrinazgos de potencias que se dan golpes de pecho de civilizadas y democráticas. La historia contemporánea está cundida de ejemplos de estos dobles discursos. No es de extrañar que hechos tan condenables como el ocurrido en La Habana el 29 de octubre de 1956 se repitan, aunque siempre abrigamos la esperanza de que esto no ocurra de nuevo y que no se cierre el camino a la salida diplomática de sólidas e invulnerables garantías.

*Doctor en Historia, miembro del Instituto de Investigaciones Históricas (IIH) de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH).

Enviado por su autor

Uno de los secretos mejor guardados del mundo

sábado, 21 de enero de 2012
En la red social Twitter, donde la denuncia de Cuba de una nueva campaña ha generado la solidaridad de muchos, el diseñador y bloguero madrileño Francisco Arnau ha divulgado esta infografía creada por él y publicada en Monthly Review, que da cuenta del secreto mejor guardado del mundo: la colaboración cubana en Haití antes, durante y después del terremoto. Inmejorable ejercicio contra la amnesia y contra las mentiras de quienes convierten a abusadores de mujeres en disidentes.
Ilustración: Paco Arnau / Ciudad futura • Abril de 2010

Reproducción de esta entrada en Monthly Review (NY, EEUU): Haiti: There is aid, and then there is US aid, by Paco Arnau » • Enlace relacionado en Ciudad futura: Ciudad futura en ‘Monthly Review’ »


Fuente de datos: Rebelion.org: “Uno de los secretos mejor guardados del mundo: La cooperación médica cubana en Haití” (Cifras comparativas de la aportación sanitaria en Haití a 23/03/2010) •English: Counterpunch.org: “One of the world’s best kept secrets: Cuban medical aid to Haiti” (Emily J. Kirk & John M. Kirk)


Tomado de Cubadebate
http://www.cubadebate.cu/noticias/2012/01/20/uno-de-los-secretos-mejor-guardados-del-mundo/

Bruno Rodríguez en ONU: “La reconstrucción de Haití es tarea pendiente”

jueves, 7 de abril de 2011
brunocs.jpg"Los problemas de esa hermana nación son, en lo esencial, provocados por siglos de saqueo colonial y neocolonial, por el subdesarrollo, por la imposición de una de las dictaduras más largas y sangrientas que vivió nuestra región y por la intervención extranjera".




Discurso de Bruno Rodríguez Parrilla, Ministro de Relaciones Exteriores de la República de Cuba en la sesión especial del Consejo de Seguridad sobre Haití. Nueva York, 6 de abril del 2011

Señor Presidente de la República de Colombia y del Consejo de Seguridad, Juan Manuel Santos: 

Señor Presidente de la República de Haití, René García Preval:

Hace apenas un año, más de 150 gobiernos y otros actores internacionales nos comprometimos en la sede de esta Organización a prestar una cooperación sustancial para la recuperación y la reconstrucción de Haití tras el desastre provocado por el terremoto del 12 de enero de ese año. En términos declarativos, fue una muestra encomiable de solidaridad. 

Los montos comprometidos de 9 mil millones de dólares para la reconstrucción, de los cuales 5 mil se desembolsarían en los primeros dos años, más los valiosos ofrecimientos adicionales en especie, aunque fueran insuficientes, reflejaban una voluntad innegable de cooperar. El principio declarado de canalizar esta ayuda con pleno apego a las prioridades del Gobierno haitiano, de forma que fortaleciera la autoridad del Estado, entrañaba un respeto universal a la soberanía de ese sufrido país y a las prerrogativas de sus autoridades gubernamentales.

Parecía existir una voluntad universal de prestar asistencia a esa nación heroica, la primera en romper el yugo colonial y en abolir la esclavitud en el hemisferio americano.
Desafortunadamente, lo ocurrido desde entonces no ha sido consistente con el espíritu que primó en aquella conferencia del 31 de marzo de 2010. Sin embargo, muchos de los autoproclamados “principales donantes” continúan dedicando exorbitantes recursos a la guerra y a la intervención militar.

Los montos de ayuda financiera y material comprometidos, aunque insuficientes frente a la magnitud del problema, no se han desembolsado. No se ha respetado la voluntad del Gobierno haitiano, ni se ha prestado atención a sus prioridades. La reconstrucción de Haití, con la cual todos nos comprometimos, es una tarea pendiente. 

En los meses posteriores al terrible sismo, Haití parecía ser despedazada por los gobiernos de los países más poderosos e industrializados que distribuían sus ayudas, de manera arbitraria y arrogante, mediante sus voraces compañías y algunas de sus más ricas Organizaciones No Gubernamentales.

Hasta hoy, continúa prevaleciendo la canalización de fondos y recursos fuera de los programas y el control del Gobierno haitiano, lo que conduce al despilfarro, la corrupción y la satisfacción de intereses muy marginales o selectivos.

Cuba comparte las preocupaciones expresadas por los Jefes de Gobierno de CARICOM en el Comunicado emitido por su Reunión Inter-sesional del pasado 26 de febrero, cuando se refirieron, con sentido crítico, al Fondo de Recuperación, a la Comisión Interina de Recuperación de Haití, a sus métodos de trabajo, al necesario respeto a las prioridades del gobierno haitiano y al flujo insuficiente de los recursos comprometidos.

