Por Acratosaurio Rex
De nuevo con los servicios públicos. Hay uno que me dice: que cómo puedo apoyar al Estado defendiendo que la gente tenga hospitales, centros de salud, centros de especialidades gestionados por el Estado. Apoyar la defensa de los servicios públicos, -dice el hombre-, es apoyar al Estado. Vuelvo a repetirlo.
Apoyar al Estado es salir a la calle con una pancarta diciendo “¡Viva el Estado!” o “¡Rajoy, te amo, súbenos el IVA!”. Escribir un comunicado exigiendo “que los inmigrantes sin papeles tengan su cartilla sanitaria”, no es apoyar al Estado. Apoyar al Estado, en este caso, sería quedarse callado, o pedir que sí, que le quiten la cartilla al inmigrante clandestino con hepatitis y tuberculosis.
Por hacer un símil, vamos a suponer que estamos en una empresa de fabricación de colchones, y no te pagan desde hace dos meses. Os juntáis unos pocos, vais a la casa del jefe y le exigís “¡que nos pagues!”. Bueno, pues según la ecuación “defender lo público es apoyar al Estado”, resulta que “defender el sueldo de uno, es apoyar al empresario”. Y “conseguir que te pague es darle más apoyo aún”. Por lo tanto, la pera de revolucionario sería trabajar y ni protestar.
Todas estas observaciones en torno a que el Estado del Bienestar ha dado legitimidad al capitalismo, y que ha enganchado al proletariado al carro del capital, son tan ciertas como decir que desde que hay aborto se produce el cambio climático. En los países en los que el Estado es un puro aparato policiaco-represivo y en los que la población trabajadora carece de seguros sociales, escuelas, hospitales, pensiones…, no se ve que el pueblo lleve a cabo acciones transformadoras, ni que se creen marcos de participación y discusión igualitarios. Así que si tenemos un grupo (países sin hospitales públicos), que podemos comparar con otro grupo (países con hospitales públicos), podemos tener una razonable seguridad a la hora de hacer esta predicción: dejar que se privatice la sanidad (es plusvalía pura de los trabajadores), va a ser un auténtico desastre. No se producirán situaciones revolucionarias, la gente se tendrá que dedicar a buscarse los medios para morirse, el Estado se habrá desembarazado de una roncha que le escuece, y las empresas privadas sanitarias alternativas se forrarán en el asalto al mercado.
Una manera de saber qué se debe apoyar y qué no, puede ser la siguiente: si en la sociedad ideal vas a necesitar algo que haya en ésta, puedes defenderlo. Si –por el contrario- puedes prescindir de la anestesia y te conformas con morder un palo mientras te cortan la pierna con un cuchillo, no necesitas perder el tiempo exigiendo que abran el servicio de urgencias de tu pueblo.
Hay otra cosa que iba a decir sobre esto, el argumento irrebatible y definitivo…, pero ¡mierda!, se me ha olvidado mientras lo escribía. Lo que es de uno es de todos, lo que es de todos es de nadie, lo que es de nadie es de uno.
Apoyar al Estado es salir a la calle con una pancarta diciendo “¡Viva el Estado!” o “¡Rajoy, te amo, súbenos el IVA!”. Escribir un comunicado exigiendo “que los inmigrantes sin papeles tengan su cartilla sanitaria”, no es apoyar al Estado. Apoyar al Estado, en este caso, sería quedarse callado, o pedir que sí, que le quiten la cartilla al inmigrante clandestino con hepatitis y tuberculosis.
Por hacer un símil, vamos a suponer que estamos en una empresa de fabricación de colchones, y no te pagan desde hace dos meses. Os juntáis unos pocos, vais a la casa del jefe y le exigís “¡que nos pagues!”. Bueno, pues según la ecuación “defender lo público es apoyar al Estado”, resulta que “defender el sueldo de uno, es apoyar al empresario”. Y “conseguir que te pague es darle más apoyo aún”. Por lo tanto, la pera de revolucionario sería trabajar y ni protestar.
Todas estas observaciones en torno a que el Estado del Bienestar ha dado legitimidad al capitalismo, y que ha enganchado al proletariado al carro del capital, son tan ciertas como decir que desde que hay aborto se produce el cambio climático. En los países en los que el Estado es un puro aparato policiaco-represivo y en los que la población trabajadora carece de seguros sociales, escuelas, hospitales, pensiones…, no se ve que el pueblo lleve a cabo acciones transformadoras, ni que se creen marcos de participación y discusión igualitarios. Así que si tenemos un grupo (países sin hospitales públicos), que podemos comparar con otro grupo (países con hospitales públicos), podemos tener una razonable seguridad a la hora de hacer esta predicción: dejar que se privatice la sanidad (es plusvalía pura de los trabajadores), va a ser un auténtico desastre. No se producirán situaciones revolucionarias, la gente se tendrá que dedicar a buscarse los medios para morirse, el Estado se habrá desembarazado de una roncha que le escuece, y las empresas privadas sanitarias alternativas se forrarán en el asalto al mercado.
Una manera de saber qué se debe apoyar y qué no, puede ser la siguiente: si en la sociedad ideal vas a necesitar algo que haya en ésta, puedes defenderlo. Si –por el contrario- puedes prescindir de la anestesia y te conformas con morder un palo mientras te cortan la pierna con un cuchillo, no necesitas perder el tiempo exigiendo que abran el servicio de urgencias de tu pueblo.
Hay otra cosa que iba a decir sobre esto, el argumento irrebatible y definitivo…, pero ¡mierda!, se me ha olvidado mientras lo escribía. Lo que es de uno es de todos, lo que es de todos es de nadie, lo que es de nadie es de uno.
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