Señor Presidente:

Cuba ha concentrado sus esfuerzos en el área que más impacto puede lograr, la salud pública, elemento clave de la sostenibilidad y la estabilidad social de Haití. 

En plena coordinación con la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, y bajo las indicaciones y prioridades del gobierno haitiano, hemos trabajado sin descanso en la puesta en marcha de un programa de reconstrucción del sistema nacional de salud, cuya esencia radica en satisfacer las necesidades sanitarias del 75% de la población más necesitada, con un mínimo de gastos.

Desde el 12 de enero de 2010 hasta hoy, han sido atendidos casi 2 millones de pacientes, se han realizado más de 36 mil intervenciones quirúrgicas y casi 8500 partos. Más de 465 mil pacientes han recibido tratamientos de rehabilitación.

Se prestan servicios en 23 hospitales comunitarios de referencia, 30 salas de rehabilitación, 13 centros de salud, 2 posiciones quirúrgicas oftalmológicas y en el Laboratorio de Salud Pública. En los 10 Departamentos del país, se desarrolla un Programa Integral de Higiene y Epidemiología.

El programa de cooperación impulsado por Cuba cuenta hoy con 1 117 colaboradores de la salud, de ellos 923 son cubanos y 194 de varios países graduados en Cuba. 

Los recursos aportados solidaria y generosamente por el Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez Frías, han sido esenciales. Con Brasil, hemos trabajado también estrechamente mediante un Acuerdo Tripartito con Haití.

Cuba ha recibido también el respaldo de varios países para la ejecución de este programa de salud. Namibia, Noruega, Sudáfrica, Australia y España han aportado, junto a grupos de donantes individuales, algo más de 3,5 millones de dólares. 

Estamos dispuestos a trabajar con todo país u organización que, de manera estrictamente humanitaria, con respeto y en plena coordinación con el gobierno haitiano, tenga la voluntad de participar en la reconstrucción y desarrollo de su sistema de salud. 

Simultáneamente, los médicos cubanos han enfrentado una grave epidemia de cólera. 
Para ese fin se establecieron 67 unidades, en las que se han atendido más de 73 mil pacientes, la tercera parte de todos los casos de cólera vistos en el país. De ellos, sólo fallecieron 272 personas, para una tasa de letalidad de 0.37 %, inferior en 5 veces a la del resto de las instituciones presentes en Haití. Ello ha requerido abnegación y espíritu de sacrificio para atender a los pacientes, sobretodo en horas nocturnas. En los últimos 77 días consecutivos, nuestro personal de medicina y enfermería no ha tenido fallecidos de cólera.

Una nueva experiencia fue la creación de los Grupos de Pesquisa Activa “Subcomuna Adentro”, que permitió estudiar a casi 1 millón 700 mil personas que viven en comunidades sin acceso a los servicios de salud, y diagnosticar a más de 5 300 casos de cólera en sus propios domicilios. 

Traigo estos datos, con toda la modestia de nuestro pueblo, solo para argumentar con ejemplos prácticos, nuestra convicción de que lo que requiere Haití es una ayuda sustancial y desinteresada, estrechamente coordinada con su Gobierno, que contribuya a su desarrollo y a superar las inmensas dificultades y disparidades socioeconómicas que afectan al país e impiden la estabilidad y el progreso de su pueblo.

Señor Presidente: 

Haití no precisa de una fuerza de ocupación, no es, ni puede convertirse en un protectorado de las Naciones Unidas. 

El papel de Naciones Unidas es apoyar al Gobierno y al pueblo haitianos en la consolidación de su soberanía y autodeterminación. Las fuerzas de la MINUSTAH han estado en ese país para un mandato muy específico de promoción de la estabilidad, que debió y debe respetarse con rigurosidad. La MINUSTAH no tiene prerrogativas políticas para inmiscuirse en asuntos internos que solo competen a los haitianos ni debe hacerlo. 
No puede aceptarse que sea partícipe de las opciones electorales o que presione a las autoridades soberanas en un sentido u otro. Tampoco tiene ninguna autoridad para hablar a nombre de Haití.

Cuba tiene el firme convencimiento de que la situación humanitaria de Haití no es un tema que competa al Consejo de Seguridad sino a la Asamblea General de quien usurpa frecuentemente sus facultades. No es esta una cuestión que amenace la paz y la seguridad internacionales, ni que se resuelva con fuerzas militares concebidas para operaciones de mantenimiento de la paz. Son conocidas también las serias consecuencias de las omisiones, los excesos, los dobles raseros y los procedimientos antidemocráticos que padece este Consejo. 

Los problemas de esa hermana nación son, en lo esencial, provocados por siglos de saqueo colonial y neocolonial, por el subdesarrollo, por la imposición de una de las dictaduras más largas y sangrientas que vivió nuestra región y por la intervención extranjera. 

El derecho inalienable del pueblo haitiano a la independencia y la autodeterminación debiera ser, al fin, respetado. 

Haití necesita recursos para la reconstrucción y recursos para el desarrollo. Requiere compromiso humanitario y no injerencia ni manipulación política. Hace falta un mínimo de generosidad en vez de tanto egoísmo. 

Muchas gracias 

http://america.cubaminrex.cu/DiscursosIntervenciones/Articulos/Bruno/2011/2011-04-06.html
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